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Los
últimos días de Pablo
Neruda
La
dictadura chilena
intentó borrar de la
historia las huellas del
poeta universal Pablo
Neruda. Éste es el
relato de los últimos
momentos de su vida en el
país que tanto amó
La
Vanguardia - 03.45 horas
- 08/07/2001
Texto
Rubén Adrián Valenzuela
En medio
del barro, con el agua
hasta los tobillos y sin
cristales en puertas ni
ventanas, Matilde Urrutia
veló el cuerpo del poeta
Pablo Neruda, premio
Nobel de Literatura 1971.
Mientras los militares
vigilaban, fuertemente
armados, los accesos a La
Chascona, una vecina
facilitó una única
silla para velar los
restos del autor de
"Canto
general".
Quienes viven en Chile
todavía hoy no han
podido ver las fotos del
estado en que quedó la
casa santiagueña de
Pablo Neruda tras el
golpe de Pinochet. En
1979, seis años después
de su muerte, los
chilenos que vivían en
Chile tuvieron la primera
noticia de que los
domicilios del poeta en
Santiago y Valparaíso
habían sido incendiados
y saqueados durante los
días del golpe militar
que derrotó a Salvador
Allende. Eran apenas
cuatro líneas de texto,
al final de la página 82
de una edición
extraordinaria que el
semanario "Hoy"
-ya desaparecido-
dedicaba al premio Nobel,
y que venían a confirmar
lo que todo el país
murmuraba y los militares
negaban por sistema.
"Es una más de las
mentiras que el comunismo
internacional ha lanzado
contra nuestro
gobierno", decía
Pinochet, quien había
firmado personalmente el
decreto de expropiación
de todos los bienes del
poeta alegando que
pertenecían al Partido
Comunista.
"Me han autorizado a
seguir ocupando mi casa
de Isla Negra -decía
Matilde Urrutia, viuda de
Neruda- en calidad de
usufructo por préstamo
vitalicio. Yo así no la
quiero", y se
instaló a vivir en una
habitación del céntrico
hotel Ritz, donde dos
agentes de policía,
vestidos de paisano, la
vigilaban día y noche.
Las casas, hoy
convertidas en museos de
la poesía, tenían
características que
hacían de ellas
edificios singulares.
Neruda, que no era
arquitecto (no con
título), las había
construido paso a paso
con la ayuda de un
albañil. Se dice que
primero buscaba los
objetos de colección que
le enamoraban y después
creaba los espacios.
"Tenía una idea
poética y humana de la
arquitectura. Era
arquitecto de sí mismo y
para sí", dice
Susana Inostroza,
arquitecta chilena
actualmente radicada en
Barcelona. "Hice un
trabajo sobre las tres
casas que dejó Pablo, y
a despecho de mis colegas
puedo afirmar que los
espacios que él creó
estaban en perfecta
armonía con sus
necesidades y con la idea
que tenía de lo que debe
ser la arquitectura
puesta al servicio del
hombre."
En sus casas, Neruda
había depositado obras
de arte de incalculable
valor, recuerdos de sus
viajes por el mundo,
incunables que había
rescatado de los mercados
de pulgas de París,
Amsterdam o Buenos Aires,
mascarones de proa,
lámparas antiguas y
otros objetos de un gran
valor artístico.
En La Chascona, bautizada
así en alusión a la
cabellera siempre
desarreglada de Matilde,
Neruda había ido ganando
territorio al cerro de
San Cristóbal y había
construido una casa que
semejaba módulos
dispersos por la ladera.
La puerta de la calle
daba paso a una empinada
escalera que llevaba
hasta una terraza llena
de árboles, enredaderas
y otras plantas que
Matilde cuidaba con
esmero.
El salón comedor,
atiborrado de cerámicas
hechas por encargo y
piezas de alfarería y
arqueología, estaba
presidido por un retrato
de Neruda hecho al óleo
y con espátula por el
famoso muralista
ecuatoriano Osvaldo
Guayasamín. Cerca había
un cuadro con una mujer
anciana atribuido a un
discípulo de Caravaggio,
y más allá un viejo y
valioso reloj de
péndulo. El conjunto, en
esa época, estaba ya
valorado en varios
millones de dólares.
Destrucción de la
memoria
La viuda del poeta dejó
dicho en sus memorias:
"Aquí habíamos
depositado poco antes
(del golpe) una
colección de cuadros
naïf. Nemesio Antúnez,
que era en ese momento el
director de la Escuela de
Bellas Artes de la
Universidad de Chile,
había convencido a Pablo
para que hicieran una
exposición de estas
pinturas en el Museo
Nacional de Bellas Artes.
Había muchos, y
provenían de diversidad
de lugares: México,
Colombia...".
El 11 de septiembre de
1973, junto a la
democracia, se perdieron
en Chile las colecciones,
los libros y los cuadros
que el poeta había
reunido a lo largo de
toda una vida. Alguien,
que primero intentó
incendiar la casa
prendiendo fuego a los
enormes árboles del
jardín, la inundó
desviando un canal de
regadío que pasaba por
las laderas del San
Cristóbal, más arriba
del edificio.
"Ahora, aquí, en
este comedor -sigue
diciendo Matilde en sus
memorias- estoy viendo
confundidos en el barro
negro marcos destrozados,
narices, piernas, cabezas
de estatuas mutiladas.
Una que otra cabeza de
cisne, de una colección
de cerámicas polacas,
asoma de repente. Los
pedazos de caballos de
greda se confunden.
"Todo ha sido roto
por la ola de furia
insensata que ha asolado
esta casa. Todos los que
ayer entraron (para
ayudarme a velar aquí el
cadáver de Pablo) se
llevaron un pedacito de
ruina de recuerdo, sobre
todo los de la
televisión extranjera.
"Al lado de la
chimenea el inmenso reloj
de esfera blasoné y
color azul turquesa no se
salvó ni por su tamaño.
Se dieron el trabajo de
destornillar toda su
maquinaria, sus
ruedecitas estaban
esparcidas por la
habitación y el
jardín."
La pintura atribuida al
alumno de Caravaggio
quedó destrozada a
navajazos y la dejaron
por inservible, pero
otros cuadros, despojados
de sus marcos,
desaparecieron. Matilde
se preguntaba si sabrían
lo que se habían llevado
y si se daban cuenta del
valor de lo destruido.
"Si son capaces de
hacer esto, ¿cuántos
crímenes más serán
capaces de
cometer?", decía.
El último capítulo
Neruda, que hacía apenas
unos meses había vuelto
a Chile tras renunciar a
su cargo como embajador
en Francia, descansaba en
su casa de Isla Negra
cuando la furia de los
golpistas se dejó caer,
en forma de bombardeos
aéreos, sobre el palacio
de la Moneda en Santiago.
"Éste es el
fin", le dijo a su
mujer, y se metió en la
cama. Ese gesto fue,
probablemente, lo que
salvó a la más famosa
de sus residencias del
saqueo y destrucción que
en ese mismo momento
estaban padeciendo La
Chascona y La Sebastiana.
Comenzó a dictar el
último capítulo de sus
memorias, al mis-mo
tiempo que iba recibiendo
noticias de lo que pasaba
en la capital. Sus
amigos, los pocos que
pudie-ron visitarle, le
ocultaban la gravedad de
los hechos, pero él,
pegado a una radio de
onda corta, vivía
pendiente de los
boletines informativos de
emisoras de América y
Europa. Así se enteró,
antes que el resto de sus
compatriotas, de la
muerte de su amigo el
presidente Salvador
Allende.
Comenzó a sentirse mal y
aumentó la fiebre. El
país se hallaba en
estado de guerra interna,
había toque de queda en
todo el territorio y
ninguna de las
instituciones propias de
la democracia funcionaba.
El 18 de septiembre, día
de la Independencia,
algunos amigos
consiguieron llegar hasta
la casa del poeta.
Le encontraron demacrado
y con pocas energías, y
recomendaron a Matilde
que hiciese venir al
médico de cabecera de su
marido. Pero el doctor se
encontraba en Santiago, y
no le pareció prudente
desplazarse hasta la
costa, por lo que
ofreció mandar una
ambulancia, con
salvoconducto de los
militares, para el día
19 por la mañana.
Cuando emprendieron el
viaje, Neruda iba en
camilla, pero muy
despierto. Esto le
permitió darse cuenta de
que por el camino, más o
menos cada 10 o 12
kilómetros, los
detenían patrullas
militares que
inspeccionaban el
vehículo, pedían los
documentos y miraban
dentro de la ambulancia
para ver si efectivamente
el que iba en camilla era
el poeta premio Nobel de
Literatura.
En Melipilla, poco antes
de llegar a Santiago, un
piquete de carabineros al
mando de un capitán los
detuvo y ordenó que
todos, incluido el
enfermo que iba en
camilla, bajaran para una
inspección. Matilde
llevaba cogida la mano de
su marido, pero los
separaron y durante un
rato no les permitieron
hablar.
Cuando reemprendieron la
marcha, Neruda lloraba en
silencio "por
Chile", según
confesó a su mujer.
Antes de entrar
definitivamente en el
centro de la ciudad les
hicieron bajar una vez
más de la ambulancia,
pero al fin consiguieron
llegar a la parte
elegante de Santiago,
donde le internaron en la
clínica Santa María.
El día 20 les visitó el
embajador de México. Por
orden del presidente de
su país, ofreció asilo
al poeta y su familia y
el avión del propio
presidente para
trasladarlos al país del
norte. Neruda dijo que
aceptaba, que se iría de
Chile por una temporada,
pero que volvería
después de recuperarse
de su enfermedad.
Morir en Chile
Matilde accedió entonces
a viajar hasta Isla Negra
para disponer algunas
cosas y preparar un
equipaje ligero. Todavía
no sabían del saqueo de
sus casas ni de otras
noticias más graves.
"Estaba en casa con
una lista de libros que
me había pedido Pablo
-cuenta Matilde- cuando
sonó el teléfono. Era
Pablo. Me pedía que
regresara inmediatamente
a Santiago, que no
hiciera preguntas, porque
no podía hablar
más." De vuelta en
la clínica, Matilde
encontró a su marido muy
agitado, sorprendido y
enfadado porque ella no
se estaba enterando de lo
que pasaba en el país.
"Me han dicho que
mataron a Víctor Jara,
que le destrozaron las
manos porque se había
puesto a cantar a los
otros presos
políticos",
explicó Neruda a su
mujer. Matilde sí sabía
esa y otras noticias,
pero las había ocultado
para proteger la salud de
su marido. Sin embargo,
los diplomáticos que
habían ido a verle para
ofrecerle asilo le
habían contado todo el
horror que estaba
viviendo el país y eso
empeoró gravemente su
estado.
Comenzó a recordar su
pasado, habló de su vida
en común con Matilde y
de sus viejas amistades
con Allende, Jara y otros
ilustres ahora
asesinados. En seguida el
poeta resolvió que no
saldría de Chile, que su
lugar estaba allí, con
los perseguidos, y quiso
que Matilde tomase nota,
a mano, de sus memorias.
Hasta que cayó
extenuado, con fiebre, y
delirando toda la noche.
En la mañana del día
21, el poeta comenzó a
desgarrarse el pijama,
gritó que estaban
matando a sus amigos, que
los estaban fusilando y
que alguien tenía que
parar esa barbarie. Vino
una enfermera y le
inyectó un sedante que
le hizo dormir ese día y
el siguiente.
Neruda no se despertó
hasta dos días después,
la mañana del día 23,
en que un leve temblor
convulsionó su cuerpo y
expiró sin haber vuelto
a abrir los ojos.
Un funeral en el barro
Fueron a velarle a La
Chascona, abierta de par
en par, desnuda de
muebles y de cuadros, sin
cristales ni en las
puertas ni en las
ventanas, llena de barro
hasta más arriba de los
tobillos y sin luz ni
teléfono. Para meter el
ataúd en la casa
tuvieron que improvisar
un puente de tablones, y
una vecina, de las pocas
que se solidarizaban con
las posiciones de
izquierda del poeta,
llevó una única silla
que pusieron junto al
cadáver para que lo
velara su viuda.
Dentro no podían estar
los periodistas ni los
fotógrafos. Sólo
alguien cercano al
matrimonio, a
hurtadillas, pudo hacer
las fotos que hoy
ilustran este reportaje.
Nadie puede decir, con
exactitud, cuándo
podrán los chilenos que
viven en Chile ver estos
testimonios de uno más
de los muchos crímenes
olvidados de la dictadura
de Pinochet.
"Para hechos como
éste -dice hoy el
chileno Lucho Torres en
su despacho del
Ayuntamiento de
Barcelona- nunca habrá
justicia
suficiente."
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