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México es un país que tiene una reputada, por lo
ambigua, relación con los medios de comunicación; baste
recordar que desde los Tlacuilos, profesionales de la
comunicación en el antiguo mundo mexicano, con quienes
se encontraran los colonizadores españoles al llegar a
estas tierras, incluían en sus códices la crítica al
desempeño de las autoridades, de la que por cierto
Hernán Cortés pasó a ser invitado persistente.
En séptimo día del mes de junio se conmemora en nuestro
país la libertad de expresión, celebración que instituyó
Miguel Alemán Valdez; desde entonces, a la fecha, la
máxima autoridad se reúne con los comunicadores y les
refrenda su “respeto irrestricto a la libre
manifestación de las ideas”, frase que podría ahorrarse
si en la realidad existiera el reconocimiento a la
importancia y función de la información y de la
comunicación en el desarrollo de los pueblos.
Durante las distintas etapas por las que ha pasado el
país hasta el momento actual, los medios de comunicación
(los que sean de acuerdo a la época) han estado
presentes y, hay que decirlo, han sido poco reconocidos
por realizar una crítica objetiva a la administración en
turno; antes bien mucho se ha dicho acerca del esmero
que ponen al servicio de las autoridades no sólo en
contra de la percepción de la mayoría, sino coaccionando
para, en forma maniquea, suplantarla de acuerdo a los
intereses de quienes se apropian de un poder concedido
temporalmente.
En
el momento actual la televisión, concedida desde su
introducción a la iniciativa privada y manejada como
“entretenimiento” para las mayorías, se convirtió en el
medio con mayor influencia en la población, y en
connivencia con el aparato gubernamental transgredió
sistemáticamente las disposiciones de regulación,
preparando finalmente una normatividad de acuerdo a sus
intereses, por lo que ocupa un primerísimo sitio entre
quienes cotidianamente contribuyen a empobrecer al
país.
Así, desde su inicio, la pantalla chica ha contado con
la libertad de expresión y el apoyo necesario para
imponer una tiranía tecnológica fundamental en la
modificación de hábitos alimenticios, conductas,
desertización de valores éticos, exclusión de gran parte
de la población, implantación de estereotipos y
aculturación sistemática. Los programas de la televisión
están dirigidos a la lógica económica y cultural de un
universo individualista en el que el cinismo, el egoísmo
generalizado, la intolerancia, la misoginia, la
degradación de las relaciones sociales y la
descalificación e indiferencia hacia “los jodidos” a
quienes considera que únicamente hay que distraer, por
ello inunda el espacio con sus “malas ondas”
electromagnéticas con contenidos estupidizantes, en los
que el uso indiscriminado de la vulgaridad y la
chabacanería constituyen su característica.
¿Dónde está la democracia que nos asegure el derecho a
la información? Porque en la sociedad mexicana cada día
más asediada por el mercantilismo, los llamados medios
de comunicación, y muy especialmente la televisión, son
quienes diseñan los senderos por los que habrá de
transitar el gusto de la colectividad.
En México, es tal la manipulación que se
ha hecho de la información que la gran mayoría carece
del conocimiento, el tiempo, la voluntad y la convicción
de que sirve para algo reflexionar acerca de las
diversas opciones, en cualquiera de los ámbitos para
tomar la decisión de elegir. Por ello un vasto sector de
la población acata los criterios de la TV para la
adquisición de alimentos, muebles, objetos para el aseo,
ropa, bebidas, transporte, artículos deportivos, etc.,
pasando por la elección de escuelas, empleo, forma de
vivir, hasta llegar a la elección de autoridades y
nuestras ambiciones como nación. |