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Pere
Gimferrer
"El futuro de la poesía no lo deciden ni
los premiados ni los académicos, sino los
jóvenes"
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Loredano
Un repaso a la poesía a
través de nombres propios es el resultado de
esta entrevista a uno de los autores catalanes
más importantes. Recordado como una biblioteca
ambulante durante los sesenta, esta conversación
se convierte en guía para adentrarse en la
poesía. El escritor recomienda los mejores
atajos, cómo disfrutar por sus rutas y se asoma
al futuro del género.

Por Ana Maria Moix

A partir de
1965, y durante varios años, quien esto escribe
tuvo la suerte de acceder a una biblioteca
fabulosamente bien provista, tanto de literatura
clásica como moderna; una biblioteca de tamaño
reducido, portátil, que respondía a la forma de
cartera de piel color marrón, que cerraba con
cremallera, y que Pere Gimferrer llevaba siempre
consigo, portando en el interior los libros
destinados a ser prestados. El ritual
(intercambio de libros ya leídos por libros por
leer) se oficiaba en el bar Velódromo de la
calle de Muntaner, de Barcelona, bar entonces
todavía libre de modas, o en el ahora, y desde
hace muchos años, inexistente Oro del Rhin de
Gran Vía. De aquella biblioteca inestimable, que
era el badem de Pere Gimferrer, surgían
las obras completas de Freud, A la recherche
du temps perdu, Henry James, Faulkner, Nora
Lange, Beatriz Guido, Borges, Cortázar (cuyas
obras aún no se encontraban en las librerías y
él adquiría en las distribuidoras de libros
editados en Latinoamérica), Joyce, Stendhal,
Flaubert, Dostoievksi y, por supuesto, libros de
poesía, muchos libros de poesía: Baudelaire,
Rimbaud, Vicente Aleixandre, François Villon,
Lautréamont, Pedro Salinas, Cernuda, Homero,
Ungaretti, Quasimodo, Rilke, Gil de Biedma,
Wallace Stevens, Eliot, Pound, Rubén Darío...
Transcurridos 35
años desde que la biblioteca ambulante de Pere
Gimferrer supliera para sus amigos de entonces la
indigencia libresca propia de la miseria cultural
de un país fascista, el encuentro con el poeta
se produce hoy en su despacho de la editorial
Seix Barral. "El itinerario del escritor es
paralelo al itinerario del lector",
escribía en su colección de ensayos Itinerario
de un escritor, en cuyas páginas sitúa su
voluntad de iniciarse en el ejercicio de una
literatura "adulta" paralelamente al
descubrimiento de Rubén Darío. ¿Recomendaría
hoy la poesía de Darío como lectura capaz de
iniciar al lector o a un poeta en ciernes en el
lenguaje poético? "Creo que Darío sigue
siendo un autor recomendable para pasar de la
poesía histórico-arqueológica, como es la de
Quevedo o Góngora, a la poesía como algo que
tiene relación con la vida contemporánea. A
mí, Rubén me sirvió para esto. (Y, antes que a
mí, a Aleixandre y a Josep Maria de Sagarra,
entre otros poetas). Y no por su aspecto más
aparente, sino por realidades más profundas, por
los aspectos que se refieren más marcadamente al
amor, a la muerte, o, por ejemplo, a su reacción
violenta frente a la ya entonces incipiente
americanización del mundo contemporáneo. Tengo
la impresión, que puede ser falsa naturalmente,
de que, en este sentido, Rubén sigue funcionando
para una persona joven, aunque no estoy tan
seguro de que esto suceda en caso de que esta
persona sea una mujer...". ¿Por qué?
"No lo sé, no soy mujer. En Rubén hay
aspectos específicamente masculinos, como la
visión del erotismo, por ejemplo; aunque
masculino, en este caso, no significa machista;
en Rubén hay un erotismo muy masculino, y muy
heterosexual, que, me parece, puede ser aceptado
por el mundo gay... y, pensándolo bien,
también por una mujer, ¿por qué no? Pero, no
sé, eso tendría que decirlo una mujer. Hay
otros aspectos por los que Rubén es muy
recomendable para quien desee iniciarse en la
lectura poética: su poesía es, en gran parte,
no toda, rimada, y permite diferenciar la simple
interposición de elementos, que parecen versos,
del verso en sí; en sus poemas hay una métrica
muy rigurosa, y permite un buen aprendizaje de
métrica. Eso no es tan fácil de apreciar en
otros poetas posteriores. Otro buen inicio para
adentrarse en la lectura poética puede ser
Bécquer, pero lo considero un poeta menos
contemporáneo; Bécquer es el final del
romanticismo, no es un comienzo de una etapa,
como Rubén lo es del modernismo. Inversamente,
podríamos decir que Rubén está en el umbral de
la poesía contemporánea pero no pertenece del
todo a ella, o al menos, no en la medida de Juan
Ramón Jiménez, quien se centra más en
problemas que ya pertenecen a la poesía
contemporánea. Sin embargo, Juan Ramón, aun
siendo un poeta enorme, presenta menos variedad
de posibilidades que Rubén; es un poeta muy
abarcador, pero quizá no posee esa cualidad, que
sí tiene Rubén, de bifurcarse en muchos poetas
que, siendo él mismo, ofrecen caminos muy
distintos".
Unido al
catalán
En 1969, Pere
Gimferrer publicó Els miralls, poemario
que cerraba una etapa poética (la iniciada en
1966 con Arde el mar, obra fundacional de
la poesía peninsular escrita en castellano
durante los tres últimos decenios, y a la que
siguieron La muerte en Beverly Hills y Extraña
fruta y otros poemas) e iniciaba otra en
lengua catalana (la recogida en el volumen Miralls,
espais i aparicions, 1981, más El
vendaval, 1988; La llum, 1991;
Mascarada, 1996, y El diamant dins
l'aigua, 2001). En su momento, el hecho de
que Gimferrer optara por la lengua catalana fue
uno de los gestos literarios que más tinta hizo
correr en la prensa cultural de este país, y no
es ahora motivo de este encuentro. Sin embargo,
no fue una opción ajena a su formación
literaria. Su insaciable curiosidad lectora se
nutrió no sólo de las obras escritas en lengua
castellana, sino también en catalán, francés,
inglés e italiano. ¿A qué poeta en lengua
catalana atribuye una función semejante a la de
Rubén Darío?
"Si el
lector puede leer catalán medieval, a Ausias
March, pero existe un problema: hay que saber
catalán medieval. Yo empecé a leer a March a
fondo a partir de los 30 años, pero por una
razón muy particular: porque es entonces cuando
adquiero una formación de lectura
medieval". Recuerdo que, mucho antes de
haber él cumplido esta edad, me descubrió a
Ausias March. "Lo había leído, sí, pero
yo no me atrevo a decir que he leído a un poeta
si no lo he hecho en su lengua original. En el
caso de Ausias March, el lector que no sepa
catalán medieval dispone de una ayuda enorme,
que es la versión en catalán contemporáneo que
de March hizo Joan Fuster. Para un lector no
catalán, está la traducción de Montemayor, la
de Quevedo, la de Riquer y las más actuales de
Masoliver y de Joseph Maria Micó". Aparte
de la del propio Gimferrer, excelente, que editó
Alfaguara en su colección de clásicos.
Dejamos la
cuestión de la traducción de poesía y volvemos
a las lecturas del Gimferrer adolescente que lee
a Vicente Aleixandre y a otros poetas del 27, a
la vez que se interna en lectura de poesía en
catalán y en otros idiomas: "En francés
leo a Baudelaire, a Lautréamont y a Rimbaud. Y,
cuando tengo 14 años, descubro a un poeta muy
importante para mí: Quasimodo, que dio una
conferencia en Barcelona y me firmó una edición
bilingüe, en catalán. Es un poeta que me sigue
interesando mucho. En catalán, en aquella
época, leo a Foix, en la medida en que circula,
a Brossa, a Riba..., pero a Riba no lo puedo
captar hondamente. El Riba de las Elegies de
Bierville y de Salvatje cor, que es el
que perdura, es un Riba difícilmente asequible a
un lector joven; son obras escritas en torno a
los cincuenta años y reflejan una experiencia
difícil de asumir para alguien menor de treinta
años. A una persona joven, o a un lector no muy
formado en el lenguaje poético, les
recomendaría, aunque parezca una ironía, a
Maragall y a Joan Salvat-Papasseit, que, aunque
tienen en común el ser lingüísticamente
imperfectos, están mucho más cerca de lo que
pueda interesar a una persona joven...".
¿Qué consideración le merece la poesía
catalana contemporánea? "En la literatura
catalana contemporánea existe un problema muy
grave: nunca ha acabado de resolver por completo
la cuestión entre reelaborar el léxico medieval
o hacer frente al lenguaje de la vida cotidiana.
En el terreno de la prosa, la cuestión quedó
bastante resuelta con Josep Pla y Mercé
Rodoreda. En cambio, en verso, el problema de
qué hacer con la lengua coloquial no siempre se
ha resuelto satisfactoriamente. Se han hecho
cosas extraordinarias con un material
lingüístico que parte de los poetas medievales,
y en este sentido Foix es admirable, tanto como
los continuadores de Góngora en el siglo XX en
poesía castellana. El poeta, como decía Pound,
no puede escribir algo que no sea capaz de decir
en una conversación (bueno, algunos poetas,
porque no es el caso de Foix o de Mallarmé, por
ejemplo). Pero el catalán no puede ser sólo el
de Ausias March, ni el de Foix; aunque tampoco el
de programas de televisión como Plats bruts
o los de Buenafuente, por mucho que me diviertan.
El problema de la relación entre lengua culta y
lengua cotidiana no está resuelto. Carner, que
en su vejez reescribió buena parte de su obra,
hizo un intento muy serio en este sentido; llegó
a estilizar un idioma que, como tal, ya no
existe, que es el catalán que se hablaba en
Barcelona cuando él era joven, pero es un idioma
que nosotros ya no hemos conocido. Se trató,
pues, de una tarea extraordinaria sobre una base
idiomática ya no reconocible para el lector
actual. En cambio, y curiosamente, el catalán de
Salvat-Papasseit o de Maragall se acerca más al
de la gente de hoy día. A mi juicio, sólo dos
poetas han resuelto el problema: Joan Brossa y
Gabriel Ferrater". ¿Maria Mercé-Marçal?
"¡Era una poeta extraordinaria, sí! Pero,
en este aspecto, es tributaria de Brossa. Es un
problema que también existe en poesía
castellana y que Gil de Biedma, en parte, atinó
a resolver. Ahí radica una de las grandes
aportaciones de Neruda, en la poesía de
Latinoamérica, y, más tarde, de Nicanor
Parra".
Poesía para
todos
Hay un público
lector, no inculto precisamente, que lee ensayo y
novela más bien minoritaria, ve cine no
comercial, frecuenta museos y exposiciones,
asiste a conciertos y, sin embargo, se confiesa
incapaz de leer poesía por las dificultades que
entraña. "Hay poetas, como Góngora,
Rimbaud, Foix o Mallarmé, pongamos por caso,
todos ellos extraordinarios, de quienes el lector
no debe esperar que le proporcionen la misma
información que proporciona la prosa. Hay
personas que difícilmente escapan a la idea,
falsa completamente, de que un texto literario
consiste no en las palabras, sino en lo que las
palabras designan: el texto literario consiste
precisamente en las palabras, no en lo que las
palabras denominan; pero esta frontera, que a mi
juicio está clarísima y que vale tanto para
Mallarmé como para una novela de un autor
aparentemente tan fácil de leer como Eduardo
Mendoza (o como Cervantes o Borges, para el caso
es lo mismo), hay muchos lectores que no la
captan. Pero, dejando a un lado este aspecto que
no puedo desconocer porque es un hecho, existen
muchos poetas que cualquier persona puede leer.
Bécquer, por ejemplo, Rubén Darío, Neruda...
no todo, pero sí el Neruda joven de Veinte
poemas de amor y una canción desesperada y Crepusculario,
y también el Neruda político, que me interesa
muchísimo; aunque muchos opinen que está
superado, el Neruda político me parece
excelente, como Nazhim Himmet y parte de
Alberti". No es habitual oír a Gimferrer
hablando de poesía política. "Una cosa es
la forma concreta que la revolución tomó en el
periodo histórico vivido por Alberti o Neruda, y
otra muy distinta es la idea de la revolución
que aparece en los poemas de estos autores y que
no ha envejecido porque no está sujeta a la
forma histórica que la revolución adquirió. Ya
sé que esto tiene muchos detractores. Pero, para
mí, los poemas funcionan aun cuando sepas que,
históricamente, esta idea de revolución no
llegó a cumplirse en la realidad. Y lo mismo
sirve para Nazhim Himmet. Y para el cine
soviético. Néstor Almendros decía que, en este
sentido, los filmes de Eisenstein pueden ser
vistos sólo como una ficción sin relación
directa con la vida soviética. El envejecimiento
político no afecta a la obra de arte. ¿Qué
mayor envejecimiento que la lucha entre güelfos
y gibelinos en Dante? ¡Sin embargo, esto no te
impide leer a Dante!".
La irrupción de
la poesía de Gimferrer, en los años sesenta, y
de la de otros poetas de su generación, más
bien significó un rechazo a la poesía social
peninsular. ¿Qué relación existe entre aquella
poesía social y la poesía política de los
autores citados? "Entiendo por poesía
social la que se escribía en España en los
años cuarenta, cincuenta y comienzos de los
sesenta, y presenta una diferencia fundamental
respecto a la poesía política de Alberti y de
Neruda, que es equivalente a la de Paul Eluard,
Quasimodo o Aragon, por ejemplo, y está
relacionada con la actitud que la vanguardia
tomó en su vertiente políticamente
revolucionaria. Esto quizá hay que tenerlo en
cuenta, en cierto aspecto, en Miguel Hernández,
mezclado con su vertiente gongorina. En la
posguerra española se da otra situación: el
tajo de la guerra civil fue muy profundo y no fue
seguido por un cambio político, como ocurrió en
Europa; en poetas europeos como Aragon o
Quasimodo, la prolongación de la vanguardia en
poesía tenía un sentido; en España, donde se
vivió bajo el fascismo, se produjo un repliegue
hacia formas estéticas anteriores a la
generación del 27 y que, de modo indirecto,
produjo una tendencia a lo autóctono que
parecía haber desterrado de la poesía española
a Rubén Darío. Esta tendencia a lo autóctono
no era nueva, se dio ya en el romanticismo
español. Este repliegue (que no vale para
algunas excepciones, como la de Rosales) es lo
que yo rechazaba de la poesía social peninsular:
hacer lo que hubiera hecho Campoamor de haber
vivido en los años cuarenta y cincuenta. No
obstante, de esta época, existen obras muy
valiosas, como Cuerpos transparentes, de
Celaya, pese a ser un poeta con el que nunca
comulgué. Y Blas de Otero era un poeta
excepcional, muy mal tratado por la historia;
incluso los poetas de izquierda se han burlado de
él inmerecidamente. Lo que hizo Blas de Otero
con Ángel fieramente humano, con Redoble
de conciencia, y también con Pido la
paz y la palabra e incluso con Lo que
trata de España sigue teniendo toda mi
admiración, porque sí que es poesía moderna
posterior a la vanguardia. Lo que ocurre con Blas
de Otero es una injusticia que clama al
cielo".
Actualidad y
futuro
Esta tendencia
de la poesía peninsular en castellano por
nutrirse de lo autóctono contra la que
arremetió Gimferrer y buena parte de los poetas
de su generación, ¿no es una de las dominantes
de la poesía actual? "Si nos fijamos en la
poesía más premiada o más leída, sí; pero si
atendemos a la más importante, a la de Gil de
Biedma, la de Ory, tan injustamente marginado por
cierto; la de Valente o la del Juan Ramón
recuperado, no. La poesía más premiada, o la de
los poetas que salen más en los periódicos, ya
forma parte del pasado, y esto me incluye a mí
mismo. El futuro de la poesía no lo deciden los
poetas que obtienen más premios, ni los más
leídos ni los que están en la Academia, ¡no,
no, al contrario! Son poetas que ahora tienen 20
y 25 años y que ya están haciendo otra cosa,
están en Aleixandre, en el Juan Ramón de
madurez, en el Cernuda juvenil... Estoy pensando
en Pérez Azaustre, en José Luis Rey, en Goretti
Ramírez, que está en la estela de Robayna y,
por tanto, en la de Valente. Son muy distintos
entre sí, y el futuro de la poesía depende de
la elección que hagan estos poetas y otros de la
misma edad". ¿Qué poetas peninsulares
recomendaría a un lector común?
"Depende..., pero hay algo que no podemos
olvidar: en poesía, el lector, para creer que
algo es estéticamente válido, necesita
reconocer las palabras que emplea cada día en su
propio idioma. En este sentido, a un gallego le
recomendaría, más que a Rosalía de Castro, las
cantigas de amigo; a un catalán, a March, a
Salvat-Papasseit y a Brossa; a un castellano, a
Góngora y a Rubén Darío, y, si es de Castilla,
a Claudio Rodríguez; a un barcelonés castellano
hablante, a Gil de Biedma; a un vasco, a
Atxaga... Aunque esto no justifica la tendencia a
leer sólo en la propia lengua".
Hace un par de
años, en Barcelona, en su presentación de una
lectura de la poeta argentina Ana Becciu,
Gimferrer dijo que, durante la posguerra, la
poesía que se escribió en español de
Latinoamérica fue, en cierta medida, la que
debía haberse escrito en España en la misma
época. "Esto está clarísimo en Octavio
paz, en Nicanor Parra, en Lezama Lima. Por eso la
poesía latinoamericana me interesó tanto a mí
como a los de mi generación. En arte, no creo en
el progreso. Lo que se hacía en Altamira no era
ni mejor ni peor que lo que podamos hacer
nosotros, no hay avance ni retroceso; pero sí
creo en la historia de la literatura. Y la
frecuencia histórica no nos lleva de Poeta en
Nueva York a la obra de los poetas españoles
de posguerra por mucho respeto que tenga por
alguno de ellos. Lezama no se explica sin la
recuperación de Góngora llevada a cabo por
Dámaso Alonso y la generación del 27; Octavio
Paz no es concebible sin la generación del 27 (y
él mismo lo dijo), aunque tampoco sin la poesía
francesa e inglesa, claro". ¿Qué poetas
latinoamericanos recomendaría? "Muchos de
los más importantes, como Olga Orozco, Girri,
Paz... han muerto. Quedan Nicanor Parra, José
Emilio Pacheco... No conozco bien la obra de
poetas más jóvenes, conozco la de algunos, pero
de un modo azaroso, racheado, que no puede darme
un conocimiento real de la poesía actual
latinoamericana".
Para un lector
actual, dada la penosa situación de la
enseñanza de las humanidades, los contenidos de
la obra de los autores clásicos le resultan cada
vez más inasequibles. "No lo creo del todo
cierto; al menos no en el caso de muchos autores
griegos y latinos. Me parece improbable que un
lector no capte algo en Virgilio, en Ovidio o en
Catulo, de quienes existen versiones bilingües.
Siempre hay algo que llega al lector. Ocurre lo
mismo con Shakespeare. ¿Qué? No lo sé. Quizá
obedezca a aquella frase de Goethe, que decía:
'Sólo la alta poesía es traducible'. Aunque
esto no justifica...". Sí, la tendencia a
leer sólo en la propia lengua.
Compañías
inseparables
Pero, ¿cómo se
enfrenta el lector actual a poetas como Góngora
y Dante, tan fundamentales para Gimferrer?
"El problema entre Dante y el mundo moderno
ya está resuelto: aparte de los dantistas, Eliot
y Borges (en Siete ensayos dantescos y otras
cosas) ya lo han hecho. Si no se puede leer
en italiano, está la traducción castellana de
Ángel Crespo, y, en catalán, aparte de la de
Sagarra, que es muy buena, existe la traducción
medieval de André Fabré, que uso bastante por
la proximidad filológica. En cuanto a
Góngora..., en los problemas de arte menor y en
los sonetos no plantea ningún problema para el
lector común; los poemas narrativos ya son otra
cosa. Para leerlos, el estudio de Dámaso Alonso
es insustituible; se puede discrepar de él en
algún punto, pero es insustituible.
Naturalmente, después de leer a Dámaso hay que
volver a Góngora. También están los
comentarios a Góngora escritos por sus
contemporáneos. Y aún hay otra posibilidad:
leer a Góngora prescindiendo de intérpretes y
entendiendo lo que entiendas. Así lo leyó
Rubén Darío, y también Cernuda. Y así es como
hay que leer a Rimbaud, que, en este sentido, es
más difícil de leer que Góngora. El lector
puede llegar a saber qué se proponía decir
Góngora, Mallarmé o Foix, pero en el caso de
Rimbaud no existe una interpretación unívoca y
aceptada por todos. Hay que leerlo como si
escucharas música o contemplaras una
pintura".
Byron,
concretamente su Don Juan, era una de sus
pasiones compartidas con Jaime Gil de Biedma:
"Sí, a Gil de Biedma le gustaba mucho. Y a
Aleixandre también. Ahora existe una traducción
bilingüe de Don Juan, de Byron, pero hay
que leerlo en inglés por la enorme invención de
las rimas, absurdas a veces, pero que funcionan.
Es notable la enorme gracia con que, en un poema
narrativo, introduce cualquier cosa, da cabida a
todo, a un ataque a un enemigo político, a un
enemigo personal, a su hermana, a poetas con
quienes rivaliza, a cuestiones políticas de la
Inglaterra de la época... Byron ha dejado huella
en mí". ¿De ahí la irrupción contra
Felipe González en su poema Mascarada?
"Exacto". Pound, Eliot, Saint-John
Perse, Ungaretti, Quasimodo, Wallace Stevens...,
¿seguirían saliendo hoy de aquella cartera que,
en mi recuerdo, parecía no tener fondo?
"Eliot, sin duda, y también Saint-John
Perse, aunque a éste, como a Ungaretti y a
Pound, ahora los leo menos, quizá porque la
función que debían cumplir en mí ya está
consumada. Wallace Stevens sigue siendo, para mi
gusto, el mejor poeta norteamericano. Lo que
ocurre es que no todos los poetas que te han
interesado te siguen a lo largo de toda la vida.
¿Qué sigo leyendo? Rubén, Góngora, Rimbaud...
y poetas en quienes aún me falta afinar cosas,
como Ausias March. Ahora quizá leo más prosa. Y
poetas con quienes he tenido una vinculación
intensa, como Biedma, Aleixandre, Alberti y
Octavio Paz. Leo mucho el Romancero. ¿Manrique?
Me es muy ajeno, me siento más cerca del
marqués de Santillana, aunque sé que es un
poeta inferior. Me siento muy ajeno a Manrique,
nunca me he podido identificar con esta actitud
tan recia, tan de un hombre castellano de aquel
momento. Me ocurre algo similar con Cervantes: he
leído tres veces el Quijote, lo considero
admirable, pero no es importante en mi vida; en
cambio, sí lo es el Persiles. En general,
la literatura realista me interesa muy poco, y,
en particular, el realismo hispánico me resulta
particularmente ingrato, de ahí que no me
interese la picaresca. Góngora, que es un
personaje enormemente antipático, me fascina
porque su capacidad para entrar a fondo en el
idioma es superior a cualquier reserva que puedes
tener respecto a su carácter. En medida no menor
que Quevedo o Calderón, tiene rasgos absolutivos
de carácter que podrían desagradarme, pero el
trabajo que hace con el idioma es tan profundo
que está por encima de esto. Por la misma
razón, soy un entusiasta de Calderón. Nunca me
ha agradado Garcilaso; en cambio, siempre me ha
caído simpático Lope, pese a que muchos lo
detestan. Lope poeta lírico me gusta muchísimo,
y Lope poeta dramático, también; no digamos ya
el Lope de La Dorotea, que es una obra
excelente".
Gimferrer
manifestó, en diversas ocasiones, su admiración
por la poesía de Maria Mercé Marçal. ¿Qué
otras poetas mujeres destacaría? "En
catalán, Rosa Leveroni. Y es más que aceptable
la poesía de Mercé Rodoreda, tributaria, en
cierto modo, de la de Armand Obiols, que era un
poeta extraordinario. En castellano: Olga Orozco,
Rosa Chacel, Ernestina de Champurcí, Delmira
Agustina, Alfonsina Storni, Gabriela Mistral, a
quien, injustamente, nadie lee; Guadalupe Aamor,
Idea Vilariño, Alejandra Pizarnik y Ana
Becciu... La brasileña Eunice Odio me gusta
mucho. Y están las poetas del mundo anglosajón:
Hilde Dootlie, Elisabeth Barret Browning, Emily
Brönte, Elisabeth Bishop, Emily Dickinson... Y,
yendo más atrás en el tiempo, están las trovairits,
cuya obra recogió Martín de Riquer, y las
italianas como Gaspara Stampa y Vitoria Colonna,
cuya poesía es indiscernible respecto a la de
los poetas varones de su misma época. Y
considero extraordinarios los lais de
María de Francia.
A los autores en
lengua castellana que hemos ido citando y que nos
recomendaba hace más de treinta años, ¿a
quién añadiría hoy? "Bueno, no ha pasado
tanto tiempo. Además, en poesía española, no
ha vuelto a producirse una conmoción como la que
significó pasar de Núñez de Arce a Rubén
Darío. Esto es evidente". Y rotundo.
Prosas profanas.
Rubén Darío. Akal (1999).
Rimas y leyendas.
Gustavo Adolfo Bécquer. Espasa Calpe (2000).
La divina comedia.
Dante. Traducción de Ángel Crespo. Seix
Barral.
Cuatro cuartetos.
T. S. Eliot. Altaya (1996).
Poeta en Nueva York.
Federico García Lorca. Espasa Calpe (2000).
Notas para una ficción suprema.
Wallace Stevens. Traducción de Javier
Marías. Edición bilingüe. Pre-Textos (1996).
Una temporada en el infierno.
Rimbaud. Traducción de Gabriel Celaya. Visor
(1985).
Don Juan.
Lord Byron. Bibliotex (1999).
Espadas como labios. La destrucción o el
amor.
Vicente Aleixandre. Castalia (1993).
Obra poética.
Octavio Paz . Seix Barral (1998).
Sobre los ángeles. Sermones y moradas.
Rafael Alberti. Galaxia Gutenberg (1996).
Veinte poemas de amor y una canción
desesperada.
Pablo Neruda. Espasa Calpe (2001).
Antología poética.
Jaime Gil de Biedma. Alianza (2001).
Poesía y antipoesía. Nicanor Parra. Castalia
(1994).
Expresión y reunión.
Blas de Otero. Alianza (1997).
Góngora.
Obras de don Luis de Góngora (tres volúmenes).
Facsímil del manuscrito Chacón. Real Academia
Española. Introducción de Dámaso Alonso.
Prefacio de Pere Gimferrer.
Romancero tradicional de las lenguas
hispánicas (español, catalán, portugués,
sefardí).
Recopilación de Ramón Menéndez Pidal, Diego
Catalán y otros. Gredos (1999).
Don de la ebriedad. Conjuros.
Claudio Rodríguez. Castalia (1998).
Obras completas.
Gabriel Celaya. Visor (2001).
Bambulo 1.
Bernardo Atxaga. Alfaguara (1998).
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