REVISTA ROMA

Año XXVII Nº 130

BUENOS AIRES

PASCUA 1994

 
 
 

PRIMACÍA Y REALEZA DE CRISTO

 

   La cuestión del motivo de la Encarnación se plantea ordinariamente bajo esta forma: "¿Si el hombre no hubiera pecado, Dios se habría encarnado?" El lector poco advertido, podría creer que se trata de discutir una hipótesis que no se realizó y, tal vez, estaría tentado de decir con el P. Gregorio de Valencia S. J.: "¿Qué sirve discutir una cuestión así?". O bien con el P. Reginald O. P.: "Afirmar que en virtud de otro decreto, escondido en Dios, la Encarnación habría tenido lugar, aún cuando Adán no hubiera pecado, es simplemente querer hacer el adivino".

   Pero no se trata de hipótesis, sino como lo afirman Vázquez, Tournely, etc., se trata del orden actual, de lo que existe, y uno se pregunta si la Redención es el único motivo de la Encarnación. Y como se verá, la cuestión es de la mayor importancia.

   Duns Scoto la plantea así: "La predestinación de Cristo ¿depende necesariamente de la caída del hombre , conforme a muchos textos que parecen decir que el Hijo de Dios no se habría encarnado si el hombre no hubiera pecado?" (III Sent. dist. VII, Q. III, B). El equívoco es imposible.

   El R.P. Hugon plantea también la cuestión con precisión: "Pero (Dios) ¿qué ha querido de hecho y en virtud del presente decreto que conduce a la Encarnación? Todo el problema está ahí. No hay que ocuparse de otros planes que la soberana Libertad hubiera podido adoptar, de los decretos que hubiera podido producir en tal o tal otra hipótesis...".

   "He aquí la verdadera cuestión a resolver: en virtud del presente decreto: ¿la Encarnación está subordinada a la Redención, de tal suerte que el Verbo no se habría encarnado si no hubiera habido que rescatar al hombre?".

   Como se ve, el R.P. Hugon plantea la cuestión en el mismo sentido y casi en los mismos términos que Scoto.

   Estamos pues de acuerdo sobre ese punto y no se puede decir que la opinión scotista se ocupa de "decretos que ella (la soberana Libertad) hubiera podido producir en tal o tal hipótesis". No se debe olvidar esto.

   En realidad toda la discusión se reduce a ésta: la Encarnación ¿depende de su utilidad para el hombre o bien de un motivo que no se refiere sino a Dios?

   Entre las utilidades para la creatura, las principales son: la Redención, la gratificación o elevación al orden sobrenatural y la creación. La gratificación <« anterior a la redención y de una utilidad más general, pues ella abraza a todas las creaturas elevadas al orden sobrenatural; la creación a su vez es anterior a la gratificación: es el principal beneficio.

   Si la Escritura y los Padres nos dicen que todo fue hecho para Cristo y que éste es fuente de gracia para el Ángel y Adán inocente, ellos proclaman ya que no es la utilidad de la Redención el motivo de la Encarnación.

   Si la Tradición afirma que la Encarnación ha sido querida antes que todas las cosas, ella la proclama independiente de toda utilidad para la creación.

   Destáquese la alta importancia del presente debate. Se trata del lugar del Verbo Encarnado en la creación así como también en su gloria.

   ¿El fue querido antes que toda creatura, o sólo con ocasión del pecado Dios pensó en la Encarnación?

   ¿Cristo es la razón de ser de la creación, o bien la reparación del pecado es la razón de ser de Él?

   ¿Él es fuente de gracia sólo para el hombre pecador, o también, además, para el hombre inocente y para los ángeles, de suerte que éstos, en la gloria, se unen a los hombres para agradecer a Cristo de su salvación y su felicidad eterna?

   Esta discusión debe aclarar nuestra relación con Cristo.

   ¿Le debemos nuestra creación, nuestra elevación al orden sobrenatural y la Redención o sólo la Redención?

   La gloria de Cristo es pues bien diferente en una y otra opinión. Diferentes son también los deberes de los hombres respecto de Cristo.

   No se podría poner un exceso de aplicación a la solución del problema que nos ocupa, problema de tan grande importancia para Cristo y en consecuencia para María; de tan grande importancia para nosotros en nuestras relaciones con Cristo.

   Así... los derechos de Cristo ¿no merecen ser estudiados y discutidos con ardor? y nuestro deber, ante todo ¿no es hacer justicia a Cristo? Nada pues más importante para nosotros que solucionar esta cuestión: ¿cuáles son los derechos de Cristo sobre mí? y por ello: ¿cuáles son mis deberes respecto a Él?

   Digamos entonces que no se trata en absoluto de una discusión de escuela, debemos declarar esto muy en alto.

   El R.P. Hugon sintetiza así el tema (op. cit. p. 289):

   "La escuela dominicana en su conjunto(1) queda bien unida sobre las dos afirmaciones fundamentales: sin el pecado no hay Encarnación, y la Encarnación no es la causa de la gracia para los ángeles ni para Adán inocente".

La distinción entre carne pasible e impasible

   Dice el R.P. Longpré: El R.P. Hugon no ha producido el argumento escriturario necesario para probar que la Encarnación no ha sido querida sino para la Redención.

   Los testimonios de los Padres ¿serán más convincentes? El R.P. Hugon cita sólo cuatro de ellos. ¿Será porque su testimonio le parece decisivo y no ha querido acumular textos? Tal vez.

    He aquí lo que dice: "Tenemos al contrario, testimonios explícitos que dicen en propios términos: Sin el pecado Él (el Verbo) no hubiera venido: 'Si la carne no hubiera debido ser salvada —escribe San Ireneo—jamás el Verbo de Dios se hubiera hecho carne' (Adu. H. Lib. IV, C. XIV), 'Que el Hijo de Dios se haya hecho hombre —agrega San Atanasio— no se hubiera dado jamás si la necesidad de los hombres no hubiera sido la causa' (77 Cont. Ar. P.G. XXVI, 268). 'Si no hubiéramos pecado —dice San Cirilo de Alejandría— el Hijo de Dios no hubiera jamás tomado nuestra semejanza' (Dial. V. de Trinit. P.G. LXXV, 965). La fórmula incisiva de San Agustín está llena de energía: 'Si el hombre no hubiera perecido, el Hijo del hombre no habría venido' (Serm. CLXXIV, Nº 2, P.L. XXXVIII, 940). En otra parte el santo Doctor está seguro de probar, por numerosos pasajes de la Escritura, que Nuestro Señor no vino por otro motivo sino para vivificar, salvar, librar, rescatar a los hombres (De Pee. et remis. L.I.C. XXVI, P.L. 44-131)."

   "¿Qué replicar frente a estos testimonios? —continúa el P. Hugon— los padres, dicen los adversarios (o sea los primacistas) quieren sólo excluir la venida de Cristo en una carne mortal, no la Encarnación en una carne gloriosa e impasible".

   "La respuesta no es aceptable. Primero, ella afirma gratuitamente esta venida del Verbo en un cuerpo inmortal, hipótesis de la cual no se halla ninguna mención ni en la Tradición ni en las Escrituras. En segundo lugar, ella es inconciliable con los textos citados que rechazan la misma hipótesis".

   "Además, esas expresiones no serían más verdaderas, más sinceras, si, aun admitiendo una Encarnación en una carne impasible, los Padres afirman sin distinción, de la manera más universal, más absoluta: sin el pecado, el Verbo no hubiera jamás venido".

   Antes de discutir estos textos de los Padres, observemos que esta distinción de carne pasible e impasible, de la cual el R.P. Hugon trata de ponerse a cubierto, no es una distinción escotista; ella era empleada en tiempo de Santo Tomás y de San Buenaventura, que hacen de ella mención expresa(2)

   Dicho esto, yo aún agregaré —dice el R.P. Longpré— creyendo en esto encontrarme con el pensamiento del R.P. Hugon, que sería razonar en sofista de mala fe el querer desembarazarse de un texto por una distinción que nada autorizaría.

   Ese sería el caso si, como dice el R.P. Hugon, los Padres citados afirmasen siempre "sin distinción, de la manera más universal, más absoluta: sin el pecado, el Verbo no hubiera jamás venido".

   Pero ¿si esos Padres reconociesen en otra parte, en otros pasajes de sus obras, otro motivo para la Encarnación?

   — El caso sería completamente distinto, así parece. —Entonces ¿cómo ponerlos de acuerdo consigo mismos, si no es por la distinción indicada?— y si la distinción se impone ¿qué queda de esos testimonios de los Padres?

   Ahora bien ¿la distinción se impone? He aquí toda la cuestión.

   1º) San Ireneo escribe: "Si la carne no hubiera debido ser salvada, jamás el Verbo de Dios se hubiera hecho carne" (Adv. Haer. Lib. V, C. XIV).

   Pero el mismo Santo nos dice un poco más lejos (C. 62-1): "y como el Salvador preexistía, convenía que fuese creado el que sería salvado, para que el Salvador no fuese inútil".

   Se trata aquí de todos aquellos que deben ser salvados, el hombre y el ángel; en todo caso el gran doctor designa explícitamente a Adán.

   Por lo demás su gran enseñanza es ésta: nadie puede conocer (sobrenaturalmente) al Padre, sino aquél a quien el Hijo lo revela; nadie puede conocer al Hijo sino por la Encarnación (id. Lib. IV, C. 20).

   El Padre se revela a todos haciendo a su Verbo visible a todos. Es por el Verbo visible y palpable que el Padre se muestra (Lib. IV, C. 5).

   Y el Hijo prestando su Ministerio a su Padre ha ejecutado todo desde el origen, y sin El nadie puede conocer a Dios (Lib. IV, C. 6).

   Adán inocente conocía bien a Dios sobrenaturalmente. Ahora bien, según I San Ireneo, este conocimiento no puede ser comunicado auna creatura sino por ¡ la Encarnación. El Verbo encarnado es pues medio de conocimiento sobreña- i tural para el hombre y para el ángel, no como Verbo, sino como Verbo j Encarnado. Como Verbo es tan incognoscible como el Padre.

   Tal es la doctrina fundamental de San Ireneo. ¿Cómo armonizar las] palabras citadas por el R.P. Hugon con esta doctrina, sin emplear la distinción j de carne pasible e impasible? He aquí pues el sentido de esas palabras: "Si lai carne no hubiera debido ser salvada del pecado, jamás el Verbo de Dios se| hubiera hecho carne pasible".

   Agregamos a estas palabras del R.P. Longpré el conocido texto de San I Pablo: "Como por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el\ pecado la muerte, también así la muerte (la carne mortal y pasible) pasd] a todos los hombres..." (Rom. 5, 12-13).

   2º) San Atanasio también pide una explicación: "Que el Hijo de Dios se haya hecho hombre, eso jamás se habría dado si la necesidad de los hombres no hubiera sido la causa" (II Contr. ArJ.

   Pero el santo Doctor no es menos explícito al afirmar otros fines de la Encarnación. Pues para él la Encarnación es el fundamento de la predestinación, ella tiene por objeto primero de unir la creatura al Creador y luego de reparar llegado el caso

   Escuchémoslo:

   "¿Cómo Dios nos ha elegido antes que fuésemos, sino porque —como Él mismo lo dijo— hemos sido predestinados en Él? ¿Cómo nos ha podido predestinar a la adopción de hijos de Dios antes que los hombres fuesen creados, si el Hijo mismo, antes de la creación no hubiera establecido nuestro fundamento por la Encarnación" (Or. II. cont. Ai: 16, P.G. 26,307).

   Ahora bien, es tanto de Adán inocente como del hombre culpable que él habla en esta predestinación.

   En efecto: "El Verbo, en el Espíritu Santo, se ha formado un cuerpo para poder así unir al Padre todas las cosas, ofrecérselas y reconciliarlas con Él" (Epíst. ad Serap. nº 33, Ibid. 606).

   Y muy expresamente el Santo Doctor distingue en la Encarnación el doble efecto de santificar la creatura y de repararla, si ella llega a caer.

   Pues, dice él, antes del tiempo y antes de la creación de la tierra nuestra vida estaba preparada en Cristo; ella tenía su fundamento en Él. En efecto, un arquitecto, si es prudente, debe dar a un edificio fundamentos lo bastante sólidos para poder soportar la reedificación de la casa, si ella cayese en ruinas; "es así que nuestra salvación tuvo su fundamento en Cristo, antes que existiéramos, a fin que pudiéramos ser reparados también en Cristo" (Or. II, cont. Ar. 77; P.G. 26,310).

   Y para que no haya duda posible, San Atanasio, atribuye a la sangre del Verbo Encarnado la salud de los ángeles: "Os habéis dignado prometer, Señor, de elevar al cielo por la eternidad un admirable momento de misericordia. Es la salud y la gracia que vienen por Cristo. La misericordia de Dios eleva a los hombres y la verdad prepara las Virtudes (los ángeles), pues la salud traída por Cristo, que se llama misericordia y gracia, se llama también verdad, y por la virtud de la sangre, sea en el cielo o sobre la tierra, esta verdad, dice el Salmista, se eleva hasta lo más alto de los cielos" (In Psal. XXXVIII, V. 3, P.G. 27, 383).

   Las palabras del santo Doctor que ellos oponen (los maculistas), piden pues la explicación racional que los ponga de acuerdo con su pensamiento expresado tan a menudo y tan claramente. Él dice: "Que el Hijo de Dios se haya hecho hombre mortal o redentor, eso jamás se habría dado si...". En efecto las fundaciones de un edificio no tienen que soportar un nuevo edificio, sino cuando el primero cae.

   3º) San Cirilo de Alejandría exige la misma explicación bajo pena de caer en contradicción.

   Como su ilustre predecesor San Atanasio, él afirma, en términos aún más formales, la santificación de los ángeles por Cristo.

   "Es verídico San Juan que dice: "De su plenitud todos hemos recibido; pues la creación universal visible e invisible participa de Cristo. Los ángeles y los arcángeles y todas esas naturalezas que están por encima de nosotros, también los mismos querubines no son santos sino por Cristo, en el Espíritu Santo, pues El es el altar y el perfume del Gran Sacerdote, como es también la sangre para la remisión de los pecados" (Lib. IX de Ador., P.G. 68,626).

   "No es sólo para los habitantes de la tierra sino también para los habitantes de los cielos que Jesús se ofreció en hostia" (Hom. I in Levit.).

   Y siempre en el mismo orden de ideas, él atribuye a María la victoria sobre el diablo y su expulsión del cielo. Como mayor razón pues a Cristo (Hom. Ephes. cont. Nestorium dicta).

   En fin, para ilustrar su doctrina, San Cirilo recurre a la comparación del arquitecto, ya empleada por San Atanasio. El comenta el pasaje de los Proverbios "Dominus possedit me..." (VIII, 22), y aplicándolo al Verbo Encarnado en razón de su humanidad, agrega que Dios, previendo la caída de la humanidad y para preparar un medio de levantamiento, había ya puesto en su Hijo la raíz de esta esperanza, y es en El que nos predestinó antes de nuestra creación a la adopción de hijos de Dios y nos colma de toda clase de bendiciones espirituales; de suerte que cuando el hombre caiga en la muerte por el pecado, la vida pueda rebrotar de esta raíz. Y así Cristo es establecido antes que nosotros como fundamento... Así el Creador de todas las cosas antes que el mundo fuese, ha establecido a Cristo como fundamento de nuestra vida sobrenatural, a fin de que, si llegábamos a perderla, pudiésemos encontrarla en el mismo Cristo" (Thes. assertio XV; P.G. 75,295).

   Si no se quiere infligir al santo Doctor la injuria de contradecirse a las pocas páginas hay que explicar su palabra: sin el pecado "el Hijo de Dios no hubiera jamás tomado nuestra semejanza en un cuerpo mortal".

   4º) ¿Qué decir de San Agustín? He aquí sus palabras: "Si el hombre no hubiera perecido, el Hijo del hombre no habría venido". La explicación ya empleada no parecerá más extraña y veremos que ella se impone para que esas palabras del gran doctor concuerden con su doctrina.

   Pues según él: 1) es de la humanidad de Cristo que se dijo: el Señor me ha creado... Dominus creativ me (Prov. VIII) (en De Trin. Cap. XII, nº 24);

                         2) el misterio de la Encarnación fue manifestado a los ángeles desde su creación (P.L. 34,335,333) De Gen. ad. litt., Lib. V, cap. XVIII-XIX);

                         3) somos el cuerpo cuya cabeza es Cristo; pero no somos los los únicos en formar ese cuerpo; los ángeles también forman parte con nosotros  (Conc. III in PS.36 - P.L. 36, 385);

                         4) y la Iglesia comenzó con los ángeles allí donde nosotros nos encontraremos reunidos después de la resurrección (De Gen. ad litt, lib. V, cap. XIX, 38).

   Ahora, ¿por qué razón es Cristo cabeza de la Iglesia, sino por la humanidad que el Verbo asumió? (SuperJoan. Tract. 66, 402, P.L. 34, 1811).

   Es esta forma de esclavo que Cristo ha ofrecido, es en esta forma que El fue ofrecido, pues es por ella que él es mediador, sacerdote y sacrificio (Civit. Del, Lib. X, cap. VI).

   Los ángeles no quieren que nosotros les ofrezcamos a ellos sacrificios, sino sólo a Aquél del cual debemos ser el sacrificio con ellos, como lo dije a menudo y lo diré; nosotros debemos ser ofrecidos en sacrificio por ese sacerdote que, en la humanidad que ha tomado y por la cual ha querido ser sacerdote, se dignó sacrificarse por nosotros hasta la muerte (Ibid. cap. XXI, P.L. 41, 284-312).

   La sabiduría de Dios ha tomado la naturaleza humana en la unidad de persona a fin de servir de modelo a los hombres sobre la tierra para convertirse, y a los ángeles en el cielo para perseverar (De consensu Evang. I, Cap. 35, P.L. 34, 1069).

   En fin, he aquí su comentario de estas palabras de San Juan: Et in veritate non stetit: "Pues el diablo estaba en la verdad; pero cayó no permaneciendo en ella; pues si hubiera permanecido en la verdad habría permanecido en Cristo (In Joan Tract. XLII, Cap. VIII, 44, P.L. 35, 1704).

   Y que no se diga que permanecerá en Cristo como Verbo; pues Cristo es la cabeza del cuerpo del cual los ángeles forman parte únicamente por la humanidad que el Verbo tomó.

   Además el santo Doctor nos recuerda que hemos sido predestinados en Cristo y como Cristo, sin ningún mérito de nuestra parte. "A quienes predestinó los ha llamado, los ha justificado y los ha glorificado. Dios eligió a los fieles, no porque son fieles, sino para que lo sean. Y los predestinó para ser miembros de su Hijo único (De Praed. Sanct. Cap. XVI, XVII).

   Si la predestinación es causa y no fruto de los méritos, si ella se hace en Cristo y para formar miembros de Cristo, ¿cómo éste puede depender del pecado?

   ¿Se puede proclamar con más fuerza que la Encarnación no tiene por motivo sólo la reparación del pecado? Habrá pues que entender las palabras que se le oponen en este sentido: "Si el hombre no hubiera perecido, el Hijo del hombre no habría venido en una carne pasible." Si no, habría que declarar que el gran Doctor se contradijo groseramente. Y entonces ¿cuándo se podría creerle?

   Se ve pues que los cuatro testimonios patrísticos, admitidos por el R.P. Hugon, no podrían significar que la reparación del pecado es el único motivo de la Encarnación, ya que los cuatro Padres citados reconocen fundamentalmente otros motivos de esta Encarnación.

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  • 1 Esta posición fue y así lo dice expresamente el R. P. Hugon (p. 281) "la teoría de Cayetano, de Gonet, de los Salmanticenses, etc... Todos estos teólogos enseñan enérgicamente... que el único motivo de la Encarnación es la Redención del mundo...; en fin que para los ángeles y para nuestros primeros padrea en el estado de inocencia, la gracia y la gloria esenciales no emanan del Verbo Encarnado". Pero no es la de San Alberto Magno, Doctor de la Iglesia; la del obispo Caratino, ferviente inmaculista, que cita S, I Alfonso de Ligorio en "las glorias de María"; y otros ilustres teólogos dominicanos. Tampoco fue sostenida en su integridad ni en sus últimos años por Sto. Tomás, que nunca hizo de ella un punto esencial. Por eso, más específicamente el P. Longpré le llama al P. Hugon "Cayetanista".

  • 2 Así Sto. Tomás en III S, D.l, Q.1, a.III y San Buenaventura en III S, D.l, a.2, Q.2. Esta distinción se encuentra así expresamente, en muchos escritores eclesiásticos anteriores al siglo XIII.

ÍNDICE Nº 130

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