El Rostro de Nuestro Señor en el Santo Sudario

Agnus Dei, qui tollis pecatta mundi, dona nobis pacem

Editorial

En este tiempo de Cuaresma, intentamos desde nuestra pequeñez trazar en nuestras vidas un paralelo con el ejemplo de Nuestro Redentor quien se entregó a 40 días de penitencia en el desierto para ser sometido a las tentaciones de Satanás. 

Es interesante percibir que son muchos los cristianos, y los católicos en particular, que han dejado de creer en la existencia de Satanás, sus compañeros ángeles caidos y el propio Infierno. Incluso, como parte de un carnaval mediático, se ha intentado oponer los conceptos vertidos por el extinto Siervo de Dios Juan Pablo II y su Santidad Benedicto XVI, montándolos como antagónicos en cuanto a la naturaleza del Infierno.

No podemos olvidarnos que tanto la existencia de los ángeles buenos (como nuestros ángeles custodios) como de los demonios (ángeles caidos, incluyendo al propio y real Satanás) es indudable merced a la Sagrada Escritura y a afirmaciones de los Padres de la Iglesia y a los estudios de Santo Tomás de Aquino. Por su parte, el infierno es, para nosotros los católicos, una verdad de Fe ya remarcada en 1215 con el IV Concilio Lateranense. Asimismo, son múltiples los mensajes marianos y las visiones de santos de la talla de Santa Teresa de Jesús o San Juan Bosco que han visto el Infierno con sus propios ojos. 

La mejor estrategia del demonio es hacernos creer que no existe, versaba un escritor hace siglos. Es bueno en estos tiempos cuaresmales recordar que su intrigante presencia es un hecho cierto y concreto, como así también lo es la próxima y dura victoria del Reino de Cristo.

 

Revista Digital Fides et Ratio - Marzo de 2008

 

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