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Año 1 No. 5 Revista mensual 10 de Julio de 2007. Xalapa, Veracruz |
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A manera de
Editorial |
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Hay en nuestro cielo barruntos de tormenta, peores que las que anunciaran el diluvio universal; los presagios hacen temer el holocausto de un incipiente proyecto de nación moderna y democrática. El olvido de nuestra historia ha permitido que la iglesia católica salte al escenario de la política y asuma liderazgos que histórica y constitucionalmente estaban restringidos. Sus acciones se extienden y se hacen presentes en todos los ámbitos de nuestra sociedad sin ningún límite. Lo mismo ocurre con las fuerzas armadas, la desmemoria y la irresponsabilidad ha permitido que los soldados asuman acciones en el entorno social más allá del que les marcan las leyes. Ahora realizan operativos que sólo corresponden a los civiles en materia de seguridad. Ellos no son culpables, son los gobernantes que lo propician y autorizan. Las consecuencias están a la vista. Los sacerdotes han bajado del púlpito y han ganado la calle para reorientar más allá de las almas y los espíritus, las conductas de los ciudadanos; los soldados han salido de los cuarteles y han sido lanzados a la calle para inspeccionar, catear y descubrir posibles infractores de la ley. Es el comienzo. Ahora parecen lejanos unos de otros. Sin embargo, hay algo preocupante. Ya se habla de capellanías castrenses. Un prelado ha aventurado implementar una política eclesiástica en tal sentido. El binomio religión y ejército es perfecto. La cruz y la espada son elementos estelares de nuestra dramática historia nacional. Hubo paz cuando estuvieron en armonía durante 300 años de coloniaje, hubo paz cuando estuvieron en armonía a lo largo de 30 años de porfiriato. No se puede dejar de pensar en la dictadura de Francisco Franco que gobernó por tres décadas a España con el ejército y la iglesia. En Oliveira Salazar en Portugal, quien gobernara también igual número de décadas con la cruz y la espada. Con todo lo malo que representan lo deseable es que ahora que han dejado el púlpito y el cuartel, el soldado y el cura tomen caminos separados, que no se encuentren, que en ningún lugar y en algún momento en nombre de la paz retornemos a la conjunción de la cruz y a la espada.
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