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¿ANTICLERICALISMO?
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Así afirma Yahweh de los ejércitos: No escuchéis las pala-fetizado en nombre de Baal y descarriado a mi pueblo, Israel.
Y en los profetas de Jerusalén he visto cosa horripilante: Adulteran y andan en la mentira, esfuerzan a los perversos para que ninguno se convierta de su maldad; han sido para mí todos ellos como Sodoma, y sus moradores como Gomorra.
Por tanto, así afirma Yahweh de los ejércitos acerca de los profetas: He aquí que yo les daré a comer ajenjo y daréles a beber agua envenenada; porque de los profetas de Jerusalén ha partido la corrupción para todo el país.
Así afirma Yahaweh de los ejércitos: No escuchéis las palabras de los profetas que os vaticinan, que os engañan; visiones de su imaginación os cuentan, no de la boca de Yahweh.
Jeremías, 23, 13-16
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Ha sido carburante de incontables polémicas el dilema clericalismo-anticlericalismo. Porque tiene aspectos vidriosos, permeables a tufaradas sectarias y también e intromisiones ilegítimas. Pero hay el peligro, no imaginario, que cualquier puntualización correcta e incluso sólida y teológica, sea calificada de anticlerical. Y por aquí llegaríamos a las conclusiones más estúpidas e insoportables.
No fueron anticlericales santa Juana de Arco ni san Clemente María Hofbauer cuando se enfrentaron con los sofismas y silogismos falsos de sus jueces, la primera, o el jansenismo reseco y puritano de sus maestros, el segundo. En tiempos de Felipe II, un predicador se atrevió a enunciar que "los reyes tenían poder absoluto sobre las personas de sus vasallos y de sus bienes". Debidamente examinada la totalitaria proposición, fue obligado a rectificar el lenguaraz predicador, tras expediente, con estas palabras: "Porque, señores, los reyes no tienen más poder sobre su vasallos del que les permite el derecho divino y humano, y no por su libre y absoluta voluntad". Así lo certifica Antonio Pérez en sus "Relaciones". No fue anticlerical santa Catalina de Sena, en su "Diálogo", exaltando la divina dignidad del sacerdocio y poniendo en la picota las bajezas e inmoralidades de muchos clérigos. Ni san Bernardo, cuando en su libro "De consideratione", escribía al Papa Eugenio III: "¿Hasta cu ándo disimularás o no advertirás la murmuración de todo el mundo? ¿Hasta cuándo dormirás? ¿Hasta cuándo no vigilará tu consideración sobre tantos abusos y tanta confesión de las apelaciones?
Se
introducen por motivos frívolos y las más veces maliciosos. ¿No servían antes de terror de los malvados? Ahora ya no atemorizan sino a los buenos. El antídoto se convirtió en un veneno".
Ni fueron anticlericales el P. Calatayud en su libro "Juicio de sacerdotes", ni el obispo Alvar Pelayo en su "De planctu Ecclesiae". La divinidad de la Iglesia no necesita mentiras para defenderse ni las miserias humanas empañan la acción del Espíritu Santo en materias de fe y santidad de la Esposa de Jesucristo.
El clericalismo ha tenido atribuciones muy características en los tiempos modernos. Lo que no ocurría en épocas llamadas de régimen de Cristiandad. Jean Ousset nos dice: "Un Carlomagno, un Luis XIV, fueron reyes cristianos, pero no a ese solo título. O dicho de otro modo, si debían ser respetados por sus súbditos, era sólo como jefes de Estado. La consagración aureolaba su soberanía política como tal, en tanto que autoridad querida por Dios. No hacía de ellos cristianos más ejemplares que los otros, y por ese título, juzgados más dignos de mandar a todos. Todo riesgo de equívoco se encontraba así descartado. Si se equivocaba Carlomagno o san Luis, no comprometían más que a sí mismos".
En fin, no hay que tener la piel tan fina, para etiquetar fácilmente de anticlericalismo lo que atañe a los laicos y no vulnera el depósito de la fe. Hay que delimitar jurisdicciones y la órbita sagrada en que el intervencionismo moral sea aceptable y necesario. Ni esto quiere decir que la política pueda desentenderse del Decálogo ni del magisterio auténtico de la Iglesia, atribuyendo a clericalismo lo que es fuero divino y misión evangélica. También en ese sentido podríamos acumular como anticlericalismo nefasto el de los pactos con sectas y sistemas perversos, aunque provengan de hombres de la Iglesia. Hay un clericalismo, con figura histórica y concreta inaceptable y causa de graves quebrantos para la Iglesia. Como ofensivas anticristianas con el pretexto de clericalismo. Pero hay un llamado anticlericalismo que se produce a causa de intromisiones intolerables del clero, y que es perfectamente conciliable con la fe más ardiente e incluso la santidad.
Pablo VI acaba de decir solemnemente: "Mientras el silencio va recubriendo poco a poco los misterios fundamentales del cristianismo, vemos aparecer una tendencia a construir, partiendo de datos psicológicos y sociológicos, un cristianismo desligado de la tradición ininterrumpida que le une a la fe de los apóstoles y a exaltar una vida cristiana privada de elementos religiosos". Cuando esto
se produce y queda magistralmente reconocido, hay que sopesar mucho los datos para tirar ligeramente la piedra de anticlericalismo, que en muchos casos sólo es indignación rebotada por tantas claudicaciones, ausencias y apostasías de quienes tienen la sagrada misión de enunciar la fe y guiar al pueblo cristiano. Melchor Cano, que sabía más teología que muchos editorialistas y comentaristas frívolos, escribió: "Cuando los pastores duermen, los perros deben ladrar".
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VÍCTOR
LAHOZ |
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"Cristiandad", de Barcelona, año
27, nº 479, enero 1971. |
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