|
EL TIEMPO SE ACABA
Los signos se han cumplido.
¿Qué signos? los anunciados. ¿Por quién?
Por la Revelación. Los que quieren podrán encontrarlos expresados por Jesucristo mismo en Mateo,
cap. XXIV; y por San Pablo en II Tesalonicenses, cap. II; y por San Juan en su
Apocalipsis.
Por tanto: el tiempo se acaba. La historia del
hombre toca su fin. Estamos en los umbrales de la eternidad.
No escribo para hacer polémica. Digo lo que creo y la Iglesia me manda creer y enseñar:
Jesucristo vendrá una segunda vez, no como Redentor sino como Rey y Juez de inigualable e
inefable majestad.
Jesucristo dio señales de su vuelta para que
estuviéramos sobre aviso. Hay que conocerlas y creerlas para no ser como las vírgenes locas a quienes se les cerraron en las narices las puertas de
las bodas del Cordero.
Para completar la Gran Tribulación falta que
aparezca el ''hombre de pecado", el "inicuo", el "otro" y comience su obra. Por otra parte la apostasía ya es generalizada y pocos distinguen la
izquierda de la derecha el caos, la impiedad, la confusión son tan grandes y las tinieblas tan espesas
que hasta se pueden tocar. Pseudos profetas y falsos pastores por todos lados, que
si no se acortaren estos días aún los elegidos podrían sucumbir a esta terrible tentación contra la Fe!! Por doquier aparecen maestrillos que discuten, hablan, dudan y parece que quisieran emular
a las ranas apocalípticas con su incesante croar que aturden para no dejar
pensar, y cierran el cielo con sus parlerías en vez de abrirlo con sus penitencias.
Razón por la cual no adherimos a ninguna "comunidad", ni "mesa redonda" ni cuadrada, ni "reconsagraciones", ni opiniones, ni "cónclaves". Hemos elegido quedarnos solos, o sea, voluntariamente
alejados, en la soledad, apartados expresamente de toda esa maraña de elucubraciones
orgullosas, para dialogar con el Amado y tener la compañía de los santos. No tememos el juicio de
los hombres; ni siquiera lo consideramos, no nos interesa.
Esperamos con vehemencia el día de la ira del Todopoderoso Señor y Rey Jesucristo, y a sus
precursores. Esperamos el triunfo del Inmaculado Corazón de María.
No queremos salvar a la Iglesia, al contrario, deseamos vivamente ser salvados por Ella porque
fuera de la Iglesia no hay salvación para nadie.
Trabajamos y trabajaremos para restaurar en Cristo todas las cosas, pero no a cualquier precio. Primero el Honor de Dios.
Con la gracia de Dios, no anhelamos otra cosa que disolvernos para estar con Cristo, pero "disolvernos" en la lucha contra el Anticristo y su ejército idólatra e impío, poniendo el cuerpo y el
alma en esta batalla, no la lengua.
Los que sean de Dios que se acerquen al desierto de la tribulación, la oscuridad, el olvido y la
muerte gloriosa; el resto que siga cocinando para los caldeos en las cacerolas de Egipto y Sodoma.
De nuestra parte sólo queremos comer el Pan de
Ángeles en la casa de Dios. Otros manjares repugnan. Llegará el día, y estamos en él, que quien no aborrezca sus propios juicios, sus propias
elucubraciones y aun sus bienes y su vida, los perderá por la soberbia.
Elías no fue enviado sino a una sola viuda, en Sarepta, aunque había muchas en Israel. Habiendo muchos leprosos en Israel, a ninguno fue enviado Elíseo, sino a Naamán, el sirio. También ahora Dios colmará de bienes a los hambrientos, no a los satisfechos. Dará su gracia
a los que se humillen ante su mano, todopoderosa y rechazará a los que se ensoberbecen en su corazón creyendo que lo saben todo.
La
Iglesia será llevada al desierto y allí será alimentada.
Exhortamos a quien quiera escuchar nuestra débil voz a olvidarse de sí mismo, a hacerse pobre de
espíritu, hambriento y sediento de justicia y puro y humilde de corazón para ser bienaventurado.
Consigna: "Sursum Corda".
Venga la gracia. Pase éste mundo. "El Rex tremendae majestatis" está a las puertas.
"El que ha de venir, vendrá, y no tardará".
Pie Iesu Domine, salva me. Veni, Domine Iesu.
"Hemos venido a ser como basura del mundo
y el desecho de todos, hasta el día de hoy"
(San Pablo I Cor. 4-13).
|