EL
DESCUBRIMIENTO DE ALEJANDRA
PIZARNIK
Las
metamorfosis de Alejandra
Pizarnik
César
Aira
Hoy le es difícil
hacer una evaluación objetiva de
la obra de Alejandra Pizarnik a
alguien que la ha venido leyendo
desde su adolescencia en los
años sesenta. Entonces, sus
poemas eran la condensación
perfecta de todo lo que un joven
podía pedirle a la poesía, no
sólo a la surrealista o
imaginista en la que ella se
insertó, sino a la poesía en
general, como arte, como
instrumento de conocimiento y
como proyecto de vida. Ella
hablaba, como se hacía
habitualmente en aquel entonces,
de la Poesía, con mayúsculas.
No reivindicó escuelas ni
movimientos, salvo en todo caso
el surrealismo, pero no como
método sino como sistema de
lecturas, muy acogedor por lo
demás, pues no desdeñaba casi
nada de lo que se hubiera escrito
nunca, en tanto diera pie a las
transformaciones del sueño. Para
toda una generación, creyera o
no en la Poesía, ella fue la
Poeta. Daba lo mismo que nuestras
lecturas anteriores hubieran sido
Rubén Darío o César Vallejo o
Rimbaud, ella nos daba la
fórmula con la que eso podía
volver a hacerse, con un máximo
de rigor y elegancia.
Esa
cualidad de precipitado final e
insuperable se acentuó
inmediatamente después de su
muerte, a comienzos de la década
siguiente, cuando la tradición
que ella representaba y coronaba
pareció interrumpirse, y las
cosas tomaron otros caminos.
Pasaron a primer plano el
compromiso político y, en
incómoda convivencia, la
experimentación lingüística:
dos líneas de las que ella
había abominado. La Poesía
misma perdía, junto con la
mayúscula, casi todos sus
poderes. Súbitamente la obra de
Alejandra Pizarnik se volvía una
reliquia de otra época, una
época que ella había clausurado
y que sólo podíamos contemplar
con nostalgia. Y sin embargo,
siguió ahí, y sigue ahí hoy,
treinta años después, cuando
los adolescentes de entonces
vemos a los adolescentes de ahora
tomarla como iniciadora y modelo,
exactamente como hicimos
nosotros, sin que haya crecido en
lo sustancial la distancia que
nos separa del mito, que sigue
siendo un mediador entre la
realidad y la ensoñación. En
vida, aun para los que la
conocimos, no estuvo más cerca.
Lo que puede significar o bien
que la muerte no tiene tanto
efecto, o que ya entonces estaba
presente como causa.
Hubo
una época, felizmente no tan
lejana como para que no hayamos
alcanzado a vivirla, en que los
escritores eran figuras
románticas, dramáticas,
envueltas en el misterio:
inexplicables. Después, fue como
si empezaran a hablar, y ya no
pudieran dejar de hacerlo. Ahí
coincidieron, no por azar, el
desarrollo de la llamada
«industria de la cultura» y una
especie de temor de los artistas
a alentar esperanzas excesivas en
su trabajo, temor que los llevó
a adelantarse a declarar que eran
seres comunes y corrientes, más
vulgares inclusive que el
promedio, preventivamente. Sea
como sea, es difícil imaginarse
cómo pueden despertarse
vocaciones literarias en los
jóvenes que ven escritores
diciendo banalidades en
televisión, y comportándose en
general como pequeñoburgueses
bienpensantes. También en eso
Alejandra Pizarnik fue la
última.
Murió
en 1972, a los treinta y seis
años, de una sobredosis de
somníferos. Pudo ser, más que
un suicidio, un intento de
suicidio que salió mal. Ya
había habido otros varios, en
los tres años anteriores, cada
uno seguido de una larga
internación. Se habían vuelto
casi una rutina, con la que
intentó paliar una dificultad de
vivir que la asediaba desde la
primera juventud. Esta dificultad
tuvo el mismo carácter de
inexplicable e injustificable que
pudo tener su genio poético,
porque gozó de todos los
privilegios a los que pudo
aspirar: padres concesivos que le
dieron todo lo que les pidió,
amigos y amantes que besaban el
suelo que pisaba, protectores
ricos y prominentes, y sobre todo
un reconocimiento que fue
incomparable al de cualquier otro
poeta argentino, antes o
después.
Hasta
los veinticuatro años fue
«estudiante» en Buenos Aires:
de Filosofía, de Literatura, de
Periodismo, de Arte. No dio un
solo examen, pero publicó tres
libros de poemas, se hizo un
nombre como la figura joven más
promisoria del panorama poético
nacional, y tendió una red de
amistades que no excluía a
nadie; tenía una auténtica
pasión por la sociabilidad.
Después, realizando el sueño de
todo joven escritor argentino, se
fue a París, que entonces,
repuesto de los rigores de la
guerra, pasaba por un momento de
esplendor, previo al aluvión
turístico. Allí pasó cuatro
años de plenitud intelectual y
vital. A su regreso, en 1964, se
vio transformada más o menos en
lo que es hoy, una figura casi
legendaria, un centro, un modelo.
Había publicado sus dos mejores
libros, Árbol de Diana y Los
trabajos y las noches. Tenía
un bonito departamento en un
barrio elegante, y una corte
siempre creciente de admiradores
extáticos a los que recibía con
gusto de día y de noche. En 1969
consumó su declarada aspiración
de volver a París, con la
intención de quedarse varios
años como había hecho antes.
Pero a los pocos días, sin dar
explicaciones, estaba de vuelta
en Buenos Aires. Igual que
Kierkegaard, había descubierto
que la repetición era imposible.
Ese descubrimiento debió de ir
bastante más lejos de la
comprobación de los cambios que
había sufrido París, para poner
en primer plano su imposibilidad
de soportar el trabajo del
tiempo. Muy pronto sobrevendría
la primera intoxicación, con la
consiguiente temporada en el
pabellón neuropsiquiátrico.
Desde muy joven había consumido
una asombrosa cantidad de
pastillas, anfetaminas,
analgésicos, antidepresivos, y
sobre todo somníferos, pues el
insomnio fue su mal favorito (por
encima de muchos otros, como el
asma, los dolores de espalda, la
tendencia a engordar, la
tartamudez, y por supuesto la
angustia, que los abarcaba
todos). Las que ahora se llaman
«conductas autodestructivas»
tuvieron en ella un fecundo campo
de prueba. La aniquilación era
la garantía natural de la
seriedad de su apuesta.
La
más llamativa de sus estrategias
fue la creación de un personaje,
que ella misma llamaba con
ironía «el personaje
alejandrino», mezcla de poeta
maldito, chica mala, huerfanita y
sonámbula en las cornisas de la
locura. El éxito que tuvo en
esta personificación fue mucho
más allá de lo que ella misma o
la prudencia habrían podido
desear. La juventud era el rasgo
que justificaba este personaje, y
para pasar a otro se habría
necesitado un cinismo o una
estabilidad mental de los que no
disponía. Después de su muerte,
el personaje siguió triunfando.
Los críticos, como habían hecho
antes los psiquiatras que la
trataron, tomaron al pie de la
letra el cuantioso almacén de
metáforas que ella misma
inauguró para representarse.
Todo lo que se ha escrito sobre
ella está lleno en consecuencia
de «la pequeña náufraga»,
«la estatua deshabitada de sí
misma», «la viajera con su
maleta de piel de pájaro» y
otras mil difamaciones igualmente
cursis y desalentadoras. Lo poco
que se intentó en términos de
biografías o recopilación de
testimonios o correspondencia,
fue concebido en los mismos
términos. Habla muy bien de su
calidad indestructible el hecho
de que su poesía haya resistido.
Y
ha resistido excepcionalmente
bien, en primer lugar porque no
es, contra lo que pudo creerse en
su momento, una poesía
confesional, ni patética, ni
expresiva, y ni siquiera
subjetiva. Yo diría más bien
que es una investigación de las
metamorfosis del sujeto en la
poesía, realizada con espíritu
científico sobre los hechos
mismos. No hubo una construcción
ficticia de ejemplos ni
salvaguardas de ninguna especie.
La circunstancia histórica que
la hizo la última poeta hizo
también que debiera jugar el
juego con todos los riesgos. Si
es así, si el experimento
empleó y agotó la única
materia que había para hacerlo,
su propia vida, podemos entender
que Alejandra Pizarnik haya sido
la estrella fugaz e irrepetible
que fue.
Fuera
del poema
Ana
María Moix
Hay
escritores que se sirven del
lenguaje, como instrumento para
expresarse, y los hay, entre
otros los poetas, o al menos los
grandes poetas y Alejandra
Pizarnik se cuenta indudablemente
entre los grandes poetas del
siglo que acaba de terminar,
cuyas obras evidencian que han
sido ellos, los poetas, los que
han sido utilizados por el
lenguaje. Así lo expresó Joseph
Brodsky en el discurso que
pronunció al recibir el Premio
Nobel (1987): «Es seguro que el
poeta sabe siempre que aquello
que comúnmente llamamos la voz
de la Musa es en realidad un
mandato de la lengua, sabe que no
es la lengua la que le sirve de
instrumento, sino que él es el
medio del que la lengua se sirve
para prolongar su existencia».
Es más: «Independientemente de
las consideraciones por las que
[el poeta] toma la pluma y al
margen del efecto que lo que sale
de su pluma produce sobre el
auditorio, por pequeño o grande
que éste sea, la consecuencia
inmediata de esta empresa es la
sensación de haber entrado en
contacto directo con la lengua,
más exactamente, la sensación
de caer al instante en manos de
ella, de todo aquello que en ella
se ha dicho, escrito o creado».
No
sé si las citadas palabras de
Brodsky convienen a todos los
poetas, pero sí parecen haber
sido escritas a propósito de la
obra poética de Alejandra
Pizarnik, que los lectores
peninsulares empezamos a conocer
en 1969, gracias a la memorable
publicación de Nombres y
figuras, en la colección
«La esquina», dirigida por
Antonio Beneyto, quien, en 1975,
desaparecida la mencionada
colección, lograría hacer
aparecer, en la editorial Ocnos,
la antología El deseo de la
palabra, preparada por la
propia autora poco antes de su
muerte, acaecida en 1972.
Felizmente recopilada ahora por
la poeta Ana Becciu Poesía
(1955-1972), que comprende
los siete títulos publicados por
la autora a lo largo de su vida,
más los poemas aparecidos
después de su muerte en diversas
publicaciones argentinas y varias
series poéticas inéditas hasta
hoy, la obra de Pizarnik aparece
hoy como un estallido poético
absoluta y doblemente
deslumbrante. Y decimos
doblemente porque, en dicho
volumen, no sólo reencontramos
el contundente poderío poético
de una labor creativa que los
casi treinta años transcurridos
desde la desaparición de la
autora no ha hecho sino renovarse
como bien demuestra la evidente
influencia que ha ejercido en la
poesía escrita en Argentina y en
otros países latinoamericanos en
los últimos decenios sino que
nos revela la escalofriante
capacidad de continuidad que
Alejandra Pizarnik había
extraído de su propia obra en
los últimos años de su vida.
En
Poesía (1955-1972)
encontramos a la poeta Alejandra
Pizarnik que, de acuerdo con la
palabras iniciales de Brodsky,
mejor dicho, parafraseándolas,
«vive en contacto con la lengua,
en manos de todo lo que en ella
se ha escrito y se ha creado»
(en su caso, el romanticismo
visionario de Hölderlin y
Nerval, el viaje sin retorno de
Antonin Artaud, Rimbaud,
Lautréamont y, entre otras
experiencias, las llevadas a cabo
por los surrealistas franceses al
fundir lo mismo que los poetas
románticos vida y poesía en
una misma cosa, más la asunción
del quehacer de poetas argentinos
de la generación anterior, como
Oliverio Girondo, Olga Orozco y,
sobre todo, Antonio Porchia),
más a la Alejandra Pizarnik de
los textos inéditos (la
extraordinaria serie de los ocho
poemas pertenecientes a 1971, que
Pizarnik había dejado en
posesión de la poeta Perla
Rotzait, y el sobrecogedor poema
titulado «Sala de
Psicopatología»), que evidencia
a partir de su propia obra
anterior y, siempre parafraseando
a Brodsky, «haber caído en
manos» de su propia lengua, y de
lo que «ella misma había
escrito y había creado en esta
lengua».
«Yo
creía que quería ser poeta,
pero en el fondo quería ser
poema, y en parte, en mala parte,
lo he conseguido; como cualquier
poema medianamente bien hecho,
ahora carezco de libertad
interior, soy todo necesidad y
sumisión», escribió Jaime Gil
de Biedma. Por el contrario, en
Alejandra Pizarnik podemos
observar una andadura inversa: el
lenguaje la utilizó para hacerse
poema ya en sus primeros libros,
de modo que no era la poeta que
escribía libros de poesía como Árbol
de Diana, Los trabajos y
las noches o Extracción
de la piedra de locura sino
los poemas que los integraban,
casi siempre breves, resultantes
de la lúdica combinación de
palabras pero metafísicamente
lúdica, ya que no apuntaba al
mero juego de palabras, sino al
del significado de las
palabras, de palabras concisas,
exactas, pulidas (esa nitidez
mozartiana de la nota-palabra es
una de las características más
descollantes de la obra de esta
poeta), que invocando una serie
más bien limitada y
cuantificable de elementos (la
noche, el abismo, la infancia, la
muerte...) conformaban un
universo poético unívocamente
personal del que, en el último
tramo de su quehacer literario,
partiría para dejar de ser poema
y convertirse en poeta, en una
poeta que, perteneciendo como
siempre había pertenecido a la
estirpe de Rimbaud, se
internaría por infiernos aún
raramente visitados por la
poesía contemporánea escrita en
castellano. Quienes leímos a
Pizarnik antes de la presente
publicación de Poesía
(1955-1972) conocíamos sólo
a la poeta que era sus poemas, y
creíamos erróneamente que,
al morir, había dejado una obra
espléndida, magistral y
deslumbrante, pero absolutamente
cerrada, concluida, y que había
recorrido el camino iniciado por
ella misma. Sin embargo, la
lectura de sus poemas inéditos o
no recogidos en sus libros
anteriores, demuestran que,
insospechadamente, Pizarnik
había logrado salir del poema en
el que siempre vivió y
escribió, y había conseguido la
libertad necesaria para
aventurarse por nuevos caminos
poéticos. La muerte, no la
poesía, se lo impidió.
Lástima.
Demasiadas
cosas demasiado lejanas
Alejandra
Pizarnik
BUSCAR
No
es un verbo sino un vértigo. No
indica acción. No quiere decir ir
al encuentro de alguien sino
yacer porque alguien no viene.
EN
HONOR DE UNA PÉRDIDA
La
para siempre seguridad de estar
de más en el lugar en donde los
otros respiran. De mí debo decir
que estoy impaciente porque se me
dé un desenlace menos trágico
que el silencio. Feroz alegría
cuando encuentro una imagen que
me alude. Desde mi respiración
desoladora yo digo: que haya
lenguaje en donde tiene que haber
silencio.
Alguien
no se enuncia. Alguien no puede
asistirse. Y tú no quisiste
reconocerme cuando te dije lo que
había en mí que eras tú. Ha
tornado el viejo terror: haber
hablado nada con nadie.
El
dorado día no es para mí.
Penumbra del cuerpo fascinado por
su deseo de morir. Si me amas lo
sabré aunque no viva. Y yo me
digo: Vende tu luz extraña, tu
cerco inverosímil.
Un
fuego en el país no visto.
Imágenes de candor cercano.
Vende tu luz, el heroísmo de tus
días futuros. La luz es un
excedente de demasiadas cosas
demasiado lejanas.
En
extrañas cosas moro.
PEQUEÑOS
POEMAS EN PROSA
Se
cerró el sol, se cerró el
sentido del sol, se iluminó el
sentido de cerrarse.
Llega
un día en que la poesía se hace
sin lenguaje, día en que se
convocan los grandes y pequeños
deseos diseminados en los versos,
reunidos de súbito en dos ojos,
los mismos que tanto alababa en
la frenética ausencia de la
página en blanco.
Enamorada
de las palabras, que crean noches
pequeñas en lo increado del día
y su vacío feroz.
NAUFRAGIO
INCONCLUSO
Este
temporal a destiempo, estas rejas
en las niñas de mis ojos, esta
pequeña historia de amor que se
cierra como un abanico que
abierto mostraba a la bella
alucinada: la más desnuda del
bosque en el silencio musical de
los abrazos.
EN
LA OSCURIDAD ABIERTA
Si
la más pequeña muerte exige una
canción debo cantar a las que
fueron lilas que por acompañarme
en mi luz negra silenciaron sus
fuegos cuando una sombra
configurada por mi lamento se
refugió entre sus sombras.
LA
OSCURA
¿Y
por qué hablaba como si el
silencio fuera un muro y las
palabras y colores destinados a
cubrirlo? ¿Y quién dijo que se
alimenta de música y no puede
llorar?
[...]
DEL SILENCIO
I
Esta
muñeca vestida de azul es mi
emisaria en el mundo.
Sus
ojos son de huérfana cuando
llueve en un jardín donde un
pájaro lilas devora lilas y un
pájaro rosa devora rosas.
Tengo
miedo del lobo gris que se
disimula en la lluvia.
Lo
que se ve, lo que se va, es
indecible.
Las palabras cierran todas las
puertas.
Recuerdo
el tiempo sobre los álamos
queridos.
El arcaísmo de mi drama
determinó, en mi criatura
compartida, una cámara letal.
Yo era lo imposible y también el
desgarramiento por lo imposible.
Oh
el color infernal de mis
pasiones.
Sin embargo, quedé cautiva de la
antigua ternura.
II
No
hay quien pinte con colores
verdes.
Todo es anaranjado.
Si soy algo soy violencia.
Los colores rayan el silencio y
crean animales deteriorados.
Luego alguien intentará escribir
un poema. Y será mediante las
formas, los colores, el desamor,
la lucidez (no continúo porque
no quiero asustar a los niños).
III
El
poema es espacio y hiere.
No soy como mi muñeca, que sólo
se nutre de leche de pájaro.
Memoria
de su voz en la funesta mañana
velada por un sol que reverbera
en los ojos de las tortugas.
El
de su voz es un recuerdo que me
hace perder el conocimiento
frente a esta conjunción celeste
y verde de mar y cielo.
Yo
preparo mi muerte.
Quiere
decir, pero siento lo que ella
es. Encuentra que es muerte amor
si bien todo, sin amor, le es
ofensa. No sabe por qué no calla
puesto que su amor la vuelve
inocente. Dueña del crepúsculo,
tañe los espejos de los
pronombres.
Cada
palabra que escribo me restituye
a la ausencia por la que escribo
lo que no escribiría si te
dejara venir aquí.
Me
atengo al poema. El poema me
lleva a los confines, lejos de
las casas de los vivos. ¿Y por
dónde andaré cuando me vaya y
no vuelva?
Y
nadie comprende. Toda mi vida te
espera. Y sin embargo busco la
noche del poema. Solamente pienso
en tu cuerpo pero rehago el
cuerpo de mi poema como quien
trata de curarse una herida.
Y
nadie me comprende. Yo sé que la
vida, que el amor, deben cambiar.
Esto que dice mi máscara sobre
el animal que soy, alude
penosamente a un alianza entre
las palabras y las sombras. De
donde se deriva un estado de
terror que niega el orden los
humanos.
Un
lugar para huirse
Alejandra
Pizarnik se vino a Buenos Aires
el 29 de abril de 1936, y lo hizo
en el seno de una familia de
emigrantes de Europa oriental. Su
padre aparece tardíamente, en
agosto de 1972, en la dedicatoria
de «Sous la nuit»: Yván
Pizarnik de Kolikovski. Estudió
Filosofía y Letras en Buenos
Aires y, más tarde, pintura con
Juan Batlle Planas, otro de los ausentes
queridos, como el poeta Enrique
Molina. Entre 1960 y 1964 vivió
en París. Decisiva fue su
conexión con la poesía de
Antonin Artaud, Henri Michaux,
Yves Bonnefoy. Le permitió
acceder a una expresión cósmica
y universal como pocas veces se
ha dado en las literaturas
hispánicas. Nada de color local.
Sólo el de las lilas que arden
sin llama a la claridad del alba.
Lo aprendió en Ruysboek, Böhme,
en los místicos castellanos. En
«Sala de Psicopatología», un
inédito de la última época que
ahora se recupera, dice que
frecuentó el mercado matrimonial
en las mejores playas de Europa.
Todo eso pronto se acabó. Con
admirable precocidad, Pizarnik
había publicado La tierra
más ajena (1955), La
última inocencia (1958) y Las
aventuras perdidas (1958). De
vuelta a Buenos Aires,
aparecieron sus obras de
«madurez»: Los trabajos y
las noches (1965), Extracción
de la piedra de locura (1968)
y El infierno musical (1971).
Interna en una clínica
psiquiátrica, Alejandra Pizarnik
se fue, como se dice, de
sobredosis «intencionada» de
seconal. En 1982, Olga Orozco y
Ana Becciu editaron una primera
serie de inéditos, Textos de
Sombra y otros poemas, ahora
corregida en esta decisiva
edición a cargo de Becciu:
tenemos que agradecerle su buen
hacer, su devoción y su lealtad,
para que resplandezca por sí
sola una obra única e
irrepetible.
Muy
pronto comenzó Pizarnik a tejer
su bosque de la noche. En La
tierra más ajena (1955),
aparece su deseo de huirse en un
barco negro, ese barco «que
partió de mí llevándome»
y flota, en Extracción de la
piedra de locura (1968),
sobre el agua natal, el agua
lila, la única vigilia. Aun con
una intensa sobrecarga de
imágenes, de la que será
obligada a prescindir, y ganó
con ello, la poesía ya es un
muro donde escribir a la luz de
la noche oceánica. Y ya es el
amor y los primeros quiasmos: «El
tiempo tiene miedo / el miedo
tiene tiempo». La
interrogación por el nombre
empieza por alejandra y,
enseguida, son endechas debajo de
su nombre. Nombres de sí, «ahorcados
en la nada»: «Señor /
tengo veinte años. También mis
ojos tienen veinte años / y sin
embargo no dicen nada».
En
Las aventuras perdidas
(1958), Pizarnik aparece en eco
del bienamado George Trakl, «ardiente
enamorada del viento» que
acaricia ausentes con las cenizas
por toda vestimenta. La noche, el
viento, la sangre. La que empezó
diciendo saber poco de la noche,
llega a Árbol de Diana
(1962) afilando poemas de una
rama cortada. Octavio Paz, en el
prólogo «se recomienda
esta prueba a los críticos
literarios de nuestra lengua»,
relee el mito de la diosa y
profetisa que media entre los
mundos, la mitológica cicatriz
del árbol como sexo femenino del
cosmos. Pizarnik siguió, hasta
la extenuación, indagando en la
llaga. Lo pone de relieve esta
edición de Poesía completa,
los textos que serán los
últimos, la magnífica
exposición de la psicopatología
de la poesía cotidiana entre los
locos.
Pizarnik
abandona su cuerpo y salta hacia
la nada que ahonda su cuerpo.
Ella dice qué es ella: la
silenciosa en el desierto, la
viajera con el vaso vacío. La
que desconoce el destino de sus
visiones y siente que será
feroz. Vena profética y abierta
que riega su mapa poético:
indagación en la sombra de lo
que espera. El poema, a veces, es
miedo que impide conocer. En
Pizarnik, el poema es, casi
siempre, un medio peligroso de
conocimiento, y su insignia más
elevada: el rechazo. Ése es el
No de tantos de sus poemas («Del
combate con las palabras
ocúltame / y apaga el furor de
mi cuerpo elemental»),
porque el poema podría ser un
camino a dos hacia el espejo. Y
eso es descentramiento,
partición de la mirada. Ella
(Pizarnik) era una palabra lejana
que se apoderaba de ella, y
quería escribir un poema entrado
del silencio de las cosas.
Ella, la pequeña muerta, ante su
espejo de cenizas, la noche. La
dormida que trata de pulsar una
voz entre la nada dolorida. La
dama pequeñísima que sale a la
intemperie a pronunciar la
sílaba No y se revela en el filo
de la hoja, y la hoja talla.
¿Desde
dónde y hacia dónde mira la
poesía? ¿Dónde coloca su voz?
El poema une la mirada al llanto,
aprisiona sombras, las hace
rendir cuentas del silencio. El
poema, en su decir, pulveriza los
ojos: «Mirar una rosa / hasta
pulverizarse los ojos». Y,
en el amor, el otro cuerpo
debería hacerse espacios de
revelación. Contundente repique
dialógico tú/yo, para ser
ofrenda, «para decir la
palabra inocente [...] con los
ojos abiertos / como Alicia en el
país de lo ya visto». Hasta
que lo que escribe en el muro
acaban por borrarlo el viento y
la lluvia. Cada vez más abierta
la noche. Pequeños mensajes en
los poemas, papelitos guardados
en las grietas: haz que no muera
sin volver a verte, cúrame...
Hasta que ella (Pizarnik) se
acaba diciendo: «¿Quién es
yo?» Y ella es la palabra
que marca la espera de una
palabra. «Sólo vine a ver el
jardín [...] Sólo vine a ver el
jardín donde alguien moría por
culpa de algo que no pasó o de
alguien que no vino».
La
poesía de Alejandra Pizarnik
puede ser reiterativa y con
altibajos. Nada más natural para
quien ha medido su eficacia
poética enterrando y
desentrañando lenguaje, con una
incrementada precisión, como
pocas veces se ha producido en
nuestra lengua, fuera y dentro de
los géneros degenerados,
asexuados y banales de «la
poesía» y «la novela». Quien
lea esta poesía corre
serio riesgo de cortarse.
José
Carlos Cataño
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