COMUNISMO
DIFUSO
Teme la gente, y con razón, al terrorismo, a la guerrilla y a los asesinatos que distintos grupos, con el común denominador de
marxistas, han desatado en el país. Esta guerrilla, que profesa admiración por Mao y por Castro, tiene como meta confesada someter a la nación al yugo bolchevique. En consecuencia, todo el que resiste y el que repudia al comunismo, a la vez repudia a la subversión violenta que nos asola.
Mas existe otro resultante de la guerrilla que pocos observan. Es el hecho que su misma crueldad, arbitrariedad y violencia provocan una reacción que combate
únicamente a este brote de criminalidad, y lo combate no en el fondo sino en sus formas. Es decir, no combate la ideología de los guerrilleros sino su violencia. Aún diríamos más, es tal el hartazgo de muchos, su miedo a las organizaciones terroristas, que llegan a calificar como gente de bien, de moderados y hasta de "derechistas" a personas y asociaciones que comulgan con las mismas o parecidas ideas de los que ametrallan o ponen bombas, mas las quieren imponer por medio más sutiles. Resultado:
la guerrilla sirve para adormecer la resistencia frente al comunismo difuso.
¿Qué es el comunismo difuso? Creemos que se comprenderá mejor con un ejemplo. Dicen que Mao Tse Tung preguntó a sus seguidores:
—¿Cómo hacer comer pimienta a un gato que la detesta?
—Por la fuerza —le contestaron.
—No —responde Mao—, la escupiría.
—Entonces, dándole pimienta solamente.
—Tampoco; es posible que prefiera morir de hambre antes que comerla.
—¿Como, entonces?
—Espolvoreando con pimienta al gato, a todo lo que lo rodea, a todos los lugares por donde pueda pasar. Entonces el gato, que odia la pimienta, se lamerá para sacársela de encima tragándola involuntariamente; la pimienta penetrará por sus poros, respirará pimienta.
Se habra logrado lo que quería Mao, el gato habrá comido pimienta.
Este es el comunismo
difuso: difundir, propagar, saturar el ambiente de ideas, actitudes, modas y
costumbres socialistas y comunistas, masificantes, igualitarias y estatizantes,
para que las respiremos por doquier. Para que estén omnipresentes y ahoguen
toda expresión de ideas sanas. Para que el anticomunista poco avisado use de
instrumentos impregnados de socialismo y comunismo, hasta para combatir a los
marxistas, pues es lo primero que encuentra a mano.
Dijimos en mayo de
1969: "Bajo la apariencia de orden, bajo una mayor prosperidad económica,
bajo el signo de moneda sana, pueden larvarse grandes revoluciones. A éstas no
se llega por la pobreza —que, sin embargo, puede ser un poderoso auxiliar— sino
por la corrupción de la inteligencia y de la voluntad"(1). Ahora que no
tenemos ni apariencia de orden, ni moneda sana, mas sí una corrupción cada vez
mayor de la inteligencia (pensemos en la Universidad) la voluntad tampoco parece
brillar por su firmeza.
Justamente cuando está
corrompida la inteligencia y la voluntad,
es cuando el comunismo difuso trabaja a mil maravillas. Pues la inteligencia no quiere ver el peligro, pues esto obligaría a la voluntad
débil a realizar un esfuerzo, a detectar y extirpar al marxismo. Y esto
es algo superior a sus energías, consumidas al buscar torpemente mayores riquezas(2) y mayores
placeres, aquí y ahora, adoptando la política
del avestruz para todo lo que suena desagradable. A lo sumo se toma
conciencia del terrorismo, el que es demasiado visible para ser negado,
y se exige su supresión pues turba la tranquilidad, mas se rechaza
indignado toda otra lucha contra la amenaza marxista, este verdadero
imperialismo que dirigido internacionalmente nos quiere esclavizar. El
que habla de estas cosas es un aguafiestas, no colabora con la unidad
nacional.
Esta posición de los
hombres que ocupan puestos de responsabilidad en todos los ámbitos de la vida
nacional, tanto la oficial como la privada, incluyendo los medios de difusión
de toda índole, ya es un ejemplo de comunismo difuso. Pues el cristiano cree en
el bien y el mal, está convencido que la unidad debe cimentarse en la verdad. La
caída de las barreras ideológicas es uno de los mayores triunfos de los
soviéticos en todo el mundo.
Mas además de la intolerancia
de nuestra sociedad decadente ante toda actitud coherente, viril y decente
frente al comunismo, vemos que buena parte de la prensa escrita, radial y
televisiva repite ideas, consignas y difunde costumbres que no son cristianas
sino socialistas y comunistas. Se presentan proyectos, se preconizan medidas,
tanto por medios privados como
oficiales, que nos acercan, paso a paso, al estado totalitario, con cargas
fiscales que ahogan la iniciativa y con una educación cada vez más en
contradicción con los principios católicos, tratando de transformar a la
población en una masa amorfa.
El comunismo
difuso es enemigo especial de la tradición
hispánica, confundiéndose en
esto con el liberalismo. De ahí le viene como anillo al dedo una doctrina
totalmente artificial para la Argentina, pero que se encuentra en auge, el
denominado "peruanismo". Es la doctrina con que, en el Perú, el régimen
militar actualmente en el poder trata de torcer el rumbo de aquella nación,
formada justamente por la fusión armónica de lo ibérico con lo indígena y
donde el cristianismo levantó monumentos que ni siquiera la malignidad de sus
enemigos ha podido desconocer. Ese régimen inauguró una política filocomunista en el exterior, fomenta resentimientos indigenistas, alimentando
la lucha de clases con una lucha de razas, y emprende una serie de reformas al régimen
legal de la propiedad similares al comunismo titoísta. Estas teorías se
adaptan a estas latitudes tratando de influenciar a las Fuerzas Armadas para
llevarlas a sostener una política exterior de resentidos y en lo interno el
ahogo de la propiedad privada.
Todo ese espíritu
de comunismo difuso se une a la guerrilla para combatir la tradición nacional,
el espíritu católico, en que están fundadas nuestras naciones. Para combatir,
para luchar por la instauración
de la Argentina católica, existe
un solo camino, el del cristianismo auténtico, el de la afirmación total de la
doctrina católica en todos los campos y en todos los ambientes, el profesar la
recta doctrina y las sanas costumbres(3),
sin concesión
alguna al error y a las modas disolventes. Estamos hartos de falsos maestros, de
doctrinas a medias, acomodadas al momento. Quizá una de las razones por las
cuales las buenas ideas no cosechan más éxitos en la vida pública es la
transigencia de tantos dirigentes. Cuando se desciende de la roca de los
principios al tembladeral de la "política", frente a cualquier presión
liberal o marxista, se cede pues no se cuenta con base firme donde apoyarse.
Necesitamos una política
de principios. Seamos
consecuentes con ellos y confiemos en Aquella que vence todas las herejías y
prometió en Fátima: finalmente... mi Corazón
Inmaculado triunfará.
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1
"La revolución cultural", editorial de ROMA, nº 9, pág. 4. Mayo 1969.
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2 Evidentemente las riquezas se
buscan con gran torpeza, pues está demostrado hasta la saciedad,
por la experiencia, desde 1917, que los regímenes socialistas
producen miseria. Pero es tal la ofuscación de una sociedad
corrompida, que ni siquiera es capaz de defender eficazmente sus
propios intereses materiales y se suicida, fomentando cuanta utopía
gusta a su sensiblería. Como bien dice Auréle Kolnay —en su
libro "Los errores del anticomunismo", ediciones RIALP,
Madrid 1957—, para razonar con lógica, hay que tener un mínimo
de virtud
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3 Recomendamos la
lectura del editorial de ROMA, n? 33, "Doctrina y costumbres", que
constituye el programa de nuestra publicación en ese aspecto.
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