Contacta amb nosaltres
     
     
 
   

EL DESCUBRIMIENTO DE ALEJANDRA PIZARNIK

Las metamorfosis de Alejandra Pizarnik

César Aira

Alejandra PizarnikHoy le es difícil hacer una evaluación objetiva de la obra de Alejandra Pizarnik a alguien que la ha venido leyendo desde su adolescencia en los años sesenta. Entonces, sus poemas eran la condensación perfecta de todo lo que un joven podía pedirle a la poesía, no sólo a la surrealista o imaginista en la que ella se insertó, sino a la poesía en general, como arte, como instrumento de conocimiento y como proyecto de vida. Ella hablaba, como se hacía habitualmente en aquel entonces, de la Poesía, con mayúsculas. No reivindicó escuelas ni movimientos, salvo en todo caso el surrealismo, pero no como método sino como sistema de lecturas, muy acogedor por lo demás, pues no desdeñaba casi nada de lo que se hubiera escrito nunca, en tanto diera pie a las transformaciones del sueño. Para toda una generación, creyera o no en la Poesía, ella fue la Poeta. Daba lo mismo que nuestras lecturas anteriores hubieran sido Rubén Darío o César Vallejo o Rimbaud, ella nos daba la fórmula con la que eso podía volver a hacerse, con un máximo de rigor y elegancia.

Esa cualidad de precipitado final e insuperable se acentuó inmediatamente después de su muerte, a comienzos de la década siguiente, cuando la tradición que ella representaba y coronaba pareció interrumpirse, y las cosas tomaron otros caminos. Pasaron a primer plano el compromiso político y, en incómoda convivencia, la experimentación lingüística: dos líneas de las que ella había abominado. La Poesía misma perdía, junto con la mayúscula, casi todos sus poderes. Súbitamente la obra de Alejandra Pizarnik se volvía una reliquia de otra época, una época que ella había clausurado y que sólo podíamos contemplar con nostalgia. Y sin embargo, siguió ahí, y sigue ahí hoy, treinta años después, cuando los adolescentes de entonces vemos a los adolescentes de ahora tomarla como iniciadora y modelo, exactamente como hicimos nosotros, sin que haya crecido en lo sustancial la distancia que nos separa del mito, que sigue siendo un mediador entre la realidad y la ensoñación. En vida, aun para los que la conocimos, no estuvo más cerca. Lo que puede significar o bien que la muerte no tiene tanto efecto, o que ya entonces estaba presente como causa.

Hubo una época, felizmente no tan lejana como para que no hayamos alcanzado a vivirla, en que los escritores eran figuras románticas, dramáticas, envueltas en el misterio: inexplicables. Después, fue como si empezaran a hablar, y ya no pudieran dejar de hacerlo. Ahí coincidieron, no por azar, el desarrollo de la llamada «industria de la cultura» y una especie de temor de los artistas a alentar esperanzas excesivas en su trabajo, temor que los llevó a adelantarse a declarar que eran seres comunes y corrientes, más vulgares inclusive que el promedio, preventivamente. Sea como sea, es difícil imaginarse cómo pueden despertarse vocaciones literarias en los jóvenes que ven escritores diciendo banalidades en televisión, y comportándose en general como pequeñoburgueses bienpensantes. También en eso Alejandra Pizarnik fue la última.

Murió en 1972, a los treinta y seis años, de una sobredosis de somníferos. Pudo ser, más que un suicidio, un intento de suicidio que salió mal. Ya había habido otros varios, en los tres años anteriores, cada uno seguido de una larga internación. Se habían vuelto casi una rutina, con la que intentó paliar una dificultad de vivir que la asediaba desde la primera juventud. Esta dificultad tuvo el mismo carácter de inexplicable e injustificable que pudo tener su genio poético, porque gozó de todos los privilegios a los que pudo aspirar: padres concesivos que le dieron todo lo que les pidió, amigos y amantes que besaban el suelo que pisaba, protectores ricos y prominentes, y sobre todo un reconocimiento que fue incomparable al de cualquier otro poeta argentino, antes o después.

Hasta los veinticuatro años fue «estudiante» en Buenos Aires: de Filosofía, de Literatura, de Periodismo, de Arte. No dio un solo examen, pero publicó tres libros de poemas, se hizo un nombre como la figura joven más promisoria del panorama poético nacional, y tendió una red de amistades que no excluía a nadie; tenía una auténtica pasión por la sociabilidad. Después, realizando el sueño de todo joven escritor argentino, se fue a París, que entonces, repuesto de los rigores de la guerra, pasaba por un momento de esplendor, previo al aluvión turístico. Allí pasó cuatro años de plenitud intelectual y vital. A su regreso, en 1964, se vio transformada más o menos en lo que es hoy, una figura casi legendaria, un centro, un modelo. Había publicado sus dos mejores libros, Árbol de Diana y Los trabajos y las noches. Tenía un bonito departamento en un barrio elegante, y una corte siempre creciente de admiradores extáticos a los que recibía con gusto de día y de noche. En 1969 consumó su declarada aspiración de volver a París, con la intención de quedarse varios años como había hecho antes. Pero a los pocos días, sin dar explicaciones, estaba de vuelta en Buenos Aires. Igual que Kierkegaard, había descubierto que la repetición era imposible. Ese descubrimiento debió de ir bastante más lejos de la comprobación de los cambios que había sufrido París, para poner en primer plano su imposibilidad de soportar el trabajo del tiempo. Muy pronto sobrevendría la primera intoxicación, con la consiguiente temporada en el pabellón neuropsiquiátrico. Desde muy joven había consumido una asombrosa cantidad de pastillas, anfetaminas, analgésicos, antidepresivos, y sobre todo somníferos, pues el insomnio fue su mal favorito (por encima de muchos otros, como el asma, los dolores de espalda, la tendencia a engordar, la tartamudez, y por supuesto la angustia, que los abarcaba todos). Las que ahora se llaman «conductas autodestructivas» tuvieron en ella un fecundo campo de prueba. La aniquilación era la garantía natural de la seriedad de su apuesta.

La más llamativa de sus estrategias fue la creación de un personaje, que ella misma llamaba con ironía «el personaje alejandrino», mezcla de poeta maldito, chica mala, huerfanita y sonámbula en las cornisas de la locura. El éxito que tuvo en esta personificación fue mucho más allá de lo que ella misma o la prudencia habrían podido desear. La juventud era el rasgo que justificaba este personaje, y para pasar a otro se habría necesitado un cinismo o una estabilidad mental de los que no disponía. Después de su muerte, el personaje siguió triunfando. Los críticos, como habían hecho antes los psiquiatras que la trataron, tomaron al pie de la letra el cuantioso almacén de metáforas que ella misma inauguró para representarse. Todo lo que se ha escrito sobre ella está lleno en consecuencia de «la pequeña náufraga», «la estatua deshabitada de sí misma», «la viajera con su maleta de piel de pájaro» y otras mil difamaciones igualmente cursis y desalentadoras. Lo poco que se intentó en términos de biografías o recopilación de testimonios o correspondencia, fue concebido en los mismos términos. Habla muy bien de su calidad indestructible el hecho de que su poesía haya resistido.

Y ha resistido excepcionalmente bien, en primer lugar porque no es, contra lo que pudo creerse en su momento, una poesía confesional, ni patética, ni expresiva, y ni siquiera subjetiva. Yo diría más bien que es una investigación de las metamorfosis del sujeto en la poesía, realizada con espíritu científico sobre los hechos mismos. No hubo una construcción ficticia de ejemplos ni salvaguardas de ninguna especie. La circunstancia histórica que la hizo la última poeta hizo también que debiera jugar el juego con todos los riesgos. Si es así, si el experimento empleó y agotó la única materia que había para hacerlo, su propia vida, podemos entender que Alejandra Pizarnik haya sido la estrella fugaz e irrepetible que fue.

Fuera del poema

Ana María Moix

Hay escritores que se sirven del lenguaje, como instrumento para expresarse, y los hay, entre otros los poetas, o al menos los grandes poetas ­y Alejandra Pizarnik se cuenta indudablemente entre los grandes poetas del siglo que acaba de terminar­, cuyas obras evidencian que han sido ellos, los poetas, los que han sido utilizados por el lenguaje. Así lo expresó Joseph Brodsky en el discurso que pronunció al recibir el Premio Nobel (1987): «Es seguro que el poeta sabe siempre que aquello que comúnmente llamamos la voz de la Musa es en realidad un mandato de la lengua, sabe que no es la lengua la que le sirve de instrumento, sino que él es el medio del que la lengua se sirve para prolongar su existencia». Es más: «Independientemente de las consideraciones por las que [el poeta] toma la pluma y al margen del efecto que lo que sale de su pluma produce sobre el auditorio, por pequeño o grande que éste sea, la consecuencia inmediata de esta empresa es la sensación de haber entrado en contacto directo con la lengua, más exactamente, la sensación de caer al instante en manos de ella, de todo aquello que en ella se ha dicho, escrito o creado».

No sé si las citadas palabras de Brodsky convienen a todos los poetas, pero sí parecen haber sido escritas a propósito de la obra poética de Alejandra Pizarnik, que los lectores peninsulares empezamos a conocer en 1969, gracias a la memorable publicación de Nombres y figuras, en la colección «La esquina», dirigida por Antonio Beneyto, quien, en 1975, desaparecida la mencionada colección, lograría hacer aparecer, en la editorial Ocnos, la antología El deseo de la palabra, preparada por la propia autora poco antes de su muerte, acaecida en 1972. Felizmente recopilada ahora por la poeta Ana Becciu Poesía (1955-1972), que comprende los siete títulos publicados por la autora a lo largo de su vida, más los poemas aparecidos después de su muerte en diversas publicaciones argentinas y varias series poéticas inéditas hasta hoy, la obra de Pizarnik aparece hoy como un estallido poético absoluta y doblemente deslumbrante. Y decimos doblemente porque, en dicho volumen, no sólo reencontramos el contundente poderío poético de una labor creativa que los casi treinta años transcurridos desde la desaparición de la autora no ha hecho sino renovarse ­como bien demuestra la evidente influencia que ha ejercido en la poesía escrita en Argentina y en otros países latinoamericanos en los últimos decenios­ sino que nos revela la escalofriante capacidad de continuidad que Alejandra Pizarnik había extraído de su propia obra en los últimos años de su vida.

En Poesía (1955-1972) encontramos a la poeta Alejandra Pizarnik que, de acuerdo con la palabras iniciales de Brodsky, mejor dicho, parafraseándolas, «vive en contacto con la lengua, en manos de todo lo que en ella se ha escrito y se ha creado» (en su caso, el romanticismo visionario de Hölderlin y Nerval, el viaje sin retorno de Antonin Artaud, Rimbaud, Lautréamont y, entre otras experiencias, las llevadas a cabo por los surrealistas franceses al fundir ­lo mismo que los poetas románticos­ vida y poesía en una misma cosa, más la asunción del quehacer de poetas argentinos de la generación anterior, como Oliverio Girondo, Olga Orozco y, sobre todo, Antonio Porchia), más a la Alejandra Pizarnik de los textos inéditos (la extraordinaria serie de los ocho poemas pertenecientes a 1971, que Pizarnik había dejado en posesión de la poeta Perla Rotzait, y el sobrecogedor poema titulado «Sala de Psicopatología»), que evidencia a partir de su propia obra anterior y, siempre parafraseando a Brodsky, «haber caído en manos» de su propia lengua, y de lo que «ella misma había escrito y había creado en esta lengua».

«Yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema, y en parte, en mala parte, lo he conseguido; como cualquier poema medianamente bien hecho, ahora carezco de libertad interior, soy todo necesidad y sumisión», escribió Jaime Gil de Biedma. Por el contrario, en Alejandra Pizarnik podemos observar una andadura inversa: el lenguaje la utilizó para hacerse poema ya en sus primeros libros, de modo que no era la poeta que escribía libros de poesía como Árbol de Diana, Los trabajos y las noches o Extracción de la piedra de locura sino los poemas que los integraban, casi siempre breves, resultantes de la lúdica combinación de palabras ­pero metafísicamente lúdica, ya que no apuntaba al mero juego de palabras, sino al del significado de las palabras­, de palabras concisas, exactas, pulidas (esa nitidez mozartiana de la nota-palabra es una de las características más descollantes de la obra de esta poeta), que invocando una serie más bien limitada y cuantificable de elementos (la noche, el abismo, la infancia, la muerte...) conformaban un universo poético unívocamente personal del que, en el último tramo de su quehacer literario, partiría para dejar de ser poema y convertirse en poeta, en una poeta que, perteneciendo como siempre había pertenecido a la estirpe de Rimbaud, se internaría por infiernos aún raramente visitados por la poesía contemporánea escrita en castellano. Quienes leímos a Pizarnik antes de la presente publicación de Poesía (1955-1972) conocíamos sólo a la poeta que era sus poemas, y creíamos ­erróneamente­ que, al morir, había dejado una obra espléndida, magistral y deslumbrante, pero absolutamente cerrada, concluida, y que había recorrido el camino iniciado por ella misma. Sin embargo, la lectura de sus poemas inéditos o no recogidos en sus libros anteriores, demuestran que, insospechadamente, Pizarnik había logrado salir del poema en el que siempre vivió y escribió, y había conseguido la libertad necesaria para aventurarse por nuevos caminos poéticos. La muerte, no la poesía, se lo impidió. Lástima.

Demasiadas cosas demasiado lejanas

Alejandra Pizarnik

BUSCAR

No es un verbo sino un vértigo. No indica acción. No quiere decir ir al encuentro de alguien sino yacer porque alguien no viene.

EN HONOR DE UNA PÉRDIDA

La para siempre seguridad de estar de más en el lugar en donde los otros respiran. De mí debo decir que estoy impaciente porque se me dé un desenlace menos trágico que el silencio. Feroz alegría cuando encuentro una imagen que me alude. Desde mi respiración desoladora yo digo: que haya lenguaje en donde tiene que haber silencio.

Alguien no se enuncia. Alguien no puede asistirse. Y tú no quisiste reconocerme cuando te dije lo que había en mí que eras tú. Ha tornado el viejo terror: haber hablado nada con nadie.

El dorado día no es para mí. Penumbra del cuerpo fascinado por su deseo de morir. Si me amas lo sabré aunque no viva. Y yo me digo: Vende tu luz extraña, tu cerco inverosímil.

Un fuego en el país no visto. Imágenes de candor cercano. Vende tu luz, el heroísmo de tus días futuros. La luz es un excedente de demasiadas cosas demasiado lejanas.

En extrañas cosas moro.

PEQUEÑOS POEMAS EN PROSA

Se cerró el sol, se cerró el sentido del sol, se iluminó el sentido de cerrarse.

Llega un día en que la poesía se hace sin lenguaje, día en que se convocan los grandes y pequeños deseos diseminados en los versos, reunidos de súbito en dos ojos, los mismos que tanto alababa en la frenética ausencia de la página en blanco.

Enamorada de las palabras, que crean noches pequeñas en lo increado del día y su vacío feroz.

NAUFRAGIO INCONCLUSO

Este temporal a destiempo, estas rejas en las niñas de mis ojos, esta pequeña historia de amor que se cierra como un abanico que abierto mostraba a la bella alucinada: la más desnuda del bosque en el silencio musical de los abrazos.

EN LA OSCURIDAD ABIERTA

Si la más pequeña muerte exige una canción debo cantar a las que fueron lilas que por acompañarme en mi luz negra silenciaron sus fuegos cuando una sombra configurada por mi lamento se refugió entre sus sombras.

LA OSCURA

¿Y por qué hablaba como si el silencio fuera un muro y las palabras y colores destinados a cubrirlo? ¿Y quién dijo que se alimenta de música y no puede llorar?

[...] DEL SILENCIO

I

Esta muñeca vestida de azul es mi emisaria en el mundo.

Sus ojos son de huérfana cuando llueve en un jardín donde un pájaro lilas devora lilas y un pájaro rosa devora rosas.

Tengo miedo del lobo gris que se disimula en la lluvia.

Lo que se ve, lo que se va, es indecible.
Las palabras cierran todas las puertas.

Recuerdo el tiempo sobre los álamos queridos.
El arcaísmo de mi drama determinó, en mi criatura compartida, una cámara letal.
Yo era lo imposible y también el desgarramiento por lo imposible.

Oh el color infernal de mis pasiones.
Sin embargo, quedé cautiva de la antigua ternura.

II

No hay quien pinte con colores verdes.
Todo es anaranjado.
Si soy algo soy violencia.
Los colores rayan el silencio y crean animales deteriorados. Luego alguien intentará escribir un poema. Y será mediante las formas, los colores, el desamor, la lucidez (no continúo porque no quiero asustar a los niños).

III

El poema es espacio y hiere.
No soy como mi muñeca, que sólo se nutre de leche de pájaro.

Memoria de su voz en la funesta mañana velada por un sol que reverbera en los ojos de las tortugas.

El de su voz es un recuerdo que me hace perder el conocimiento frente a esta conjunción celeste y verde de mar y cielo.

Yo preparo mi muerte.

Quiere decir, pero siento lo que ella es. Encuentra que es muerte amor si bien todo, sin amor, le es ofensa. No sabe por qué no calla puesto que su amor la vuelve inocente. Dueña del crepúsculo, tañe los espejos de los pronombres.

Cada palabra que escribo me restituye a la ausencia por la que escribo lo que no escribiría si te dejara venir aquí.

Me atengo al poema. El poema me lleva a los confines, lejos de las casas de los vivos. ¿Y por dónde andaré cuando me vaya y no vuelva?

Y nadie comprende. Toda mi vida te espera. Y sin embargo busco la noche del poema. Solamente pienso en tu cuerpo pero rehago el cuerpo de mi poema como quien trata de curarse una herida.

Y nadie me comprende. Yo sé que la vida, que el amor, deben cambiar. Esto que dice mi máscara sobre el animal que soy, alude penosamente a un alianza entre las palabras y las sombras. De donde se deriva un estado de terror que niega el orden los humanos.

Un lugar para huirse

Alejandra Pizarnik se vino a Buenos Aires el 29 de abril de 1936, y lo hizo en el seno de una familia de emigrantes de Europa oriental. Su padre aparece tardíamente, en agosto de 1972, en la dedicatoria de «Sous la nuit»: Yván Pizarnik de Kolikovski. Estudió Filosofía y Letras en Buenos Aires y, más tarde, pintura con Juan Batlle Planas, otro de los ausentes queridos, como el poeta Enrique Molina. Entre 1960 y 1964 vivió en París. Decisiva fue su conexión con la poesía de Antonin Artaud, Henri Michaux, Yves Bonnefoy. Le permitió acceder a una expresión cósmica y universal como pocas veces se ha dado en las literaturas hispánicas. Nada de color local. Sólo el de las lilas que arden sin llama a la claridad del alba. Lo aprendió en Ruysboek, Böhme, en los místicos castellanos. En «Sala de Psicopatología», un inédito de la última época que ahora se recupera, dice que frecuentó el mercado matrimonial en las mejores playas de Europa. Todo eso pronto se acabó. Con admirable precocidad, Pizarnik había publicado La tierra más ajena (1955), La última inocencia (1958) y Las aventuras perdidas (1958). De vuelta a Buenos Aires, aparecieron sus obras de «madurez»: Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de locura (1968) y El infierno musical (1971). Interna en una clínica psiquiátrica, Alejandra Pizarnik se fue, como se dice, de sobredosis «intencionada» de seconal. En 1982, Olga Orozco y Ana Becciu editaron una primera serie de inéditos, Textos de Sombra y otros poemas, ahora corregida en esta decisiva edición a cargo de Becciu: tenemos que agradecerle su buen hacer, su devoción y su lealtad, para que resplandezca por sí sola una obra única e irrepetible.

Muy pronto comenzó Pizarnik a tejer su bosque de la noche. En La tierra más ajena (1955), aparece su deseo de huirse en un barco negro, ese barco «que partió de mí llevándome» y flota, en Extracción de la piedra de locura (1968), sobre el agua natal, el agua lila, la única vigilia. Aun con una intensa sobrecarga de imágenes, de la que será obligada a prescindir, y ganó con ello, la poesía ya es un muro donde escribir a la luz de la noche oceánica. Y ya es el amor y los primeros quiasmos: «El tiempo tiene miedo / el miedo tiene tiempo». La interrogación por el nombre empieza por alejandra y, enseguida, son endechas debajo de su nombre. Nombres de sí, «ahorcados en la nada»: «Señor / tengo veinte años. También mis ojos tienen veinte años / y sin embargo no dicen nada».

En Las aventuras perdidas (1958), Pizarnik aparece en eco del bienamado George Trakl, «ardiente enamorada del viento» que acaricia ausentes con las cenizas por toda vestimenta. La noche, el viento, la sangre. La que empezó diciendo saber poco de la noche, llega a Árbol de Diana (1962) afilando poemas de una rama cortada. Octavio Paz, en el prólogo ­«se recomienda esta prueba a los críticos literarios de nuestra lengua»­, relee el mito de la diosa y profetisa que media entre los mundos, la mitológica cicatriz del árbol como sexo femenino del cosmos. Pizarnik siguió, hasta la extenuación, indagando en la llaga. Lo pone de relieve esta edición de Poesía completa, los textos que serán los últimos, la magnífica exposición de la psicopatología de la poesía cotidiana entre los locos.

Pizarnik abandona su cuerpo y salta hacia la nada que ahonda su cuerpo. Ella dice qué es ella: la silenciosa en el desierto, la viajera con el vaso vacío. La que desconoce el destino de sus visiones y siente que será feroz. Vena profética y abierta que riega su mapa poético: indagación en la sombra de lo que espera. El poema, a veces, es miedo que impide conocer. En Pizarnik, el poema es, casi siempre, un medio peligroso de conocimiento, y su insignia más elevada: el rechazo. Ése es el No de tantos de sus poemas («Del combate con las palabras ocúltame / y apaga el furor de mi cuerpo elemental»), porque el poema podría ser un camino a dos hacia el espejo. Y eso es descentramiento, partición de la mirada. Ella (Pizarnik) era una palabra lejana que se apoderaba de ella, y quería escribir un poema entrado del silencio de las cosas. Ella, la pequeña muerta, ante su espejo de cenizas, la noche. La dormida que trata de pulsar una voz entre la nada dolorida. La dama pequeñísima que sale a la intemperie a pronunciar la sílaba No y se revela en el filo de la hoja, y la hoja talla.

¿Desde dónde y hacia dónde mira la poesía? ¿Dónde coloca su voz? El poema une la mirada al llanto, aprisiona sombras, las hace rendir cuentas del silencio. El poema, en su decir, pulveriza los ojos: «Mirar una rosa / hasta pulverizarse los ojos». Y, en el amor, el otro cuerpo debería hacerse espacios de revelación. Contundente repique dialógico tú/yo, para ser ofrenda, «para decir la palabra inocente [...] con los ojos abiertos / como Alicia en el país de lo ya visto». Hasta que lo que escribe en el muro acaban por borrarlo el viento y la lluvia. Cada vez más abierta la noche. Pequeños mensajes en los poemas, papelitos guardados en las grietas: haz que no muera sin volver a verte, cúrame... Hasta que ella (Pizarnik) se acaba diciendo: «¿Quién es yo?» Y ella es la palabra que marca la espera de una palabra. «Sólo vine a ver el jardín [...] Sólo vine a ver el jardín donde alguien moría por culpa de algo que no pasó o de alguien que no vino».

La poesía de Alejandra Pizarnik puede ser reiterativa y con altibajos. Nada más natural para quien ha medido su eficacia poética enterrando y desentrañando lenguaje, con una incrementada precisión, como pocas veces se ha producido en nuestra lengua, fuera y dentro de los géneros degenerados, asexuados y banales de «la poesía» y «la novela». Quien lea esta poesía corre serio riesgo de cortarse.

José Carlos Cataño

Hosted by www.Geocities.ws

1