Año 1 No. 0  Revista mensual   10 de febrero de 2007. Xalapa, Veracruz

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EL ESPÍRITU DE PRÍAPO

Por: Jesús Faquedo

 

Príapo fue hijo de Dionisio dios del vino y señor de bacanales, y de Afrodita, diosa del amor y la belleza. Por la inquina de Hera contra su madre nació feo y deforme, provisto de un órgano sexual de descomunal tamaño; razón por la que no fue aceptado de origen y abandonado en las playas de Helesponto. Ello fue pasajero pues pronto se convirtió en el dios de la fecundidad del suelo, responsable del crecimiento de las vides y de los jardines, los cuales protegía con su efigie y su enorme miembro erecto. Su culto, practicado originalmente en Asia Menor, se extendió a toda Grecia e Italia. En su honor las mujeres celebraban unas fiestas llamadas priapeas, en las que se exaltaba al lúbrico dios.

En la época romana Príapo se convirtió en personificación de la virilidad, el amor físico y la procreación. Algunos documentos señalan que tanto en Grecia, como en la Roma Imperial, había sitios exclusivos para su culto donde se le representaba cómodamente acostado y con el falo erguido a donde solían acudir mujeres incapaces de procrear con la esperanza de que si eran penetradas por la deidad, serían fértiles.

Se dice que el espíritu del dios Príapo nunca ha muerto y ha seguido viviendo a través de todos los tiempos y las culturas que se sucedieron desde entonces y que, en nuestro tiempo, está más presente que nunca. En las culturas de oriente, el espíritu de Príapo pareció apoderarse de infinidad de reyes y sultanes, quienes eran poseedores de cientos de mujeres a las que tenían recluidas en sus harenes. En muchos de esos reinos y sultanatos el espíritu priapico fue posible gracias al empleo de grandes riquezas.

El espíritu de Príapo está latente en aquellos hombres que viven una insaciable necesidad de poseer cuanta mujer se cruce en su camino. Ello es grave si solo es parte de obsesiones enfermizas, pero si esa obsesión se da con el poder que se detenta y los medios que de ello se derivan, consiguiendo materializarlos en agravio de la sociedad, entonces resultan lamentables y desastrosos.

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