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“La democracia es laica o no es
democracia”.
Ramón de la
Fuente, Rector de la UNAM
Para la estructura de la iglesia
católica y de sus creyentes, la
asunción de un nuevo arzobispo al
frente de la diócesis, es todo un
acontecimiento que merece
celebrarse; lo mismo podría decirse
de un pastor protestante que asume
la responsabilidad de un templo en
una comunidad determinada, o de un
rabino que asume el cargo en la
sinagoga o de un imán que celebra su
llegada a la mezquita.
En todos los casos resulta aceptable
en cuanto que la ley garantiza la
libertad de cultos. El problema se
presenta cuando la irresponsabilidad
de quienes ejercen funciones
públicas carece de tacto para dar su
justa dimensión a las cosas y no
respetan la sutil frontera entre el
ámbito religioso y el sector
público.
El Estado laico mexicano, libre de
vínculos con alguna religión en
especial no es producto de la
decisión de un hombre o de un
gobierno en particular, sino
producto de un largo y dramático
proceso de nuestra historia que tuvo
costos altísimos en pérdida de
vidas, pérdida territorial e incluso
el riesgo de ser extinguido como
país soberano. El espíritu de esas
características que identifican al
Estado está plasmado en nuestras
leyes, en la Carta Magna. Los
servidores públicos al asumir un
cargo, juran cumplir y hacer
cumplir la Constitución.
Todo lo
anterior
pareció olvidarse por aquellos
servidores públicos que sumisos y
fervorosos se atropellaron para dar
la bienvenida al nuevo arzobispo de
Xalapa. Es una pena. Alguien me dice
que ya debería acostumbrarme, y yo
me niego. Se revive en mí el
espíritu que animara mis mejores
años como militante de la izquierda.
Me rebelo…
Por eso retorno a la lectura de
“La puta de Babilonia”,
de Fernando Vallejo. Después de las
primeras cien páginas, había
suspendido su lectura, ahora
prosigo. Me encapricho. Vallejo
fustiga a la iglesia de Roma y habla
de su pasado inhumano, perverso y
totalmente anticristiano en el
sentido profundo. Hay desmemoria de
quienes desprecian la ley suprema y
a la historia al exhibirse en
actitudes beatíficas y de feligreses
convencidos. Han olvidado por
completo la historia de México, la
Independencia, la Guerra de Reforma,
la Constitución de 1857.
¡Que pena! De un plumazo olvidaron
las guerras fraticidas del siglo XIX
por la cerrazón clerical contra la
República. Asunto tan grave que nos
llevó a la pérdida de la mitad del
territorio nacional y a la vergüenza
de una monarquía imperial de la que
nos libramos con altísimos costos.
Todo parece ya sepultado en el
olvido en este remedo democrático
inducido por el imperio
norteamericano, donde sólo habrá
validez electoral cuando el
triunfador no ponga en riesgo los
más negros y oscuros intereses que
hoy se enseñorean del país.
Quisiera no ser pesimista, pero ante
este retroceso histórico no veo en
el entorno a nadie con la voluntad
liberal y republicana de la
generación de La Reforma que pudiera
hacerle frente. No veo a nadie y me
preocupo. En el entorno del recién
llegado arzobispo veo camisas rojas.
¡Paradoja de paradojas! El color de
la izquierda histórica, de los
luchadores populares, de los obreros
y campesinos revolucionarios, de La
Internacional comunista. ¡Que
barbaridad! ¡Me pongo rojo de
vergüenza! |