
Santo Tomás de Aquino (1225-1274), el «Doctor Angélico», patrono de la educación católica
Artículo especial: la Iglesia Católica y Cuba
En las naciones castigadas por el comunismo,
Una persona me ha prestado su
"Material de Estudio/abril-junio 2008". Se trata de dos textos que
debieron estudiar los militantes del Partido y de
Yo los estudié, y es el segundo texto el que motiva este comentario,
específicamente uno de los diez párrafos que se identifican como
"ajustes", y que corresponden al capítulo final del texto: "Cambios
en las condiciones, en los métodos y en las estrategias" para aplicar el
socialismo en el siglo XXI.
El "ajuste 9" dice así: "La religión no necesariamente debe ser
enfocada como una forma de opio social en sí misma sino como un elemento con
posibilidades de asimilación y alianza para los objetivos programáticos
generales pues los valores éticos que promueve no son intrínsecamente
contradictorios con los del socialismo. Las relaciones que la religión promete
en el cielo, el socialismo lucha por construirlas en la tierra".
Aunque sin perder la ambigüedad, es una idea que hasta cierto punto se
distancia de las antiguas concepciones leninistas sobre la religión. Hay
ciertamente un cambio, una intención de adaptar la estrategia a los tiempos
presentes. Eso es también hacer política. Pero las religiones no pueden
entenderse desde el prisma político. La torpeza práctica de Lenin, engendrada
por la idea de que la religión era un "producto y reflejo de la opresión
económica", lo llevó a intentar erradicar la religión e implantar el
ateísmo, lo cual no sólo fue estéril, también contraproducente para sumar
adeptos al proyecto que pretendía redimir a la especie humana. Si en ocasiones
habló de la necesidad de no espantar a los cristianos y en el Proyecto de programa
del Partido comunista ruso habló de eludir "cuidadosamente toda ofensa a
los sentimientos de los creyentes", lo hizo para evitar que se afianzara
-por oposición- "el fanatismo religgioso". Al líder comunista se le
hacía difícil controlar su desprecio por la religión, y en sus numerosos
artículos, discursos y cartas no sólo se regodeó en aquello de "opio del
pueblo" como argumento frente a lo que consideraba "opresión
espiritual" de la que el materialismo marxista era "implacable
enemigo", sino que desató sus propios sentimientos contra "los curas
mojigatos y burgueses", contra la religión como "una de las cosas más
repugnantes que existen bajo la capa del cielo", "enemigo milenario
de la cultura y el progreso", "la infamia más incalificable",
"necrofilia ideológica"... Y en carta de regaño a Máximo Gorki,
calificó a los socialistas cristianos como "el peor tipo de ‘socialismo' y
su peor tergiversación"... Con Lenin no había arreglo, diríamos hoy.
Pero a diferencia de Marx, Engels y otros teóricos y propagadores del
"ateísmo científico", Lenin puso en práctica sus ideas, las suyas y
lo que interpretó de los anteriores, y su estilo, métodos y conclusiones, ahora
como verdadera ideología religiosa, prevalecieron y no fueron ya cuestionados
siempre que se intentó, e impuso un Estado socialista en el mundo. La causa es
desgarradoramente simple: una ideología exaltada e intolerante -al menos la
obra de los exaltados e intolerantes que prevalecieron-, y que a la postre
demandó, para sí, el sentimiento religioso de los ciudadanos. Si el socialismo
del siglo XXI deja estos sentimientos y convicciones en el siglo XX, algo se ha
avanzado. Pero habría que despojarse de algo más que sentimientos.
Si en el siglo XIX muchos socialistas y comunistas propugnaban que la religión
era un asunto privado con respecto al Estado (no fueron los primeros), Lenin
torció la idea para llevarla en otra dirección, hacia la intolerancia religiosa
propiamente: "El Partido del proletariado exige del Estado que declare la
religión asunto privado; pero no considera, ni mucho menos, ‘asunto privado' la
lucha contra el opio del pueblo, la lucha contra las supersticiones religiosas,
etc. ¡Los oportunistas tergiversan la cuestión como si el Partido
Socialdemócrata considerase la religión un asunto privado!" Esta exigencia
de Lenin al Estado fue presentada en mayo de 1909, cuando aún la revolución
rusa no era un hecho, cuando el Partido de los comunistas rusos se llamaba
Socialdemócrata y no se había apoderado del Estado, lo que ocurrió en 1917. Fue
entonces, al alcanzar el poder, cuando la lucha contra la religión pasó a ser
un asunto de Estado, en correspondencia con el Partido que regía tal Estado,
reconstruido ahora para sus intereses.
Ya no era cuestión de sentimientos individuales, sino de una estrategia
necesaria al programa ideológico. El patrón se repitió, con algunas variantes,
en las demás naciones socialistas. Las consecuencias son harto conocidas.
En el siglo XXI, con la experiencia destrozada del socialismo real, o al menos
lo que fue practicado por los seguidores de los clásicos del materialismo
científico especialmente allí mismo donde nació, con la realidad de la
globalización no sólo económica y cuando la fiebre por el consumo rebasa el
mundo desarrollado, mientras las injusticias y desigualdades continúan siendo
un reto para todo ser humano que piense un poco en sus semejantes, ¿cómo puede
ser la religión "un elemento con posibilidades de asimilación y alianza
para los objetivos programáticos generales" del socialismo? Si los objetivos
del nuevo socialismo son el respeto a la diversidad de criterios económicos,
políticos y hasta religiosos; si socialismo significa hoy socializar la
cultura, la política, la economía, el pensamiento en función de la comunidad en
general y no de un partido exclusivo y excluyente, sería comprensible la
afirmación, aunque es preferible hablar de individuos religiosos y no de
religión, pues esta remite a lo trascendente, a Dios propiamente.
La religión que intento practicar no sin dificultad cada día tiene su origen en
el amor de Dios encarnado en Jesucristo, y puede expresarse en una sola frase:
"Ámense unos a otros como yo los he amado". Está claro que los
valores éticos del cristianismo no sirven para sustentar el odio y la lucha de
clases. Puede argumentarse que la realidad política -las relaciones
interpersonales y entre naciones- es muy complicada para aplicar semejante
propuesta. Por ello los cristianos, conocedores de los límites humanos para
alcanzar la felicidad completa, hablamos de un reino que no es de este mundo,
pero que en este mundo comienza a ser gestado mediante el compromiso en la
construcción de una sociedad más justa. El Sermón de
Pero las relaciones que, según el "ajuste 9", "el socialismo
lucha por construir sobre la tierra" -el reino de dios en este mundo-
necesitan del Estado socialista, no de la religión, o de
¿Cómo aspirar a una sociedad más justa en la que los cubanos -no importa si
socialistas, liberales, socialdemócratas, creyentes o no- puedan aportar desde
su individualidad, desde su inteligencia y desde su capacidad de gestión, con
sentido de pertenencia a la comunidad donde viven? El respeto a la libertad y a
la ley justa debe ser privilegiado, de palabra y de obra.
¿Es necesario mirar en el pasado? Las sugerencias del padre Félix Varela al
respecto son lámpara encendida. Y si la falta de fe fuera un obstáculo, si lo
religioso y lo que representa produce desconfianza en algunos ideólogos del
patio, ¿por qué mirar tan lejos? Para programa de república y nación tenemos a
José Martí. Prefiero a Martí. Es nuestro, y en eticidad y agudeza política
supera a todos los importados.
Muchos de los males que criticamos hoy en nuestra sociedad fueron previstos por
Martí. No era socialista, ciertamente, tampoco fue un capitalista. Era un
soñador de la república, de la convivencia de los diferentes, del consenso y de
la libertad responsable. Su pensamiento agudo adelantó los males del
capitalismo monopolista y salvaje; así como los peligros de las ideas
socialistas que vio nacer: el odio de clases; el peligro de corromper a los
pueblos al buscar solamente los fines terrestres; el excesivo peso del Estado
abrumado él mismo en sus innumerables empresas y empleados públicos; el
funcionarismo autocrático. "¡Mal va un pueblo de oficinistas!", parece
gritarnos desde el pasado.
Pero la gran dosis de bondad de Martí no llevaba la condena explícita a ninguna
tendencia política, porque para él toda obra humana, toda organización social,
como el hombre mismo que la crea, podría esparcir el mal si no es guiada por la
idea superior del bien para unos y otros. Y en su crítica a aquel libro de
Herbert Spencer sobre el socialismo -La futura esclavitud- dijo a los
políticos, no importa de qué tendencia, lo que no fue capaz de decir Spencer a
los socialistas de su época: "¡Yerra, pero consuela! Que el que consuela,
nunca yerra".
Cuando se tiene semejante convicción, cuando el político es capaz de reconocer
que no tiene la verdad absoluta, que su obra no es perfecta y necesita de los
demás para avanzar, cuando a esto une su compromiso de aliviar el peso
inevitable de las calamidades sociales que cae sobre los ciudadanos, y para
ello busca en sí y fuera de sí las fórmulas flexibles y esperanzadoras, ¿qué
importa si se es socialista o liberal? Cuando la política, y quienes hacen
política en Cuba, vista el sagrado manto de lo humano sobre la piel ideológica
de preferencia, estaremos todos en mejores condiciones de establecer alianzas,
porque lo que nos une y hará progresar, a pesar de las opciones políticas, es
la condición humana compartida en esta tierra.
Nota del autor: Las
citas de Lenin son tomadas del folleto “Acerca de la religión”, Ed. Progreso,
Moscú, 1973. La cita de Engels es tomada de su "Introducción" a Las
guerras civiles, de K. Marx. Obras escogidas, t. I, Ed. Política,
Revista
Digital Fides et Ratio - Diciembre de 2008