Año 1 No. 5  Revista mensual   10 de julio de 2007. Xalapa, Veracruz

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Coralillo

Ana Iris Nolasco

¿Y EL DERECHO A LA INFORMACIÓN?

 

México es un país que tiene una reputada, por lo ambigua, relación con los medios de comunicación; baste recordar que desde los Tlacuilos, profesionales de la comunicación en el antiguo mundo mexicano, con quienes se encontraran los colonizadores españoles al llegar a estas tierras, incluían en sus códices la crítica al desempeño de las autoridades, de la que por cierto Hernán Cortés pasó a ser invitado persistente.

En séptimo día del mes de junio se conmemora en nuestro país la libertad de expresión, celebración que instituyó Miguel Alemán Valdez; desde entonces, a la fecha, la máxima autoridad se reúne con los comunicadores y les refrenda su “respeto irrestricto a la libre manifestación de las ideas”, frase que podría ahorrarse si en la realidad existiera el reconocimiento a la importancia y función de la información y de la comunicación en el desarrollo de los pueblos.

Durante las distintas etapas por las que ha pasado el país hasta el momento actual, los medios de comunicación (los que sean de acuerdo a la época) han estado presentes y, hay que decirlo, han sido poco reconocidos por realizar una crítica objetiva a la administración en turno; antes bien mucho se ha dicho acerca del esmero que ponen al servicio de las autoridades no sólo en contra de la percepción de la mayoría, sino coaccionando para, en forma maniquea, suplantarla de acuerdo a los intereses de quienes se apropian de un poder concedido temporalmente.

http://www.ilhn.com/datos/saber/archives/002123.phpEn el momento actual la televisión, concedida desde su introducción a la iniciativa privada y manejada como “entretenimiento” para las mayorías, se convirtió en el medio con mayor influencia en la población, y en connivencia con el aparato gubernamental transgredió sistemáticamente las disposiciones de regulación, preparando finalmente una normatividad de acuerdo a sus intereses, por lo que ocupa un primerísimo sitio entre quienes cotidianamente contribuyen a  empobrecer al país.

Así, desde su inicio, la pantalla chica ha contado con la libertad de expresión y el apoyo necesario para imponer una tiranía tecnológica  fundamental en la modificación de hábitos alimenticios, conductas, desertización de valores éticos, exclusión de gran parte de la población, implantación de estereotipos y aculturación sistemática. Los programas de la televisión están dirigidos a la lógica económica y cultural de un universo individualista en el que el cinismo, el egoísmo generalizado, la intolerancia, la misoginia, la degradación de las relaciones sociales y la descalificación e indiferencia hacia “los jodidos” a quienes considera que únicamente hay que distraer, por ello inunda el espacio con sus “malas ondas” electromagnéticas con contenidos estupidizantes, en los que el uso indiscriminado de la vulgaridad y la chabacanería constituyen su característica.

¿Dónde está la democracia que nos asegure el derecho a la información? Porque en la sociedad mexicana cada día más asediada por el mercantilismo, los llamados medios de comunicación, y muy especialmente la televisión, son quienes diseñan los senderos por los que habrá de transitar el gusto de la colectividad.

En México, es tal la manipulación que se ha hecho de la información que la gran mayoría carece del conocimiento, el tiempo, la voluntad y la convicción de que sirve para algo reflexionar acerca de las diversas opciones, en cualquiera de los ámbitos para tomar la decisión de elegir. Por ello un vasto sector de la población acata los criterios de la TV para la adquisición de alimentos, muebles, objetos para el aseo, ropa, bebidas, transporte, artículos deportivos, etc., pasando por la elección de escuelas, empleo, forma de vivir, hasta llegar a la elección de autoridades y nuestras ambiciones como nación.

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