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La emigración de mexicanos hacia Estados
Unidos y la presencia, en ese país, de
unos 12 millones de connacionales
inmigrados definen, quiérase o no en Los
Pinos o la Casa Blanca, la relación
bilateral. Y no sólo eso: ese hecho --el
que define la relación-- fija los
términos mismos del trato entre los
gobiernos de cada país vis-a-vis los
intereses estratégicos de uno y otro.
Esos términos son, desde luego,
económicos, pero inciden en el ámbito de
lo político dado que es un asunto
insoslayablemente atañedero a las
sociedades de México y EU. Como asunto
social, el de la emigración mexicana y
la presencia de nuestros compatriotas
inmigrados en el país vecino es
inextricablemente complejo, aunque no
debiere serlo. Pero la realidad es
terca: no debiere ser un asunto
complejo, pero lo es y lo hemos
convertido, en un problema de enormes
proporciones. Un problema de naturaleza
política.
II
Véase, si no: México produce excedentes
laborales --es decir, masas densas de
desempleados y subempleados-- y los
exporta a quien los requiere, EU, que
oficialmente no acepta que los necesita.
Esos desempleados y subempleados emigran
a EU impulsados precisamente por la
desesperanza que deviene de la toma de
conciencia de que en México las cosas no
mejorarán y, probablemente, serán peor.
A la desesperanza impulsora de la
emigración súmase otro agente motivador:
que EU es el símbolo mismo de la
prosperidad material y que allí es
posible trocar la desesperanza por la
esperanza.
Este último es el agente que los
especialistas en el tema de la
emigración identifican como el plush
factor o factor de atracción. Empleo
probable, mejor calidad de vida y
bienestar son irresistibles.
Así, medio millón de mexicanos emigra,
según cifras gubernamentales, a EU cada
año. Y casi todos --diríase que un 99
por ciento—logran empleo y, con ello,
autoestima individual y colectiva.
Una autoestima que su propio país les
escamotea. Ese país lo expulsa de sus
confines y lo convierte en mercadería
exportable, que genera ganancias: paz
social en numerosísimas comunidades de
México.
III
Esa ganancia --la de la paz social-- es
de naturaleza política para el poder
formal: nuestra mercadería viviente --el
emigrante convertido en inmigrado--
remite a sus hogares miles de millones
de dólares.
Son las remesas sobre las cuales el
poder formal --el gobierno-- conformado
por individuos cínicos e irresponsables
y de endeble catadura moral sustenta su
propia tranquilidad de conciencia.
Pero el costo es altísimo, diríase que
impagable. El poder formal fomenta la
emigración, destruyendo pueblos y
familias enteras y creando relaciones sociales y familiares disfuncionales.
Pero esa es nuestra exportación
principal, después de la del petróleo:
exportar humanos. Ello convierte al
poder formal en cómplice de una trata
execrable, la de personas. Es un
gobierno pollero.
¿Y los motivos estadunidenses para
regular la creciente densidad de
inmigrados en su territorio? Los motivos
son políticos y de carácter electoral y,
por ende, cíclicos y calendáricos. Son,
así, convenientes a los intereses de los
políticos empeñados en manipular el voto
de los mexicanos en EU para sus propios
fines. Más no es esa la única causal.
Hay otras, tema de una próxima entrega.
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