Mercado y
creación literaria
LUIS
GOYTISOLO
| Luis
Goytisolo es
escritor. |
¿Afila la
inventiva la ausencia de
libertades? ¿Estimula la
capacidad creadora vivir en un
régimen de dictadura? Así se ha
sugerido, con frecuencia, a modo
de ironía o paradoja. Y ejemplos
no faltan. El más próximo, para
nosotros, es el que nos ofrece el
franquismo. En el curso de los
años sesenta y setenta hubo en
España un despliegue literario
sólo comparable -con ventaja- al
de los años veinte y treinta,
especialmente en el terreno de la
novela. Distinto es el caso de la
Rusia soviética, donde la
creación literaria fue aplastada
pero nunca anulada del todo, y el
de la Alemania nazi, que generó
una gran literatura en el exilio,
obra tanto de escritores alemanes
como de judíos que escribían en
diversos idiomas. Sin embargo, no
tendría sentido afirmar que
Franco, Stalin o Hitler
favorecieron una creación
literaria que si se desarrollaba
era pese a la situación de
tiranía existente, no gracias a
ella.
De hecho, en
líneas generales, la mayor parte
de la creación literaria
occidental de los siglos XIX y XX
se ha desarrollado al amparo de
las libertades democráticas. Los
fallos o corruptelas de esas
libertades incluso han dado lugar
a una figura nueva: la del
intelectual convertido en
conciencia de la sociedad, algo
que apenas si existía antes del
caso Dreyfus. Y a la inversa: los
fallos y abismos del sistema han
transformado en planteamientos y
temas literarios problemas de
carácter político y hasta
bélico. Tal sería el caso de
las vanguardias que siguieron a
la Primera y a la Segunda Guerra
Mundial: la consideración de que
el propio lenguaje utilizado no
podía seguir siendo el mismo,
después de tanto horror.
Con todo, el gran
enemigo tanto de la creación
literaria como de la creación a
secas, y también de la
re-creación que corresponde a
quien la recibe, al lector, al
espectador, es la ignorancia. Me
refiero, no a la ignorancia que
se deriva de la falta de medios
para acceder al conocimiento -de
la que cabe escapar cuando ese
conocimiento se respira en el
aire-, sino de la que es fruto de
los obstáculos impuestos en
nombre de un dogma, de un credo,
de una ideología, de unas formas
de vida. Tras el final del Mundo
Clásico, por ejemplo, cuando no
había lugar para una literatura
que no fuese hagiográfica, para
una pintura que no fuese
iconografía, para una música
que no fuese religiosa. Para
cuando se hubo recuperado, al
menos parcialmente, el espíritu
de ese Mundo Clásico -lo que
llamamos Renacimiento- había
transcurrido ya un milenio, un
largo periodo de tiempo dominado
por la ignorancia a la vez que
por la infelicidad. Más
recientemente, las tiranías
ideológicas aplicadas palmo a
palmo, las revoluciones
culturales, las teocracias de
Arabia Saudí o de Afganistán.
El momento
presente, a falta de una mayor
perspectiva temporal, puede
parecer contradictorio; pero
sólo a primera vista. Pues lo
cierto es que el panorama que
ofrece esa sociedad encauzada
hacia la globalización en la que
andamos metidos es de una
creciente ignorancia bajo la
apariencia de todo lo contrario,
lo que no supone una situación
precisamente envidiable desde el
punto de vista de la creación
literaria. La propuesta
implícita en los nuevos
planteamientos culturales apunta
a que cedamos tranquilamente al
ordenador el 95% de nuestros
conocimientos, por inútiles. Y
con los conocimientos, la
memoria. Y con ella, la
inteligencia. Pero esa reducción
del conocimiento es sólo un
aspecto particular de una
reducción más general de
exigencias en los órdenes más
diversos de la vida, de manera
que las cosas sean más fáciles
y asequibles y el acceso al ocio
no plantee problemas. Un ejemplo
de los más comunes lo tenemos en
la indumentaria -calzado,
pantalones, camisetas, prendas de
abrigo- que a partir de los
jóvenes se extiende a la
sociedad entera. O en la
alimentación, barata y de
consumo simplificado, ya que no
saludable. O en la música, en
los grandes lanzamientos de
ritmos para adolescentes. O en el
diseño de los viajes y las
vacaciones o, sobre todo, en la
programación televisiva y la
oferta para navegantes
informáticos.
Supongo que una
sociedad puede vivir
confortablemente sin creación
literaria, delegando en
especialistas la tarea no ya de
escribir sino incluso de leer. El
hecho de que eso no haya ocurrido
en el pasado no significa que no
pueda ocurrir en el futuro. Por
lo pronto, más que el ingenio
literario puro, lo que hoy se
cotiza es el ingenio literario
aplicado: publicidad, guiones
cinematográficos o televisivos,
etc. Los best sellers, los
grandes éxitos de público, son
ya casi sin excepción un punto
de partida para la invención de
toda clase de productos en los
que el concepto de repuesto
prima sobre el de durabilidad. Se
trata de una incidencia
inter-genérica sin duda de gran
futuro: novelones que inspiran
películas, música, diseño,
prendas de moda, viajes, perfiles
físicos y anímicos; y al
revés, del perfil anímico al
novelón. Novelones que nada
tienen que ver con la creación
literaria; como las gulas que no
son angulas, el caviar que no es
caviar o el gran lujo de medio
pelo.
Una situación,
resumiendo, que no favorece la
creación literaria y sí, en
cambio, la producción y
promoción de otro tipo de
productos fácilmente integrables
en los nuevos hábitos sociales,
complementarios respecto a otras
formas de entretenimiento. Los
fenómenos sociales no pueden ser
considerados aisladamente, como
si poco o nada tuvieran que ver
entre sí. El lector potencial -y
por tanto el destinatario de la
creación literaria que
eventualmente pueda cultivarse-
no es una persona sustancialmente
distinta de esa figura que
acompañada de su móvil y su
música viste como viste, que
come lo que come, chatea en la
red y sigue los programas
televisivos de máxima audiencia.
Al contrario: de ahí habrá de
salir el lector del futuro.
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