Artigo da
Moura nº 1 de
1998
El Lamento del Cabrón
Javier Iglesias
“Tango, tango, vos que fuiste el amigo confidente de su amor”.
Y al tango lo
parió la necesidad de existir. La misma necesidad que llevó a miles de europeos
a Latinoamérica, y en concreto al Río de la Plata, hasta el punto en que el
flujo migratorio superaría con creces a la población nativa. En Buenos Aires ya
en 1869 había 48.000 extranjeros para solamente 12.000 nativos. Se producía una
arribada masiva de hombres jóvenes llegados de Europa produciendo una situación
demográfica en donde el índice de masculinidad sufriría un gran aumento,
situación que se prolongaría más de cincuenta años. Esta coyuntura acumulaba en
un territorio común tradiciones culturales diversas (italianos, españoles,
alemanes…) junto a la cultura previa del área.
Ante esta perspectiva, es
aquí donde comienza nuestra historia. Ante la abundancia de hombres, las
mujeres encuentran una vía de ascenso social utilizando a estes en sus
estrategias. Este fenómeno se circunscribe al ámbito de los sectores populares,
ya que las clases altas mantenían sus privilegios y costumbres, y ,por lo
tanto, seguían viendo a la mujer como un “objeto”. No es que los inmigrantes
fueran unos adelantados para su época y respetaran a las mujeres como un igual;
no, tan solo, era que la idea del dominio masculino no podían llevarla a cabo.
Tampoco manejaban los resortes legales ya que las “uniones de hecho” se
generalizaban en reemplazo de los matrimonios legales.
¿Que tiene esto que ver con el tango? Pues todo. Desde fines del siglo pasado se estaban generando nuevas formas musicales que tenían su germen en el puerto de Buenos Aires: Tango, milonga, algunos tipos de vals. Primeramente no se acompañaban de canto ,pero a partir de la entrada del nuevo siglo, el viejo arsenal romántico traído de Europa hizo valer su peso. Amores contrariados ,rupturas dolorosas, celos, engaños y demás desgracias que provocan las mujeres de vez en cuando. La ingratitud femenina no es nada nuevo ,pero ahora acomodado a las circunstancias sociales concretas de estos nuevos emisores. Lo más innovador va a ser que, por ejemplo, en un ochenta por ciento de las letras conocidas hay un reconocimiento explícito de que la mujer es la que rompe la relación amorosa y busca un nuevo amor. Los hombres ante esto hacían, pues lo que seguimos haciendo todos hoy en día y creo que no dejaremos de hacer nunca: El ridículo. De aquella la vía más común era la agresiva y de imposición forzosa de la fidelidad, llegando incluso a provocar la muerte de su pareja.
Los emigrantes extranjeros,
de origen disperso y los autóctonos por su acelerada y reciente urbanización,
no son quien de hacer causa común para mantener sus tradicionales privilegios
de género. La mujer, en cambio, disfrutaba de la posibilidad de cambiar de
hombre las veces que deseara debido al alto índice de masculinidad existente.
El abandono del hombre se convirtió en algo que no solo afectaba
individualmente sino algo genérico, que le podía pasar a cualquiera. Nuestros
amigos porteños tan solo podían sus tangos melancólicos y agrios, hasta el
punto que se ha desvalorizado el tango como “EL LAMENTO DEL CABRÓN”.
El porteño luchaba, e
intentaba resultarle más atractivo al sexo contrario, abandonando recortes identificatorios,
claramente masculinos para identificarse con tacones, ropa ceñida y pañuelo al
cuello. Había que ganarse a las mujeres, que no sobraban, como fuese. La mujer
era ya un ideal soñado y no “una cosa” que lanzaba niños al mundo de vez en
cuando.
En el tango se reflejan las
diferentes actitudes masculinas ante estos desengaños amorosos. Reacciones violentas contenidas ya que tan solo
acelerarían la pérdida de la amada, reacciones presumiendo indiferencia, o por
el contrario se caía en la pasividad asumiendo el abandono y esperando que el
tiempo lo cure todo. En muchas ocasiones el protagonista carga contra si mismo
la rabia aceptando la culpa y dándose al alcohol. El hombre llora, algo que
estaba reservado a la mujer, es ahora posesión del varón. Se sienten totalmente
desvalidos e indefensos ante esta situación que les oprime y ven el dolor como
algo intrinsecamente masculino. Nuestros héroes caídos del Arrabal sueñan con
perdonarlas ,esperan su vuelta, o sino, al menos, esperan que ellas se acuerden
de ellos algún día como gime “la cumparsita”. En otras ocasiones prefieren soñar con la desgracia de la
ingrata y les pronostican a la mujer infiel un futuro en soledad, aunque ellos,
en ocasiones, en ocasiones, les conceden un perdón no solicitado y les ofrecen
su ayuda. Son formas simbólicas de compensar el abandono.
El problema era que la mujer
no se fuera, o que volviese, según el caso. Ante el condicionante de que los
matrimonios eran de hecho, por lo tanto no había forma de retenerla, ni por
medio de mecanismos legales, ni religiosos, y forrarlas a palos tampoco era ya
una garantía de éxito,(al primer guantazo la mujer se buscaba otro y mandaba a
su pareja a cantar tangos). Al hombre solo le quedaba el camino de la
seducción. Dentro de esta estrategia todo vale, y se busca una ligazón con la
mujer aunque sea pena, ya no importa humillarse, como queda reflejado en muchos
tangos.
En ocasiones ya no le cantan
a la feminidad y abogan por un canto donde se resaltan el buen criterio y la
inteligencia femenina. Ante esta coyuntura socio-económica, la mujer no
aprovecha su situación de privilegio, y una vez finalizada esta etapa solo
vemos la obtención de ciertas ventajas parciales. Han aprendido a medrar social
y económicamente comercializando el afecto. Las mujeres no consiguieron (ni
pidieron) en las primeras décadas del siglo, en Argentina, ley de divorcio, ni
derecho al voto.
Ante la disminución del
aporte inmigratorio e irse normalizando la balanza de sexos, el tango busca
otros de tipo social en sus canciones como “yira, yira”. Esto no cuajará y a
partir de 1935, por coincidir con la muerte de Gardel, se dice que el tango se
autorremienda, se canta a si mismo y repite incesantemente sus temas.
Litri