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Príapo fue hijo de
Dionisio dios del vino y señor de bacanales, y de Afrodita,
diosa del amor y la belleza. Por la inquina de Hera contra
su madre nació feo y deforme, provisto de un órgano sexual
de descomunal tamaño; razón por la que no fue aceptado de
origen y abandonado en las playas de Helesponto. Ello fue
pasajero pues pronto se convirtió en el dios de la
fecundidad del suelo, responsable del crecimiento de las
vides y de los jardines, los cuales protegía con su efigie y
su enorme miembro erecto. Su culto, practicado originalmente
en Asia Menor, se extendió a toda Grecia e Italia. En su
honor las mujeres celebraban unas fiestas llamadas
priapeas, en las que se exaltaba al lúbrico dios.
En la época romana Príapo
se convirtió en personificación de la virilidad, el amor
físico y la procreación. Algunos documentos señalan que
tanto en Grecia, como en la Roma Imperial, había sitios
exclusivos para su culto donde se le representaba
cómodamente acostado y con el falo erguido a donde solían
acudir mujeres incapaces de procrear con la esperanza de que
si eran penetradas por la deidad, serían fértiles.
Se dice que el espíritu
del dios Príapo nunca ha muerto y ha seguido viviendo a
través de todos los tiempos y las culturas que se sucedieron
desde entonces y que, en nuestro tiempo, está más presente
que nunca. En las culturas de oriente, el espíritu de Príapo
pareció apoderarse de infinidad de reyes y sultanes, quienes
eran poseedores de cientos de mujeres a las que tenían
recluidas en sus harenes. En muchos de esos reinos y
sultanatos el espíritu priapico fue posible gracias al
empleo de grandes riquezas.
El espíritu de Príapo
está latente en aquellos hombres que viven una insaciable
necesidad de poseer cuanta mujer se cruce en su camino. Ello
es grave si solo es parte de obsesiones enfermizas, pero si
esa obsesión se da con el poder que se detenta y los medios
que de ello se derivan, consiguiendo materializarlos en
agravio de la sociedad, entonces resultan lamentables y
desastrosos. |