
Santo Tomás de Aquino (1225-1274), el «Doctor Angélico», patrono de la educación católica
Artículo especial:
el sueño de las dos columnas de Don Bosco
Uno de
los santos contemporáneos más extraordinarios ha
sido sin dudas San Giovanni
Bosco, conocido por todos nosotros como Don Bosco. Este superlativo
sacerdote
italiano, de especial tarea evangelizadora sobre los
jóvenes, fue el fundador
de la orden salesiana, crucial para el desarrollo humano de
Entre
otras maravillas, Don Bosco gozaba de don profético, el cual
se vio plasmado en
distintas circunstancias y en notables visiones sobre el Cielo, el
Infierno y
otras realidades sobrenaturales. Uno de sus más conocidos
relatos es su sueño
sobre las dos columnas, ocurrido en 1862 en Turín, y que
líneas abajo
publicamos («Memorias
Biográficas de San Juan Bosco», Tomo
VIl, págs. 169-171)
El 26 de mayo de 1862 Don Bosco
había
prometido a sus jóvenes
que les narraría
algo muy agradable en los últimos días del mes.
El 30 de mayo, pues, por la
noche les contó una parábola o semejanza
según él quiso denominarla. He aquí
sus palabras: «Os quiero contar un sueño. Es
cierto que el que sueña no razona;
con todo, yo que os contaría a Vosotros hasta mis pecados si
no temiera que
salieran huyendo asustados, o que se cayera la casa, les lo voy a
contar para
su bien espiritual. Este sueño lo tuve hace algunos
días. Figúrense que están
conmigo a la orilla del mar, o mejor, sobre un escrollo aislado, desde
el cual
no ven más tierra que la que tienen debajo de los pies. En
toda aquella
superficie líquida se ve una multitud incontable de naves
dispuestas en orden
de batalla, cuyas proas terminan en un afilado espolón
de hierro a modo de lanza que hiere y traspasa
todo aquello contra lo cual llega a
chocar. Dichas naves están armadas de cañones,
cargadas de fusiles y de armas
de diferentes clases; de material incendiario y también de
libros(*),
y se dirigen contra otra embarcación
mucho más grande y más alta, intentando clavarle
el espolón, incendiarla o al
menos hacerle el mayor
daño posible.
A esta
majestuosa nave, provista de todo, hacen escolta numerosas navecillas
que de
ella reciben las órdenes, realizando las oportunas maniobras
para defenderse de
la flota enemiga. El viento le es adverso y la agitación del
mar favorece a los
enemigos. En medio de la inmensidad del mar se levantan, sobre las
olas, dos
robustas columnas, muy altas, poco distante la una de la otra. Sobre
una de
ellas campea la estatua de
Restablecida
por un momento la calma, el Papa reúne por segunda vez a los
pilotos, mientras
la nave capitana continúa su curso; pero la borrasca se
torna nuevamente
espantosa. El Pontífice empuña el
timón y todos sus esfuerzos van encaminados a
dirigir la nave hacia el espacio existente entre aquellas dos columnas,
de cuya
parte superior todo en redondo penden numerosas áncoras y
gruesas argollas
unidas a robustas cadenas.
Las naves
enemigas dispónense todas a asaltarla, haciendo lo posible
por detener su
marcha y por hundirla. Unas con los escritos, otras con los libros, con
materiales incendiarios de los que cuentan gran abundancia, materiales
que
intentan arrojar a bordo; otras con los cañones, con los
fusiles, con los
espolones: el combate se toma cada vez más encarnizado. Las
proas enemigas
chocan contra ella violentamente, pero sus esfuerzos y su
ímpetu resultan
inútiles. En vano reanudan el ataque y gastan
energías y municiones: la
gigantesca nave prosigue segura y serena su camino. A veces sucede que
por
efecto de las acometidas de que se le hace objeto, muestra en sus
flancos una
larga y profunda hendidura; pero apenas producido el daño,
sopla un viento
suave de las dos columnas y las vías de agua se cierran y
las brechas
desaparecen.
Disparan
entretanto los cañones de los asaltantes, y al hacerlo
revientan, se rompen los
fusiles, lo mismo que las demás armas y espolones. Muchas
naves se abren y se
hunden en el mar. Entonces, los enemigos, encendidos de furor comienzan
a
luchar empleando el arma corta, las manos, los puños, las
injurias, las
blasfemias, maldiciones, y así continúa el
combate. Cuando he aquí que el Papa
cae herido gravemente, de inmediato los que le acompañan
acuden a ayudarle y
le levantan. El Pontífice es herido una segunda vez, cae
nuevamente y muere. Un
grito de victoria y de alegría resuena entre los enemigos;
sobre las cubiertas de
sus naves reina un júbilo indecible. Pero apenas muerto el
Pontífice, otro
ocupa el puesto vacante. Los pilotos reunidos lo han elegido inmediatamente; de suerte
que la noticia de
la muerte del Papa llega con la de la elección de su
sucesor. Los enemigos
comienzan a desanimarse. El nuevo Pontífice, venciendo y
superando todos los
obstáculos, guía la nave hacia las dos columnas,
y al llegar al espacio
comprendido entre ambas, la amarra con una cadena que pende de la proa
a un
áncora de la columna que ostenta
Todas las naves que hasta aquel momento habían luchado contra la embarcación capitaneada por el Papa, se dan a la huida, se dispersan, chocan entre sí y se destruyen mutuamente. Unas al hundirse procuran hundir a las demás. Otras navecillas que han combatido valerosamente a las órdenes del Papa, son las primeras en llegar a las columnas donde quedan amarradas. Otras naves, que por miedo al combate se habían retirado y que se encuentran muy distantes, continúan observando prudentemente los acontecimientos, hasta que, al desaparecer en los abismos del mar los restos de las naves destruidas, bogan aceleradamente hacia las dos columnas, llegando a las cuales se aseguran a los garfios pendientes de las mismas y allí permanecen tranquilas y seguras, en compañía de la nave capitana ocupada por el Papa. En el mar reina una calma absoluta.
Al llegar a este punto del relato, San Juan Bosco
preguntó al Beato
Miguel Rúa: —¿Qué
piensas de esta narración? Beato Miguel
Rúa contestó: —Me
parece que la nave del Papa es
Las dos
columnas salvadoras me parece que son la devoción a
María Santísima y al
Santísimo Sacramento de
Las conjeturas que hicieron los jóvenes
sobre este sueño fueron muchísimas,
especialmente en lo referente al Papa; pero Don Bosco no
añadió ninguna otra
explicación. Cuarenta y ocho años
después —en 1907— el antiguo
alumno,
canónigo Don Juan María Bourlot, recordaba
perfectamente las palabras de San
Juan Bosco. Hemos de concluir diciendo que César Chiala y sus compañeros,
consideraron este sueño como
una verdadera visión o profecía.
Revista
Digital Fides et Ratio - Mayo de 2008