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Cargill: "el maíz de sus tortillas"
Por: Luís
Hernández Navarro*
Cargill nunca pierde en México.
Cuando el precio de la tortilla sube hasta las nubes, gana. Si se
importa maíz de Estados Unidos, se beneficia. Si, por el contrario, el
cereal se exporta a otras naciones, recibe subvenciones. Cuando se
licita el uso, aprovechamiento y explotación de terminales graneleras en
puertos, se queda con ellas.
Cargill, fundada hace 140 años, es la
segunda empresa privada más grande del mundo. Trabajan para ella 149 mil
empleados en 72 países. La revista Fortune la ubica en el lugar 20
de las compañías más importantes del planeta. Se dedica a la compra,
procesamiento y distribución de granos y otros productos agropecuarios.
Se describe a sí misma en un folleto publicitario como "la harina en su
pan, el trigo en sus tallarines, la sal en sus frituras. Somos el maíz
de sus tortillas, el chocolate de su postre, el edulcorante de su
gaseosa. Somos el aceite de su aderezo y la carne, cerdo o pollo que
usted come en la cena. Somos el algodón de su ropa, la terminación de su
alfombra y el fertilizante de su campo."
La trasnacional comenzó a tener
presencia en México hace más de 80 años, cuando incursionó en
operaciones forestales en el noreste. Dos décadas después recuperó sus
actividades, ahora en el área agrícola. En 1972 inauguró su primera
oficina en territorio nacional con seis empleados. El Tratado de Libre
Comercio para América del Norte (TLCAN) primero, y la desaparición de
Conasupo abrieron enormes huecos en el mercado nacional de granos que
fueron ocupados por el gigante. Desde entonces, su presencia en la
agroindustria mexicana es imparable.
El TLCAN establece que las
importaciones de maíz estadunidense pueden requerir sujetarse a cupos
establecidos cada año que, de rebasarse, deben pagar un arancel. Sin
embargo, el gobierno mexicano eliminó unilateralmente esta protección,
permitiendo el ingreso de mayores volúmenes de grano sin pago. Tan sólo
entre 1994 y 2001, las importaciones fuera de cuota ascendieron a casi
13 millones de toneladas. Las grandes agroindustrias como Cargill y ADM
vendieron la mayoría del maíz que México compró en Estados Unidos,
beneficiándose enormemente de la importación del cereal sin pagar
arancel. De paso, se beneficiaron del subsidio oculto presente en los
créditos a la exportación que Washington otorga. Ana de Ita ha
documentado ampliamente estas prácticas.
Los recursos destinados a los
programas de pignoración, almacenaje, maniobras, flete y cabotaje para
que la cosecha de maíz de Sinaloa (la más importante del país) sea
trasladada a lugares remotos, así como para permitir su entrada al
mercado de manera escalonada en el tiempo, han sido generosamente
otorgados a Cargill. Cuando, como sucedió durante 2006, la trasnacional
exporta cientos de miles de toneladas del cereal a otros países, el
gobierno mexicano subvenciona el negocio.
Los productores comerciales de maíz
blanco en nuestro país reciben por su producto un precio acordado con el
gobierno llamado precio objetivo. Este es mayor al establecido en el
mercado internacional más los costos de fletes y almacenajes desde la
referencia de Nueva Orleáns hasta el punto de consumo en México
(conocido como precio de indiferencia). Esta diferencia entre precio
objetivo y precio de indiferencia puede fluctuar entre 450 y 500 pesos
la tonelada, que paga el gobierno y no las empresas comercializadoras
del grano, las cuales sólo desembolsan el precio de indiferencia.
Cargill, como una de las más importantes acopiadoras del cereal, obtiene
así, de manera indirecta, un importante subsidio.
En 2002 la Comisión Federal de
Competencia autorizó a Cargill el uso, aprovechamiento y explotación de
una instalación portuaria especializada en Guaymas, Sonora, junto con el
Grupo Contri, cuya actividad preponderante son silos para el acopio,
conservación, mantenimiento, almacenamiento y comercialización de toda
clase de granos, principalmente trigo, maíz y sorgo. El gigante
controla, además, el puerto de Veracruz, entrada principal de las
importaciones graneleras.
Cargill tuvo un pequeño percance en
tierras mexicanas, cuando en 2001 el Congreso aprobó un impuesto
especial sobre producción y servicios (IEPS) a la fructosa (edulcorante
elaborado a partir del maíz). La trasnacional importaba cerca de 385 mil
toneladas anuales del producto. El asunto se zanjó en tribunales
comerciales internacionales. México perdió el pleito.
Señalada como una de las principales
responsables del alza al precio de la tortilla, compró y almacenó 600
mil toneladas de maíz de Sinaloa a mil 650 pesos la tonelada, que meses
después vendió en 3 mil 500 pesos. Ahora, con la liberación de los cupos
de importación del cereal, para supuestamente bajar los precios,
obtendrá un nuevo beneficio. Según Lorenzo Mejía, presidente de la Unión
Nacional de Industriales de Molinos y Tortillerías, "los molinos no
podremos importar y buscaremos los servicios de Cargill".
La empresa ha rechazado las
acusaciones y ante la ola de indignación, negó ser "el maíz de sus
tortillas". "Cargill expuso en un comunicado comparte con los
consumidores, los industriales de la masa y la tortilla, así como con la
industria pecuaria, su preocupación por el alto precio que el maíz ha
alcanzado en las últimas fechas." Responsabilizó del incremento al libre
mercado y aseguró que la adquisición del grano mexicano por parte de
porcicultores nacionales originó presiones al alza.
La experiencia mexicana con Cargill
da la razón a las declaraciones de Felipe Calderón en Davos. En las
pasadas elecciones del 2 de julio en México ganó el libre mercado.
Triunfó un modelo que permite la especulación con el principal alimento
de la dieta popular, que orienta los subsidios públicos a las ganancias
privadas, que auspicia prácticas monopólicas, que destruye la economía
campesina. Resultó victorioso un modelo que hace de la devastación y el
lucro su razón de ser.
*Tomado de La Jornada, México
30/01/07
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