
Agnus Dei, qui tollis pecatta mundi, dona nobis pacem
Editorial
Es frecuente que en el mundo de la ciencia se considere a las casualidades como grandes motores de cambio. Así, por ejemplo, se presume que la existencia del ser humano es fruto de una mutación ocasional ocurrida en el genoma de un primate, o bien que las formas de vida en la Tierra se originaron a partir de una combinación fortuita de moléculas orgánicas.
Esta visión elimina, desde todo punto de vista, la magnificencia de los seres vivos y, en especial, la trascendencia del hombre, creado a imagen y semejanza de la Santísima Trinidad desde el momento de la concepción.
Es sorprendente: en lugar de maravillarnos por la hermosa Creación, la ciencia secular se ha dedicado a la búsqueda de múltiples causas sin advertir que existe una Causa primera. Si hemos admitido y estudiado detalladamente desde Freud a esta parte que ni siquiera los accidentes son fruto del azar... ¿por qué resulta tan difícil advertir que la asombrosa complejidad del mundo inerte y de los seres vivos escapa a la mera suma de hechos ocasionales?
Quizás sea una buena explicación advertir que sólo con esa concepción de la realidad exista lugar para crímenes horrorosos como el aborto, la eutanasia o los genocidios étnicos, naturales en una realidad economicista y sin lugar para Dios. Acaso ese modelo de universo es el que da cabida a considerar que instituciones como el matrimonio y la familia, tan antiguas como el género humano y anteriores a toda otra estructura social, sean consideradas obsoletas y «autoritarias».
El concepto erróneo del hombre como cúspide de lo existente, capaz de dictarse sus propias y funestas normas, puede llevar a que nuestra libertad, deseada por el propio Dios, nos autodestruya mientras seguimos dando la espalda al único Camino que lleva al Padre.
Revista Digital Fides et Ratio - Febrero de 2007