POR UNA POLÍTICA FAMILIAR
La familia es la célula básica de la sociedad, anterior al Estado, que le debe reconocimiento y sostén. Muchos lo reconocen de palabra, mas la "civilización
moderna"(1) está cimentada de tal modo que todo ayuda a la desintegración del hogar.
Algunos, con criterio simplista, imaginan que para fortalecer a las familias basta darles un salario familiar generoso. Otros, con miras más altas, basan exclusivamente su acción de defensa del hogar en combatir la pornografía y la inmoralidad, hoy tan difundidas. Ambas medidas son necesarias, no lo negamos, mas, no son suficientes como para evitar la disolución familiar. Es necesario que toda la legislación, toda la acción del Estado y de los cuerpos intermedios, esté orientada a que la familia pueda cumplir con sus fines y encuentre ambiente propicio a su desenvolvimiento. Sin ello es ilusorio pensar que se den las condiciones que faciliten en la sociedad la vida virtuosa. Es imprescindible disponer de los medios para la restauración de la familia cristiana, unida bajo la autoridad del padre, con toda su consecuencia de costumbres y modo de vida, para que podamos remontar la pendiente que nos lleva a la disolución total.
Los estados modernos no se preocupan por estas cuestiones, que generalmente suelen motejar de moralina o de minipolítica. Los políticos suelen centrar su preocupación en un "desarrollo" y en un "cambio". Preguntamos:
¿para qué? Es pregunta bien molesta, a la que se suele responder con el silencio. Parece como si los que mueven los hilos lo supieran bien, pues todo se concatena para llevarnos a la tiranía bolchevique. Mas esto no se confiesa nunca; sería impopular en grado sumo. Para evitarlo se recurre a palabras que son "tabú", a lemas a los que nadie osa oponerse, pues la cobardía de mediocridad de la opinión pública es tal, después de cuatro siglos de Revolución anticristiana, que nadie se atreve a preguntar
¿hacia dónde nos "desarrollan"? ¿en qué cosa nos "cambian"? Eso sí, esa mediocre opinión pública se siente bien adulta, no niña, como "le dicen" fueron los pueblos en la Edad Media.
El
que quiere restaurar la civilización cristiana, el que quiere servir a la
Contrarrevolución católica, debe tener una actitud diametralmente opuesta,
pues si bien el mal necesita de disfraz, el bien debe exponerse a la luz del día.
Si son hombres que quieren actuar en la vida pública, influir sobre la
legislación, deben tener ideas bien precisas y exponerlas con claridad. Nuestro
Señor nos mandó en el Evangelio: "Sea, pues, vuestro modo de hablar, Sí,
SI, o no, NO"(2), y San Pío X enseñó que la doctrina católica no es
mercadería de contrabando. Asimismo debe enfocar toda su acción política
"sub speciae aeternitatis", es decir, dirigir toda su actividad para
establecer el Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo. No se niega la
necesidad de debida prudencia para contemplar la oportunidad de las medidas que
se quieran promover, mas no es lícito desviarse del fin único, que Cristo sea
Rey en todo: Omnia instaurare in Christo.
Este tema es bien vasto y no alcanzarían
todas las páginas de la revista si quisiéramos tocar todos los aspectos de
esta labor contrarrevolucionaria. Queremos ceñirnos tan sólo al de la familia
cristiana, adelantando algunas ideas para una legislación que esté más acorde
a su defensa. Algunos, quieren adaptar la familia a las características de la
vida moderna. Hay que hacer exactamente lo contrario. Hay que lograr que las
condiciones de la vida moderna se adecúen a las exigencias de la familia
cristiana. Sobre esto nos proponemos esbozar algunas ideas.
Moralidad pública
Ante todo —si bien hemos dicho que combatir
la inmoralidad y la pornografía no es lo único—, es deber absolutamente
ineludible hacerlo con energía y sin reparar en lo que puedan oponer los
medios de comunicación. El Estado no puede abdicar su función de policía en
este terreno. De la abdicación del clero en la predicación no hablamos ahora,
pues estamos considerando la legislación civil. Educación distinta para el varón y
para la mujer
Los planes de estudio que se aprueben para la
enseñanza, especialmente en el ciclo medio, deben estar diferenciados, exigiéndose
distintas materias para los varones que para las mujeres. Hay que fomentar en
las niñas el amor al hogar, prepararlas primordialmente para su función de
madre y no de obrera, oficinista o profesional. Naturalmente, debe desterrarse
la coeducación, como lo manda la doctrina de la Iglesia(3)
La mujer en el hogar
Hay que buscar los medios que permitan que la
mujer se quede en su hogar. No negamos que muchas salen por apremiantes
necesidades económicas —habría que encontrar una solución para que estos
motivos desapareciesen— mas también es muy cierto que muchas lo hacen para
procurarse ventajas y comodidades no absolutamente necesarias. Pensamos que sería
buen medio para desalentar a las mujeres en su búsqueda de tareas no hogareñas,
aumentar bastante el salario familiar, pero si la mujer trabaja, pagarlo tan sólo
si su monto excediera —y sólo tanto cuanto excediera— al sueldo de la
mujer.
La dignidad de la mujer no debe tentarse con
atractivos para que deje marido e hijos ni con la concesión del sufragio, mas sí
garantizándole la posibilidad de que sea madre cristiana.
Autoridad marital
Ciertos aspectos de la llamada ley de derechos
civiles de la mujer (nº 11.357) que fueron agravados por las reformas al Código
Civil del ministro Borda (ley nº 17.711)(4), deben ser revisados. La sociedad
familiar, por voluntad de Dios, es sociedad monárquica y no democrática.
Recomendamos la lectura de los textos de San Pablo y otros pasajes en las
Sagradas Escrituras, algunas de las cuales están citadas en el editorial del
anterior número de "Roma"(5), razón por la cual no las
transcribimos.
Salario familiar
También favorecería la solidez de la
sociedad conyugal suprimir el trato igualitario, en cuanto al salario familiar,
de los que tienen hijos legítimos con los habidos fuera del matrimonio. Las
uniones irregulares y sus consecuencias, no pueden merecer la misma atención
del Estado que las bendecidas por la Iglesia. Sería conveniente buscar otro
tipo de asistencia para los hijos extramatrimoniales, y reservar el salario
familiar al jefe de la familia bien constituida.
Vivienda
También es necesario fomentar la construcción
de viviendas más amplias. Las que se hacen conspiran contra el hogar por su
tamaño exiguo. Son jaulas más que casas. Se podría desgravar impositivamente
las construcciones más espaciosas.
Propiedad y herencia
Quien ame la institución familiar debe tener
un respeto profundo por el principio de la propiedad privada. "Ley santísima
de la naturaleza que deba el padre de familia defender, alimentar y, con todo género
de cuidados, atender a los hijos que engendró... debe éste adquirirles y
prepararles los medios con que honradamente puedan en la peligrosa carrera de la
vida defenderse de la desgracia"(6). La educación de los hijos es deber
de los padres y no del Estado. Si éste arrebata los bienes ya sea mediante
confiscación, estatización o impuestos abusivos, o arruina la estabilidad,
falsificando moneda(7) con el eufemismo de "inflación", quita a la
familia los medios para educar. Luego "remedia" el daño haciéndose
cargo de la educación, cumpliendo así un ideal comunista.
"Es ley natural que los padres acumulen
bien para sus hijos y que éstos sean herederos de sus padres"(8). Al
que ama el hogar nada le parece más natural. El amor de los padres también se
manifiesta por el deseo de proteger a los hijos, aún en el futuro. Mas la
mentalidad "moderna" que, en el fondo, odia a la familia, odia a la
herencia, imbuida de envidia, quiere que todos empiecen de cero, que no existan
ni esfuerzos de familia ni herencias.
La socialización es uno de los flagelos de
nuestro tiempo. Cuando así la calificamos no lo hacemos por autoridad nuestra,
sino por la Cátedra de Pedro que dice: "Hay que impedir que la persona y
la familia se dejen arrastrar al abismo donde las empuja la socialización de
todas las cosas(9).
Descentralización
Finalmente, vemos cómo conspira contra la
familia esa monstruosa concentración que es el Gran Buenos Aires. No puede ser
conveniente que aproximadamente 35 % de la población total del país, casi
nueve millones de almas, se encuentren hacinadas en un conglomerado urbano único,
mientras el resto de nuestro inmenso país se encuentre prácticamente vacío.
Esto obliga a los padres a viajar horas —a veces tres o cuatro diariamente—,
estar alejados del hogar permanentemente, salvo para dormir, a no ver su mujer
ni sus hijos y favorece el anonimato, que no suele ser escuela de vida virtuosa.
En el Uruguay —al tener menos habitantes— el problema es menor, mas tampoco
es razonable que la mitad del país viva en Montevideo, donde se concentra una
gran masa. Como dato ilustrativo consignamos que de la guía telefónica uruguaya, 454 páginas corresponden a la Capital y 152 al resto del país. Santiago de Chile también sufre de una exagerada concentración, agravada bajo Freí y Allende.
Este problema es de larga data y no hubo estadista que lo encarara. Con las obras suntuarias que se hicieron en Buenos Aires la situación fue agravada por el poder público en el decurso de los años. Cuando se hizo la avenida General Paz rodeando la Capital Federal, en
época de los presidentes Justo y Ortiz, la obra no era necesaria. Se dice que los que la concibieron tuvieron visión, pues la población creció
luego. Estimamos que es falso; se dejaron llevar por la corriente. Si hubieran tenido visión hubieran invertido las sumas gigantescas de esta y otras obras faraónicas de la
época (v.g. Banco Nación, Banco Hipotecario) en forestación o en diques, bien lejos de la Capital Federal y del puerto, arraigando así a la población, fundando ciudades nuevas, al estilo de los conquistadores, que sí, tuvieron visión. Estas obras constituyen un círculo vicioso, dan trabajo y atraen gente que, después, se queda, deslumbrada por las luces de la ciudad y las facilidades que le brindan gobiernos y empresas. Así el campo queda despoblado y se vuelven necesarias las obras anteriormente suntuarias. Damos como ejemplo la avenida General Paz, mas no es sino un eslabón de la cadena que hasta ahora nadie ha roto. Para descentralizar el país no hay que hacer en un radio no menor de 100 km de esta urbe superpoblada, sino obras estrictamente indispensables, volcar la inversión de los trabajos públicos al interior y desalentar el establecimiento de nuevas industrias y de toda construcción que se vincule al radio capitalino, trasladando además entes oficiales. Esto lo exige una sana política familiar. Por otro lado, el regreso de los domingos por la tarde en las rutas de acceso a la Capital Federal demuestra por sí sólo la conveniencia de lo que preconizamos.
Las medidas que tratamos aquí nos parecen fundamentales, mas naturalmente no pretenden ser exhaustivas. Son sólo un esbozo de lo que habría de encararse, de la tendencia a seguirse. Pues "de la forma que se dé a la sociedad, conforme o no a las leyes divinas, depende [...] el bien o el mal de las
almas"(10). Frente a la ola de separaciones conyugales, a la juventud hippie y delincuente, a la carencia de principios o a los errores profesados, hace falta una política familiar sana e integral. Sin familias bien constituidas no tendremos ninguna sociedad en que reine la ley y el orden, ni tampoco tendremos ambiente propicio para la práctica de las virtudes, de la moral católica, que nos exige la Iglesia, fuera de la cual no hay salvación ni para los individuos ni para las naciones.
ANDRÉS DE
ASBOTH
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1
"La civilización moderna", engendrada por los falsos filósofos y las costumbres corrompidas que promueve la Revolución, es anticristiana. Por eso la Iglesia, en el Syllabus, condena la siguiente proposición: "80. El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse con el liberalismo, el progreso y la civilización moderna".
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2 Mateo, 5, 37.
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3 Cf. encíclica Divini Illus Magistri,
"Roma", nº 32,
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4 Cuando estaba en discusión dicha ley,
manifestamos nuestro desacuerdo con ella. Cf. el editorial de "Roma",
nº 3.
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5 Recomendamos la lectura atenta del editorial
"Doctrina y Costumbres", que constituye un resumen de nuestro programa
sobre estos dos temas fundamen tales, hoy más cuestionados que nunca, Cf.
"Roma", nº 33, págs. 1 a 12.
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6 León XIII, encíclica Rerum Novarum, § 10.
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7 "Falsificación de moneda". Ver
"Roma", nº 23, pág. 54.
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8 Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica,
Supp. 9, 67 a 1.
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9 Pío XII, mensaje del 14 de septiembre de
1952. Se ha introducido el término "socialización" en la mayoría
de las traducciones de la encíclica Mater et Magistra, de Juan XXIII. Pero
este vocablo no figura en el original latine de dicho documento pontificio. El
Papa se refiere allí al incremento de las relaciones sociales, que bien
pueden tener un efecto contrario al de la socialización.
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10 Pío XII, radiomensaje con motivo del
cincuentenario de la encíclica Rerum Novarum, I9 de junio de 1941.
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