El Rostro de Nuestro Señor en el Santo Sudario

«La sabiduría todo lo sabe y entiende» (Sb 9, 11)

Editorial

¿Cómo definir a la ciencia? Existe toda una disclipina, la epistemología, encargada de estudiar a la propia ciencia, o siendo algo más precisos, a la teoría del conocimiento. Por lo pronto, un modo simple de intentar definir a la ciencia es considerarla como la sistematización del conocimiento. El hombre ha intentado realizar esta sistemática desde sus propios orígenes, ya sea para la ciencia en su forma pura como para sus aplicaciones, incluyendo a la tecnología.

Más difícil aún es definir a la Fe. Según el Catecismo de la Iglesia Católica, la Fe «es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a él, dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca el sentido último de su vida» (CIC #26). San Pablo inicia el capítulo 11 de la carta a los Hebreos diciéndonos: «La Fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven».

Fundamentalmente en los últimos siglos, los considerables avances en las áreas del conocimiento han llevado incluso a una real divinización de la razón, que, al profundizar en el hombre como sujeto, lo lleva a olvidar su real fin y su destino trascendente. Así, la condición del ser humano como persona íntegra, desde el momento de la concepción hasta el último de sus días terrenos, se convierte en el destino de conceptos arbitrarios y pragmáticos donde la técnica es soberana.

Sólo es posible explicar aberraciones como la aborto, la eutanasia, la pena de muerte, los genocidios, el comunismo, el nazismo o el mercantilismo capitalista a la sombría luz de esta despersonalización pseudocientífica del hombre. Durante centurias, se han abierto heridas profundas entre la ciencia y la Fe, en ocasiones hasta mostrarlas como irreconciliables o incluso antagónicas. En todos los casos, han sido en forma retrospectiva muy claros los intereses a los cuales esta fantasía absurda resultaba (y resulta) servicial.

Quisiera concluir este primer comentario editorial con un fragmento significativo de la Introducción a la Encíclica "Fides et Ratio", del Siervo de Dios Juan Pablo II, redactada allá por 1998.

¡Qué Dios los Bendiga!

 

Leonardo Gilardi - Director

 «La Iglesia, por su parte, aprecia el esfuerzo de la razón por alcanzar los objetivos que hagan cada vez más digna la existencia personal. Ella ve en la filosofía el camino para conocer verdades fundamentales relativas a la existencia del hombre. Al mismo tiempo, considera a la filosofía como una ayuda indispensable para profundizar la inteligencia de la fe y comunicar la verdad del Evangelio a cuantos aún no la conocen.

Teniendo en cuenta iniciativas análogas de mis Predecesores, deseo yo también dirigir la mirada hacia esta peculiar actividad de la razón. Me impulsa a ello el hecho de que, sobre todo en nuestro tiempo, la búsqueda de la verdad última parece a menudo oscurecida. Sin duda la filosofía moderna tiene el gran mérito de haber concentrado su atención en el hombre. A partir de aquí, una razón llena de interrogantes ha desarrollado sucesivamente su deseo de conocer cada vez más y más profundamente. Se han construido sistemas de pensamiento complejos, que han producido sus frutos en los diversos ámbitos del saber, favoreciendo el desarrollo de la cultura y de la historia. La antropología, la lógica, las ciencias naturales, la historia, el lenguaje... , de alguna manera se ha abarcado todas las ramas del saber. Sin embargo, los resultados positivos alcanzados no deben llevar a descuidar el hecho de que la razón misma, movida a indagar de forma unilateral sobre el hombre como sujeto, parece haber olvidado que éste está también llamado a orientarse hacia una verdad que lo transciende. Sin esta referencia, cada uno queda a merced del arbitrio y su condición de persona acaba por ser valorada con criterios pragmáticos basados esencialmente en el dato experimental, en el convencimiento erróneo de que todo debe ser dominado por la técnica. Así ha sucedido que, en lugar de expresar mejor la tendencia hacia la verdad, la razón, bajo el peso de tanto saber, se ha doblegado sobre sí misma haciéndose, día tras día, incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser. La filosofía moderna, dejando de orientar su investigación sobre el ser, ha concentrado la propia búsqueda sobre el conocimiento humano. En lugar de apoyarse sobre la capacidad que tiene el hombre para conocer la verdad, ha preferido destacar sus límites y condicionamientos.

Ello ha derivado en varias formas de agnosticismo y de relativismo, que han llevado la investigación filosófica a perderse en las arenas movedizas de un escepticismo general. Recientemente han adquirido cierto relieve diversas doctrinas que tienden a infravalorar incluso las verdades que el hombre estaba seguro de haber alcanzado. La legítima pluralidad de posiciones ha dado paso a un pluralismo indiferenciado, basado en el convencimiento de que todas las posiciones son igualmente válidas. Este es uno de los síntomas más difundidos de la desconfianza en la verdad que es posible encontrar en el contexto actual. No se substraen a esta prevención ni siquiera algunas concepciones de vida provenientes de Oriente; en ellas, en efecto, se niega a la verdad su carácter exclusivo, partiendo del presupuesto de que se manifiesta de igual manera en diversas doctrinas, incluso contradictorias entre sí. En esta perspectiva, todo se reduce a opinión. Se tiene la impresión de que se trata de un movimiento ondulante: mientras por una parte la reflexión filosófica ha logrado situarse en el camino que la hace cada vez más cercana a la existencia humana y a su modo de expresarse, por otra tiende a hacer consideraciones existenciales, hermenéuticas o lingüísticas que prescinden de la cuestión radical sobre la verdad de la vida personal, del ser y de Dios. En consecuencia, han surgido en el hombre contemporáneo, y no sólo entre algunos filósofos, actitudes de difusa desconfianza respecto de los grandes recursos cognoscitivos del ser humano. Con falsa modestia, se conforman con verdades parciales y provisionales, sin intentar hacer preguntas radicales sobre el sentido y el fundamento último de la vida humana, personal y social. Ha decaído, en definitiva, la esperanza de poder recibir de la filosofía respuestas definitivas a tales preguntas.»

 

Revista Digital Fides et Ratio - Marzo de 2006

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