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ALARMA EN LAS ALTAS ESFERAS Han empezado a llegar a mi mesa de trabajo algunas consultas angustiosas sobre ciertos nuevos rumbos que se pretenden imprimir a algunos institutos y congregaciones religiosas. Hay dentro mismo de ciertas congregaciones de religiosas, algunos grupitos que presionan a sus superiores mayores para que abandonen la misión específica a que han estado dedicadas hasta ahora, para lanzarse a nuevas experiencias en las cuales esperan realizarse más plenamente.
Hablan de pequeñ as comunidades
en las cuales confían encontrar mejor ambiente para una vida religiosa más auténtica. El empeño que ponen en este propósito no carece de cierto retintín despectivo a todo lo hecho por sus mayores. Todo aquello que la Iglesia había establecido como defensa y protección de las vocaciones religiosas ha perdido su valor ya y resulta anticuado. Hay que salir hacia el mundo, se dice. Y es así cómo derribando murallas quieren salir de los húmedos y sombríos
claustros en busca de aire puro: en fin, en busca del aire puro del mundo.
Pero es así cómo también, según algunas experiencias ya realizadas, se les entra el mundo al convento y al marchitárseles sus vocaciones, languidece la vida común y reina la desazón y el desencanto. Y cuando esas experiencias han llegado a las anheladas pequeñas experiencias,
el resultado ha sido más lamentable aún.
A todo esto nos lleva la curiosa exégesis progresista del famoso aggiornamento del pobre Papa Juan. La renovación y ajuste de la vida interior con el fortalecimiento lógico de las virtudes propias de una verdadera religiosa son ñoñeses de curitas viejos. Y sin embargo, aquí está el secreto del éxito. Nadie se va a espantar porque haya que reconocer defectos en la vida actual de muchas comunidades religiosas. Todo lo humano que hay en ellas es deteriorable; pero también es perfeccionable.
Si ha habido decadencia en la vida interior, en la piedad y en la disciplina, es ahí donde ha de ponerse el remedio. Remedio que, por lo tanto, no consiste en destruir lo preexistente sino en reajustar el presente.
Cuando el Papa Juan habló de un necesario "aggiornamento" no se refirió en absoluto a esa "piedra libre" que se imaginaron aquellos que se lanzaron en busca de novedades. Quería, sí, que tratáramos de ponernos al día con los sagrados compromisos contraídos con
El cuando nos hizo objeto del singular llamado de la vocación. Cuando las comunidades religiosas readquieran el espíritu que les infundieron sus santos fundadores, y vivan el contenido de aquellas reglas que la Iglesia canonizó hace tiempo como normas seguras de santidad, lloverán torrentes de gracias sobre sus casas y les sobrará espíritu apostólico para vivir en santidad dentro de sus muros e irradiar espíritu evangélico al exterior. La fidelidad y el reajuste en todo aquello que prometimos, eso es "aggiornamento". Y eso es lo que la Iglesia, la verdadera, y no los falsos profetas, esperan de los religiosos a quienes se ha encomendado el tesoro de nuestra juventud.
La juventud está siempre dispuesta al heroísmo, pero necesita el ejemplo de sus formadoras. Con religiosas santas, abnegadas, piadosas y disciplinadas, nuestros colegios volverán a ser lo que fueron en tiempos mejores. Y volveremos a tener abundancia de vocaciones atraídas y estimuladas por el ejemplo de la abnegación, la dignidad y el señorío religioso que nuestras jóvenes desean ver en todas sus maestras y formadoras. Con religiosas mediocres y mundanizadas no se triunfa en la tarea a que la Iglesia las ha consagrado. De ahí los fracasos, los desalientos y la inquietud por buscar nuevas formas de vida. No es con el abandono de la lucha como se triunfa. Es luchando con armas retempladas al calor de la fragua eucarística y en unión íntima con Aquel que conoce los secretos de todos los corazones, como se obtienen los triunfos que antaño se consiguieron y hoy se añoran.
Está muy justificada la alarma de las Superioras Mayores, pero no deben desesperar. La Iglesia ha puesto en sus manos el remediar este mal: Fidelidad y firmeza en la observancia. Nunca abandonar el campo al enemigo que se ha infiltrado en sus filas.
+A LFONSO
M. BUTELER
Arzobispo de Mendoza
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