Vivimos en tiempos de lucha en que todos los principios morales e intelectuales de la vida individual y de la vida social, son puestos en duda o dejados de lado como "obsoletos". Un alud de palabras orales o escritas mantienen la confusión hecha estado.
El progresismo —que no es sino el modernismo que condenara San Pío X a principios de siglo, redivivo y maquillado— agrega a esa confusión la incertidumbre o negación de las verdades de la fe y con su "línea media", sus apelaciones a la generosidad, o su cultivo de una obediencia, no ya a Dios sino a los hombres, ablanda hasta a los mejores.
Hoy vemos "caer mil a nuestra diestra y diez mil a nuestra siniestra"; los que ayer combatían contra el liberalismo o el comunismo hoy están confundidos, dan más importancia a cosas secundarias que a las esenciales.
En esta confusión u olvido práctico de los grandes principios no poco contribuye la manía de estar informado, al día, aggiornados, etc. De ahí creer que no se puede dejar de leer "Primera Plana", "Confirmado" o "La Opinión". Lo que no se puede es leerlos sistemáticamente sin detrimento. En otro plano, tenemos el afán por la lectura de autores más o menos buenos, pero con detrimento de los mejores, de los maestros, de los libros clásicos de la espiritualidad o la inteligencia, lecturas aquéllas que nos dispersan y nos oscurecen o desdibujan los grandes principios del ser y del obrar, fecundos, sobre los cuales debemos estar volviendo sin cesar, valorándolos con nuestra propia reflexión y no atiborrándonos de lecturas.
Así, a veces puede haber sido Bloy o Peguy, los que nos impidieron "de facto" leer y meditar a Santa Teresa o San Juan de la Cruz; por Romano Guardini dejamos a Scheeben o a Newman, cumbres de la Alemania e Inglaterra del siglo pasado, respectivamente. Maurras pudo haber llevado a muchos a la fe, pero puede hoy ser la ocasión de que alguien deje a Santo Tomás por él.
Porque "el tiempo es limitado", nos urge San Pablo a aprovecharlo al máximo. Esto es hoy más verdad que nunca por dos razones, aunque de distinto plano. Una, por la tiranía de la vida económica cada vez más absorbente en tiempo, caracterizada por la inseguridad e incertidumbre y por la tensión que deja exhaustos a los hombres.
El poco tiempo y energías restantes hay pues que aplicarlos a lo
esencial.
La otra razón — imbricada con ésta y su causa profunda— en la radicalización de las opciones, de la tensión espiritual de las dos banderas o ciudades que
entre sí combaten. Exagerando diríamos que hoy se es guerrillero o
drogadicto por un lado, o Santo (o aspirante a Santo) por el otro. La historia camina en un climax que hace ya imposible una mediana vida virtuosa, que
quiera desentenderse de los grandes lemas en lucha.
Ejemplo de esta radicalización es que hoy día resulta, en la Argentina
de 72, más actual García Moreno que Rosas. No que éste no tenga vigencia —aún sigue siendo signo de contradicción— sino que aquél la tiene más. Bueno es defender la soberanía nacional, mejor la soberanía de Cristo sobre las naciones. Esto lo vio en su momento el enemigo, lo que hizo decir a Vázquez de Mella: "La masonería que perdonó a Francia [el dictador paraguayo] y a Rosas, no perdonó a García Moreno". Aquéllos murieron en la cama, éste bajo el puñal de las logias.
El gran presidente ecuatoriano, vio bien cuáles serán las grandes líneas de una política "escatológica" o de los últimos fines, que hace aparecer como escaramuzas distractivas las demás luchas humanas. Los oíros fines y temas no se trata de desdeñarlos, sino de integrarlos en esa gran perspectiva.
Preparémonos pues "a luchar el buen combate", en los planos que nos toque, formándonos en la escuela de los grandes, los sabios y los santos. Lo que decimos de las lecturas lo aplicamos también a los ejemplos.
Si tenemos un problema de educación, vayamos a las grandes Encíclicas:
Divini Illius Magistri y al gran educador moderno: San Juan Bosco. En la vida espiritual, no dejemos los Ejercicios de San Ignacio por las Ejercitaciones del P. Lombardi o los cursillos de cristiandad, ni el Kempis o la "Historia de un alma" o a San Alfonso María de Ligorio por el tratadito del Padre Tal o Monseñor Cual.
Asimismo, que el combate del mal, v. g. el estudio de las sectas masónicas o comunistas, no
impidan en los hechos el subir a las grandes cumbres. La malignidad propia del mal sólo la podemos intuir en la contemplación del Bien, del cual aquél nos priva. El ciego nato nunca podrá saber de qué está privado.
Hace poco un sacerdote, teólogo ilustre, preguntándole del catecismo holandés, nos respondió: "No lo estudié, son varios centenares de páginas ambiguas. ¿Qué me aprovecha leer todo eso? Si tengo que hacerlo lo estudiaré, antes no".
Respondamos a una objeción. Se nos argüirá quizás que esos grandes pensadores o esas obras clásicas no son actuales, no responden a la problemática del mundo moderno, a las inquietudes del "hombre de hoy".
A eso decimos que la materia está sujeta al espacio y al tiempo; el espíritu los trasciende. Los sentidos, externos e internos, registran lo
individual, el aquí y ahora. Sólo la inteligencia se abre a lo universal, a lo más profundo del ser, a lo más ser que hay en un ser, los grandes principios y razones que permiten juzgar soberanamente del aquí y ahora, sin esclavizarse a lo contingente. Este remontarse a los principios más generales que se acepta por todos en las ciencias físicas como canon de progreso y clave de la síntesis, es negado en las morales, porque aquellas afectan la materia y éstas la propia conducta. "Time is money" (el tiempo es oro) dice un refrán inglés. El tiempo es mucho más que oro: con él se compra la eternidad. Dios no bendice la dispersión ni el "dilettantismo", ni se conforma con que le rinda cinco talentos aquél a quien le entregó diez. Tengamos pues siempre presente aquella frase del P. Castellani: "Leamos a los clásicos, no hay tiempo para más".
M. R