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TERCER MUNDO EN CÓRDOBA
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Gimió todo el orbe y se admiró
de ser arriano. SAN
JERÓNIMO |
El Tercer Mundo, en Córdoba tiene todas las puertas abiertas, todos los caminos expeditos para ejercer su labor de adoctrinamiento marxista, que los mejor informados denominan: lavado de cerebro.
La revista "Jerónimo" de aquella ciudad (año III,
nº 33), publica reportajes a curas de ocho parroquias del radio urbano, donde hablan los titulares de las mismas, seminaristas y adjuntos.
Es verdaderamente espantoso que podamos decir, sin calumnia, que aparecen solamente preocupados y embarcados en una política marxista de lucha de clases, con abandono real y confesado de sus funciones sacerdotales.
El temor de calumniar o difamar nos ha hecho releer dicho reportaje y recabar la opinión de otros. Hemos entendido bien, no hemos tergiversado nada, aquellos párrocos no han hecho más que poner en práctica lo resuelto por el III Encuentro Nacional del mismo Tercer Mundo, donde afirman su voluntad "de comprometerse en un hecho político",
que quieren resolver con el marxismo (Actualidad Pastoral, 30 de julio 1970). ¡Según estos clérigos, los problemas humanos se resuelven echando por la borda a la Religión! ¡El Evangelio sustituido por la promoción humana, "el Hombre", la sociedad desacralizada y atea, en la diócesis de Mons. Esquiú, del Vicario Clara, del cura Brochero! Pasemos al contexto del reportaje.
El primer reportaje o entrevista realizado por el cronista de la mencionada publicación, fue en el Barrio Comercial, donde vive el párroco con seis seminaristas. El cronista va a un barrio pobre, de treinta mil almas, y va al sacerdote para que éste le hable de su labor sacerdotal en aquel medio ambiente. Es, precisamente,
la labor sacerdotal la que desaparece a los ojos del
cronista sustituida por un planteo político. El párroco
afirma:
"Presentamos un cristianismo diferente
basado en un mensaje de liberación". Liberación, y no salvación.
Ocuparse de la salvación de cada uno de los hombres, en el lapso de vida
que Dios les otorga, es la misión del sacerdote. Aquí eso no
interesa sino preocuparse de cambiar las "estructuras" sociales y políticas.
Este "cambio" es la fórmula que el comunismo emplea para
desarticular lo existente, malo o bueno, y apoderarse fácilmente de
aquello dividido y destrozado por la lucha interna. ¡Dividir para reinar!
El cambio es radical; el reportaje nos dice que el concepto de cambio del párroco excluye a la Iglesia: "Tenemos una dificultad principal —afirma— los sacramentos, la peor rémora de la Iglesia". Esta expresión es inconcebible en boca de un sacerdote; los sacramentos son, precisamente, la vida de la Iglesia. El índice de vida de la Iglesia habitualmente se mide por la frecuencia de los sacramentos.
Tenemos una parroquia muerta, y en cambio un foco activista. La tarea del foco activista no resulta fácil; así se deduce de estas palabras: "Nos resulta difícil hablar de política, hablamos de lo social".
Es evidente que nadie entenderá ese nuevo tipo de clérigo politizante, que no habla de Dios, de la Virgen, que menosprecia los sacramentos, que ocupan su tiempo en actividades ajenas al oficio sacerdotal, como es el trabajo de jornalero que dice hacer. En un barrio de treinta mil jornaleros, no sabemos para qué sirven siete jornaleros más, y malos jornaleros. El barrio no tiene ni sacerdote ni un jornalero útil más.
En Barrio Libertador, donde estamos ahora, dice el cronista: "Como trabajo estrictamente parroquial han barrido con todas las instituciones y los sacramentos son también para ellos la mayor dificultad". Tropiezan sin embargo con la razonable oposición de la gente:
"En cuanto queremos introducir la explicación política —afirman los reporteados— la gente nos tilda de comunistas".
Otro activista agrega: "si a uno se le ocurre introducir la variante política se transforma en peligroso o nos tildan de comunistas".
En todos los reporteados tenemos lo mismo: exclusión de preocupaciones sacerdotales, subestimación real de la Iglesia y del sacerdocio, escándalo de los fieles. Nosotros sabemos bien lo que la gente —pobre y rica— quiere del sacerdote. Lo sabemos por experiencia, en todos los ambientes donde hemos actuado: en la ciudad y en el campo, en lugares céntricos y en "villas miseria»". Quieren ver en el sacerdote, la Iglesia. Anhelan una palabra
de estímulo para su vida espiritual. Está bien el apostolado social pero nunca para edificar la sociedad desacralizada, marxista, y Estado comunista. Una orientación semejante en clérigos
es, propiamente, una traición.
Prosiguiendo un poco más la penosa encuesta, nos encontramos nada menos que con un ex-director espiritual del Seminario que recomienda sin más: "no meterse en ninguna estructura eclesiástica, y buscar un compromiso político desde donde destruir el capitalismo". El párroco de Talleres. Este quiere también, según dice: "¡inocular lentamente la idea revolucionaria"! "Dígame Padre —pregunta el cronista, al ver que el Señor Cura no hablaba más que de política—: ¿en este enorme templo todavía pasa algo?". "Mire, pasa muy poco —fue la rápida respuesta— y va a pasar cada vez menos". De la confesión, dice otro cura, se está viniendo abajo. Revolución —dice el cronista—, éste es el tema y la palabra que puede condensar todo cuanto se hace en
estas parroquias.
Evidentemente la encuesta periodística ha prestado un importante servicio al poner sobre el tapete tan monstruoso panorama. El hecho que se presenta a nuestros ojos no es algo episódico y local, que pudiera circunscribirse dentro de los límites de aquella Arquidiócesis. Es un mal orgánico, un cáncer que corroe actualmente casi toda la vida religiosa del Continente.
Aquí tenemos la imagen de hombres que han perdido el sentido de su misión sacerdotal, y que están lejos de ser, en medio de sus pueblos, la luz del mundo y sal de la tierra. La función sacerdotal, requerida por ricos y pobres, adultos y pequeños, hombres y mujeres, se encuentra desvirtuada por un insólito activísimo revolucionario que siembra, no la conversión y la unidad cristiana sino la desconfianza, la aversión, la dispersión satánica.
El clero latinoamericano, diremos una vez más, viene siendo objeto de una intensa propaganda de penetración ideológica
marxista, que tiende precisamente a eso: a que el sacerdote abandone sus tareas propias y que se entregue a subvertir el orden social y político de los pueblos no comunistas. Es curioso y sumamente elocuente, que no se le pide al sacerdote que construya nada sino que destruya. Debe olvidar la doctrina de la propia Iglesia. Debe anarquizar y destruir su propio pueblo, y entregar los
escombros aún teñidos con la sangre de la lucha fraticida al gran Moloch del Estado totalitario y ateo. Al sacerdote "mentalizado", se le pide trabajar para el cambio, pero no debe pensar en instaurar la doctrina de la Iglesia, sino pensar el cambio en un contexto, por lo menos, naturalista y empírico, sin referencia alguna a lo sobrenatural ni al Derecho Natural. ¡Eso es, ni más ni
menos, que tratarnos como imbéciles! ¡El sacerdote debe construir el Estado ateo, la sociedad atea, leyes e instituciones ateas! Estamos enterados que hemos estudiado inútilmente los tratados de la Redención y los Sacramentos. La salvación del pueblo está en
manos de jerarcas del marxismo. Eso nos quieren decir los curas de las parroquias cordobesas.
Tenemos fe en la
Iglesia y en la doctrina de la Iglesia. No
creemos que sin la gracia de Dios y las virtudes
cristianas pueda haber un cambio verdadero. No
creemos que los jerarcas del marxismo, en una concepción materialista de la vida, estén poseídos de un candoroso humanismo. La sociedad y el hombre felices no son tampoco la sociedad técnica y opípara. La pobreza y la solicitud por los pobres son las cartas mentirosas que pone el ateísmo comunista en la mesa del bienestar de las naciones, para alterarlas, dividirlas y anarquizarlas. Aunque parezca paradojal, pero estamos en eso: la construcción de la sociedad y del Estado laicos, naturalistas, con apostasía de la Religión, que llegará sin duda hasta la fe. Para eso se comenzó nivelando todas las religiones. La fe católica será inoperante; la fe católica es ya sustituida por la fe en la empresa política del comunismo. La fe en la Iglesia será una fe sinagogal, una fe empresaria.
Todos estos jóvenes sacerdotes son víctimas de la nueva iglesia, del laico adulto, pluralista y desacralizado. Víctimas de toda la inmensa literatura actual, que sugiere, en todos los tonos, un naturalismo religioso donde las exigencias de la fe y de la vida cristiana han desaparecido. A aquella literatura donde San Pedro deja a Jesús para volver a sus redes de pescador, Mateo vuelve a su banco de recaudador de impuestos, Juan Bautista entra en trato con los emisarios de Herodes, Judit "dialoga" con Holofernes, y María Magdalena no llora sus pecados.
La iglesia nueva ha abierto un ancho boquete para sustituir la puerta estrecha que conduce a la Vida. Detrás del portillo se
ve un ancho camino pero nada nos dice que conducirá a la Vida; nos enteramos que aquel camino no tiene sacramentos, menosprecia la confesión, olvida la devoción a la Santísima Virgen y no sabe qué hacer con el templo. Evidentemente, no conduce a la Vida y lleva, sin más, al infierno.
Terminemos con esta nota ingrata, pero necesaria. El Comunismo ateo y enemigo de la Iglesia verdadera y santa, recoge las aguas del Progresismo Católico, con todas sus variantes, más o menos humanistas y de línea media, para articularlo vigorosamente en acción política para servidumbre de los pueblos y aniquilamiento de todas las libertades elementales. A esa conducción política, astuta y diabólica, le ha bastado inducir reiteradamente a la lucha contra la cristiandad, formando una conciencia social liberal y laicista, para poder imponerse en Seminarios, Parroquias, Conventos, e inocular el odio contra todas las instancias sociales del Catolicismo. Esa fue la realidad de treinta años atrás, que persiste hasta ahora. El Progresismo Católico insufló un cristianismo que "no se mete en política", replegado sobre la persona individual, pero con la puerta abierta para dejar la educación y lo político en general, en manos de un naturalismo impermeable a lo sobrenatural. Ahora tenemos la maduración de ese proceso. |