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  Pere Gimferrer: "La poesía y el sexo buscan lo mismo"
Escritor
Tengo 56 años.Nací en Barcelona. Soy escritor y editor, y académico de la lengua. Empiezo este año a escribir mis memorias, lo que no significa que vaya a publicarlas
La Vanguardia - 03.45 horas - 08/07/2001
Víctor-M. Amela

Pere Gimferrer. Foto: DAVID AIROB

Pere Gimferrer es una presencia constante en el universo de las letras hispánicas desde hace casi 40 años: como escritor, como editor, como prescriptor, como descubridor de escritores, como erudito en rarezas literarias, como "nobelable"... Gimferrer es casi un icono de "lletraferits", una especie de chamán de las letras, un hombre-libro. Incluso José María Aznar ha citado su nombre con unción en varias ocasiones, como aspirando a participar de ese aura.

¿Qué relación mantienen usted y Aznar?

Le conocí en 1993, antes de que nadie creyese que llegaría a presidente del gobierno, y mantuvimos un intercambio epistolar extenso. Desde entonces, él conoce mis ideas sobre las lenguas de España.

Resúmamelas, por favor.

Que todas nuestras lenguas -cata- lán, gallego, vasco- deberían ser oficiales en toda España, en igualdad con el castellano. Paridad entre las cuatro lenguas.

Bucólica fantasía.

Así sucede en Suiza, en Canadá... No es un disparate, es de derecho.

¿Y cree que Aznar es sensible a esta idea?

Es un hombre que ha leído en catalán a autores catalanes, como al poeta Maragall... Y que ha hablado en catalán en actos públicos. ¡Que yo sepa, ningún otro presidente español lo ha hecho.., salvo Sagasta, en la Barcelona de 1888!

Loable, pero lo que cuenta son los actos de gobierno y las leyes.

Ah, pues en tal caso la norma más relevante de un gobierno español a favor del catalán fue obra de Suárez, cuando aprobó el uso del catalán en la escuela.

De sus opiniones deduzco queGimferrer ve a la derecha española en mejor disposición que la izquierda para proteger las lenguas peninsulares. Me lo confirma así:

"La izquierda moderada no ha tenido un discurso coherente sobre esto, salvo el federalismo de Pi i Margall. Sí hubo un intento de la izquierda radical: el PCE de la Guerra Civil quiso aplicar la idea de nacionalidades al modo soviético. Una falsa solución..."

¿Y cuál ha sido la aportación positiva de la derecha a este asunto?

La de Menéndez Pelayo: hablaba catalán, presidió unos Jocs Florals y era nacionalista español. ¡Tenía una visión integradora! Una visión que influyó en intelectuales como Valera, Galdós, Unamuno (que leía en catalán) y hasta Dámaso Alonso. ¡Menéndez Pelayo hablaba y escribía catalán perfectamente!

Pues su visión no cuajó...

Su influencia, aunque muy aguada, sí llegó a los planes de estudio, como es el caso del bachillerato de Sáinz Rodríguez, con los que yo estudié: en literatura española se incluía la catalana y la gallega, y había capítulos dedicados a Llull, Ausiàs March y al Tirant lo Blanc.

Para acabar de ilustrarme sobre esta concepción de España plurilingüe, Gimferrer recurre a una anécdota de Juan Ramón Jiménez que, a diferencia de Menéndez Pelayo, era más bien de izquierdas:

"Juan Ramón Jiménez, que siempre quiso vivir en tierras hispanófonas, estaba exiliado en 1938 en La Habana cuando, por la radio, oyó algo que le hizo llorar: ¡era "La mort de l'escolà", de Verdaguer, cantada por la Escolanía de Montserrat! "¡Y yo en esta cárcel, fuera de España!", lloraba Juan Ramón. ¡Para él, España era una canción en catalán! ¿Pasa eso, hoy? No..."

¿Qué hacer para que pase?

Que la derecha española se acoja a esa tradición. Que se incluya la enseñanza de todas las lenguas peninsulares en los planes de estudio.

Seríamos todos más cultos, sí...

Fíjese en uno de mis traductores, Justo Navarro: ¡es de Granada, y nunca ha vivido en Cataluña, pero me traduce perfectamente! ¿Por qué? Porque pudo estudiar catalán en la Universidad de Granada. Eso debería extenderse a todas las universidades, a la enseñanza media, a todas nuestras lenguas... Y sin olvidar la recuperación del latín, por supuesto.

Gimferrer me ha recibido en su despacho de Seix Barral. Su ventana tiene las persianas caídas: "Es que hace mucho sol", se explica. Le comento esa leyenda de que en su casa tiene siempre cerradas las persianas, de que vive en permanente penumbra... "No abro las persianas en ciertos días de invierno en que no hay luz, y las tengo medio cerradas cuando hay demasiada luz en verano."

Tiene usted fama de raro...

Si soy raro, la culpa no es mía. Será que mis motivaciones para actuar y las de los demás no coinciden. Las mías son el cine clásico o la poesía, como para otros lo son el fútbol o el coche, que para mí no.

Es viernes por la tarde y estamos solos en la planta. Gimferrer se levanta un par de veces, preocupado, temeroso de que vayan a dejarnos encerrados allí todo el fin de semana. También se levanta tres o cuatro veces para conectar y desconectar alternativamente el aire acondicionado.

Usted no ha tenido hijos: ¿son incompatibles con el arte?

No, no. Es más bien consecuencia de la idea que los del mayo del 68 teníamos de la familia. Y tiene que ver también con aquello que dijo mi amigo Joan Brossa un día que veía una película de Buster Keaton: "¡Seguro que si yo tuviera un hijo, sería como ese tío!". Pero no crea que mi mujer y yo vivimos solos...

Ah, ¿y con quién viven?

Con una infinidad de seres que pululan por casa.

¿Seres? ¿Animales?

Los corpóreos son muñecos, objetos de todo tipo..., pero los hay también incorpóreos, invisibles. Son seres que para mí y mi mujer están vivos. A veces hay que darles de comer. Y leen. Y tienen sus propios gustos literarios. Hablo cada día con muchos de ellos.

¿De buen rollo?

Siempre. Y aprendo cosas de esos seres. Los hay algunos muy sabios.

Si le oye un psiquiatra, le diagnosticará esquizofrenia...

Ah, bueno, también lo hubiera dicho de Van Gogh...

¿No hay peligro de que esos seres le ataquen?

No, jamás: ¡eso es impensable!

¿A cuál de ellos es al primero que ve al entrar usted en casa?

Depende de la hora del día. No están estáticos: se mueven.

Ah. ¿Qué lee el que de ellos tenga gustos literarios más exquisitos?

Rubén Darío, Bécquer y Campoamor. También los hay que leen tebeos, cómics infantiles....

¿Qué leía usted de niño?

Al leer determinadas cosas de Rubén Darío, hacia los 12 años, sentí la aspiración irrefrenable de emularle, de reproducir yo algo similar a eso que había leído y me había impresionado. ¡Eso es querer ser escritor, sin duda!

Ya tenemos ahí al escritor en ciernes. Gimferrer reconoce además la influencia de su abuelo paterno, que le hizo leer "Rojo y negro" hacia los 15 años. Sobre sus padres prefiere no hablarme: "Todo eso me lo guardo para mis memorias".

No me diga que está escribiendo sus memorias...

Empezaré pronto, sí. Este año. Siento que estoy obligado a ello. En un año estarán escritas, aunque eso no significa que vaya a publicarlas inmediatamente.

Adelánteme algo: su primer amor, por ejemplo.

No, no.

¿No? ¿No lo recuerda?

Lo recuerdo todo con entera precisión. Pero me lo reservo para mis memorias. A partir de los 13 años, yo lo recuerdo todo con precisión extraordinaria, datos sensoriales, imágenes, conversaciones que mis interlocutores no recuerdan...

En el prólogo de "La calle de la guardia prusiana" sí da usted un dato: en la mili le declararon "inútil para el servicio de armas".

Sí. ¡Yo ya había jurado bandera y todo! Pero en otra revisión médica posterior valoraron que no era apto.

¿Se cuida usted físicamente?

No. Me preocupo de mi cuerpo lo justo para que no me impida realizar mi actividad. Procuro dormir las horas necesarias, por ejemplo.

Mientras duró aquella mili, en 1969, escribió usted ese libro, "La calle de la guardia...".

Una breve novela erótica que no se publicó entonces, sino ahora. La censura no lo habría permitido.

Contiene escenas coprófilas: "Hundiendo la boca entre su nalgas, separándolas (blancas, temblorosas) con los dedos, podía aún sentir aquel ligero olor fecal que ha sido siempre (...) un éxtasis que a nadie confesaría".

Eso es parte de una vieja tradición literaria. Yo había leído a Sade, a Apollinaire... También utiliza esa tradición Juan Ramón Jiménez, que en "Espacio" escribe "Amor, amor, amor, lo cantó Yeats, es el lugar del escremento". "Escremento", escrito con "s", como lo escribía Juan Ramón.

"Nada me ponía tan fuera de mí como verla evacuar en cuclillas", insiste su personaje.

También Neruda, en "Tango del viudo", cultivó esa tradición: "Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa, como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada..." Y Quevedo tiene un poema "al ojo del culo", pero ahí su intención es satírica, mientras que en mi caso y en los citados hay intención erótica.

¿Es usted coprófilo?

Eso sería objeto de biógrafos o psicoanalistas, en ningún caso de una entrevista, ni en el mío ni en el de los demás escritores citados.

Dejo de ejercer de psicoanalista aficionado. Pasamos a hablar genéricamente sobre las relaciones entre el sexo y la literatura: "La sexualidad de cualquiera de nosotros es una literaturización de la propia vida", afirma Gimferrer. "Y se da una total coincidencia entre poesía y sexualidad".

Explíqueme esa coincidencia.

En ambos casos se da la experiencia de salir de la propia individualidad para vivir el espejismo de fundirse con lo otro. En ambos casos se persigue esa fusión originaria, esa verdad primordial.

¿Qué poeta considera erótico en grado máximo?

Para mí, Rubén Darío: es de una audacia inusitada, de lo más erótico que se haya escrito en poesía en época alguna. Y no es un divertimento: habla de erotismo, de sexo, de la vejez, de la muerte..., y va en serio.

He aquí al Gimferrer prescriptor literario, al erudito, al lector profundo, detenido, sagaz, descubridor de rarezas... y también de nuevos escritores.

Cíteme a tres escritores que usted haya "descubierto".

Eduardo Mendoza (compañero mío de colegio), Julio Llamazares, Antonio Muñoz Molina (lo conocí en Granada como funcionario cultural de aquel ayuntamiento), Jaime Bayly (me habló de él su compatriota Mario Vargas Llosa, la verdad)....

Muñoz Molina y usted son ahora colegas en la Real Academia... ¿Qué nuevas palabras ha propuesto usted al diccionario?

"Memoriógrafo", en vez de memorialista. Y "lionesa", que no está. Lo curioso es que se usa sólo en la parte oriental de la Península: ¡en Madrid, por ejemplo, ni saben lo que es una lionesa!

Puestos a descubrir escritores, descúbrame alguno muy raro, ignoto, valioso...

Murasaki Hikibu, una mujer japonesa del siglo XI, autora de "La historia de Genji", una de las grandes novelas de la historia de la humanidad. Por sus técnicas narrativas se anticipa a Proust en muchos siglos. Y Murasaki Hikibu no es inferior a Cervantes. Es la mujer de más genio literario de toda la historia.

Leo también una rareza en su libro "El diamant dins l'aigua": un soneto sobre Lasa y Zabala...

Yo iba leyendo crónicas sobre ese caso y viendo imágenes en televisión... Una noche, de un tirón, antes de acostarme, en 15 minutos, lo escribí. No hubo un plan premeditado: yo escribo así mis poemas, sin planificarlos. Verá que no hago juicios de valor políticos explícitos, sólo describo hechos y sensaciones.

Un poeta viendo televisión...

Sí, pero para mí la verdadera televisión es la documental: vi en unas imágenes de BTV a Compay Segundo salir de un hotel, cruzar una calle, entrar en el bar Velódromo y jugar allí una partida completa de dominó. ¡Eso es televisión!

¿Y "Gran Hermano"?

Eso es falso documental, o sea que, para mí, es falsa televisión.


Una vida literaturizada

Su nombre ha sido citado a menudo como candidato al Nobel de Literatura. Obra aparte, quizá lo merezca Gimferrer por ser un hombre que literaturiza su vida: no es una vida trepidante (de casa a la editorial, de la editorial a casa)..., pero lo que cuenta es la mirada, y la suya es literaria. "Decía J.V. Foix que, para escribir poesía, le bastaba pasear por una calle ‘con un poco de misterio’. ¿Y dónde estaba el misterio de una calle de Sarrià? ¡Pues en su mente, claro!", me explica Gimferrer. Estoy seguro de que mi presencia en su despacho, nuestras charlas telefónicas para matizar algún aspecto de la entrevista, todo..., todo es filtrado por su mente para un día convertirse en literatura. Glups. De hecho, prepara ya sus memorias, "pues he sido testigo de cosas que si no cuento yo, nadie puede contar. Cosas del mundo literario". Por ejemplo: "Hacia 1964, en una velada en casa de Gonzalo Suárez con Carmen Balcells, ella nos hablaba maravillas de un tal García Márquez -traía una edición sudamericana de ‘Los funerales de la mamá grande’- y lo cierto es que nadie le hacíamos demasiado caso". Cosas así. Le pregunto de qué se siente más satisfecho: "De que el autor de ‘Mascarada’ -el que creo mi mejor libro- no sea antagónico del niño que, a los 12 años, leyó a Rubén Darío..."
 
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