Astrea y el Soldado.

Astrea*, la virgen madre de los mortales, dej� correr su mirada por la cascada de blancas flores que adornaban los p�rticos y los palos de las glorietas. Tom� una que la planta le ofrec�a y se la coloc� en el pelo. Contemplaba a los hombres que pac�ficamente cumpl�an sus tareas y pasaban as� sus d�as. Amorosamente compart�an la tierra, que generosa se prodigaba en leche y miel. Cantaban, danzaban y re�an. Un�an sus cuerpos en �xtasis de amor. Los vientres abultados de las mujeres promet�an el j�bilo de nuevos nacimientos.

Flores y frutos en eterna primavera. Bestias d�ciles que respond�an al llamado humano.

Un ni�o met�a su mano en la corriente del caudaloso r�o y su ser jugueteaba y se prolongaba en el agua entendiendo su propia humedad. La conciencia primigenia se manifestaba en forma de continuidad con el cosmos. La unidad por sobre la individualidad.

Astrea mir� desde lo alto el valle. Hab�a subido al monte para cumplir el rito de presagio. Penetr� en la gruta natural destinada al culto de la Madre. Estaba activ�ndose la hendidura profunda de la cual de tanto en tanto surg�an vapores. Hab�a llegado el momento. Hab�a que ver. Iba a recibir las visiones provenientes de la divinidad. El futuro lejano se abrir�a para ella. Hab�a elegido conocer. Se reclin� en cuclillas frente al hoyo sagrado y dej� que los vahos la penetrasen. Las escenas comenzaron a surgir, confusas. Poco a poco se fueron delineando claramente. Por primera vez en su vida sinti� una sensaci�n de inquietud interior, de ruptura, de distanciamiento. Le cost� mantenerse en ese primer enfrentamiento con el miedo y el dolor.

Ve�a hombres ataviados con extra�as vestimentas, llevando objetos oscuros en las manos que largaban fuego y humo. Sus bocas estaban abiertas y profer�an sonidos fuertes, que her�an los o�dos. Gritaban. No era un canto de j�bilo sino algo desagradable. Uno de ellos miraba hacia donde ella estaba, como si pudiera verla. Confusi�n, desorden y el rojo l�quido precioso, derram�ndose por todos lados. El alma del hombre vertida en esa lucha voraz.

Astrea no entend�a. Por primera vez una humedad sali� por sus ojos, expresando sus sentimientos. Su cuerpo comenz� a moverse convulsivamente. Cay� desmayada.

Carlos Gonz�lez Astinaga recordaba ese viejo estribillo que le hab�an metido hasta las orejas en el colegio. "Las Malvinas son argentinas porque est�n en el mar epicontinental argentino." " Las Malvinas argentinas." "Ay, hermanita perdida".

Claro que en aquel tiempo no ten�a idea que a�os m�s tarde iba a estar en esa mugrosa trinchera, muri�ndose de hambre y de fr�o, porque a los se�ores importantes se les hab�a ocurrido que �l ten�a que poner su cuerpito para intervenir en este caos. No entend�a nada. Hubiera dado cualquier cosa por estar con su familia, en Buenos Aires, en su confortable casa. Todo esto deb�a ser una pesadilla. El viento que no paraba. Los ingleses, el principito. Mam�, mam�, �donde est�s?. Marina, mi amor, qu� estar�s haciendo ahora?. El tremendo bochinche se hab�a aquietado. Menos mal. No sab�a cu�nto pod�a durar ese ansiado momento de silencio y quietud. El cansancio lo pudo. Se qued� dormido.

So�� que estaba en un lugar bellamente extra�o. Una verde pradera, con flores y un r�o serpenteante. Qu� paz. Caminaba libremente, sin llevar ning�n peso encima. Ni mochila, ni fusil, ni la pesada campera. El clima era perfecto. Una brisa acariciante y los rayos del sol que parec�an alimentarlo. Ten�a sed. Se acerc� al r�o y bebi� de una peque�a cascada natural que parec�a hecha ex profeso. El sabor del agua era �nico. Sinti� que lo reconfortaba, devolvi�ndole las fuerzas perdidas. Una mariposa se pos� sobre su cabeza y luego sobre sus manos. Los enormes �rboles parec�an hablarle. S�, le llegaban sensaciones, mensajes que le costaba interpretar. Crey� entender que todos all� le daban la bienvenida. Mir� en derredor, recorriendo el paisaje. Un cervatillo y otros peque�os animales parec�an no reparar en su presencia. No se ve�a ning�n ser humano. Ten�a hambre, hambre atrasada. Los malditos milicos casi no les daban de comer. Se acerc� a lo que parec�a un �rbol frutal. Eran deliciosas manzanas pero de un color distinto de las que conoc�a. La c�scara era azul, de un azul profundo. Iba a arrancarla cuando el �rbol mismo tuvo un estremecimiento y la fruta cay� literalmente en sus manos. Sin darse cuenta profiri� un -"Gracias"- .El sabor era incomparable. Pens� -"Qu� sue�o raro. S� que estoy so�ando, pero en los sue�os no se siente el gusto, ni se calma la sed."

De pronto la vio venir. Caminaba armoniosamente, casi sin rozar la tierra. Era hermosa. La mujer m�s hermosa que hab�a visto en su vida. Se sinti� atra�do pero m�s a�n embelesado. Las formas de su cuerpo eran enloquecedoras. Sus caderas, sus senos. No pod�a calcular su edad, aunque se notaba que estaba en plenitud. Los largos cabellos trigue�os estaban adornados por una flor blanca, que contrastaba como una mancha de luz en medio de la noche. Su rostro, sus ojos destilaban una sabidur�a profunda y su mirada una ternura que lo envolv�a. No podr�a nunca m�s vivir sin esa mirada, sin esa maravillosa mujer cerca suyo. Le faltaron las palabras. Ella, en silencio, adivinando lo que �l no pod�a expresar, se quit� la flor del pelo y se la entreg�.

Se despert� por el sonido inconfundible y temido de las ametralladoras en acci�n. Maldita guerra. Otra vez los ruidos del horror y la muerte danzando alrededor suyo.

El impacto de la bala penetrando en su cuerpo lo tir� hacia atr�s. Se llev� la mano al pecho y al tocarse la herida se dio cuenta que aferraba, como acurrucada, la blanca flor, que se ti�� de rojo.

Astrea se recobr� del desmayo y comprendi� lo que no quer�a aceptar. Descendi� del monte ritual sabiendo lo que iba a encontrar en el llano. Guardaba una secreta esperanza: quiz�s todav�a no fuera el momento. Quiz�s deber�an pasar muchas lunas y muchos soles. Sus gr�ciles pies se lastimaron con las piedras por primera vez porque su andar era atropellado, como si la armon�a se hubiese quebrado.

Apenas vislumbr� a sus amados hombres un sobresalto le encogi� el coraz�n: el momento temido ya se hab�a producido.
Lo supo al ver que se enfrentaban unos a otros y se golpeaban con ramas que hab�an arrancado brutalmente de los �rboles. La sangre corr�a por los cuerpos. Una joven mujer y su ni�o yac�an en el suelo, lastimados y agonizantes. Los animales se alejaban, huyendo del peligro, como poniendo distancia con la maldad.

* Arato, Fen�menos 97-146. Hes�odo, Los Trabajos y los d�as.

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Lic. Alicia Hebe Contursi
Escritora argentina

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