REVISTA ROMA

Año XXVII Nº 130

BUENOS AIRES

PASCUA 1994

 
 
 

UNA CRUZADA DE AMOR Y ORACIÓN - III    

   La Iglesia "semper fídelis", fuera de la cual no hay salvación, sufre en sus hijos una crisis sin precedentes.

   La Sede Apostólica está vacante desde hace más de treinta años, ocupada ante los ojos del mundo por quienes no tienen la Fe de siempre.

   Debemos combatir, gritar la Verdad, "Clama ne cesses" (Is. LVIII, 1), para señalar los grandes principios y trabajar en consecuencia para la restauración del Orden Sagrado; y para cumplir ese deber "gravísimo y santísimo", que es la designación de quien debe ocupar la Cátedra y Silla de Pedro.

   Pero esta clase de demonios, como los que hoy han seducido y confundido a Cardenales, obispos, sacerdotes y fieles, sólo se echan con la oración y el ayuno (Mt. XVII, 21 - Me. IX, 29).

   Es necesaria pues una verdadera cruzada de oración y reparación. Sin ellas no habrá unión de los espíritus.

   En números anteriores instábamos a esta Cruzada, destacando la obra del padre Mateo Crawley, bendecida especialmente por San Pío X, que procuraba la Consagración y Entronización de personas, familias, empresas y naciones al Corazón Amantísimo de Jesús, que es uno con el Corazón Inmaculado de María; la Hora Santa; la adoración nocturna en cada hogar, con la mayor frecuencia. Asimismo la cooperación que dan a los obreros de la viña, las almas interiores que ofrecen sus oraciones y padecimientos. Buena es la penitencia que se hace por amor de Dios, mejor aún la aceptación, hasta gozosa, de la que Dios nos manda.

   Instamos, pese a nuestra miseria, a esta cruzada de oración y sacrificio. El que pueda trabajar, no rehúse hacerlo, no tema el ridículo, que la grandeza de la tarea no aliente a una falsa humildad, que nos inspire a no hacerla. "Que Dios ha escogido lo insensato del mundo para confundir a los sabios; y lo débil del mundo ha elegido Dios para confundir a los fuertes; y lo vil del mundo y lo despreciado ha escogido Dios, y aún lo que no es, para destruir lo que es; a fin de que delante de Dios no se gloríe ninguna carne" (I Cor. I, 27-28).

   Y todos, ya puedan trabajar activamente o no, ofrezcan lo que son y lo que no son: sus dolores, escarnios, burlas, el desprecio de sus opiniones propias, lo grande y lo pequeño cotidiano, por esta causa del Dios Altísimo, que más grave y más santa no la hay.

   Sabiendo con certeza cada uno que

"A la voz de tu clamor tendrá Él compasión de Ti; tan pronto como te oyere, te responderá (Is. XXX, 19).

   Y así ya nos dijo nuestra Reina y Madre:

¡Al fin mi Inmaculado Corazón triunfará!

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