Año 1 No. 0  Revista mensual   10 de febrero de 2007. Xalapa, Veracruz

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Tikal, expresión cultural de un modo de producción exitoso

Por: J. Enrique Olivera Arce

El autor teniendo como fondo el emblemático Templo I,  ó Gran Jaguar, en la gran plaza del sitio.

Después de varios años de posponer una visita obligada al más portentoso vestigio de la milenaria cultura maya, tuve oportunidad de realizarla en un viaje de entrada por salida el pasado diciembre. Después de conocer un buen número  de los sitios arqueológicos más representativos de dicha cultura en Campeche, Quintana Roo y Belice, era más que obligado visitar Tikal, en el Parque Nacional que lleva el nombre del sitio,  Reserva de la Biosfera, del Petén Norte de Guatemala, declarada Patrimonio Natural de la Humanidad por la UNESCO en 1979.

 Tikal, ciudad cuya historia se remonta 2,000 años atrás de nuestra Era y que, de acuerdo a los estudiosos,  registrara su máximo nivel de esplendor entre los años 250 A.C. y 900 D.C., en lo que se conoce como el período Clásico ó edad de oro del mundo maya, estimándose estaba poblada por más de 100 mil habitantes, en un radio de 130 kilómetros cuadrados.

 Para quien esto escribe, desde hace cinco  lustros  ha sido motivo de interés, más que los portentosos vestigios arquitectónicos que nos legaran los mayas y el controvertido tema del declive y desaparición de esta cultura precolombina, devorada por la selva del trópico húmedo y sub húmedo de Mesoamérica, el aún no suficientemente explicado modo de producción que, a través de una compleja organización económica, social y jurídico política, diera sustento al desarrollo de una de las civilizaciones más avanzadas del mundo en su momento.

 La existencia de una superestructura política y cultural en una sociedad en la que floreciera la ciencia, la tecnología, las artes, y una cosmogonía que enlazaba el conocimiento del universo con el hombre, lo cósmico, lo físico y lo espiritual, no puede entenderse sin una base económica que le sustentara, conjugando la organización de la producción de bienes y servicios con la organización social de todo un pueblo, en la que con una avanzada concepción de la división del trabajo y del aprovechamiento de los recursos naturales disponibles, en un medio ecológico adverso como lo es el trópico húmedo y sub húmedo, se construyera una civilización que 3 mil años después sus vestigios sean aún motivo de admiración.

 Generadora de matemáticos, físicos, químicos, científicos, sacerdotes, arquitectos, escultores, pintores; herederos del sistema vigesimal con el complejo concepto del cero, de la cultura Epiolmeca y conocedores de la redondez de la tierra muchos siglos antes que otras culturas, incluyendo las europeas, la civilización maya no pudo alcanzar su grado de desarrollo y esplendor sin el dominio de la agricultura, base de la alimentación de miles de familias concentradas en grandes ciudades como Tikal -a la que se considera ciudad cosmopolita- entre otras, y condición para sostener una importante red comercial sumamente compleja que les permitiera acumular excedentes económicos suficientes para dar sustento a la superestructura política, religiosa y cultural en todos los órdenes que le caracterizara.

 Pocos estudiosos, hasta donde quien esto escribe conoce, han abordado el tema, relacionándolo sobre todo con el denominado por Marx como “modo asiático de producción” (Maurice Godelier, Jean Chesneaux y Roger Bartra), vinculado a los cauces de los ríos más representativos del planeta, sus generosas márgenes, el control armónico del drenaje e irrigación y el trabajo colectivo en la producción agrícola, que dieran vida a civilizaciones antiguas de Europa, el cercano oriente, Asia y América Precolombina.

 El modo de producción que diera sustento a la cultura maya sigue siendo una incógnita. El peso abrumador de la selva guarda para sí este valioso y vasto conocimiento, que bien podría dar luz en nuestro tiempo al aprovechamiento sustentable de los recursos naturales en el trópico húmedo y sub húmedo en Mesoamérica. Para no dar palos de ciego como los que registrara en su relativa corta existencia el llamado Programa de Desarrollo del Trópico  Húmedo (PRODERITH), impulsado en México en la década de los setenta por la Comisión del Plan Nacional Hidráulico y el Instituto Mexicano de Tecnología del Agua, conjuntamente con la FAO, con el que se pretendiera combinar el saber tradicional campesino con la ciencia y la tecnología agropecuarias modernas.

Acción gubernamental que los técnicos no contemplaran como de carácter integral y sí lo concibieran como un conjunto de programas  conformados por varios componentes de un alto grado de especialización (por ejemplo: infraestructura, asistencia técnica, crédito, investigación, capacitación y organización de agricultores), desarticulados entre sí, y sin la participación activa de los campesinos en la toma de decisiones a lo largo de todo el proceso de planeación local de las acciones de desarrollo, en su ejecución y en el monitoreo y evaluación de los resultados, para que estos lo percibieran como una respuesta propia, completa e integral a su situación.

O bien los ahora truncos planes de desarrollo de La Chontalpa y Balancan-Tenosique, en Tabasco; Valle de Edzná, en Campeche; Lum Ha, en Quintana Roo, y en Veracruz, La Cuenca del Río Uxpanapa, que con diverso grado de avance y algunos resultados exitosos, fueron prácticamente abandonados por el gobierno, y dejados a la suerte de los productores.

Palos de ciego, estrategias equívocas, que desafortunadamente siguen estando a la orden del día, en el diseño y aplicación de políticas públicas enfocadas a la atención de la problemática del campo en general. Hoy con mayor énfasis en las actuales condiciones neoliberales que privilegian el individualismo en los productores, la privatización y fragmentación de las superficies cultivables, paquetes tecnológicos extralógicos, ajenos a la realidad del agricultor, la incorporación arbitraria de semillas transgénicas, la desintegración comunitaria, y la depredación del medio ambiente. Desdeñando la cooperación solidaria del trabajo colectivo para el bien común, que debió prevalecer en el modo de producción que diera sustento a esa portentosa civilización.

 La incógnita yace bajo la espesura de la selva esperando sea desentrañada para, cuando se den las respuestas, quizá entonces existan las condiciones propicias de racionalidad y respeto a la naturaleza y al hombre, para un auténtico proceso de desarrollo sustentable del campo. En tanto ello no suceda, esperemos que los palos de ciego no acaben con la agricultura mesoamericana.

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