|
UNA
CRUZADA DE AMOR Y ORACIÓN - III
La Iglesia "semper fídelis",
fuera de la cual no hay salvación,
sufre en sus hijos una crisis sin
precedentes.
La Sede Apostólica está vacante
desde hace más de treinta años,
ocupada ante los ojos del mundo por
quienes no tienen la Fe de siempre.
Debemos combatir, gritar la Verdad, "Clama
ne cesses" (Is. LVIII, 1),
para señalar los grandes principios y
trabajar en consecuencia para la
restauración del Orden Sagrado; y
para cumplir ese deber "gravísimo
y santísimo", que es la designación
de quien debe ocupar la Cátedra y
Silla de Pedro.
Pero esta clase de demonios, como los
que hoy han seducido y confundido a
Cardenales, obispos, sacerdotes y
fieles, sólo se echan con la oración
y el ayuno (Mt. XVII, 21 - Me. IX,
29).
Es necesaria pues una verdadera
cruzada de oración y reparación. Sin
ellas no habrá unión de los espíritus.
En números anteriores instábamos a
esta Cruzada, destacando la obra del
padre Mateo Crawley, bendecida
especialmente por San Pío X, que
procuraba la Consagración y
Entronización de personas, familias,
empresas y naciones al Corazón Amantísimo
de Jesús, que es uno con el Corazón
Inmaculado de María; la Hora Santa;
la adoración nocturna en cada hogar,
con la mayor frecuencia. Asimismo la
cooperación que dan a los obreros de
la viña, las almas interiores que
ofrecen sus oraciones y padecimientos.
Buena es la penitencia que se hace por
amor de Dios, mejor aún la aceptación,
hasta gozosa, de la que Dios nos
manda.
Instamos, pese a nuestra miseria, a
esta cruzada de oración y sacrificio.
El que pueda trabajar, no rehúse
hacerlo, no tema el ridículo, que la
grandeza de la tarea no aliente a una
falsa humildad, que nos inspire a no
hacerla. "Que Dios ha escogido lo
insensato del mundo para confundir a
los sabios; y lo débil del mundo ha
elegido Dios para confundir a los
fuertes; y lo vil del mundo y lo
despreciado ha escogido Dios, y aún
lo que no es, para destruir lo que es;
a fin de que delante de Dios no se
gloríe ninguna carne" (I Cor. I,
27-28).
Y todos, ya puedan trabajar
activamente o no, ofrezcan lo que son
y lo que no son: sus dolores,
escarnios, burlas, el desprecio de sus
opiniones propias, lo grande y lo
pequeño cotidiano, por esta causa del
Dios Altísimo, que más grave y más
santa no la hay.
Sabiendo con certeza cada uno que
"A
la voz de tu clamor tendrá Él
compasión de Ti; tan pronto
como te oyere, te responderá (Is.
XXX, 19).
Y
así ya nos dijo nuestra Reina y
Madre:
¡Al
fin mi Inmaculado Corazón
triunfará!
|