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La afirmación del gobernador de Veracruz de que la
iniciativa de miscelánea fiscal que el Congreso de la
Unión recibe de manos de Calderón Hinojosa, saldrá de
ésta soberanía como reforma ha cendaria,
fue secundada por el senador Manlio Fabio Beltrones, al
declarar este a los medios que “estamos dispuestos a
negociar con todas las fuerzas políticas una verdadera
Reforma Hacendaria…” Dándose por sentado que el PRI en
bloque pugnará porque así sea y que, de antemano, se
parte de la idea de que se obtendrá el consenso de todas
las fuerzas políticas en tal dirección.
Supuesto que indudablemente se sustenta en el optimismo
de ambos declarantes, que confían en primer término, en
la capacidad de su partido para procesar en tiempo y
forma una contrapropuesta lo suficientemente fundada,
que apunte a la integralidad que requiere una auténtica
iniciativa de reforma estructural hacendaria, como la
que el país está exigiendo. En segundo lugar, en que en
todas las fuerzas políticas representadas en el Congreso
existe la voluntad para lograrlo.
Optimismo
aventurado. El horno no está para bollos. Las
condiciones por las que en materia económica y social
atraviesa el país no son a mi juicio las más propicias
para una reforma hacendaria a fondo, que conjugue y
satisfaga los intereses encontrados de los diversos
actores económicos que concurren a la fábrica nacional.
La tendencia recesiva de una economía que no crece,
tanto por factores internos como por el peso de los
externos, ha generado contradicciones sistémicas que
inciden notoriamente en el deterioro del tejido social y
que no se resuelven sin antes no resolver el tema
pendiente de la reforma del Estado. Sin un rumbo
definido y sin un modelo de país para el siglo XXI, que
genere un nuevo contrato social consensuado con todas
las fuerzas políticas, las contradicciones existentes se
antojan insolubles.
El nudo gordiano, como muchos analistas lo han señalado,
no está en el como hacer crecer el pastel sino en como
distribuirlo. Pasando esto último por el abatimiento de
la enorme desigualdad social y económica, reduciendo la
pobreza pero también la insultante riqueza de unos
cuantos amasada a la sombra de la corrupción y el
tráfico de influencias. Mientras las políticas públicas
no contribuyan a una mejor y más justa distribución de
la riqueza; y el combate a la corrupción no se adopte
como una política eficiente, eficaz y consecuente de
Estado, el incrementar las disponibilidades de la
hacienda pública y la capacidad de gasto del gobierno no
tiene sentido ni contribuye al desarrollo.
Esto no es la invención del hilo negro. Es del dominio
público y palabras más, palabras menos, esta impreso en
el discurso de todos los partidos políticos y plenamente
aceptado por la mayoría de la población. Y sin embargo,
no se avanza en tal sentido al no existir la voluntad
política para frenar inercias y cambiar de rumbo, en un
escenario en el que la debilidad manifiesta del gobierno
calderonista y la propia crisis de los partidos
políticos que han abandonado su razón de ser, configuran
una crisis generalizada que nos acerca peligrosamente al
vacío de poder.
Sin la voluntad de cambio, una reforma hacendaria a
fondo que modifique estructuralmente la vida del Estado
Mexicano, no pasa. Eso lo sabe el PRI y la clase
política en su conjunto. Así que ¿en torno a qué se
lograría el consenso anunciado? Sin duda que no en torno
a los legítimos intereses del pueblo de México, por lo
que deberíamos estar conformes con una miscelánea fiscal
más, que le tape el ojo al macho, que contribuya a
legitimar al gobierno calderonista y permita al gobierno
seguir ordeñando a Pemex hasta que el futuro nos
alcance.
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