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LUMINOSO SEAMUS HEANEY

Jordi Roce

Acaba de ver la luz en el Reino Unido el último trabajo del poeta norirlandés Seamus Heaney (Co. Derry, 939), galardonado con el Premio Nobel en 1995. El poemario, titulado Electric Light, recoge textos scritos en estos últimos cinco años y en él se incluye una pequeña serie de tres poemas dedicados a Asturias, «The Little :anticles of Asturias». La conexión de Heaney con esta región española es antigua: su cuñada reside en el municipio de Piedras Blancas, en las cercanías de Avilés, y el poeta ha recalado con gusto y con frecuencia en un paisaje que evoca con singular intensidad el de su tierra natal. Este aire de familia articula los tres poemas de la serie, que trazan un juego de correspondencias entre el paisaje asturiano y los escenarios de su infancia en Derry, en “el Gaeltacht, pongamos”, o ante una hoguera que amenaza la casa familiar. Se trata, como el título deja bien claro, de poemas religiosos, pero una religiosidad (no obstante la referencia final a la catedral compostelana) ligada aún a las iluminaciones del paisaje y al asombro ante las continuidades de la memoria. Heaney, como buen anglosajón, necesita del detalle fisico, de un lenguaje empapado de concreciones y partículariades: sólo desde la fascinación por la materia puede darse el asombro y el salto iluminativo.

Esta serie, con ser un homenaje, es también una miniatura. Hasta el lector menos atento puede advertir que estas tres piezas encierran, como bolas de cristal, una copia reducida del itinerario dantesco: el bajo infierno de los altos hornos, el peregrinaje ante siluetas que saludan como desde otro mundo, la llegada al lugar del sol y la claridad, con una invocación final a la stela, el campo de estrellas que cierra también los tres cantos de la Comedia. Se trata, en este sentido, de una serie que resume muy bien las preocupaciones del último Heaney: llaneza estilística y hondura espiritual, simplicidad y sugerencia. Así entiende el poeta norirlandés su deuda con Dante, a quien ha leído con atención desde mediados de los años setenta y uno de cuyos poemas breves reescribe en otro paisaje de este volumen.

Añadimos a esta serie otras cuatro piezas de Electric Light, entre las que destacan «La campaña de la frontera», una lectura biográfica (e histórica) de Beo- wulf; el poema épico anglosajón del que Heaney ha realizado hace poco una espléndida versión, y «Para la sombra de Zbigniew Herbert», dedicada a la memoria del autor de Don Cogito.

Incluimos, por último, una versión del poema que cerraba su libro anterior, The Spirit Level (1996). «Posdata», que así se titula, nos devuelve al paisaje na- tivo de Heaney y a esa iluminación liberadora que sólo sobreviene en la contemplación demorada y desprendida. Ésta es la lección que lleva impartiendo Heaney desde la publicación de su libro Seeing Things (1991) y que ahora prolonga en este nuevo poemario que presentamos a nuestros lectores.

LOS PEQUEÑOS CÁNTICOS DE ASTURIAS

I

Y luego, a medianoche, mietras descendíamos
al valle llameante de Gijón,
a sus negros y carmesíes, in media res,
era como si ardiera mi rostro de nuevo
frente al labio avivado y la garganta carmesí
de un montón de periódicos prendidos tiempo atrás,
una noche en que el viento dispersó la fogata
en fieros ramilletes, navecillas de fuego volandero
que hicieron peligrar la techumbre de paja y los almiares
-pues nos estremeció la llamarada épica
de aquellos hornos y refinerías calientes
dondo el turno de noche se afanaba en su elemento
y perdimos toda esperanza de descifrar el mapa
y cobramos velocidad maldiciendo las carreteras infernales.


II

A la mañana siguiente, rumbo a Piedras Blancas,
me sentí como un alma por la que alguien rezara.
Vi hombres segando la hierba con guadañas,
colmenas abundantes, un torno y una ermita,
el maíz como una carga dorada en los capazos.
Yo era un peregrino recién llegado a la escena,
pero que entraba en ella como en terreno propio,
el Gaeltacht, pongamos, en los años cincuenta,
donde era bienvenido, aunque sin énfasis,
por familias que trabajaban los campos colindantes,
que movían el brazo al avistarme desde su otro mundo
como es costumbre aún cerca de Piedras Blancas.


III

En San Juan de la Arena
era un día brillante de los cuerpos.
Los dos ríos fluían juntos bajo la luz del sol.
El curso de las aguas rasgaba el lecho arenoso.
El mar callaba y esplendía más allá de los bancos.
Y por la tarde, las gaviotas in excelsis
saludaron al aire, cegadoras, igual que monaguillos
con sus rápidas vueltas y cirios y responsos
en la penumbra resonante y catedralicia
de la lejana Compostela, stela, stela.


EL SANTUARIO DE LA ROPA

Era una dulzura bien nueva
hallar en los primeros días
blusas de muselina blanca
en un tendero de nylon
secando sobre la bañera
o una funda de nylon en el brillo
de su propia electricidad
-como si Santa Brígida
hubiera armado una vez más
un rayo de sol en el aire
como el rayo del que dispuso
para secar en él su capa
(apremiada Brígida, siempre
en marcha, siempre sin reposo)-
la inerte y húmeda e injusta
erosión de lo cotidiano
aliviada y resuelta
con la brillantez de costumbre.


EN TOOMEBRIDGE

Donde el plano del agua
saltaba a borbotones desde la esclusa de Lough Neagh
como si hubiera rebasado el borde de la tierra plana
y cayera en un chorro de luz al presente
continuo del Bann.
Donde solía estar el punto de control.
Donde el niño rebelde fue colgado en el noventa y ocho.
Donde los iones negativos a cielo abierto
son poesía para mi. Como entonces,
el légamo y la plata de la anguila cebada.


LA CAMPAÑA DE LA FRONTERA
Para Nadine Gordimer

Surcos de hollín en el muro de la Audiencia, un boquete
en el tejado, las alfardas
humeantes aún bajo la lluvia:
cuando oí la palabra "ataque"
en St. Columb's College en el cincuenta y seis
me dejó sin aliento, no dejo nada entre mí
y el cielo que fluía lejos del internado
como fluyó, tal vez, la mañana siguiente
a la masacre de Herodot, su plácido reflejo
en las enormes huellas anegadas con que Grendel marcara
la linde del marjal.
Yo ya era entonces parte
de lo escrito y lo por venir,
uno con los caudillos que hicieron a caballo los caminos
para admirar la garra que Beowulf colgó
en lo alto del alero, bajo el curso solemne de los cielos.

Cada zarpa y cada uña, cada espuela
y espolón en la garra de la bestia pagana
era un clavo de acero en el rocío matinal.


PARA LA SOMBRA DE ZBIGNIEW HERBERT

Tú fuiste uno de aquellos, a espaldas del viento del norte,
a quienes Apolo favoreció y a los que acostumbraba visitar
en la estación helada. Y entre tu gente tú
eras nombrado heraldo cada vez que partía
y la tierra callaba y la promesa del verano se frustraba.
Aprendiste a tocar su lira y la mantuviste afinada.

POSDATA

Aunque, si tienes tiempo,
en septiembre u octubre, cuando el viento
y la luz se desnudan mutuamente,
toma el coche y bordea
sin prisa la costa de Clare,
verás que a un lado del mar se revuelve salvaje
entre brillos y espuma, y al otro, tras las rocas,
una banda de cisnes ilumina
como un rayo terrestre
la pizarra gris del pantano:
blanco sobre blanco, sus alas
se agitan y emmarañan,
al tiempo que, absortos, crecidos,
alzan el cuello
o lo sumergen en el agua.
És inútil pensar que podrás detenerte
y observarlo con calma.
No estás ni aquí ni allí.
Cuanto es extraño y conocido
viene a ti, te atraviesa,
mientras el viento azota
de un lado a otro el coche
y toma por sorpresa al corazón
y lo prende de un soplo.


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