
Agnus Dei, qui tollis pecatta mundi, dona nobis pacem
Editorial
«En realidad no hay ninguna razón para pensar que existe un conflicto entre la Iglesia y la astronomía porque la fe que tiene miedo de la verdad, no es fe.»
La frase fue pronunciada en octubre pasado por el padre Consolmagno, miembro del Observatorio Vaticano. Resulta tan contundente como definitoria, más aún en estos tiempos en los que la ciencia ha pretendido convertir al hombre-criatura en hombre-dios, independiente y autónomo, falazmente liberado del Creador.
Esta línea intelectual, inaugurada en 1879 por la Revolución Francesa y sedimentada a lo largo de los siglos, nos ha llevado a la dictadura del materialismo, en sus dos vertientes feroces: el capitalismo y el comunismo, que se asemejan en realidad más de lo que se diferencian.
De hecho, basta recordar lo que San Juan nos legó en el maravilloso libro del Apocalipsis. Durante la secuencia de las siete trompetas (en la que describe siete «cambios de rumbo» en la historia de la Iglesia), se nos relata un periodo de «cinco meses de años» (cinco por treinta nos da ciento cincuenta años, el tiempo que media entre la revolución francesa de 1789 y el inicio de la segunda guerra mundial en 1939) acaecido en la quinta trompeta, cuando langostas infernales asolan a la humanidad.
¿Acaso las langostas infernales no son las temibles ideologías que aterraron durante ese lapso a la humanidad, alejándola de Dios y convirtiéndola en este cúmulo de criaturas orgullosas, autosuficientes, que se destruyen entre sí en nombre del odio y del dinero?
Quizás cuando comprendamos que la única revolución en la historia humana ha sido el nacimiento de Cristo, podramos entender que el principio y el fin del hombre está en nuestro Creador, Uno y Trino, que nos ha amado desde el inicio y para siempre.
Revista Digital Fides et Ratio - Noviembre de 2007