Elias
Canetti: la lección permanente
Ana
Basualdo
Los
«Apuntes» de Elias Canetti
fechados entre 1973 y 1984 son la
última entrega inédita de su
obra antes de la apertura de sus
archivos personales. Sus ensayos,
sus memorias y su única e
impresionante novela, «Auto de
fe», escrita antes de los
treinta años, han hecho del
autor de origen sefardí, Premio
Nobel en 1981, uno de los más
grandes del siglo. «ABC
Cultural» publica una selección
de estos aforismos inéditos y la
crítica del libro, a cargo de
Cecilia Dreymüller. Completan el
dossier artículos de Ana
Basualdo y Luis Izquierdo y una
excepcional conversación entre
T. W. Adorno y Canetti.
«Manzanicas
coloradas las que vienen de
Stambol», decía, en ladino, la
primera canción de su infancia.
Con licántropos y lobos le
asustaban, en búlgaro, las
campesinas adolescentes que
fueron sus primeras institutrices
y sus primeras amigas, ya que,
también asustadas, terminaban
acurrucándose y ovillándose con
él en los divanes turcos de la
casa («masa cerrada»,
«masa-anillo», escribiría
medio siglo después, en Masa
y poder). Y allí se
dormían, hasta que eran
descubiertos y jubilosamente
destapados por sus padres
Jacques Canetti y Mathilde
Arditti, vástagos de familias
sefardíes procedentes de
Estambul que, porque se habían
enamorado en Viena, tenían como
lengua íntima el alemán. Elias
Canetti murió no hace mucho
(1994) pero, leyendo La lengua
absuelta, el primer tomo de
su autobiografía, da la
impresión de que hubiera nacido
(1905) y se hubiera criado en
otra era, en otro planeta. Fue en
Rustschuk, a orillas de la parte
sur del Danubio.
Era
Bulgaria, pero era, sobre todo,
un viejo puerto por donde pasaban
o recalaban los últimos
súbditos de tres imperios: el
otomano, el austro-húngaro, el
ruso. Una masa-hojaldre de
olores, colores e idiomas:
búlgaro, ladino, turco, rumano,
griego, ruso, armenio. Salvo
quizá la de los gitanos (unos
treinta de ellos acampaban cada
viernes en el patio, para recibir
no sobras sino manjares, mientras
se acicalaba la casa para el sabbath),
el abuelo Canetti entendía y
hablaba, bien o mal, todas las
lenguas que se oían por la
calle, además de las que había
aprendido en sus viajes
mercantiles por Europa. A Elias
Canetti se lo llevarían, a los
seis años, a Manchester y
viviría después en Viena,
Zurich, Frankfurt, Berlín,
Londres y otra vez Zurich, pero
fue Rustschuk el potente lugar
que le activó los sentidos y
que, como núcleo irradiante y
cosmopolita («Sólo me inspiraba
confianza un lugar que se abriera
al mundo», dice en La
antorcha al oído), se
convertiría en hito de un
espacio imaginario en el que
podía sentirse vecino de Isaak
Babel, de Odessa.
Conoció
a Babel en 1928, en Berlín: «El
colorido, la fuerza, el ímpetu
de los Cuentos de Odessa babelianos
parecían provenir de mis propios
recuerdos de infancia; sin yo
saberlo, había encontrado en su
obra la capital natural de esa
pequeña región del bajo
Danubio, y me habría parecido
normal ver crecer aquella Odessa
en la desembocadura del río. El
viaje que dominaba mis sueños de
infancia se hubiera desarrollado,
entonces, río abajo y río
arriba, de Viena a Odessa y de
Odessa a Viena» (La antorcha
al oído).
Después
de haber sucumbido, en Viena, a
la tiranía del furibundo
moralista Karl Kraus y de haber
asistido, en los cafés de
Berlín, a la intolerable escena
en que su ídolo se mostraba
comedido y hasta encantado con el
«odioso» Bertolt Brecht y a esa
otra intolerable escena en que su
otro ídolo, George Grosz, se
transformaba en una de sus
propias caricaturas, el silencio
y la tensión contemplativa de
Isaak Babel le enseñaron, a un
Canetti de poco más de veinte
años, a mirar: a almacenar e
interpretar lo mirado. Los
capítulos de su autobiografía,
que son formalmente casi cuentos,
y Las voces de Marrakesh
le deben mucho a la lección de
Babel: «Comprendí su manera de
observar a la gente: mucho
tiempo, todo el que permanecieran
visibles, sin pronunciar una
sílaba sobre lo observado».
Pero esa realidad atendida así
seguía la lección de Babel le
servirá al escritor si no se
apresura demasiado a usarla y,
sobre todo, si no abusa de ella
para divertir a la gente en los
cafés.
Lección.
Lecciones. Además de contener
series secretas de varios tipos
de cuentos, la autobiografía de
Canetti es la narración,
minuciosa y agradecida, de un
aprendizaje interminable.
«Quiero aprenderlo todo»,
proclama, con entonación
diversa, a los doce, a los
quince, a los veinte años, sin
dejar de proclamarlo nunca, y
queriendo decir, desde muy
pronto, que ese «todo» incluye
todo el saber enciclopédico y
también el de la experiencia. Y
en absoluto separados como dos
estatuas que se miran y no se
tocan sino sobrellevados en el
propio cuerpo, confrontados con
el devenir histórico y con el
prójimo y públicamente
expuestos. Y es por esto más
que por la casa con divanes
turcos y gitanos en el patio
por lo que Canetti como Hermann
Broch, como Musil parece de
otra era. La nuestra ha perdido,
al parecer, la posibilidad de
contar con esa herencia, de
aprender de esas lecciones (el
«todo» nuestro es «virtual»).
Dedicó
más de tres décadas a
desentrañar el «enigma de la
masa», abarcando una extensión
casi inconcebible de
conocimientos. Publicó Masa y
poder en 1960, final de un
camino que empezara en Frankfurt,
poco después de la Primera
Guerra Mundial, en lo que él
denomina «mi etapa de
aprendizaje aristofánico»,
cuando la lectura de Lisístrata
le abría los ojos y le agudizaba
el oído al entremezclarse con la
gente que discutía en la calle,
echando chispas, sobre el Tratado
de Versalles, mientras la
inflación hacía que toneladas
de billetes no alcanzaran ni para
comprar un caramelo. El teatro y
cualquier otra forma de
representación literaria otra
lección y la calle debían
estar ligados: «Sólo encuentro
digno de escenificarse lo que
concierne a la colectividad en su
conjunto». Durante más de
treinta años buscó la respuesta
al enigma que se le planteó por
primera vez en 1922, en
Frankfurt, en el curso de una
manifestación obrera de protesta
por el asesinato de Walter
Rathenau: «El recuerdo de esta
primera manifestación vivida
conscientemente se mantuvo firme
en mí. Era la atracción física
lo que no podía olvidar, ese
deseo intenso de integrarme, al
margen de toda reflexión o
consideración».
La
ansiedad omnívora de
conocimientos le valió a Canetti
disgustos en la escuela, «la
primera experiencia pública de
un joven», y, en cierto momento,
el sarcasmo inteligente de su
madre, figura memorable de La
lengua absuelta, pero no hay
que confundir esa avidez con la
glotonería de un yo humanista e
iluso. En su novela Auto de fe
(1935) y en los Cincuenta
caracteres. El testigo oidor
(1974) es el ocaso del sujeto lo
que, arduamente, representa. Una
diseminación de «atributos»
sin un «hombre», sin un
«carácter» no fisurado que los
sustente. Musil, Broch, Joseph
Roth, Canetti: maneras de recoger
e interpretar los fragmentos del
imperio austro-húngaro, un
cosmos primero hueco y después
hecho pedazos. Claudio Magris
llama «especie de Super-yo» al
emperador Francisco José y lo
asocia al padre de la Carta al
padre, de Kafka. Masa, poder,
fragmentos humillados del yo:
nadie representaría el siglo
como Kafka, y El otro proceso
de Kafka (1969) es uno de los
mejores textos de Canetti. Este
ensayo y Las voces de
Marrakesh tan distintas
son quizá sus obras más
acabadas e invulnerables. Y
distintas porque existe, en las
dos, el mismo oído atento a lo
infinitesimal y específico, la
misma adhesión rigurosa y
lacónica a lo que trata.
«Oído», «testigo oidor»,
«voces» son palabras que
componen los títulos de tres de
sus obras, lo cual recuerda que
es el oído el sentido que los
hombres del Antiguo Testamento,
obligados sobre todo a escuchar y
comprender, más necesitan y
agudizan.
Los
«cuentos» de su autobiografía
y las «voces» de Marrakesh
provienen fundamentalmente de un
oído atento al «habla», al
mundo de la transmisión oral
(recuérdese el magnífico texto
sobre los narradores, en Las
voces...). Son hablas
orientales o domésticas o
callejeras «traducidas» al
alemán, a la lengua literaria
que Canetti eligió (y
«absolvió»). El alemán fue su
lengua «materna» de una manera
complicada y dolorosa. La lengua
estrictamente materna fue el
ladino; también el búlgaro. Sus
padres hablaban en alemán sólo
entre ellos, y no se lo
enseñaron, lo cual, ávido como
estaba ya a los cuatro años de
«saberlo todo», le ponía
particularmente celoso. La
primera lengua escolar fue el
inglés, en Manchester, donde
murió su padre, a los treinta
años. En Inglaterra aprendió,
también, francés. En 1913, la
madre decidió trasladarse, con
sus tres hijos, a Viena. El viaje
tuvo etapas, y la transmisión
del alemán ocurrió frente al
lago de Ginebra, en pocas
semanas: «Tenía ocho años y
para mi madre era insoportable la
idea de que, debido a mi
desconocimiento del idioma, no
entrara a la clase que me
correspondía, de modo que
decidió enseñarme alemán en un
santiamén». Y lo logró. «Ella
misma tenía necesidad de hablar
alemán conmigo, pues era el
idioma de su intimidad. El corte
más terrible de su vida, la
pérdida de mi padre, su
interlocutor, se tradujo
dolorosamente en que sus queridas
conversaciones en alemán
enmudecieron. Su éxito fijó la
naturaleza profunda de mi
alemán: fue una tardía lengua
materna, inculcada a base de
auténticos sufrimientos». Y
cuánto tuvo que afinar el oído,
ya que esas lecciones, las más
difíciles, fueron sin libros. Y
el mandato, escribirlos.
Las trufas
de Canetti
¿Cajón
de sastre u obra menor? Las
anotaciones aforísticas no gozan
de mucho prestigio en tiempos de
la lectura fácil y bajo la
presión de las leyes del
mercado. También el presente
segundo tomo de los apuntes de
Elias Canetti, publicados en
alemán en 1987 bajo el hermoso
título El corazón secreto
del reloj, se resiste a la
lectura en diagonal y, además,
escapa de las clasificaciones
jerarquizantes, tal como era la
intención de su autor. Cautiva
por su absoluta abertura y la
impresionante amplitud de
pensamiento, aunque, como es
propio del género aforístico,
exista el peligro de perderse
entre la cantidad y diversidad de
las ideas, de los juegos
intelectuales y de palabras,
propios de «un equilibrista de
la verdad». Canetti, el último
poeta en lengua alemana, en el
sentido enfático de la palabra
de los que logran en su obra la
unidad de pensamiento y
escritura, se nos presenta
aquí en su forma más
concentrada y más sabrosa. Hay
que saborearlo lentamente como
una trufas.
El
origen de los apuntes se remonta
al año 1939, cuando el autor de Auto
de fe decide en Londres
entregarse exclusivamente a la
obra de su vida, el monumental
ensayo sobre Masa y poder,
y se prohíbe la dedicación a
otros proyectos literarios.
Pronto, sin embargo, surge la
necesidad de una válvula de
escape, por lo que a partir de
1942 empieza con las notas, en
las que entra de todo:
observaciones autocríticas,
comentarios del proceso creativo,
citas de sus múltiples lecturas
(«Una Torre Eiffel de citas,
cuatro veces al día sube a ella
y baja»), manifestaciones de
simpatías y fobias lo explica
el autor en el comentario
preliminar del primer tomo de
apuntes, La Provincia del
hombre. Cuaderno de notas
1942-1972 (Madrid, Taurus,
1982): «Así los apuntes se han
convertido en una forma. No hay
límites a su capacidad de
comprensión. Todo lo que falta
en ellos es importante. El lector
se entrega él mismo como
complemento».
Y
aunque en 1959 concluya el
manuscrito de Masa y poder,
no pierde el hábito adquirido.
En la selección de los apuntes
tomados entre 1973 y 1984 entra
un elemento nuevo: el
autobiográfico. Muchas
reflexiones que surgen a través
del trabajo en los tres tomos de
la autobiografía iniciado con La
lengua absuelta en 1971
desembocan en los cuadernos de
estos años. En primer lugar se
halla el análisis del ejercicio
memorístico («profecía de la
memoria») y la problemática del
Yo, de cómo se ve Canetti a sí
mismo y contrasta su proyecto
existencial con la realidad:
«Necesito personajes. Sólo
puedo subsistir repartido en
personajes. Soy demasiado fuerte
para permitirme vivir indiviso.
Temo la destrucción que podría
brotar de mí». A este concepto
posmoderno del Yo fragmentado
corresponde el constante cambio
de perspectiva narrativa. Una vez
habla en primera persona de sí
mismo, otras en tercera. Resulta
a menudo difícil saber a quién
se refiere, de modo que hasta las
observaciones más personales y
también las hay, por ejemplo,
acerca de su paternidad tardía
(el escritor tiene 67 años
cuando nace su única hija)
adquieren validez general.
Las
opiniones de Canetti son todo
menos ecuánimes. Denotan una
mente pasional («Nunca he podido
soportar a Sartre») y una
persona comprometida con la
realidad social y política. No
de la manera más obvia como le
reprocha a Sartre sino desde
una postura de rebeldía nata y
de independencia intelectual.
Aquí habla alguien que nada a
contracorriente y tiene el valor
de poner la propia carne en el
asador, como cuando se pronuncia
sobre su condición de judío:
«A veces me gustaría no ser
judío, aunque sólo fuera para
tener sobre ellos una opinión
menos egoísta. // Pero quiero
ser un judío para no ahorrarme
ninguna de las adversidades que
les han sido impuestas. No quiero
apartar de mí esa especie de
amenaza colectiva, porque es un
claro ejemplo para todas las
amenazas de índole parecida, y
lo obliga a uno a no pasarlas
nunca por alto ni a olvidarlas».
Los
Apuntes ocupan en la obra
pluridisciplinar de Canetti un
lugar especial porque revelan en
toda su desnudez al pensador
radical. La subjetividad de la
anotación muestra más del
pensamiento, de la espiritualidad
y la visión del mundo de Canetti
que cualquier otro escrito: «Un
corazón de penas y deseos
extáticos». De paso, se
descubren muchos detalles
enternecedores del personaje.
Conserva una maravillosa
capacidad de asombrarse ante el
mundo y ante sí mismo. Su amor
por los libros, por «las mayores
de todas las exquisiteces»,
está a la altura del profesor
Kien, el patético personaje
principal de Auto de fe.
En su juicio literario hace
escasas concesiones. Admira a
pocos sus autores de cabecera
son Spinoza, Kafka y Musil.
Goethe, Nietzsche y Freud sólo
le merecen comentarios irónicos,
Borges le parece soso («No me
gusta nada Borges. No choca con
piedra. La reblandece»). Sin
embargo, cada vez le interesan
más las biografías, la de
Wittgenstein por su integridad
como persona, la de Mark Twain
por su final miserable. Estas y
otras extravagancias, como su
irracionalismo frente a la muerte
o el odio hacia Francis Bacon,
contrastan saludablemente con una
preocupación incesante por el
mundo, por el futuro del ser
humano, donde se manifiesta la
enorme humanidad de Canetti:
«Que no se arroja a la nada a
nadie que estuviera allí a
gusto. Que únicamente visitamos
la nada para hallar el camino que
conduce fuera de ella y mostrar
el camino a cada cual. Que
perseveramos en el dolor y en la
desesperación para aprender
cómo sacar a otros de ellos,
pero no por desprecio de la
felicidad que corresponde a las
criaturas, a pesar de que se
desfiguran y despedazan
mutuamente».
Con
toda su obra Canetti quiso
demostrar la imposibilidad de un
mundo intacto, señalar que la fe
de la Ilustración en el dominio
total de la razón era como
mínimo pretenciosa. Leyendo sus
aforismos magníficos se
comprende que «una totalidad de
la vida sólo se halla en lo
fragmentario».
Cecilia
Dreymüller
Una novela
del siglo XX
Lluís
Izquierdo
Para
el lector curioso de la aventura
literaria, las páginas de la
autobiografía de Elias Canetti
desde la extraordinaria La
lengua absuelta, que, como el
resto de su obra, publicó Mario
Muchnik le supondrán la
revelación panorámica del
tiempo hecho conciencia crítica
de su discurrir. Zurich, Viena,
Berlín, irían siendo puntos de
anclaje, junto a artistas y
escritores como Babel, Brecht,
Grosz, Broch, el propio Ernst
Bloch y hasta Robert Musil, que
retornan el temple de los años
20 y 30 con plasticidad asombrosa
y puntual. Aparte de la infancia
y adolescencia, evocadas con un
ojo clínico que sabe registrarse
mientras rememora.
Pero
quien, más allá de la memoria,
desee averiguar la experiencia de
la escritura desenvolviéndose
con artística exigencia,
encontrará en Auto de fe
el ejemplo irreductible de algo
raro e inquietante: la
resolución en un libro, el
primero además que publicó
Canetti, de una ambición casi
excesiva, junto a la contención
seca y a trallazos de una
escritura lograda. El título
original de Auto de fe (Die
Blendung = El
deslumbramiento) parece
anunciar la recepción demorada
del libro. En efecto, sus
páginas venían a incendiar la
opacidad del desorden de un mundo
que, como siempre ocurre, se
resistía a verse donde,
precisamente, se le
desenmascaraba. (Pero esto es
fácil advertirlo hoy.) Sólo la
edición alemana de 1963 fue
consolidando la fama de un texto
que había recibido no obstante,
en 1949, el Prix International du
Club Français du Livre; y la
novela fue abriéndose paso a
partir de entonces.
Referirse
al argumento de sus páginas
equivale a eludir su sentido
devastador y magistral como
radiografía de una época. Pues
suponía ¡en 1936! un tajo
con el devenir narrativo
imperante. Si la decantación
intelectual de la novela alemana
había despertado la admiración
de un Gide por Thomas Mann en
1924, el título de Canetti no
suponía una ambición menor, de
la que él era el primer
convencido. (Se la envió, por
cierto, al autor de La
montaña mágica, quien se la
devolvió sin haberla leído.)
Canetti jamás dudó de la
importancia decisiva de su texto.
Auto
de fe es la odisea de un
sinólogo, el máximo de su
tiempo, llamado Peter Kien. (Kien
significa tea, y el primer
título que había concebido el
autor era Brand =
incendio. Todo «quema»
bastante, desde luego, en la
fría pasión arrebatada de sus
páginas). El personaje vive en
contacto estrecho y excluyente
con los libros: son su vida, le
hablan, les contesta; el mundo
está bien, mientras sólo hablen
los libros. Peter Kien está como
una cabra, como una cabra
erudita. Y naturalmente el roce
con la vida, con otras vidas, le
resulta insufrible, aunque esas
otras vidas revelan un rosario de
pesadillas tan insufribles como
él. Sus relaciones con Therese,
el ama de llaves que logra
seducirle por su hipocresía
simuladora de amor a los libros,
con el portero, con el enano
Fischerle un genio de mezquino
radio narcisista que se cree, y
sabe que no es, un genio del
ajedrez, con su hermano George,
en fin con el entorno inevitable
en cuanto Therese lo desahucia,
aluden al engranaje,
caricaturizado con el rigor de un
hermeneuta clínico, de los
aparentes poderes normales que
gobiernan el mundo, y que no lo
hacen bien porque practican los
mismos vicios domésticos de sus
ciudadanos; o al revés, que es
lo mismo. Auto de fe es
tal vez un cómic monstruosamente
lúcido. Y sobre la parrilla de
tales relaciones, Peter Kien se
va abrasando como un sanlorenzo
de incesante enloquecimiento
cerebral, que adquiere
proporciones cósmicas. Su
inmolación al final de la
novela, situándose en la
cúspide de libros y papeles que
son su mundo, simboliza la tea
emblemática de su apellido. Una
hermosa muerte, envuelta en
llamas como el crepúsculo
ardiente de una wagneriana
cabalgata sin más dios que Kien.
Leída
hoy, Auto de fe se nos
aparece como un signo
premonitorio, casi inédito
entonces, de la década que
había de suceder a su
publicación, pautada luego a
paso de oca y rubricada al fin
por una bomba más brillante que
mil soles. Literariamente, de
Kafka a Beckett, Canetti supone
un eslabón preciso, que cierra
el gran legado de Los
inocentes de Hermann Broch y
de El hombre sin atributos
de Robert Musil. Por encima de
todo, lo que queda, y lo que más
vale, es el lenguaje. El de su
escritura en un tiempo que
todavía no le suelta, que no le
abandona, como él no quiso
abandonar el mundo a su pasiva
indiferencia. Un tiempo que está
con nosotros, como el propio
Canetti dijo en el homenaje a los
cincuenta años de Broch,
cabalmente en 1936: No te
angusties más, que bastante ya
te has angustiado por nosotros...
La
palabra más imprecisa de todas:
«yo»
Apuntes
1973-1984
Elias
Canetti
Por
expreso deseo de Elias Canetti,
la apertura de sus archivos
personales se realizará en 2024,
cuando hayan transcurrido treinta
años de su muerte. Hasta
entonces, los Apuntes
una selección de los cuales
reproducimos en estas páginas
constituyen la última entrega de
su obra que permanecía inédita.
¿No
sería mejor que nunca
hubiéramos salido de la caverna?
Insoportables,
los que siempre se creen
auténticos.
Nadie
sabe lo que es bueno. Sabemos lo
que sería mejor.
Stendhal
siente a Mozart sombrío,
trágico y grave.
Si
él pudiera adivinar el grado de
amargura que va a alcanzar, en
vez de crecer se volvería cada
vez más pequeño, hasta
desaparecer.
Todos
esos sabihondos que repiten sus
reglas, mientras que a su
alrededor todo muere.
No
me arrepiento de esas orgías de
libros. Me siento como en la
época de la expansión para Masa
y poder. También entonces
todo sucedió por aventuras con
libros. En Viena, cuando no
tenía dinero, gastaba todo lo
que no tenía en libros. En
Londres, en los peores momentos,
conseguía, contra viento y
marea, comprar de vez en cuando
libros. Nunca he aprendido nada
sistemáticamente, como otra
gente, sino por excitaciones
súbitas. Siempre empezaban con
que mi mirada caía sobre algo
que tenía que poseer fuera como
fuera. El gesto de coger, la
alegría de tirar el dinero por
la ventana, el transportarlo a
casa o al local más próximo, el
contemplar, acariciar, hojear, el
guardarlo durante años, el
momento de un nuevo
descubrimiento cuando las cosas
se ponían serias todo esto es
parte de un proceso creativo
cuyos detalles secretos
desconozco. Pero en mi caso nada
sucede de otro modo, y por lo
tanto tendré que comprar libros
hasta el último instante de mi
vida, sobre todo cuando sé con
seguridad que nunca los leeré.
Creo
que es también parte de la
rebeldía contra la muerte. Nunca
quiero saber qué libros entre
ésos se quedarán sin leer.
Hasta el final no está
determinado cuáles van a ser.
Tengo libertad de elección,
puedo elegir en cualquier momento
entre todos los libros a mi
alrededor, y por ello tengo en mi
mano el curso de la vida.
Volver
a la oratoria, a la gran
oratoria, huyendo del
resecamiento ascético de las
palabras.
Destronar
a la exactitud de su sitial
divino.
Seguir
de nuevo la inflamación y la
pasión.
Kafka
ha influido demasiado en mí en
estos últimos años. Me ha
quitado el gusto por la
expansión, que era el aliento de
mi vida.
Toda
muerte rompe la cohesión de la
intrincada red que es el mundo.
Es
imposible predecir cómo
terminará la historia de los
judíos. ¿Quedarán los que han permanecido
entre sus enemigos o
desaparecerán también ellos?
A
veces me gustaría no ser judío,
aunque sólo fuera para tener
sobre ellos una opinión que no
sea egoísta.
Pero
quiero ser un judío, para no
ahorrarme ninguna de las
adversidades que les han sido
impuestas. No quiero apartar de
mí esa especie de amenaza
colectiva, porque es un claro
ejemplo para todas las amenazas
de índole parecida, y lo obliga
a uno a no pasarlas nunca por
alto ni a olvidarlas.
La
actitud vigilante del judío,
quien en ningún sentido es mejor
ni peor que otros, me parece
propicia para las operaciones de
orden intelectual-moral.
El
que la ha recibido debe
aprovecharla, o dar gracias por
ella y regalar lo que
ésta le proporciona de
conocimiento a los demás, que no
la poseen en la misma medida,
porque no la necesitan tanto.
Hay
que defenderse de todo lo que
somos, pero de tal manera que no
lo destruyamos.
Al
espíritu que se ha acomodado no
se le da crédito. Se da crédito
a Hölderlin, que pagó su
espíritu con cuarenta años de
locura.
Que
la esperanza ya sólo radica en
lo fragmentario, que ya una
totalidad de la vida sólo se
halla en lo fragmentario, donde
se desparrama y vuelve sobre sí
con una velocidad diabólica. Que
se ha vuelto más difícil
escapar al peso de lo consumado,
sin interpretarlo
equivocadamente. Que percibimos
chispas antes de que sean fuego
sin apagarlas. Que no se teme el
discurso que provoca todo, pero
que no provoca nada él mismo y
que, sin embargo, no calla. Que
no se recorta la vida, a pesar de
su carácter problemático. Que
se la busca por todas partes,
pero no en los caminos trillados.
Que dejamos que el cielo sea el
cielo, sin Dios, acribillado por
telescopios, ultrajado por la
destrucción más despiadada y
que aún amamos la superficie de
la tierra, donde no ha sido
socavada. Que nos permitimos como
nadie ensalzar la fragmentación
por sus ventajas, sin renunciar a
las partículas, y que sostenemos
cada una de ellas y
reflexionamos, como si se tratara
del todo, que no puede ser. Que
nos inclinamos para no ver lo
grande y dejamos que exista lo
pequeño sin inflarlo. Que
estamos de pie, porque es
demasiado fácil estar tumbados;
que no nos sentamos encima de
nadie, pero salvamos la
constancia del estar sentado,
percibimos todos los ojos,
captamos todas las voces y cuando
se pierde su origen les
respondemos en nuestro interior.
Que adivinamos lo que las voces
no pueden decir, que enterramos
ojos quebrados, sentimos todas
las heridas y sólo desdeñamos
las propias. Que no le
reprochamos a la fe lo que
siempre fue creído
equivocadamente y que encuentra
en los añicos del error la
esperanza. Que no se arroja a la
nada a nadie que estuviera allí
a gusto. Que únicamente
visitamos la nada para hallar el
camino que conduce fuera de ella
y mostrar el camino a cada cual.
Que perseveramos en el dolor y en
la desesperación para aprender
cómo sacar a otros de ellos,
pero no por desprecio de la
felicidad que corresponde a las
criaturas, a pesar de que se
desfiguran y despedazan
mutuamente.
Mark
Twain: su amargura tardía,
después de todo lo que había
creído en un principio, es
necesaria y justa. ¡Qué
diferente de Shaw, que hasta el
final encontraba satisfacción en
sus ingeniosidades! En la
desesperanza de sus últimos
años, Mark Twain es un precursor
de nuestro tiempo.
Lo
que escribió para sí mismo y
mantuvo secreto es lo importante;
habría que conocerlo todo. La
impureza de sus formas. Su
aceptación de la costumbre
norteamericana forma parte de él
como expresión de su debacle, de
la que es consciente. Es muy
importante que él, que no
desprecia el dinero y la fama,
sino que deseó, consiguió y
forzó ambas cosas, sienta el
suplicio de la vida también con
ellas y no se deje seducir por
una vejez insatisfecha. Tarde
mueren dos de sus tres hijas y su
mujer, que era una muchacha
enferma cuando se enamoró de
ella.
Su
manera de presentarse como un
viejo bufón, descrita por
testigos, espantosa. Su vida
temprana como práctico sobre el
inmenso río ¿qué escritor
ha conocido a la humanidad de
esta manera? Un descendiente de
Cervantes en sus dos figuras
principales, Tom Sawyer y Huck
Finn. Un exagerado y un inventor,
alguien que es aquello que los
escritores fueron una vez, antes
de convertirse en unos mansos.
Mucha
curiosidad por su autobiografía,
que aún no conozco.
Se
ha mordido en el propio corazón.
Todavía
el sentimiento fundamental de que
nada es en vano. Pero ¿ha de ser
así? ¿Que nada sea en vano?
Resulta
que no necesitamos nada con más
intensidad que ataques
indignos a nosotros mismos.
Justificación: que no se
responda a ellos. La indignidad
del ataque nos confiere dignidad.
De
la rutina del asesinato me he
tenido que mantener alejado.
Nunca he leído novelas
policíacas. Si las hubiera
leído, habría perdido la
facultad de asombrarme. Todavía
no comprendo ningún asesinato,
tengo que resolver un enigma,
porque es insoluble, estoy vivo.
Adorno
/ Canetti, una conversación
Masa
y poder es el ensayo
más conocido de Canetti. La
edición que acaba de publicar
Círculo de Lectores dentro de su
colección «Ensayo
contemporáneo», dirigida por
Fernando Savater, se abre con un
prólogo muy especial: una
conversación radiofónica entre
el autor y T. W. Adorno, diálogo
del que ofrecemos el siguiente
extracto.
Adorno:
Sé que a menudo se aleja usted
mucho de Freud y mantiene,
respecto a él, posiciones
críticas muy duras. Pero en una
cuestión de método usted está
indudablemente de acuerdo con
él: Freud ha subrayado con
insistencia sobre todo en el
tiempo en que el psicoanálisis
se encontraba todavía en la fase
de formación, cuando todavía no
había cuajado totalmente que
de ninguna manera tenía
intención de contestar o de
rechazar los resultados de otras
ciencias consolidadas, sino que
simplemente quería añadir algo
que éstas habían olvidado. Y
para Freud los motivos de este
olvido son algo muy esencial, una
especie de carácter clave para
la vida colectiva del hombre
mismo, precisamente como en su
caso.
Creo
que si usted quisiera podría
explicar esto perfectamente, dada
la capital importancia que el
problema de la muerte asume en su
obra, al igual que en muchas
otras obras, antropológicas en
sentido amplio, de nuestros
días. Usted podría hacerlo
precisamente con la complejidad
de la muerte si se puede hablar
de manera tan ampulosa de una
cosa tan elemental, entre otras
razones para ofrecer a nuestros
oyentes una idea, un modelo, de
lo que significa efectivamente
este «olvido», a qué momentos
quizás en la experiencia de la
muerte atribuye usted tan gran
valor. Así se podrá observar la
fecundidad del método y nos
daremos cuenta de que aquí no
sólo se discuten cosas sobre las
cuáles por otra parte se
reflexiona poco, sino también de
que la misma naturalidad con la
que estos momentos son aceptados
entraña algo peligroso. Algo
que, desde el espíritu de la
Ilustración, usted quiere
mitigar llevándolo a la
conciencia.
Canetti:
Es absolutamente cierto, creo,
que la consideración de la
muerte desempeña un papel
importante en mi trabajo. Si
tuviera que poner un ejemplo de
lo que usted señalaba, me
refería a la cuestión de la
supervivencia, sobre la que, a mi
entender, se ha reflexionado
demasiado poco. El momento en que
un hombre sobrevive a otro es un
momento «concreto», y creo que
la experiencia de este momento
tiene consecuencias muy
importantes. Esta experiencia la
ocultan las convenciones
sociales, lo que se «debe»
sentir cuando se experimenta la
muerte de otro ser humano, pero
por debajo, escondidos, existen
determinados sentimientos de
satisfacción, que a veces pueden
incluso ser de triunfo por
ejemplo en el caso de una
pelea, y de ellos puede
derivarse algo muy peligroso si
se producen con frecuencia y se
agregan.
A
mi entender, esa experiencia de
la muerte ajena, peligrosamente
acumulada, es un germen
absolutamente esencial del poder.
Pongo este ejemplo aisladamente y
sin entrar en mayores detalles.
He visto que ha hablado de Freud:
yo soy el primero en admitir que
la forma en que Freud comenzaba
las cosas, desde el principio,
sin dejarse asustar o distraer
por nada, ha dejado en mí,
durante mi período de
formación, una impronta
profunda. Es cierto que en la
actualidad ya no creo en algunos
de sus resultados y que me debo
oponer a algunas de sus teorías
específicas. Pero por su manera
de afrontar las cosas tengo, como
siempre, el máximo respeto.
Adorno:
Precisamente en el punto que
acaba de tocar existe entre
nosotros un contacto muy fuerte.
En la Dialéctica de la
Ilustración, Horkheimer y yo
hemos analizado el problema de la
autoconservación, de la razón
que se conserva a sí misma, y
así nos hemos topado con que
este principio de la
autoconservación, tal como fue
formulado por primera vez, se
podría decir clásicamente, en
la filosofía de Spinoza y que
usted, en su terminología, llama
el momento de la supervivencia en
sentido pleno, cuando deviene
en cierta medida «salvaje», es
decir, cuando se pierde la
relación con las personas que
nos rodean, se transforma en una
fuerza destructiva, en
destrucción, y al mismo tiempo
también en autodestrucción.
Usted no conocía nuestros puntos
de vista ni nosotros el suyo.
Creo que aquí nuestro acuerdo no
es casual, sino que podría
deberse a un factor objetivo, que
ha cobrado actualidad
precisamente a partir de la
crisis de la situación presente
(la cual, en definitiva, es una
crisis de esta autoconservación,
de esta supervivencia, devenida
salvaje).
Canetti:
Me alegra saber que sus
reflexiones lo hayan llevado a
resultados similares, y creo que
el hecho de que haya llegado a
ellos de manera autónoma
contribuye a reforzarlos.
Adorno:
Opino lo mismo. Pero, por otra
parte, creo que hay un problema
metodológico que para nuestro
objetivo la localización de su
pensamiento no es indiferente.
En su libro [Masa y poder],
lo primero que llama la atención
a un pensador como yo, no importa
si es filósofo o sociólogo, y
que, si puedo decirlo
abiertamente, es también un poco
escandaloso, es lo que llamaría
la subjetividad del enfoque. Por
subjetividad no entiendo la
subjetividad del pensamiento, del
autor. Al contrario: la libertad
de la subjetividad, que este
pensamiento no se someta ya a
priori a las reglas
codificadas del juego científico
y no respete los límites de la
división del trabajo, me resulta
infinitamente simpática. Por
subjetividad entiendo más bien
el alejamiento de los objetos que
toma en consideración, y por
tanto, dicho de un modo más
pleno, más amplio, el
alejamiento de los modos de
representación. Por lo demás,
soy totalmente consciente de que
usted también en este caso de
manera no muy diferente a Freud
relaciona los conceptos
fundamentales que utiliza (masa y
poder) tal como haría yo, con
condiciones reales, con masas
reales y poderes reales, y por
tanto con la experiencia de una
realidad. Sin embargo, el lector
de su libro no puede liberarse
totalmente de la sensación de
que a lo largo del texto la
imaginación, la representación
de estos conceptos o hechos
ambas cosas van juntas, es
todavía más importante que
ellos mismos; el concepto de
masas invisibles, que en usted
desempeña un papel muy
importante, es un ejemplo al
respecto.
Ahora
quisiera hacerle otra pregunta
muy sencilla que podría dar a
nuestros oyentes una idea más
clara de la cuestión. Quisiera
saber cómo valora la importancia
real de las masas y también del
poder o de los detentadores del
poder en relación con las
representaciones puramente
internas, con las imágenes.
Dicho en otras palabras: las
imágenes de masa y poder de las
que usted se ha ocupado.
Canetti:
Para responder a esta pregunta
quisiera volver un poco atrás. (Adorno:
Creo que sería muy útil.) Usted
cita mi concepto de masas
invisibles. Sin embargo, quisiera
decir que las masas invisibles
constituyen sólo el
decimocuarto, y breve, capítulo
del libro, que por tanto primero
hay otros trece capítulos en los
que me ocupo muy detenidamente de
la masa real. El punto de partida
del libro es, a mi entender,
absolutamente real. Comienzo por
lo que llamo el miedo al
contacto. Creo que el individuo
se siente amenazado por los otros
y que por esta razón tiene miedo
de ser tocado por lo desconocido
y trata de protegerse, creando en
torno a sí distancias, tratando
de no acercarse demasiado a los
otros seres humanos. Todos los
hombres han tenido esta
experiencia de intentar no tocar
a los otros, de que es
desagradable ser empujado por
extraños. A pesar de todas las
preocupaciones, el hombre no
pierde nunca completamente el
miedo al contacto.
Pues
bien, hay que constatar el hecho
muy sorprendente de que en la
masa el hombre lo pierde del
todo. Se trata de una paradoja
realmente importante. El hombre
se libera del propio miedo al
contacto sólo cuando se
encuentra estrechamente unido a
sus semejantes en la masa, cuando
está totalmente rodeado por
otros hombres, de manera que ya
no se puede saber quién es el
que le oprime. En ese momento ya
no teme el contacto de los otros.
Su miedo al contacto se
subvierte; y creo que una de las
razones por las que los hombres
se encuentran a gusto en la masa
es el alivio que experimentan por
esta subversión del miedo al
contacto. Se trata de una
aproximación muy real que deriva
de una experiencia concreta que
cualquiera que esté integrado en
la masa conoce.
Ahora
bien, en los capítulos
siguientes también estudio otros
aspectos de la masa real. Hablo
de masas abiertas y de masas
cerradas. Pongo de relieve cómo
las masas quieren crecer siempre,
cómo esta coacción hacia el
crecimiento es para ellas
decisiva. Me ocupo de la
sensación de igualdad en el seno
de la masa y de muchos otros
temas en los que ahora no quiero
detenerme. Posteriormente, en el
decimocuarto capítulo, llego al
concepto de masas invisibles,
sobre el cual muy brevemente
podría añadir lo siguiente:
para cualquiera que se haya
ocupado de religiones, y
especialmente de religiones
primitivas, es muy sorprendente
notar hasta qué punto estas
religiones están pobladas de
masas que los hombres no pueden
ver realmente. Basta pensar en
los espíritus, que en las
religiones primitivas
desempeñaban tal papel. Existen
innumerables ejemplos de cómo
los hombres están completamente
convencidos de que el aire está
lleno de estos espíritus que se
presentan de manera masiva esta
creencia llega hasta nuestra
religión universal.
Nosotros
sabemos cuál es el papel que
tienen, en el cristianismo, la
idea del diablo, la idea del
ángel. En la Edad Media existen
numerosísimos testimonios al
respecto. Se supone que los
demonios existen en masas
infinitas. Un abate cisterciense
de la Edad Media, Richalm, decía
que cuando cerraba los ojos
sentía en torno a sí enjambres
de demonios. Estas masas
invisibles tenían un papel
importante en las religiones y en
la fantasía de los creyentes.
Sin embargo, no las definiría
como irreales, porque estos
hombres creen verdaderamente en
estas masas, para ellos son algo
absolutamente real.
Para
comprender mejor todo esto no hay
más que pensar que también
nosotros, en nuestra vida
moderna, conocemos masas
invisibles similares. Ya no son
demonios, pero quizás siguen
siendo amenazadoras, agresivas e
igualmente temidas. Al fin y al
cabo, todos creemos en la
existencia de los bacilos. Sólo
una minoría ha mirado a través
de un microscopio y los ha tenido
realmente ante sus ojos, pero
cada uno de nosotros da por
descontado que está amenazado
por millones de bacilos, que
están siempre, que pueden estar
en cualquier parte, y la idea que
nos hacemos de ello cumple un
papel muy importante.
Éstas
serían, pues, las masas
invisibles,que, sin embargo, en
cierto sentido definiría como
reales, y creo que usted
admitirá, señor Adorno, que
entonces todavía se puede hablar
de una especie de realidad de las
masas invisibles.
Adorno:
Sí, si a continuación puedo
plantear alguna objeción (le
ruego que excuse la pedantería
de un teórico del conocimiento).
Antes que nada, en el caso de la
conciencia primitiva todavía no
se distingue entre la realidad y
la imaginación de un modo tan
claro como en la conciencia
occidental desarrollada, que se
basa precisamente en esta
distinción. Es por el hecho de
que en el pensamiento arcaico, en
un pensamiento primitivo,
todavía no se hace
diferenciación alguna entre el
imaginar demonios o espíritus y
su existencia real por lo que
ellos no se han hecho todavía
reales de forma objetiva.
Evidentemente no podemos salir de
nuestra naturaleza que nos dice,
en el nombre de Dios, que el
mundo no está habitado por
espíritus. Y a este respecto
también quisiera añadir a lo
que ha dicho hasta ahora que en
usted existe una cierta
superioridad de lo imaginario, de
lo relegado al mundo de la
imaginación en relación con la
realidad inmediata, drástica,
porque no creo quizás valdría
la pena que usted hablase
brevemente de ello, entre otras
cosas para aclarar sus
intenciones que usted sea de la
opinión, como lo han sido por
una parte Klages y por otra
diametralmente opuesta Oskar
Goldberg, de que estas imágenes,
en cuanto poseedoras de carácter
colectivo, tienen una realidad
inmediata, es decir, comparable
con las masas en la moderna
sociedad de masas.
Canetti:
No, desde luego no lo diría. Sin
embargo, he llegado a la
formulación de un concepto que
me parece importante: el concepto
de los símbolos de la masa. Por
símbolos de la masa entiendo
unidades colectivas, no
constituidas por hombres, pero
que no obstante son percibidas
como masas. A estas unidades
pertenecen imágenes como el
fuego, el océano, el bosque, el
trigo, la riqueza o cantidades de
cierto tipo como, por ejemplo, el
volumen de la cosecha. Ahora, si
bien es cierto que se trata de
unidades realmente existentes,
sin embargo en la mente del
individuo se usan como símbolos
de la masa. Hay que detenerse en
estos símbolos y explicar por
qué cumplen esta función y que
significado asumen en esta
función. Por poner un ejemplo
práctico, estos símbolos de la
masa han sido decisivos para la
formación de una conciencia
nacional. (Adorno: ¡Por
supuesto!) Cuando hombres que
sienten pertenecer a una nación,
en un momento difícil de su
existencia nacional (digamos en
un momento de excitación
nacional, como por ejemplo al
comienzo de una guerra) se
definen como ingleses o franceses
o alemanes, entonces piensan en
una masa o en un símbolo de la
masa, algo a lo que poder
referirse. Y en su mente esto es
extremadamente poderoso, de gran
importancia para su modo de
actuar. Supongo que hasta aquí
quizás convendrá conmigo en que
la eficacia de tales símbolos de
la masa existentes en el
individuo es indiscutible [...]
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