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PRIMACÍA Y REALEZA DE CRISTO
La cuestión del motivo de la
Encarnación se plantea ordinariamente
bajo esta forma: "¿Si el hombre
no hubiera pecado, Dios se habría
encarnado?" El lector poco
advertido, podría creer que se trata
de discutir una hipótesis que no se
realizó y, tal vez, estaría tentado
de decir con el P. Gregorio de
Valencia S. J.: "¿Qué sirve
discutir una cuestión así?". O
bien con el P. Reginald O. P.:
"Afirmar que en virtud de otro
decreto, escondido en Dios, la
Encarnación habría tenido lugar, aún
cuando Adán no hubiera pecado, es
simplemente querer hacer el
adivino".
Pero no se trata de hipótesis, sino
como lo afirman Vázquez, Tournely,
etc., se trata del orden actual, de lo
que existe, y uno se pregunta si la
Redención es el único motivo de la
Encarnación. Y como se verá, la
cuestión es de la mayor importancia.
Duns Scoto la plantea así: "La
predestinación de Cristo ¿depende
necesariamente de la caída del hombre
, conforme a muchos textos que parecen
decir que el Hijo de Dios no se habría
encarnado si el hombre no hubiera
pecado?" (III Sent. dist. VII, Q.
III, B). El equívoco es imposible.
El R.P. Hugon plantea también la
cuestión con precisión: "Pero
(Dios) ¿qué ha querido de hecho y
en virtud del presente decreto que
conduce a la Encarnación? Todo el
problema está ahí. No hay que
ocuparse de otros planes que la
soberana Libertad hubiera podido
adoptar, de los decretos que hubiera
podido producir en tal o tal otra hipótesis...".
"He aquí la verdadera cuestión
a resolver: en
virtud del presente decreto: ¿la
Encarnación está subordinada a la
Redención, de tal suerte que el Verbo
no se habría encarnado si no hubiera
habido que rescatar al hombre?".
Como se ve, el R.P. Hugon plantea la
cuestión en el mismo sentido y casi
en los mismos términos que Scoto.
Estamos pues de acuerdo sobre ese
punto y no se puede decir que la opinión
scotista se ocupa de "decretos
que ella (la soberana Libertad)
hubiera podido producir en tal o tal
hipótesis". No se debe olvidar
esto.
En realidad toda la discusión se
reduce a ésta: la Encarnación ¿depende
de su utilidad para el hombre o bien
de un motivo que no se refiere sino a
Dios?
Entre las utilidades para la creatura,
las principales son: la Redención, la
gratificación o elevación al orden
sobrenatural y la creación. La
gratificación <« anterior a la
redención y de una utilidad más
general, pues ella abraza a todas las
creaturas elevadas al orden
sobrenatural; la creación a su vez es
anterior a la gratificación: es el
principal beneficio.
Si la Escritura y los Padres nos dicen que todo fue hecho para Cristo y que éste es fuente de gracia para el
Ángel y Adán inocente, ellos proclaman ya que no es la utilidad de la Redención el motivo de la Encarnación.
Si la Tradición afirma que la Encarnación ha sido querida antes que todas las cosas, ella la proclama independiente de toda utilidad para la creación.
Destáquese la alta importancia del presente debate. Se trata del lugar del Verbo Encarnado en la creación así como también en su gloria.
¿El fue querido antes que toda creatura, o sólo con ocasión del pecado Dios pensó en la Encarnación?
¿Cristo es la razón de ser de la creación, o bien la reparación del pecado es la razón de ser de
Él?
¿Él es fuente de gracia sólo para el hombre pecador, o también, además, para el hombre inocente y para los
ángeles, de suerte que éstos, en la gloria, se unen a los hombres para agradecer a Cristo de su salvación y su felicidad eterna?
Esta discusión debe aclarar nuestra relación con Cristo.
¿Le debemos nuestra creación, nuestra elevación al orden sobrenatural y la Redención o sólo la Redención?
La gloria de Cristo es pues bien diferente en una y otra opinión. Diferentes son también los deberes de los hombres respecto de Cristo.
No se podría poner un exceso de aplicación a la solución del problema que nos ocupa, problema de tan grande importancia para Cristo y en consecuencia para María; de tan grande importancia para nosotros en nuestras relaciones con Cristo.
Así... los derechos de Cristo
¿no merecen ser estudiados y discutidos con ardor? y nuestro deber, ante todo ¿no es hacer justicia a Cristo? Nada pues más importante para nosotros que solucionar esta cuestión:
¿cuáles son los derechos de Cristo sobre mí? y por ello: ¿cuáles son mis deberes respecto a
Él?
Digamos entonces que no se trata en absoluto de una discusión de escuela, debemos declarar esto muy en alto.
El R.P. Hugon sintetiza así el tema
(op. cit. p. 289):
"La escuela dominicana en su conjunto(1)
queda bien unida sobre las dos
afirmaciones fundamentales: sin el
pecado no hay Encarnación, y la
Encarnación no es la causa de la gracia
para los ángeles ni para Adán
inocente".
La distinción entre carne pasible e impasible
Dice el R.P. Longpré:
El R.P. Hugon no ha producido el argumento escriturario necesario para probar que la Encarnación no ha sido querida sino para la Redención.
Los testimonios de los Padres ¿serán más convincentes? El R.P. Hugon cita sólo cuatro de ellos.
¿Será porque su testimonio le parece decisivo y no ha querido acumular textos? Tal vez.
He aquí lo que dice: "Tenemos al contrario, testimonios explícitos que dicen en propios términos: Sin el pecado
Él (el Verbo) no hubiera venido: 'Si la carne no hubiera debido ser salvada
—escribe San Ireneo—jamás el Verbo de Dios se hubiera hecho carne' (Adu. H. Lib. IV, C. XIV), 'Que el Hijo de Dios se haya hecho hombre
—agrega San Atanasio— no se hubiera dado jamás si la necesidad de los hombres no hubiera sido la causa' (77 Cont. Ar. P.G. XXVI, 268). 'Si no hubiéramos pecado
—dice
San Cirilo de Alejandría— el Hijo de Dios no hubiera jamás tomado
nuestra semejanza' (Dial. V. de Trinit. P.G. LXXV, 965). La fórmula
incisiva de San Agustín está llena de energía: 'Si el hombre no
hubiera perecido, el Hijo del hombre no habría venido' (Serm. CLXXIV, Nº
2, P.L. XXXVIII, 940). En otra parte el santo Doctor está seguro de probar, por numerosos pasajes de la Escritura, que Nuestro Señor no vino por otro motivo sino para vivificar, salvar, librar, rescatar a los hombres (De Pee. et remis. L.I.C. XXVI, P.L. 44-131)."
"¿Qué replicar frente a estos testimonios?
—continúa el P. Hugon— los padres, dicen los adversarios (o sea los primacistas) quieren sólo excluir la venida de Cristo en una carne mortal, no la Encarnación en una carne gloriosa e impasible".
"La respuesta no es aceptable. Primero, ella afirma gratuitamente esta venida del Verbo en un cuerpo inmortal, hipótesis de la cual no se halla ninguna mención ni en la Tradición ni en las Escrituras. En segundo lugar, ella es inconciliable con los textos citados que rechazan la misma hipótesis".
"Además, esas expresiones no serían más verdaderas, más sinceras, si, aun admitiendo una Encarnación en una carne impasible, los Padres afirman sin distinción, de la manera más universal, más absoluta: sin el pecado, el Verbo no hubiera jamás venido".
Antes de discutir estos textos de los Padres, observemos que esta distinción de carne pasible e impasible, de la cual el R.P. Hugon trata de ponerse a cubierto, no es una distinción escotista; ella era empleada en tiempo de Santo Tomás y de San Buenaventura, que hacen de ella mención expresa(2)
Dicho esto, yo aún agregaré —dice el
R.P. Longpré— creyendo en esto
encontrarme con el pensamiento del R.P.
Hugon, que sería razonar en sofista de
mala fe el querer desembarazarse de un
texto por una distinción que nada
autorizaría.
Ese sería el caso si, como dice el R.P.
Hugon, los Padres citados afirmasen
siempre "sin distinción, de la
manera más universal, más absoluta: sin
el pecado, el Verbo no hubiera jamás
venido".
Pero ¿si esos Padres reconociesen en otra
parte, en otros pasajes de sus obras, otro
motivo para la Encarnación?
— El caso sería completamente distinto,
así parece. —Entonces ¿cómo ponerlos
de acuerdo consigo mismos, si no es por la
distinción indicada?— y si la distinción
se impone ¿qué queda de esos testimonios
de los Padres?
Ahora
bien ¿la distinción se impone? He aquí
toda la cuestión.
1º) San Ireneo escribe: "Si la carne
no hubiera debido ser salvada, jamás el
Verbo de Dios se hubiera hecho carne"
(Adv. Haer. Lib. V, C. XIV).
Pero el mismo Santo nos dice un poco más
lejos (C. 62-1): "y como el Salvador
preexistía, convenía que fuese creado el
que sería salvado, para que el Salvador
no fuese inútil".
Se trata aquí de todos aquellos que deben
ser salvados, el hombre y el ángel; en
todo caso el gran doctor designa explícitamente
a Adán.
Por lo demás su gran enseñanza es ésta:
nadie puede conocer (sobrenaturalmente) al
Padre, sino aquél a quien el Hijo lo
revela; nadie puede conocer al Hijo sino
por la Encarnación (id. Lib. IV, C. 20).
El Padre se revela a todos haciendo a su
Verbo visible a todos. Es por el Verbo
visible y palpable que el Padre se muestra
(Lib. IV, C. 5).
Y el Hijo prestando su Ministerio a su
Padre ha ejecutado todo desde el origen, y
sin El nadie puede conocer a Dios (Lib.
IV, C. 6).
Adán inocente conocía bien a Dios
sobrenaturalmente. Ahora bien, según I
San Ireneo, este conocimiento no puede ser
comunicado auna creatura sino por ¡ la
Encarnación. El Verbo encarnado es pues
medio de conocimiento sobreña- i tural
para el hombre y para el ángel, no como
Verbo, sino como Verbo j Encarnado. Como
Verbo es tan incognoscible como el Padre.
Tal es la doctrina fundamental de San
Ireneo. ¿Cómo armonizar las] palabras
citadas por el R.P. Hugon con esta
doctrina, sin emplear la distinción j de
carne pasible e impasible? He aquí pues
el sentido de esas palabras: "Si lai
carne no hubiera debido ser salvada del
pecado, jamás el Verbo de Dios se|
hubiera hecho carne pasible".
Agregamos a estas palabras del R.P.
Longpré el conocido texto de San
I Pablo: "Como por un solo
hombre entró el pecado en el mundo, y
por el\ pecado la muerte, también
así la muerte (la carne mortal y
pasible) pasd] a todos los
hombres..." (Rom. 5, 12-13).
2º) San Atanasio también pide una
explicación: "Que el Hijo de Dios se
haya hecho hombre, eso jamás se habría
dado si la necesidad de los hombres no
hubiera sido la causa" (II
Contr. ArJ.
Pero el santo Doctor no es menos explícito
al afirmar otros fines de la Encarnación.
Pues para él la Encarnación es el
fundamento de la predestinación, ella
tiene por objeto primero de unir la
creatura al Creador y luego de reparar
llegado el caso
Escuchémoslo:
"¿Cómo Dios nos ha elegido antes
que fuésemos, sino porque —como Él
mismo lo dijo— hemos sido predestinados
en Él? ¿Cómo nos ha podido predestinar
a la adopción de hijos de Dios antes que
los hombres fuesen creados, si el Hijo
mismo, antes de la creación no hubiera
establecido nuestro fundamento por la
Encarnación" (Or. II. cont. Ai: 16,
P.G. 26,307).
Ahora bien, es tanto de Adán inocente
como del hombre culpable que él habla en
esta predestinación.
En efecto: "El Verbo, en el Espíritu
Santo, se ha formado un cuerpo para poder
así unir al Padre todas las cosas, ofrecérselas
y reconciliarlas con Él" (Epíst.
ad Serap. nº
33, Ibid. 606).
Y
muy expresamente el Santo Doctor distingue
en la Encarnación el doble efecto de
santificar la creatura y de repararla, si
ella llega a caer.
Pues,
dice él, antes del tiempo y antes de la
creación de la tierra nuestra vida estaba
preparada en Cristo; ella tenía su
fundamento en Él. En efecto, un
arquitecto, si es prudente, debe dar a un
edificio fundamentos lo bastante sólidos
para poder soportar la reedificación de
la casa, si ella cayese en ruinas;
"es así que nuestra salvación tuvo
su fundamento en Cristo, antes que existiéramos,
a fin que pudiéramos ser reparados también
en Cristo" (Or. II, cont. Ar. 77;
P.G. 26,310).
Y
para que no haya duda posible, San
Atanasio, atribuye a la sangre del Verbo
Encarnado la salud de los ángeles:
"Os habéis dignado prometer, Señor,
de elevar al cielo por la eternidad un
admirable momento de misericordia. Es la
salud y la gracia que vienen por Cristo.
La misericordia de Dios eleva a los
hombres y la verdad prepara las Virtudes
(los ángeles), pues la salud traída por
Cristo, que se llama misericordia y
gracia, se llama también verdad, y por la
virtud de la sangre, sea en el cielo o
sobre la tierra, esta verdad, dice el
Salmista, se eleva hasta lo más alto de
los cielos" (In Psal. XXXVIII, V.
3, P.G. 27, 383).
Las
palabras del santo Doctor que ellos oponen
(los maculistas), piden pues la explicación
racional que los ponga de acuerdo con su
pensamiento expresado tan a menudo y tan
claramente. Él dice: "Que el Hijo de
Dios se haya hecho hombre mortal o
redentor, eso jamás se habría dado
si...". En efecto las fundaciones de
un edificio no tienen que soportar un
nuevo edificio, sino cuando el primero
cae.
3º)
San Cirilo de Alejandría exige
la misma explicación bajo pena de caer en
contradicción.
Como
su ilustre predecesor San Atanasio, él
afirma, en términos aún más formales,
la santificación de los ángeles por
Cristo.
"Es
verídico San Juan que dice: "De su
plenitud todos hemos recibido; pues la
creación universal visible e invisible
participa de Cristo. Los ángeles y los
arcángeles y todas esas naturalezas que
están por encima de nosotros, también
los mismos querubines no son santos sino
por Cristo, en el Espíritu Santo, pues El
es el altar y el perfume del Gran
Sacerdote, como es también la sangre para
la remisión de los pecados" (Lib.
IX de Ador., P.G. 68,626).
"No
es sólo para los habitantes de la tierra
sino también para los habitantes de los
cielos que Jesús se ofreció en hostia"
(Hom.
I in Levit.).
Y
siempre en el mismo orden de ideas, él
atribuye a María la victoria sobre el
diablo y su expulsión del cielo. Como
mayor razón pues a Cristo (Hom. Ephes.
cont. Nestorium dicta).
En
fin, para ilustrar su doctrina, San Cirilo
recurre a la comparación del arquitecto,
ya empleada por San Atanasio. El comenta
el pasaje de los Proverbios "Dominus
possedit
me..." (VIII, 22), y aplicándolo
al Verbo Encarnado en razón de su
humanidad, agrega que Dios, previendo la
caída de la humanidad y para preparar un
medio de levantamiento, había ya puesto
en su Hijo la raíz de esta esperanza, y
es en El que nos predestinó antes de
nuestra creación a la adopción de hijos
de Dios y nos colma de toda clase de
bendiciones espirituales; de suerte que
cuando el hombre caiga en la muerte por el
pecado, la vida pueda rebrotar de esta raíz.
Y así Cristo es establecido antes que
nosotros como fundamento... Así el
Creador de todas las cosas antes que el
mundo fuese, ha establecido a Cristo como
fundamento de nuestra vida sobrenatural, a
fin de que, si llegábamos a perderla,
pudiésemos encontrarla en el mismo
Cristo" (Thes. assertio XV;
P.G. 75,295).
Si
no se quiere infligir al santo Doctor la
injuria de contradecirse a las pocas páginas
hay que explicar su palabra: sin el pecado
"el Hijo de Dios no hubiera jamás
tomado nuestra semejanza en
un cuerpo mortal".
4º)
¿Qué decir de San Agustín? He
aquí sus palabras: "Si el hombre no hubiera perecido, el Hijo del hombre no
habría venido". La explicación ya empleada no parecerá más extraña y
veremos que ella se impone para que esas palabras del gran doctor concuerden con su
doctrina.
Pues
según él: 1) es de la humanidad de
Cristo que se dijo: el Señor me ha creado... Dominus creativ me (Prov.
VIII) (en De Trin. Cap. XII, nº 24);
2)
el misterio de la Encarnación fue
manifestado a los ángeles desde su
creación (P.L. 34,335,333) De Gen. ad.
litt., Lib. V, cap. XVIII-XIX);
3)
somos el cuerpo cuya cabeza es Cristo;
pero no somos los los únicos en formar ese
cuerpo; los ángeles también forman parte
con nosotros (Conc. III in PS.36
- P.L. 36, 385);
4) y la Iglesia comenzó con los ángeles allí donde nosotros nos encontraremos reunidos después de la resurrección
(De Gen. ad litt, lib. V, cap. XIX, 38).
Ahora, ¿por qué razón es Cristo cabeza de la Iglesia, sino por la humanidad que el Verbo asumió?
(SuperJoan. Tract. 66, 402, P.L. 34, 1811).
Es esta forma de esclavo que Cristo ha ofrecido, es en esta forma que El fue ofrecido, pues es por ella que él es mediador, sacerdote y sacrificio
(Civit. Del, Lib. X, cap. VI).
Los ángeles no quieren que nosotros les ofrezcamos a ellos sacrificios, sino sólo a Aquél del cual debemos ser el sacrificio con ellos, como lo dije a menudo y lo diré; nosotros debemos ser ofrecidos en sacrificio por ese sacerdote que, en la humanidad que ha tomado y por la cual ha querido ser sacerdote, se dignó
sacrificarse por nosotros hasta la muerte (Ibid. cap. XXI, P.L. 41, 284-312).
La sabiduría de Dios ha tomado la naturaleza humana en la unidad de persona a fin de servir de modelo a los hombres sobre la tierra para convertirse, y a los
ángeles en el cielo para perseverar (De consensu Evang. I, Cap. 35, P.L.
34, 1069).
En fin, he aquí su comentario de estas palabras de San Juan:
Et in veritate non stetit: "Pues el diablo estaba en la verdad; pero cayó no permaneciendo en ella; pues si hubiera permanecido en la verdad habría permanecido en Cristo
(In Joan Tract. XLII, Cap. VIII, 44, P.L. 35, 1704).
Y que no se diga que permanecerá en Cristo como Verbo; pues Cristo es la cabeza del cuerpo del cual los
ángeles forman parte únicamente por la humanidad que el Verbo tomó.
Además el santo Doctor nos recuerda que hemos sido predestinados en
Cristo y como Cristo, sin ningún mérito de nuestra parte. "A quienes predestinó
los ha llamado, los ha justificado y los ha glorificado. Dios eligió a los fieles, no porque son fieles, sino para que lo sean. Y los predestinó para ser miembros de su Hijo
único (De Praed. Sanct. Cap. XVI, XVII).
Si la predestinación es causa y no fruto de los méritos, si ella se hace en Cristo y para formar miembros de Cristo,
¿cómo éste puede depender del pecado?
¿Se puede proclamar con más fuerza que la Encarnación no tiene por motivo sólo la reparación del pecado? Habrá pues que entender las palabras que se le oponen en este sentido: "Si el hombre no hubiera perecido, el Hijo del hombre no habría venido en una carne pasible." Si no, habría que declarar que el gran Doctor se contradijo groseramente. Y entonces
¿cuándo se podría creerle?
Se ve pues que los cuatro testimonios patrísticos, admitidos por el R.P.
Hugon, no podrían significar que la reparación del pecado es el único motivo
de la Encarnación, ya que los cuatro Padres citados reconocen fundamentalmente otros motivos de esta Encarnación.
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