Contacta amb nosaltres
     
     
 
   

Elias Canetti: la lección permanente

Ana Basualdo

Elias CanettiLos «Apuntes» de Elias Canetti fechados entre 1973 y 1984 son la última entrega inédita de su obra antes de la apertura de sus archivos personales. Sus ensayos, sus memorias y su única e impresionante novela, «Auto de fe», escrita antes de los treinta años, han hecho del autor de origen sefardí, Premio Nobel en 1981, uno de los más grandes del siglo. «ABC Cultural» publica una selección de estos aforismos inéditos y la crítica del libro, a cargo de Cecilia Dreymüller. Completan el dossier artículos de Ana Basualdo y Luis Izquierdo y una excepcional conversación entre T. W. Adorno y Canetti.

«Manzanicas coloradas las que vienen de Stambol», decía, en ladino, la primera canción de su infancia. Con licántropos y lobos le asustaban, en búlgaro, las campesinas adolescentes que fueron sus primeras institutrices y sus primeras amigas, ya que, también asustadas, terminaban acurrucándose y ovillándose con él en los divanes turcos de la casa («masa cerrada», «masa-anillo», escribiría medio siglo después, en Masa y poder). Y allí se dormían, hasta que eran descubiertos y jubilosamente destapados por sus padres ­Jacques Canetti y Mathilde Arditti­, vástagos de familias sefardíes procedentes de Estambul que, porque se habían enamorado en Viena, tenían como lengua íntima el alemán. Elias Canetti murió no hace mucho (1994) pero, leyendo La lengua absuelta, el primer tomo de su autobiografía, da la impresión de que hubiera nacido (1905) y se hubiera criado en otra era, en otro planeta. Fue en Rustschuk, a orillas de la parte sur del Danubio.

Era Bulgaria, pero era, sobre todo, un viejo puerto por donde pasaban o recalaban los últimos súbditos de tres imperios: el otomano, el austro-húngaro, el ruso. Una masa-hojaldre de olores, colores e idiomas: búlgaro, ladino, turco, rumano, griego, ruso, armenio. Salvo quizá la de los gitanos (unos treinta de ellos acampaban cada viernes en el patio, para recibir no sobras sino manjares, mientras se acicalaba la casa para el sabbath), el abuelo Canetti entendía y hablaba, bien o mal, todas las lenguas que se oían por la calle, además de las que había aprendido en sus viajes mercantiles por Europa. A Elias Canetti se lo llevarían, a los seis años, a Manchester y viviría después en Viena, Zurich, Frankfurt, Berlín, Londres y otra vez Zurich, pero fue Rustschuk el potente lugar que le activó los sentidos y que, como núcleo irradiante y cosmopolita («Sólo me inspiraba confianza un lugar que se abriera al mundo», dice en La antorcha al oído), se convertiría en hito de un espacio imaginario en el que podía sentirse vecino de Isaak Babel, de Odessa.

Conoció a Babel en 1928, en Berlín: «El colorido, la fuerza, el ímpetu de los Cuentos de Odessa babelianos parecían provenir de mis propios recuerdos de infancia; sin yo saberlo, había encontrado en su obra la capital natural de esa pequeña región del bajo Danubio, y me habría parecido normal ver crecer aquella Odessa en la desembocadura del río. El viaje que dominaba mis sueños de infancia se hubiera desarrollado, entonces, río abajo y río arriba, de Viena a Odessa y de Odessa a Viena» (La antorcha al oído).

Después de haber sucumbido, en Viena, a la tiranía del furibundo moralista Karl Kraus y de haber asistido, en los cafés de Berlín, a la intolerable escena en que su ídolo se mostraba comedido y hasta encantado con el «odioso» Bertolt Brecht y a esa otra intolerable escena en que su otro ídolo, George Grosz, se transformaba en una de sus propias caricaturas, el silencio y la tensión contemplativa de Isaak Babel le enseñaron, a un Canetti de poco más de veinte años, a mirar: a almacenar e interpretar lo mirado. Los capítulos de su autobiografía, que son formalmente casi cuentos, y Las voces de Marrakesh le deben mucho a la lección de Babel: «Comprendí su manera de observar a la gente: mucho tiempo, todo el que permanecieran visibles, sin pronunciar una sílaba sobre lo observado». Pero esa realidad atendida ­así seguía la lección de Babel­ le servirá al escritor si no se apresura demasiado a usarla y, sobre todo, si no abusa de ella para divertir a la gente en los cafés.

Lección. Lecciones. Además de contener series secretas de varios tipos de cuentos, la autobiografía de Canetti es la narración, minuciosa y agradecida, de un aprendizaje interminable. «Quiero aprenderlo todo», proclama, con entonación diversa, a los doce, a los quince, a los veinte años, sin dejar de proclamarlo nunca, y queriendo decir, desde muy pronto, que ese «todo» incluye todo el saber enciclopédico y también el de la experiencia. Y en absoluto separados como dos estatuas que se miran y no se tocan sino sobrellevados en el propio cuerpo, confrontados con el devenir histórico y con el prójimo y públicamente expuestos. Y es por esto ­más que por la casa con divanes turcos y gitanos en el patio­ por lo que Canetti ­como Hermann Broch, como Musil­ parece de otra era. La nuestra ha perdido, al parecer, la posibilidad de contar con esa herencia, de aprender de esas lecciones (el «todo» nuestro es «virtual»).

Dedicó más de tres décadas a desentrañar el «enigma de la masa», abarcando una extensión casi inconcebible de conocimientos. Publicó Masa y poder en 1960, final de un camino que empezara en Frankfurt, poco después de la Primera Guerra Mundial, en lo que él denomina «mi etapa de aprendizaje aristofánico», cuando la lectura de Lisístrata le abría los ojos y le agudizaba el oído al entremezclarse con la gente que discutía en la calle, echando chispas, sobre el Tratado de Versalles, mientras la inflación hacía que toneladas de billetes no alcanzaran ni para comprar un caramelo. El teatro y cualquier otra forma de representación literaria ­otra lección­ y la calle debían estar ligados: «Sólo encuentro digno de escenificarse lo que concierne a la colectividad en su conjunto». Durante más de treinta años buscó la respuesta al enigma que se le planteó por primera vez en 1922, en Frankfurt, en el curso de una manifestación obrera de protesta por el asesinato de Walter Rathenau: «El recuerdo de esta primera manifestación vivida conscientemente se mantuvo firme en mí. Era la atracción física lo que no podía olvidar, ese deseo intenso de integrarme, al margen de toda reflexión o consideración».

La ansiedad omnívora de conocimientos le valió a Canetti disgustos en la escuela, «la primera experiencia pública de un joven», y, en cierto momento, el sarcasmo inteligente de su madre, figura memorable de La lengua absuelta, pero no hay que confundir esa avidez con la glotonería de un yo humanista e iluso. En su novela Auto de fe (1935) y en los Cincuenta caracteres. El testigo oidor (1974) es el ocaso del sujeto lo que, arduamente, representa. Una diseminación de «atributos» sin un «hombre», sin un «carácter» no fisurado que los sustente. Musil, Broch, Joseph Roth, Canetti: maneras de recoger e interpretar los fragmentos del imperio austro-húngaro, un cosmos primero hueco y después hecho pedazos. Claudio Magris llama «especie de Super-yo» al emperador Francisco José y lo asocia al padre de la Carta al padre, de Kafka. Masa, poder, fragmentos humillados del yo: nadie representaría el siglo como Kafka, y El otro proceso de Kafka (1969) es uno de los mejores textos de Canetti. Este ensayo y Las voces de Marrakesh ­tan distintas­ son quizá sus obras más acabadas e invulnerables. Y distintas porque existe, en las dos, el mismo oído atento a lo infinitesimal y específico, la misma adhesión rigurosa y lacónica a lo que trata. «Oído», «testigo oidor», «voces» son palabras que componen los títulos de tres de sus obras, lo cual recuerda que es el oído el sentido que los hombres del Antiguo Testamento, obligados sobre todo a escuchar y comprender, más necesitan y agudizan.

Los «cuentos» de su autobiografía y las «voces» de Marrakesh provienen fundamentalmente de un oído atento al «habla», al mundo de la transmisión oral (recuérdese el magnífico texto sobre los narradores, en Las voces...). Son hablas orientales o domésticas o callejeras «traducidas» al alemán, a la lengua literaria que Canetti eligió (y «absolvió»). El alemán fue su lengua «materna» de una manera complicada y dolorosa. La lengua estrictamente materna fue el ladino; también el búlgaro. Sus padres hablaban en alemán sólo entre ellos, y no se lo enseñaron, lo cual, ávido como estaba ya a los cuatro años de «saberlo todo», le ponía particularmente celoso. La primera lengua escolar fue el inglés, en Manchester, donde murió su padre, a los treinta años. En Inglaterra aprendió, también, francés. En 1913, la madre decidió trasladarse, con sus tres hijos, a Viena. El viaje tuvo etapas, y la transmisión del alemán ocurrió frente al lago de Ginebra, en pocas semanas: «Tenía ocho años y para mi madre era insoportable la idea de que, debido a mi desconocimiento del idioma, no entrara a la clase que me correspondía, de modo que decidió enseñarme alemán en un santiamén». Y lo logró. «Ella misma tenía necesidad de hablar alemán conmigo, pues era el idioma de su intimidad. El corte más terrible de su vida, la pérdida de mi padre, su interlocutor, se tradujo dolorosamente en que sus queridas conversaciones en alemán enmudecieron. Su éxito fijó la naturaleza profunda de mi alemán: fue una tardía lengua materna, inculcada a base de auténticos sufrimientos». Y cuánto tuvo que afinar el oído, ya que esas lecciones, las más difíciles, fueron sin libros. Y el mandato, escribirlos.

Las trufas de Canetti

¿Cajón de sastre u obra menor? Las anotaciones aforísticas no gozan de mucho prestigio en tiempos de la lectura fácil y bajo la presión de las leyes del mercado. También el presente segundo tomo de los apuntes de Elias Canetti, publicados en alemán en 1987 bajo el hermoso título El corazón secreto del reloj, se resiste a la lectura en diagonal y, además, escapa de las clasificaciones jerarquizantes, tal como era la intención de su autor. Cautiva por su absoluta abertura y la impresionante amplitud de pensamiento, aunque, como es propio del género aforístico, exista el peligro de perderse entre la cantidad y diversidad de las ideas, de los juegos intelectuales y de palabras, propios de «un equilibrista de la verdad». Canetti, el último poeta en lengua alemana, en el sentido enfático de la palabra ­de los que logran en su obra la unidad de pensamiento y escritura­, se nos presenta aquí en su forma más concentrada y más sabrosa. Hay que saborearlo lentamente como una trufas.

El origen de los apuntes se remonta al año 1939, cuando el autor de Auto de fe decide en Londres entregarse exclusivamente a la obra de su vida, el monumental ensayo sobre Masa y poder, y se prohíbe la dedicación a otros proyectos literarios. Pronto, sin embargo, surge la necesidad de una válvula de escape, por lo que a partir de 1942 empieza con las notas, en las que entra de todo: observaciones autocríticas, comentarios del proceso creativo, citas de sus múltiples lecturas («Una Torre Eiffel de citas, cuatro veces al día sube a ella y baja»), manifestaciones de simpatías y fobias ­lo explica el autor en el comentario preliminar del primer tomo de apuntes, La Provincia del hombre. Cuaderno de notas 1942-1972 (Madrid, Taurus, 1982): «Así los apuntes se han convertido en una forma. No hay límites a su capacidad de comprensión. Todo lo que falta en ellos es importante. El lector se entrega él mismo como complemento»­.

Y aunque en 1959 concluya el manuscrito de Masa y poder, no pierde el hábito adquirido. En la selección de los apuntes tomados entre 1973 y 1984 entra un elemento nuevo: el autobiográfico. Muchas reflexiones que surgen a través del trabajo en los tres tomos de la autobiografía ­iniciado con La lengua absuelta en 1971­ desembocan en los cuadernos de estos años. En primer lugar se halla el análisis del ejercicio memorístico («profecía de la memoria») y la problemática del Yo, de cómo se ve Canetti a sí mismo y contrasta su proyecto existencial con la realidad: «Necesito personajes. Sólo puedo subsistir repartido en personajes. Soy demasiado fuerte para permitirme vivir indiviso. Temo la destrucción que podría brotar de mí». A este concepto posmoderno del Yo fragmentado corresponde el constante cambio de perspectiva narrativa. Una vez habla en primera persona de sí mismo, otras en tercera. Resulta a menudo difícil saber a quién se refiere, de modo que hasta las observaciones más personales ­y también las hay, por ejemplo, acerca de su paternidad tardía (el escritor tiene 67 años cuando nace su única hija)­ adquieren validez general.

Las opiniones de Canetti son todo menos ecuánimes. Denotan una mente pasional («Nunca he podido soportar a Sartre») y una persona comprometida con la realidad social y política. No de la manera más obvia ­como le reprocha a Sartre­ sino desde una postura de rebeldía nata y de independencia intelectual. Aquí habla alguien que nada a contracorriente y tiene el valor de poner la propia carne en el asador, como cuando se pronuncia sobre su condición de judío: «A veces me gustaría no ser judío, aunque sólo fuera para tener sobre ellos una opinión menos egoísta. // Pero quiero ser un judío para no ahorrarme ninguna de las adversidades que les han sido impuestas. No quiero apartar de mí esa especie de amenaza colectiva, porque es un claro ejemplo para todas las amenazas de índole parecida, y lo obliga a uno a no pasarlas nunca por alto ni a olvidarlas».

Los Apuntes ocupan en la obra pluridisciplinar de Canetti un lugar especial porque revelan en toda su desnudez al pensador radical. La subjetividad de la anotación muestra más del pensamiento, de la espiritualidad y la visión del mundo de Canetti que cualquier otro escrito: «Un corazón de penas y deseos extáticos». De paso, se descubren muchos detalles enternecedores del personaje. Conserva una maravillosa capacidad de asombrarse ante el mundo y ante sí mismo. Su amor por los libros, por «las mayores de todas las exquisiteces», está a la altura del profesor Kien, el patético personaje principal de Auto de fe. En su juicio literario hace escasas concesiones. Admira a pocos ­sus autores de cabecera son Spinoza, Kafka y Musil­. Goethe, Nietzsche y Freud sólo le merecen comentarios irónicos, Borges le parece soso («No me gusta nada Borges. No choca con piedra. La reblandece»). Sin embargo, cada vez le interesan más las biografías, la de Wittgenstein por su integridad como persona, la de Mark Twain por su final miserable. Estas y otras extravagancias, como su irracionalismo frente a la muerte o el odio hacia Francis Bacon, contrastan saludablemente con una preocupación incesante por el mundo, por el futuro del ser humano, donde se manifiesta la enorme humanidad de Canetti: «Que no se arroja a la nada a nadie que estuviera allí a gusto. Que únicamente visitamos la nada para hallar el camino que conduce fuera de ella y mostrar el camino a cada cual. Que perseveramos en el dolor y en la desesperación para aprender cómo sacar a otros de ellos, pero no por desprecio de la felicidad que corresponde a las criaturas, a pesar de que se desfiguran y despedazan mutuamente».

Con toda su obra Canetti quiso demostrar la imposibilidad de un mundo intacto, señalar que la fe de la Ilustración en el dominio total de la razón era como mínimo pretenciosa. Leyendo sus aforismos magníficos se comprende que «una totalidad de la vida sólo se halla en lo fragmentario».

Cecilia Dreymüller

Una novela del siglo XX

Lluís Izquierdo

Para el lector curioso de la aventura literaria, las páginas de la autobiografía de Elias Canetti ­desde la extraordinaria La lengua absuelta, que, como el resto de su obra, publicó Mario Muchnik­ le supondrán la revelación panorámica del tiempo hecho conciencia crítica de su discurrir. Zurich, Viena, Berlín, irían siendo puntos de anclaje, junto a artistas y escritores como Babel, Brecht, Grosz, Broch, el propio Ernst Bloch y hasta Robert Musil, que retornan el temple de los años 20 y 30 con plasticidad asombrosa y puntual. Aparte de la infancia y adolescencia, evocadas con un ojo clínico que sabe registrarse mientras rememora.

Pero quien, más allá de la memoria, desee averiguar la experiencia de la escritura desenvolviéndose con artística exigencia, encontrará en Auto de fe el ejemplo irreductible de algo raro e inquietante: la resolución en un libro, el primero además que publicó Canetti, de una ambición casi excesiva, junto a la contención seca y a trallazos de una escritura lograda. El título original de Auto de fe (Die Blendung = El deslumbramiento) parece anunciar la recepción demorada del libro. En efecto, sus páginas venían a incendiar la opacidad del desorden de un mundo que, como siempre ocurre, se resistía a verse donde, precisamente, se le desenmascaraba. (Pero esto es fácil advertirlo hoy.) Sólo la edición alemana de 1963 fue consolidando la fama de un texto que había recibido no obstante, en 1949, el Prix International du Club Français du Livre; y la novela fue abriéndose paso a partir de entonces.

Referirse al argumento de sus páginas equivale a eludir su sentido devastador y magistral como radiografía de una época. Pues suponía ­¡en 1936!­ un tajo con el devenir narrativo imperante. Si la decantación intelectual de la novela alemana había despertado la admiración de un Gide por Thomas Mann en 1924, el título de Canetti no suponía una ambición menor, de la que él era el primer convencido. (Se la envió, por cierto, al autor de La montaña mágica, quien se la devolvió sin haberla leído.) Canetti jamás dudó de la importancia decisiva de su texto.

Auto de fe es la odisea de un sinólogo, el máximo de su tiempo, llamado Peter Kien. (Kien significa tea, y el primer título que había concebido el autor era Brand = incendio. Todo «quema» bastante, desde luego, en la fría pasión arrebatada de sus páginas). El personaje vive en contacto estrecho y excluyente con los libros: son su vida, le hablan, les contesta; el mundo está bien, mientras sólo hablen los libros. Peter Kien está como una cabra, como una cabra erudita. Y naturalmente el roce con la vida, con otras vidas, le resulta insufrible, aunque esas otras vidas revelan un rosario de pesadillas tan insufribles como él. Sus relaciones con Therese, el ama de llaves que logra seducirle por su hipocresía simuladora de amor a los libros, con el portero, con el enano Fischerle ­un genio de mezquino radio narcisista que se cree, y sabe que no es, un genio del ajedrez­, con su hermano George, en fin con el entorno inevitable en cuanto Therese lo desahucia, aluden al engranaje, caricaturizado con el rigor de un hermeneuta clínico, de los aparentes poderes normales que gobiernan el mundo, y que no lo hacen bien porque practican los mismos vicios domésticos de sus ciudadanos; o al revés, que es lo mismo. Auto de fe es tal vez un cómic monstruosamente lúcido. Y sobre la parrilla de tales relaciones, Peter Kien se va abrasando como un sanlorenzo de incesante enloquecimiento cerebral, que adquiere proporciones cósmicas. Su inmolación al final de la novela, situándose en la cúspide de libros y papeles que son su mundo, simboliza la tea emblemática de su apellido. Una hermosa muerte, envuelta en llamas como el crepúsculo ardiente de una wagneriana cabalgata sin más dios que Kien.

Leída hoy, Auto de fe se nos aparece como un signo premonitorio, casi inédito entonces, de la década que había de suceder a su publicación, pautada luego a paso de oca y rubricada al fin por una bomba más brillante que mil soles. Literariamente, de Kafka a Beckett, Canetti supone un eslabón preciso, que cierra el gran legado de Los inocentes de Hermann Broch y de El hombre sin atributos de Robert Musil. Por encima de todo, lo que queda, y lo que más vale, es el lenguaje. El de su escritura en un tiempo que todavía no le suelta, que no le abandona, como él no quiso abandonar el mundo a su pasiva indiferencia. Un tiempo que está con nosotros, como el propio Canetti dijo en el homenaje a los cincuenta años de Broch, cabalmente en 1936: No te angusties más, que bastante ya te has angustiado por nosotros...

La palabra más imprecisa de todas: «yo»
Apuntes 1973-1984

Elias Canetti

Por expreso deseo de Elias Canetti, la apertura de sus archivos personales se realizará en 2024, cuando hayan transcurrido treinta años de su muerte. Hasta entonces, los Apuntes ­una selección de los cuales reproducimos en estas páginas­ constituyen la última entrega de su obra que permanecía inédita.

¿No sería mejor que nunca hubiéramos salido de la caverna?

Insoportables, los que siempre se creen auténticos.

Nadie sabe lo que es bueno. Sabemos lo que sería mejor.

Stendhal siente a Mozart sombrío, trágico y grave.

Si él pudiera adivinar el grado de amargura que va a alcanzar, en vez de crecer se volvería cada vez más pequeño, hasta desaparecer.

Todos esos sabihondos que repiten sus reglas, mientras que a su alrededor todo muere.

No me arrepiento de esas orgías de libros. Me siento como en la época de la expansión para Masa y poder. También entonces todo sucedió por aventuras con libros. En Viena, cuando no tenía dinero, gastaba todo lo que no tenía en libros. En Londres, en los peores momentos, conseguía, contra viento y marea, comprar de vez en cuando libros. Nunca he aprendido nada sistemáticamente, como otra gente, sino por excitaciones súbitas. Siempre empezaban con que mi mirada caía sobre algo que tenía que poseer fuera como fuera. El gesto de coger, la alegría de tirar el dinero por la ventana, el transportarlo a casa o al local más próximo, el contemplar, acariciar, hojear, el guardarlo durante años, el momento de un nuevo descubrimiento cuando las cosas se ponían serias ­ todo esto es parte de un proceso creativo cuyos detalles secretos desconozco. Pero en mi caso nada sucede de otro modo, y por lo tanto tendré que comprar libros hasta el último instante de mi vida, sobre todo cuando sé con seguridad que nunca los leeré.

Creo que es también parte de la rebeldía contra la muerte. Nunca quiero saber qué libros entre ésos se quedarán sin leer. Hasta el final no está determinado cuáles van a ser. Tengo libertad de elección, puedo elegir en cualquier momento entre todos los libros a mi alrededor, y por ello tengo en mi mano el curso de la vida.

Volver a la oratoria, a la gran oratoria, huyendo del resecamiento ascético de las palabras.

Destronar a la exactitud de su sitial divino.

Seguir de nuevo la inflamación y la pasión.

Kafka ha influido demasiado en mí en estos últimos años. Me ha quitado el gusto por la expansión, que era el aliento de mi vida.

Toda muerte rompe la cohesión de la intrincada red que es el mundo.

Es imposible predecir cómo terminará la historia de los judíos. ¿Quedarán los que han permanecido entre sus enemigos o desaparecerán también ellos?

A veces me gustaría no ser judío, aunque sólo fuera para tener sobre ellos una opinión que no sea egoísta.

Pero quiero ser un judío, para no ahorrarme ninguna de las adversidades que les han sido impuestas. No quiero apartar de mí esa especie de amenaza colectiva, porque es un claro ejemplo para todas las amenazas de índole parecida, y lo obliga a uno a no pasarlas nunca por alto ni a olvidarlas.

La actitud vigilante del judío, quien en ningún sentido es mejor ni peor que otros, me parece propicia para las operaciones de orden intelectual-moral.

El que la ha recibido debe aprovecharla, o dar gracias por ella y regalar lo que ésta le proporciona de conocimiento a los demás, que no la poseen en la misma medida, porque no la necesitan tanto.

Hay que defenderse de todo lo que somos, pero de tal manera que no lo destruyamos.

Al espíritu que se ha acomodado no se le da crédito. Se da crédito a Hölderlin, que pagó su espíritu con cuarenta años de locura.

Que la esperanza ya sólo radica en lo fragmentario, que ya una totalidad de la vida sólo se halla en lo fragmentario, donde se desparrama y vuelve sobre sí con una velocidad diabólica. Que se ha vuelto más difícil escapar al peso de lo consumado, sin interpretarlo equivocadamente. Que percibimos chispas antes de que sean fuego sin apagarlas. Que no se teme el discurso que provoca todo, pero que no provoca nada él mismo y que, sin embargo, no calla. Que no se recorta la vida, a pesar de su carácter problemático. Que se la busca por todas partes, pero no en los caminos trillados. Que dejamos que el cielo sea el cielo, sin Dios, acribillado por telescopios, ultrajado por la destrucción más despiadada y que aún amamos la superficie de la tierra, donde no ha sido socavada. Que nos permitimos como nadie ensalzar la fragmentación por sus ventajas, sin renunciar a las partículas, y que sostenemos cada una de ellas y reflexionamos, como si se tratara del todo, que no puede ser. Que nos inclinamos para no ver lo grande y dejamos que exista lo pequeño sin inflarlo. Que estamos de pie, porque es demasiado fácil estar tumbados; que no nos sentamos encima de nadie, pero salvamos la constancia del estar sentado, percibimos todos los ojos, captamos todas las voces y cuando se pierde su origen les respondemos en nuestro interior. Que adivinamos lo que las voces no pueden decir, que enterramos ojos quebrados, sentimos todas las heridas y sólo desdeñamos las propias. Que no le reprochamos a la fe lo que siempre fue creído equivocadamente y que encuentra en los añicos del error la esperanza. Que no se arroja a la nada a nadie que estuviera allí a gusto. Que únicamente visitamos la nada para hallar el camino que conduce fuera de ella y mostrar el camino a cada cual. Que perseveramos en el dolor y en la desesperación para aprender cómo sacar a otros de ellos, pero no por desprecio de la felicidad que corresponde a las criaturas, a pesar de que se desfiguran y despedazan mutuamente.

Mark Twain: su amargura tardía, después de todo lo que había creído en un principio, es necesaria y justa. ¡Qué diferente de Shaw, que hasta el final encontraba satisfacción en sus ingeniosidades! En la desesperanza de sus últimos años, Mark Twain es un precursor de nuestro tiempo.

Lo que escribió para sí mismo y mantuvo secreto es lo importante; habría que conocerlo todo. La impureza de sus formas. Su aceptación de la costumbre norteamericana forma parte de él como expresión de su debacle, de la que es consciente. Es muy importante que él, que no desprecia el dinero y la fama, sino que deseó, consiguió y forzó ambas cosas, sienta el suplicio de la vida también con ellas y no se deje seducir por una vejez insatisfecha. Tarde mueren dos de sus tres hijas y su mujer, que era una muchacha enferma cuando se enamoró de ella.

Su manera de presentarse como un viejo bufón, descrita por testigos, espantosa. Su vida temprana como práctico sobre el inmenso río ­ ¿qué escritor ha conocido a la humanidad de esta manera? Un descendiente de Cervantes en sus dos figuras principales, Tom Sawyer y Huck Finn. Un exagerado y un inventor, alguien que es aquello que los escritores fueron una vez, antes de convertirse en unos mansos.

Mucha curiosidad por su autobiografía, que aún no conozco.

Se ha mordido en el propio corazón.

Todavía el sentimiento fundamental de que nada es en vano. Pero ¿ha de ser así? ¿Que nada sea en vano?

Resulta que no necesitamos nada con más intensidad que ataques indignos a nosotros mismos. Justificación: que no se responda a ellos. La indignidad del ataque nos confiere dignidad.

De la rutina del asesinato me he tenido que mantener alejado. Nunca he leído novelas policíacas. Si las hubiera leído, habría perdido la facultad de asombrarme. Todavía no comprendo ningún asesinato, tengo que resolver un enigma, porque es insoluble, estoy vivo.

Adorno / Canetti, una conversación

Masa y poder es el ensayo más conocido de Canetti. La edición que acaba de publicar Círculo de Lectores dentro de su colección «Ensayo contemporáneo», dirigida por Fernando Savater, se abre con un prólogo muy especial: una conversación radiofónica entre el autor y T. W. Adorno, diálogo del que ofrecemos el siguiente extracto.

Adorno: Sé que a menudo se aleja usted mucho de Freud y mantiene, respecto a él, posiciones críticas muy duras. Pero en una cuestión de método usted está indudablemente de acuerdo con él: Freud ha subrayado con insistencia ­sobre todo en el tiempo en que el psicoanálisis se encontraba todavía en la fase de formación, cuando todavía no había cuajado totalmente­ que de ninguna manera tenía intención de contestar o de rechazar los resultados de otras ciencias consolidadas, sino que simplemente quería añadir algo que éstas habían olvidado. Y para Freud los motivos de este olvido son algo muy esencial, una especie de carácter clave para la vida colectiva del hombre mismo, precisamente como en su caso.

Creo que ­si usted quisiera­ podría explicar esto perfectamente, dada la capital importancia que el problema de la muerte asume en su obra, al igual que en muchas otras obras, antropológicas en sentido amplio, de nuestros días. Usted podría hacerlo precisamente con la complejidad de la muerte ­si se puede hablar de manera tan ampulosa de una cosa tan elemental­, entre otras razones para ofrecer a nuestros oyentes una idea, un modelo, de lo que significa efectivamente este «olvido», a qué momentos ­quizás en la experiencia de la muerte­ atribuye usted tan gran valor. Así se podrá observar la fecundidad del método y nos daremos cuenta de que aquí no sólo se discuten cosas sobre las cuáles por otra parte se reflexiona poco, sino también de que la misma naturalidad con la que estos momentos son aceptados entraña algo peligroso. Algo que, desde el espíritu de la Ilustración, usted quiere mitigar llevándolo a la conciencia.

Canetti: Es absolutamente cierto, creo, que la consideración de la muerte desempeña un papel importante en mi trabajo. Si tuviera que poner un ejemplo de lo que usted señalaba, me refería a la cuestión de la supervivencia, sobre la que, a mi entender, se ha reflexionado demasiado poco. El momento en que un hombre sobrevive a otro es un momento «concreto», y creo que la experiencia de este momento tiene consecuencias muy importantes. Esta experiencia la ocultan las convenciones sociales, lo que se «debe» sentir cuando se experimenta la muerte de otro ser humano, pero por debajo, escondidos, existen determinados sentimientos de satisfacción, que a veces pueden incluso ser de triunfo ­por ejemplo en el caso de una pelea­, y de ellos puede derivarse algo muy peligroso si se producen con frecuencia y se agregan.

A mi entender, esa experiencia de la muerte ajena, peligrosamente acumulada, es un germen absolutamente esencial del poder. Pongo este ejemplo aisladamente y sin entrar en mayores detalles. He visto que ha hablado de Freud: yo soy el primero en admitir que la forma en que Freud comenzaba las cosas, desde el principio, sin dejarse asustar o distraer por nada, ha dejado en mí, durante mi período de formación, una impronta profunda. Es cierto que en la actualidad ya no creo en algunos de sus resultados y que me debo oponer a algunas de sus teorías específicas. Pero por su manera de afrontar las cosas tengo, como siempre, el máximo respeto.

Adorno: Precisamente en el punto que acaba de tocar existe entre nosotros un contacto muy fuerte. En la Dialéctica de la Ilustración, Horkheimer y yo hemos analizado el problema de la autoconservación, de la razón que se conserva a sí misma, y así nos hemos topado con que este principio de la autoconservación, tal como fue formulado por primera vez, se podría decir clásicamente, en la filosofía de Spinoza ­y que usted, en su terminología, llama el momento de la supervivencia en sentido pleno­, cuando deviene en cierta medida «salvaje», es decir, cuando se pierde la relación con las personas que nos rodean, se transforma en una fuerza destructiva, en destrucción, y al mismo tiempo también en autodestrucción. Usted no conocía nuestros puntos de vista ni nosotros el suyo. Creo que aquí nuestro acuerdo no es casual, sino que podría deberse a un factor objetivo, que ha cobrado actualidad precisamente a partir de la crisis de la situación presente (la cual, en definitiva, es una crisis de esta autoconservación, de esta supervivencia, devenida salvaje).

Canetti: Me alegra saber que sus reflexiones lo hayan llevado a resultados similares, y creo que el hecho de que haya llegado a ellos de manera autónoma contribuye a reforzarlos.

Adorno: Opino lo mismo. Pero, por otra parte, creo que hay un problema metodológico que para nuestro objetivo ­la localización de su pensamiento­ no es indiferente. En su libro [Masa y poder], lo primero que llama la atención a un pensador como yo, no importa si es filósofo o sociólogo, y que, si puedo decirlo abiertamente, es también un poco escandaloso, es lo que llamaría la subjetividad del enfoque. Por subjetividad no entiendo la subjetividad del pensamiento, del autor. Al contrario: la libertad de la subjetividad, que este pensamiento no se someta ya a priori a las reglas codificadas del juego científico y no respete los límites de la división del trabajo, me resulta infinitamente simpática. Por subjetividad entiendo más bien el alejamiento de los objetos que toma en consideración, y por tanto, dicho de un modo más pleno, más amplio, el alejamiento de los modos de representación. Por lo demás, soy totalmente consciente de que usted ­también en este caso de manera no muy diferente a Freud­ relaciona los conceptos fundamentales que utiliza (masa y poder) tal como haría yo, con condiciones reales, con masas reales y poderes reales, y por tanto con la experiencia de una realidad. Sin embargo, el lector de su libro no puede liberarse totalmente de la sensación de que a lo largo del texto la imaginación, la representación de estos conceptos o hechos ­ambas cosas van juntas­, es todavía más importante que ellos mismos; el concepto de masas invisibles, que en usted desempeña un papel muy importante, es un ejemplo al respecto.

Ahora quisiera hacerle otra pregunta muy sencilla que podría dar a nuestros oyentes una idea más clara de la cuestión. Quisiera saber cómo valora la importancia real de las masas y también del poder o de los detentadores del poder en relación con las representaciones puramente internas, con las imágenes. Dicho en otras palabras: las imágenes de masa y poder de las que usted se ha ocupado.

Canetti: Para responder a esta pregunta quisiera volver un poco atrás. (Adorno: Creo que sería muy útil.) Usted cita mi concepto de masas invisibles. Sin embargo, quisiera decir que las masas invisibles constituyen sólo el decimocuarto, y breve, capítulo del libro, que por tanto primero hay otros trece capítulos en los que me ocupo muy detenidamente de la masa real. El punto de partida del libro es, a mi entender, absolutamente real. Comienzo por lo que llamo el miedo al contacto. Creo que el individuo se siente amenazado por los otros y que por esta razón tiene miedo de ser tocado por lo desconocido y trata de protegerse, creando en torno a sí distancias, tratando de no acercarse demasiado a los otros seres humanos. Todos los hombres han tenido esta experiencia de intentar no tocar a los otros, de que es desagradable ser empujado por extraños. A pesar de todas las preocupaciones, el hombre no pierde nunca completamente el miedo al contacto.

Pues bien, hay que constatar el hecho muy sorprendente de que en la masa el hombre lo pierde del todo. Se trata de una paradoja realmente importante. El hombre se libera del propio miedo al contacto sólo cuando se encuentra estrechamente unido a sus semejantes en la masa, cuando está totalmente rodeado por otros hombres, de manera que ya no se puede saber quién es el que le oprime. En ese momento ya no teme el contacto de los otros. Su miedo al contacto se subvierte; y creo que una de las razones por las que los hombres se encuentran a gusto en la masa es el alivio que experimentan por esta subversión del miedo al contacto. Se trata de una aproximación muy real que deriva de una experiencia concreta que cualquiera que esté integrado en la masa conoce.

Ahora bien, en los capítulos siguientes también estudio otros aspectos de la masa real. Hablo de masas abiertas y de masas cerradas. Pongo de relieve cómo las masas quieren crecer siempre, cómo esta coacción hacia el crecimiento es para ellas decisiva. Me ocupo de la sensación de igualdad en el seno de la masa y de muchos otros temas en los que ahora no quiero detenerme. Posteriormente, en el decimocuarto capítulo, llego al concepto de masas invisibles, sobre el cual muy brevemente podría añadir lo siguiente: para cualquiera que se haya ocupado de religiones, y especialmente de religiones primitivas, es muy sorprendente notar hasta qué punto estas religiones están pobladas de masas que los hombres no pueden ver realmente. Basta pensar en los espíritus, que en las religiones primitivas desempeñaban tal papel. Existen innumerables ejemplos de cómo los hombres están completamente convencidos de que el aire está lleno de estos espíritus que se presentan de manera masiva ­esta creencia llega hasta nuestra religión universal.

Nosotros sabemos cuál es el papel que tienen, en el cristianismo, la idea del diablo, la idea del ángel. En la Edad Media existen numerosísimos testimonios al respecto. Se supone que los demonios existen en masas infinitas. Un abate cisterciense de la Edad Media, Richalm, decía que cuando cerraba los ojos sentía en torno a sí enjambres de demonios. Estas masas invisibles tenían un papel importante en las religiones y en la fantasía de los creyentes. Sin embargo, no las definiría como irreales, porque estos hombres creen verdaderamente en estas masas, para ellos son algo absolutamente real.

Para comprender mejor todo esto no hay más que pensar que también nosotros, en nuestra vida moderna, conocemos masas invisibles similares. Ya no son demonios, pero quizás siguen siendo amenazadoras, agresivas e igualmente temidas. Al fin y al cabo, todos creemos en la existencia de los bacilos. Sólo una minoría ha mirado a través de un microscopio y los ha tenido realmente ante sus ojos, pero cada uno de nosotros da por descontado que está amenazado por millones de bacilos, que están siempre, que pueden estar en cualquier parte, y la idea que nos hacemos de ello cumple un papel muy importante.

Éstas serían, pues, las masas invisibles,que, sin embargo, en cierto sentido definiría como reales, y creo que usted admitirá, señor Adorno, que entonces todavía se puede hablar de una especie de realidad de las masas invisibles.

Adorno: Sí, si a continuación puedo plantear alguna objeción (le ruego que excuse la pedantería de un teórico del conocimiento). Antes que nada, en el caso de la conciencia primitiva todavía no se distingue entre la realidad y la imaginación de un modo tan claro como en la conciencia occidental desarrollada, que se basa precisamente en esta distinción. Es por el hecho de que en el pensamiento arcaico, en un pensamiento primitivo, todavía no se hace diferenciación alguna entre el imaginar demonios o espíritus y su existencia real por lo que ellos no se han hecho todavía reales de forma objetiva. Evidentemente no podemos salir de nuestra naturaleza que nos dice, en el nombre de Dios, que el mundo no está habitado por espíritus. Y a este respecto también quisiera añadir a lo que ha dicho hasta ahora que en usted existe una cierta superioridad de lo imaginario, de lo relegado al mundo de la imaginación en relación con la realidad inmediata, drástica, porque no creo ­quizás valdría la pena que usted hablase brevemente de ello, entre otras cosas para aclarar sus intenciones­ que usted sea de la opinión, como lo han sido por una parte Klages y por otra diametralmente opuesta Oskar Goldberg, de que estas imágenes, en cuanto poseedoras de carácter colectivo, tienen una realidad inmediata, es decir, comparable con las masas en la moderna sociedad de masas.

Canetti: No, desde luego no lo diría. Sin embargo, he llegado a la formulación de un concepto que me parece importante: el concepto de los símbolos de la masa. Por símbolos de la masa entiendo unidades colectivas, no constituidas por hombres, pero que no obstante son percibidas como masas. A estas unidades pertenecen imágenes como el fuego, el océano, el bosque, el trigo, la riqueza o cantidades de cierto tipo como, por ejemplo, el volumen de la cosecha. Ahora, si bien es cierto que se trata de unidades realmente existentes, sin embargo en la mente del individuo se usan como símbolos de la masa. Hay que detenerse en estos símbolos y explicar por qué cumplen esta función y que significado asumen en esta función. Por poner un ejemplo práctico, estos símbolos de la masa han sido decisivos para la formación de una conciencia nacional. (Adorno: ¡Por supuesto!) Cuando hombres que sienten pertenecer a una nación, en un momento difícil de su existencia nacional (digamos en un momento de excitación nacional, como por ejemplo al comienzo de una guerra) se definen como ingleses o franceses o alemanes, entonces piensan en una masa o en un símbolo de la masa, algo a lo que poder referirse. Y en su mente esto es extremadamente poderoso, de gran importancia para su modo de actuar. Supongo que hasta aquí quizás convendrá conmigo en que la eficacia de tales símbolos de la masa existentes en el individuo es indiscutible [...]

Hosted by www.Geocities.ws

1