REVISTA ROMA

Año XXVII Nº 130

BUENOS AIRES

PASCUA 1994

 
 
 

EL DEMONIO TEME LA CASTIDAD

¿ES SUFICIENTE CON PONER UN BOZAL A LOS
BUEYES PARA AHUYENTAR A LOS DEMONIOS?

La sobriedad que recomienda el Príncipe de los Apóstoles —Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe (1 Pe. 5, 8-9)— consiste en mortificar la tendencia al placer. La virtud de la castidad, en especial, es una poderosísima arma contra los ataques del demonio. He aquí un ejemplo: había un virtuoso monje de Egipto, al que llamaban abate Juan, muy famoso por su pureza de vida y sus virtudes. Un bvien día trajeron ante él a un endemoniado, a fin de que expulsara el demonio de su cuerpo. Pero el espíritu maligno, lleno de desprecio hacia los exorcismos del abate Juan, declaraba que jamás abandonaría a su víctima por orden suya. En esto apareció un simple labrador que venía ante el abate Juan para ofrecerle las primicias de su cosecha. Espantado a la vista del recién llegado, el demonio gritó con respeto su nombre y huyó, saliendo del cuerpo de la víctima.

   Admirado por gracia tan singular, el abate Juan preguntó al visitante quién era y a qué se dedicaba. "Soy un laico comprometido en el sendero del matrimonio", le respondió. Añadió que era del campo y que vivía del trabajo de sus propias manos, que no se distinguía por ninguna virtud, pero que nunca faltaba a la iglesia mañana y tarde para dar gracias a Dios por el pan de cada día. El abate Juan siguió interrogándolo y se enteró, además, de que ofrecía fielmente a Dios los diezmos y las primicias de su cosecha. Después de nuevas preguntas, el desconocido añadió que procuraba no llevar nunca sus bueyes por los campos de los demás sin ponerles antes el bozal, a fin de no causar perjuicio a nadie.

   El virtuoso monje aprobaba todo aquello, pero no advertía relación alguna con la gracia eminente de aquel aldeano, cuya simple presencia había hecho huir a un demonio tan intransigente. Así que insistió para saber más, hasta que, por fin, el desconocido confesó que, doce años antes, había tenido intención de tomar los hábitos. Solamente la coacción de sus padres, añadida a su autoridad, le habían obligado a tomar esposa. Asimismo, la había considerado| siempre como hermana suya y había respetado su virginidad. Hasta eseí momento, nadie había podido penetrar en su secreto. Al oír tal confidencia, el anciano dio gracias a Dios, comprendiendo el motivo por el cual el demonio que le había despreciado a él no había podido soportar la presencia de aquel hombre.

   Esto no quiere decir que todos en el matrimonio han de conservar ]¡ virginidad sino que la virginidad es un bien más perfecto. Los esposos han d ser castos según su estado, pues la castidad no impide dar frutos.

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ÍNDICE Nº 130

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