REVISTA ROMA

 AÑO VIII - Nº 18

BUENOS AIRES

MARZO DE 1971

 
 


EL VATICANO I EN LA VIDA DE LA IGLESIA

        Tres siglos habían transcurrido desde el último Concilio Ecuménico realizado en Trento, cuando en la mente de Pío IX surge, en 1864, la idea de convocar un Concilio para aunar pareceres y esfuerzos tendientes a solucionar tantos problemas y males, que oprimían entonces a la Iglesia.

        Los concilios ecuménicos responden a necesidades urgentes de la época. Desde el primero, celebrado en Nicea en el año 325, hasta el reciente Vaticano II, obedecen siempre a situaciones especiales y graves, muy variables desde luego, de acuerdo al acontecer histórico de cada caso.

Panorama del siglo XIX

        Para valorar la importancia del Vaticano I, cuyo centenario conmemoramos, es indispensable reflexionar sobre la situación del mundo en el siglo XIX, que marca la etapa final de la edad moderna, con sus actitudes más fundamentales y radicales, sobre todo en el plano intelectual. En efecto, durante el período anterior es posible comprobar una cierta concepción unitaria de la vida, a base del conocimiento objetivo de las cosas en filosofía, y de la verdad revelada en lo religioso y moral. Pero con el siglo XIX triunfa el subjetivismo más rabioso, que degenera en un escepticismo empedernido, para el cual nada válido y seguro puede existir.

        El siglo XIX ofrece, quizás, el más grande proceso de descomposición interna que haya experimentado la humanidad en su larga historia, pues no se trata simplemente de cambios más o menos profundos en el campo de la política, de la economía, de la cultura, fruto lógico y necesario del dinamismo humano y del afán de superación, sino de una verdadera desintegración y pulverización del pensamiento, de la tradición y de la vida, para desembocar en el agnosticismo, socialismo, criticismo, progresismo ilusorio y anarquía total.

        La cultura y la ciencia se separan completamente de la religión y se tornan esencialmente paganas y hostiles a la Iglesia, a la que hacen aparecer como exponente del oscurantismo más retrógrado. Se cava así entre la fe y el saber una fosa infranqueable; mientras cu lo económico-social comienzan las tensiones y luchas encarnizadas, y un lo político se producen rupturas entre la Iglesia y el estado, sin renunciar éste a servirse de aquella fiara sus ambiciones nacionalistas y bastardas. Tal es el panorama de Europa al celebrarse el Vaticano I, y recalco, de Europa, porque América cuenta entonces muy poco en la balanza mundial y mucho menos los otros continentes.

Preparativos e inauguración

        Un concilio no se improvisa; requiere prolijos estudios, innumerables consultas y una serie interminable de laboriosas cuestiones para concretar su realización. La primera comunicación referente al concilio la hace Pío IX el 6 de diciembre de 1864, vale decir, cinco años antes de su inauguración, y durante ese quinquenio trabajan permanente e intensamente comisiones especiales de cardenales, obispos y teólogos, que preparan el material para servir de base al estudio y discusión de los Padres conciliares.

        Realiza su sesión inaugural el 8 de diciembre de 1869 con asistencia de 807 Padres sobre un total de 1084 que tenían derecho de asistir. Fue un "acto grandioso e indescriptible", en frase del Obispo de Birmingham. Jamás la basílica de San Pedro había contemplado espectáculo semejante; pero esta magnificencia externa no era más que un indicio pálido de la trascendencia que tendrían para la vida de la Iglesia las definiciones fundamentales del concilio, a pesar de su corta duración, pues hubo de interrumpirse por la guerra franco-prusiana de 1870.

Definiciones trascendentales

        Esas definiciones o constituciones, la una sobre la fe y la otra sobre el primado e infalibilidad del Papa, constituyen resoluciones decisivas; "no son sólo acontecimientos importantes, sino acontecimientos que marcan una época", escribe el historiador Lortz. De modo que el Vaticano I significa un aporte riquísimo e imponderable para la ciencia teológica y un robustecimiento extraordinario de la Iglesia, Madre y Maestra de la verdad revelada.

        El Vaticano I vuelve por los fueros de la razón humana humillada por cierta filosofía y defiende su valor cognoscitivo, al enseñar que la misma puede con certeza conocer la existencia de Dios y exhibir pruebas suficientemente válidas para motivar en todo hombre sensato un asentimiento consciente a la revelación divina. La fe no es una fe ciega, ni un sí dado a Dios sin causas lógicas. Ya S. Pablo escribía que el obsequio de nuestra fe debe ser racional; pero filosofías idealistas, agnósticas y escépticas desconocían la objetividad del conocimiento y la vigencia inmutale de los primeros principios, para caer en lo subjetivo, que conduce a las más increíbles aberraciones humanas.

        Establece, además, el Vaticano I con claridad meridiana el doble orden de conocimientos en el hombre: el de la razón y el de la revelación. Por la razón el hombre llega a la ciencia, explorando e investigando ese campo inmenso del saber, desde las altas especulaciones filosóficas hasta los buceos incansables en e1 mundo de lo infinitamente pequeño: la célula y el átomo. En cambio, por la revelación se interna en la esfera de lo divino, guiado no por los sentidos y el intelecto, sino por el mismo Dios que se ha dignado descubrirle, por un designio amoroso y salvífico, realidades misteriosas que están muy por encima de toda comprensión humana o angélica.

        Ahora bien, según la enseñanza conciliar, la ciencia goza de libertad dentro de su propio ámbito de acción. Textualmente afirma el Vaticano I: "La Iglesia no veda que esas disciplinas, cada una dentro de su ámbito, use de sus principios y métodos propios, pero reconociendo esta justa libertad, cuidadosa vigila que no reciban en sí mismas errores al oponerse a la doctrina divina, o traspasando sus propios límites invadan o perturben lo que pertenece a la fe".

        Porque tienden a la misma verdad no puede haber conflicto real y objetivo entre la razón y la fe. Con términos inequívocos apunta el Vaticano I: "El mismo Dios que revela los misterios e infunde la fe, puso dentro del alma humana la luz de la razón, y Dios no puede negarse a sí mismo, ni la verdad contradecir jamás a la verdad". Ha habido enfrentamientos entre la razón y la fe, y los seguirá habiendo, pero estas contradicciones aparentes provienen, o de que las verdades reveladas no son expuestas con la suficiente nitidez, propiedad y exactitud doctrinal; o de que se toman como axiomas científicos y comprobaciones inconcusas lo que no pasa de ser mera hipótesis o una afirmación gratuita que excede los límites de la ciencia. Lejos de oponerse entre sí la revelación y la ciencia, han de ayudarse mutuamente para promover la cultura integral y para alcanzar la verdadera sabiduría.

El primado de Pedro

        Si importante y de palpitante actualidad fue la constitución sobre la fe, que hemos examinado a grandes rasgos, la otra referente al primado e infalibilidad del Papa, por su contenido teológico y sus enormes proyecciones en la historia de estos cien años, se destaca con relieves inconfundibles. Diríase que es la culminación de un largo proceso que arranca en la aurora del cristianismo; que es la evolución lenta pero segura de una semilla evangélica hasta convertirse en dogma fecundo y clarificador, y que es el desarrollo progresivo y providencial del tesoro riquísimo encerrado en las palabras de Cristo: "Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia". "Yo he rogado por tí para que no desfallezca tu fe y confirmes a tus hermanos". "Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas".

        Dos partes hemos de distinguir en esta constitución sobre la Iglesia: el primado de Pedro que se trasmite a sus sucesores, y la infalibilidad papal. Lo primero, la institución del primado, su perpetuidad a través de los siglos en la persona del Obispo de Roma, la naturaleza y razón de ser del mismo, no ofreció mayores dificultades, ni fue motivo de largas discusiones. Pues la doctrina al respecto, claramente apoyada en la Sagrada Escritura y en los Santos Padres, paulatinamente elaborada por los Pontífices y Concilios anteriores, especialmente por el de Florencia, ilustrada por los doctores y escritores eclesiásticos, solo requería una formulación precisa y concisa, que fuera norma indefectible de la fe frente a los errores sostenidos por ortodoxos, anglicanos, protestantes.

        El Vaticano I realizó esta labor en tres capítulos breves, pero muy densos en doctrina. Comienza puntualizando el hecho histórico de la institución del primado de jurisdicción, y no simplemente de honor, en la persona de Pedro, a quien Cristo establece como príncipe y cabeza de los apóstoles, entregándole las llaves del reino. Pedro funda la iglesia de Roma; allí pone su cátedra primacial, y la consagra con su martirio. Pero el primado no termina con Pedro, sino que se perpetúa en sus sucesores, como bien dice San León, "permaneciendo en la fortaleza de piedra que recibiera, no abandona el timón de la Iglesia que una vez empuñara". Los Papas se suceden, siglo tras siglo, con nombres diversos y calidades personales las más variadas; sin embargo Pedro permanece, ejerciendo siempre la potestad de Vicario de Jesucristo, como cabeza visible de la Iglesia, padre y maestro universal de los cristianos.

        Y esta potestad universal y suprema es ordinaria e inmediata sobre todos los fieles y pastores. Ordinaria, porque es esencial al Sumo Pontífice y comunicada por Dios en el mismo momento en que el elegido acepta ser Obispo de Roma, y de ninguna manera procede del consentimiento tácito de los otros obispos que se someten a su Jurisdicción. Y es inmediata, porque todos, pastores y fieles, estamos directamente bajo su autoridad, no sólo en lo que atañe a fe y costumbres, sino también en cuanto pertenece a la disciplina y régimen de toda la Iglesia.

El problema de la infalibilidad

        Ahora bien, el primado de Pedro guarda vinculación estrecha y directa con el dogma de la infalibilidad papal, que suscitó tantas y tan acaloradas polémicas dentro y fuera del Vaticano I. El tema no figuraba en el esquema original del Concilio; fue introducido posteriormente por pedido de 480 Padres y aceptado por el Papa, que ordenó su inclusión en el temario a discutirse.

        La noticia de que la infalibilidad sería tratada causó no pequeña conmoción, no sólo en los ambientes culturales católicos, sino también en la esfera política de algunos gobiernos, como Francia, Alemania, Austria y Hungría. El ministro de Relaciones Exteriores francés, Daru, envió, en febrero del 70, una nota a Roma en que reclamaba el derecho a la "comunicación de los proyectos de decisiones que se refieren a la política", nota contestada por el Cardenal Antonelli, secretario de Estado, en base a las enérgicas palabras del presidente del Concilio al enterarse del asunto: "La Iglesia es libre en la enseñanza y enseñará como crea oportuno". Pero la marea seguía creciendo y en marzo el canciller austríaco, Beust, envió instrucciones a su embajador en Roma para que reclamara la atención del Cardenal Antonelli sobre el tema planteado, pues traería como consecuencia, según aquel, cavar un abismo entre la Iglesia y el estado. Antonelli alarmado por las voces de oposición y el clima tenso de los medios católicos, pidió personalmente al Papa que retirase el proyecto de decreto sobre la infalibilidad; pero Pío IX con serena entereza le replicó: "Proseguiré".

        Nos preguntamos hoy, ¿porqué surgió aquella conmoción en el seno de la Iglesia? ¿Se trataba, acaso, de algo inusitado, de un cambio radical en la doctrina católica? A cien años de distancia y libres de los apasionamientos de aquella hora, creo que podemos responder a estas lógicas demandas con serena objetividad.

        En primer lugar la infalibilidad no era una novedad doctrinal. Como todos los dogmas se apoya en la revelación divina, contenida expresa o implícitamente en la Sagrada Escritura y en la Tradición apostólica se desarrolla paulatinamente a través de la historia en base a la reflexión teológica y enseñanzas de la Santa Sede, y además es consecuencia lógica del primado de Pedro, como carisma de la verdad y de la fe, que nunca puede faltar en la Iglesia de Cristo. Habla de la doctrina indefectible de la Sede de Roma ya el 4º concilio de Constantinopla, del 870, y los concilios de Lyon y de Florencia enseñan, hablando de la Iglesia romana, que las cuestiones acerca de la fe "deben ser definidas por su juicio" y que el Sumo Pontífice es "padre y maestro de todos los cristianos". Por otra parte en 1854, 16 años antes del Vaticano I, Pío IX usando de la potestad infalible había definido solemnemente el dogma de la Inmaculada Concepción de María. También se ha de advertir que la gran mayoría de los obispos, alemanes y franceses, contrarios a la definición, no pusieron en tela de juicio la certeza de la infalibilidad papal, sino sólo la oportunidad de su proclamación dogmática. Consideraron que no convenía hacerlo en ese momento y con toda lealtad se lo expusieron a Pío IX, optando por retirarse del Concilio en número de 62 para no manifestar su desacuerdo en la sesión definitoria del 18 de julio, en la que fue aprobada por 535 votos contra dos. Pero todos los obispos ausentes, cualquiera hubiera sido su posición anterior, hicieron llegar al Santo Padre su adhesión unánime, acatando el dogma definido y anunciándolo a sus respectivos fieles. Creo conveniente recordar aquí la doctrina definida antes de mencionar sus sorprendentes y magníficos resultados. El Papa únicamente es infalible "cuando habla ex cathedra, esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y las costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal ... y por lo tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia". Así reza la definición conciliar.

Maravillosos resultados

        Con la definición del primado y de la infalibilidad no es posible imaginar un mayor robustecimiento y una más alta expresión de la unidad de la Iglesia, que origina al mismo tiempo el prestigio cada día mayor del Pontificado supremo.

        En los siglos anteriores la unidad eclesial quedaba no pocas veces como diluida y empalidecida por la intromisión abusiva de emperadores y reyes, que daba a la Iglesia un tinte marcadamente nacionalista, o por la influencia nefasta del galicanismo. Con el Vaticano I la figura del Papa y de la Cátedra de Pedro emergen, cual faro luminoso e inextinguible, hacia donde vuelven permanentemente las miradas y las esperanzas de los fieles; de modo que la comunión con Roma es la señal inequívoca de la unidad y de la catolicidad.

        Después del Vaticano I la persona y la palabra del Papa comienzan a trascender el ámbito de la grey católica para llegar a la mente y el corazón de los hombres todos, cuando trata de los intrincados problemas políticos, económicos y sociales que tanto agitan al mundo moderno.

        Este enorme crecimiento de la autoridad moral del Papa, fenómeno desconocido aún en las épocas más brillantes de los tiempos pretéritos, hunde sus raíces en el Vaticano I.

        En medio de la gran tempestad de ideas, procederes y corrientes antagónicas que sacuden a la Iglesia y al mundo de hoy, la doctrina del Vaticano I constituye una tabla de salvación, por ser interpretación auténtica de la verdad revelada y porque en el fondo de esta crisis se agita un problema de fe, y lo confirma el análisis sereno del momento eclesial que vivimos. El primado de Pedro y la consecuente infalibilidad configuran la verdadera fisonomía del Papa.

RAMÓN J. CASTELLANO
Arzobispo titular de Giomnio

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