
Credo
in unum Deum, Patrem omnipotentem,
factorem coeli et terrae, visibilium omnium et invisibilium.
Tal cual hemos debatido en ediciones anteriores, casi todos los planetas del sistema solar poseen pequeños cuerpos sólidos que orbitan a su alrededor, llamados satélites. Sólo Mercurio y Venus carecen de ellos. Asimismo, una de las características de los grandes planetas gaseosos (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno) es la de estar rodeados de un considerable número de satélites de los más diversos tamaños. Algunos, como el Io de Júpiter o el Titán de Saturno, tienen incluso dimensiones planetarias; sin embargo, muchos son pequeños fragmentos rocosos de forma irregular de unos pocos cientos de kilómetros de eje mayor, como los dos diminutos satélites de Marte (Phobos y Deimos, miedo y terror en griego), también diminutos e irregulares.
Excluyendo
a Plutón, recientemente devaluado de la categoría
de planeta a la de un cuerpo menor, nos queda la Tierra con una característica
particular: el
gran tamaño de la Luna en relación a su planeta madre. Es
que nuestra Luna tiene cerca de un quinto de la masa de la Tierra. Este fenómeno
permite una gran influencia desde el punto de vista gravitorio entre el planeta
y su satélite. Esta notable relación de masas ha hecho que muchos astrónomos
crean que Tierra–Luna es en la práctica un planeta doble.

Figura 1.- La Tierra y la Luna (¿planeta doble?)
La
existencia de cuerpos dobles quizás les llame la atención, pero es bien
conocida en Astronomía. De hecho, la mayoría de
las estrellas forma sistemas dobles (el más popular lo conforman Sirio y su
pequeña compañera, Sirio B), siendo nuestro Sol una excepción (una más entre
tantas, que oportunamente comentaremos).
Lo
cierto es que la Luna ejerce una poderosa influencia sobre nuestro mundo. Sin ir más lejos, además de
adornar nuestros cielos nocturnos, es la responsable de las mareas, claves para
el entendimiento, navegación y comprensión de los océanos de nuestro mundo.
Sin una Luna de la masa, distancia y condiciones físicas adecuadas, los océanos
estarían librados a movimientos anárquicos dependientes tanto de fuerzas
predecibles (vientos, rotación terrestre) como de aquellas imponderables (la
actividad solar, el paso de cometas o meteoros, terremotos y un largo etcétera).
La regularidad de los
movimientos de la Luna en torno a la Tierra y sobre sí misma, además de
su fuerza de gravedad, nos permiten un armonioso ciclo
de mareas, gracias al cual podemos asentarnos frente a
las grandes masas de agua, predeciendo su conducta.

Figura
2.- Plenilunio
Nuestro
satélite (¿todavía
creen que es fruto del azar o la casualidad...?) esconde, entre otros, un
interesante enigma: el de su capa de polvo. Como sabemos, la Luna es un cuerpo
de mínima o nula actividad geológica. No reinan allí volcanes, terremotos, océanos
o efectos erosivos de una inexistente atmósfera, y por lo tanto, su superficie
es sólo modelada por el impacto de meteoros y por la acción del Sol (en el
lado iluminado) o de las tinieblas eternas (en el lado oscuro). Por lo tanto,
las grandes cantidades de polvo cósmico que caen alli a diario se depositan,
molécula sobre molécula, formando una gran capa que da su color blanquecino a
la superficie, sólo alterado por la caída de meteoritos.
Mediante
distintas técnicas astronómicas, ha sido posible estimar la cantidad de polvo
cósmico que se
encuentra en los alrededores de la Tierra y la Luna. De hecho, esas mediciones
fueron tenidas en cuenta en la década de 1960 durante la planificación de la
travesía de la Apolo XI, estimándose que la capa de polvo que cubre la Luna
tendría no menos de veinte metros de espesor. La estimación motivó que se
invirtiera una considerable cantidad de dinero, incluso para decidir la forma en
que se plantaría la bandera norteamericana sobre tamaña capa de polvo... y
buscar el modo para que el módulo lunar no se hundiera en ese mar polvoriento.
El propio Neil Armstrong reconoció en varias entrevistas televisivas que su principal temor antes de pisar la superficie lunar era la posibilidad de hundirse por siempre en el polvo de la superficie. Afortunadamente, el 20 de julio de 1969 lo vio caminar, saltar y correr sobre el Mare Tranquilitatis selenita, clavando en una mínima capa de polvo la efigie estadounidense.

Figura
3.- Imagen tomada por la Apolo 17 sobre los montes Schmitt en la Luna
Es
que, lisa y llanamente, la capa de polvo estaba allí, pero era de una
envergadura increiblemente
menor que la esperada. De hecho, esto fue verificado luego por los doce
astronautas que pisaron nuestro satélite. Es posible plantearse distintas
posibilidades:
ü
¿Acaso los cálculos previos eran erróneos? Parece poco probable, ya que pudo
estimarse (por medición
directa de globos sonda) la cantidad de polvo en el espacio que separa la Tierra
de la Luna
ü¿Acaso
el hombre nunca pisó la Luna y se trata de una gran patraña? Existen hipótesis
conspirativas que sostienen esto que, de ser así, quizás sea una de
los mayores engaños de todos los tiempos
ü¿Acaso
existen mecanismos no conocidos que impiden el acúmulo de polvo? Para la
astronomía, la Luna es el mundo mejor conocido del universo después de la
Tierra, y todo parecería respondernos que no es así
ü¿Acaso
la Luna es mucho más joven de lo que pensamos? En realidad, la capa de polvo
documentada es compatible con unos pocos miles de años de existencia, y no con
los miles de millones con los que especulamos hoy día. Esta hipótesis,
chocante con muchos
paradigmas actuales, parece cobrar la suficiente revelancia si la comparamos con
la sugestivamente juvenil actividad
geológica de Io ó las
propiedades físicas de Mercurio.
Lo cierto y concreto es que, para asombrarnos una vez más, nuestra Luna, determinante fundamental para la vida en la Tierra, agrega una cuota de inquietud a nuestro presunto conocimiento del Cosmos. La edad del universo, teorizada en cuatro mil quinientos millones de años, parece reducirse a medida que detectamos nuevas evidencias. Y será el turno de explorar las maravillas de nuestro Sol, en la próxima edición, para adentrarnos algo más en este sorprendente tema.