
Santo Tomás de Aquino (1225-1274), el «Doctor Angélico», patrono de la educación católica
Artículo especial: la familia es el hecho democrático por excelencia
Desgrabación de la Conferencia del 9 de diciembre de 2008 de José Ignacio Beteta Bazán en el Congreso de Perú, en ocasión del Foro "Familia, Sociedad y Estado", convocado por el Ministerio de la Mujer y el Desarrollo de ese país.
El texto fue publicado inicialmente por el Boletín para América Latina del Population Research Institute.
Muchas
gracias por la invitación a este foro. Antes de empezar con el tema que se me
ha encargado, quiero decir que debemos aprovechar estas instancias para ayudar
al Estado. No son muchas las veces en las que éste se pone de pie para escuchar
a la sociedad civil en materias tan importantes, y este tipo de foros debe
servir para aterrizar opiniones, ideas positivas y concretarlas en políticas
públicas que alcancen a la sociedad en su conjunto.
Aunque me
toca hablar del mundo educativo, empezaré con un ejemplo de la economía: En la
historia de nuestro país un estado intervencionista nunca ha traído buenos
resultados. Un ejemplo claro de esto lo tenemos en el ámbito económico. Cuando
quisimos convertir al estado peruano en un empresario, como en el gobierno del
General Velasco hace unos 30 años, los resultados fueron nefastos: si el estado
controla los precios, interviene en la banca, estatiza y asume roles empresariales,
la sociedad pierde tarde o temprano. Por el contrario, cuando el estado
acompaña, facilita, brinda las condiciones necesarias y equitativas para que la
sociedad y las instituciones que la conforman se desarrollen, los resultados
positivos no se hacen esperar.
La
creación de diversas entidades reguladoras, la democratización del poder
judicial y su completa autonomía del Gobierno de turno, por ejemplo, son
reformas muy positivas que garantizan que la sociedad peruana se desarrolle
libremente amparada por el estado, no estrangulada por el mismo.
Y comienzo
con este ejemplo porque si en las políticas económicas prevalece este
principio, también en las políticas sociales. “Tanto estado como sea necesario,
tanta sociedad como sea posible”. En este ámbito el estado tiene como principal
objetivo garantizar el bien común de las personas, el de cada una y el de las
comunidades en las que se reúnen para integrar la sociedad. Y quién podría
negar que la primera comunidad en el orden cultural es la familia. La familia
es el hecho democrático por excelencia: nace de una relación libre, se basa en
normas de consenso, tiene un fundamento ético y apunta a un fin altruista, la
pareja estable es un modelo de diálogo, de aceptación, de renuncia voluntaria y
respeto por la individualidad que es el otro. Es un hecho democrático sostenido
en el tiempo y por lo tanto modélico en el más pleno sentido de la palabra.
En cada
familia se educan futuros ciudadanos, constructores de una sociedad más justa y
solidaria. Quienes votamos no somos individuos sin conexiones: somos finalmente
hijos, padres, hermanos, parientes. Es la familia, repito, el primer hecho
democrático. Y en este sentido al Estado le toca acompañarla, protegerla,
revalorarla. Suena lógico: la mejor aliada del estado en la construcción de una
democracia real es y será siempre la familia.
Y para que
esto suceda el estado y la sociedad deben entender que tanto la democracia como
la familia son hechos, no “entelequias” manipulables por el lobby o algún
pequeño grupo de poder bien posicionado. Son hechos que requieren de ciertas
virtudes, hábitos positivos que las construyan. Y así como pueden ser
construidos, también pueden ser destruidos. Son don y misión, dato y tarea.
Pero esto
no se comprende. Le ocurre a la familia, y por lo tanto a la democracia, lo que
un francés escribió alguna vez: “lo esencial es invisible a los ojos”.
Olvidamos fácticamente a la familia. Esto debido en parte el gran volumen de
información que recibimos de los diferentes medios informativos animados por
motivaciones lucrativas. Los modelos de jóvenes, héroes y referentes que vemos
en los medios no aparecen en el ámbito de una familia natural. Generalmente son
mostrados como individuos desligados de lazos de este tipo: no recuerdo alguna
película de James Bond en la que su madre haya tenido un rol protagónico, sin
embargo cabe preguntarse ¿no será James Bond lo que es gracias a su madre?
Apuesto que su madre era mucho más recia que él. Pero eso no vendería, y las
películas, video juegos y otros espectáculos resaltan mas bien el logro
individual, exaltan la veleidad y lo esporádico, lo efímero de nuestras
existencias con el fin de sacarnos de la constante de la vida humana, vida a
veces llena de preocupaciones, dramas, alegrías, gozos, desencantos….Este
fenómeno cala en las conciencias y poco a poco trastoca el concepto objetivo de
familia.
Tenemos
frente a nosotros un desafiante panorama: por un lado la necesidad de construir
democracia y a la familia como el primer hecho democrático y, por otro el
absurdo olvido y manipulación ésta última que finalmente afectará tarde o
temprano a la primera.
Ha llegado
el momento entonces de desvelar una certeza: la familia y la democracia se
necesitan mutuamente. Cuando la familia sufre, la democracia también. Y si
nosotros no ayudamos al Estado a construir proyectos políticos desde una
perspectiva real de familia, el Estado nos terminará reemplazando, cosa, que
como hemos visto al iniciar esta intervención, nunca ha dado buenos resultados.
Es ahí
donde interviene la educación. Cuando hablamos de formar el capital humano,
concepto fundamental en las reflexiones económicas actuales para la búsqueda de
un desarrollo sostenible, hablamos de brindar una educación de calidad a
aquellos que son y serán el sostén de una nación: su clase empresarial, sus
gobernantes, sus empleados públicos y privados, sus docentes, sus obreros, sus
agricultores.
Una
educación de calidad interesada en el
desarrollo democrático y en el crecimiento económico de una nación debe favorecer
y fortalecer el rol educador de la familia, su rol democratizador y a su vez
transmitir de forma didáctica y transversal una verdad elocuente: no hay
verdadera democracia sin verdaderas familias. Esto se debe trasladar a los
planes educativos, a los textos, a la normativa, etc.
Pero hay
indicios (y me permito decirlo como alguien que está comprometido con el mundo
educativo), dejados por los diversos equipos de trabajo que van pasando por el
estado y que se encargan de diseñar los planes educativos nacionales y
regionales, indicios, repito, que muestran un olvido de la familia y un
concepto errado de la democracia.
Tampoco
hay un tratamiento integral y contundente de estos dos temas. Nos matamos
buscando que nuestros niños y niñas aprendan a leer y a resolver problemas de
matemáticas, les enseñamos mucho inglés pero… eso no los formará como
ciudadanos.
No podemos
descuidar lo esencial. Damos por hecho que nuestros hijos e hijas serán
ciudadanos bien formados para vivir en comunidad, trabajar en equipo, ser
generosos, ser responsables, ser líderes positivos, amar de verdad…. Y ¿es
acaso eso lo que les “venden” los medios informativos actuales? ¿Quién les
enseña a vivir eso? Damos por hecho que nuestros hijos e hijas estarán
preparados para sostener relaciones duraderas, realizadoras, comprometidas,
para criar hijos y acompañarlos hasta que sean personas de bien… Y ¿es acaso
eso lo que les “ofrecen” los medios informativos en la actualidad? ¿Quién les
enseña a vivir eso? Si no fortalecemos a la familia, la escuela no podrá dar
algo que no le corresponde. Recordemos que los colegios reciben de la familia
por delegación la función de instruir a sus hijos, no la reemplazan. Debemos
fortalecer a la familia y fortalecer también la educación en perspectiva democrática
y de familia en las escuelas.
Concluyo
recapitulando las tres ideas que he querido transmitir el día de hoy:
En primer
lugar: El estado debe acompañar y garantizar el desarrollo de las comunidades
que sostienen la sociedad y la primera comunidad que sostiene una nación es la
familia.
Segundo:
Es la familia el principal hecho democrático espontáneo que surge dentro de y
sostiene a la sociedad y por ello requiere de una valoración especial por parte
del estado.
Y tercero:
la educación pública, el plan educativo nacional, todas las políticas
educativas deben sacar a la luz la importancia de la familia y su rol
democratizador, y transmitirlo de forma transversal a nuestras futuras
generaciones de peruanos. Debemos empezar a desvelar lo que por mucho tiempo ha
estado velado: sin familia no hay educación de calidad, sin familia no hay
democracia, sin familia no hay sociedad.
Revista
Digital Fides et Ratio - Enero de 2009