
Credo
in unum Deum, Patrem omnipotentem,
factorem coeli et terrae, visibilium omnium et invisibilium.
La ciencia ha sido capaz a fines del siglo XX de demostrar que existen otros sistemas planetarios, es decir, otras estrellas rodeadas de planetas, además de nuestro Sol. Esto nos obliga a efectuar algunas consideraciones.
El Sol, en efecto, es una estrella, la más cercana a la Tierra, alrededor de la cual nuestro mundo orbita cada 365 días. Nos separan del Sol en promedio unos 150 millones de kilómetros. Esa distancia puede parecer inconmensurable; de hecho, equivale a unos cincuenta mil viajes de ida y vuelta entre Neuquén y Buenos Aires, por ejemplo. Sin embargo, en términos cosmológicos, es tan sólo un pequeño trecho...
Los
físicos se han visto obligados a idear formas de simplificar las cifras que
atañen a estas distancias y han diseñado a tal fin la llamada notación científica, en la cual se aprovechan las potencias del número
diez del siguiente modo:
150.000.000
kilómetros = 1,5 x 100.000.000 km = 1,5 x 108
km
Como
vemos, como recurso práctico, el exponente del diez nos indica cuantos lugares
hemos de «correr la coma»
para interpretar la cifra. Del mismo modo, si colocamos un exponente negativo el
«corrimiento de la coma» es en dirección contraria:
0,0008
gramos = 8 x 0,0001 gramos = 8 x 10–4
gramos
Si
esto no impresiona práctico, tenemos otro recurso interesante para
comprender lo abismal de esta distancia: considerar cuanto tiempo tarda la luz
solar en llegar a nuestro planeta.
De
acuerdo a múltiples experiencias, la velocidad de la luz (la máxima velocidad
existente en la Creación de acuerdo a la teoría de la relatividad) es de 300.000 kilómetros por segundo (3
x 105
km/seg). Por lo tanto:
300
000 km à
à
à
à
à
1 segundo
150
000 000 km à
à
à
à
à
500 segundos
Dado
que 500 segundos son 8 minutos con 20 segundos, ese es el tiempo que tarda la
luz del Sol en llegar
a la Tierra. Los astrónomos logran de esta manera convertir el tiempo en
distancia, afirmando que el Sol se encuentra a «8 minutos 20 segundos luz» de
la Tierra.
Figura 1.- El Sol. Se observan áreas de distinta actividad, incluyendo una llamarada en el ángulo superior derecho.
Esta
distancia es la ideal para que la luz, el calor, los rayos ultravioletas y otras
formas de energía procedentes del Sol lleguen en la proporción adecuada a
nuestro planeta para permitir de modo adecuado el desarrollo de la vida tal como
la conocemos. Cambios sutiles provocarían alteraciones catastróficas en el
clima y la radiación ambiental de la Tierra.
Ocurre
que el Sol, como las demás estrellas, es un gigantesco reactor nuclear, una
inmensa esfera sometida a temperaturas tan elevadas que la materia que la
compone no se encuentra en ninguno de los tres estados clásicos que conocemos
(sólido, líquido y gaseoso) sino en una suerte de cuarto estado denominado
plasma, en el cual los núcleos atómicos experimentan procesos extraordinarios.
El elemento químico predominante en el Sol (en realidad, en toda la Creación) es el hidrógeno. Los núcleos de los átomos de hidrógeno en estado de plasma se fusionan para dar lugar a núcleos de otros elementos, siendo la reacción largamente más frecuente la que nos lleva de 4 núcleos de hidrógeno a un núcleo de helio. Parte de la masa que los conforma se pierde para convertirse en energía mediante la difundida ecuación descripta por Einstein:
E
= m x c2
La
«c» representa a la
velocidad de la luz que mencionamos líneas arriba. Específicamente, cuatro núcleos
de hidrógeno (cada uno de los cuales «pesa» 1,66 x 10–27
kg) se convierte en un núcleo de helio, «perdiéndose» 4,2 x 10–12
joules de energía). Estas cantidades
son infinitamente pequeñas, es cierto, pero al llevarlas a términos cotidianos
estamos afirmando que por cada kilogramo de hidrógeno que se convierte en helio
en el Sol... se obtiene más energía que toda la producida por la humanidad en
todo el siglo XX.
Este
proceso sorprendente se denomina fusión nuclear y es el responsable de la
generación de la mayoría de la energía solar. Parte de esa energía es
expresada por unas partículas llamadas neutrinos, que carecen de masa y son
producidas a una escala
tres veces menor a la esperada por nuestras soberbias ecuaciones (salvo que el
Sol sea mucho más joven de lo que pensamos, planteo interesante que será
objeto de otro artículo).
Si
hasta aquí nuestra capacidad de asombro se ve impactada, seguramente lo
será mucho más cuando caemos a la cuenta de que cada una de las estrellas que
vemos adormando nuestros cielos nocturnos... es a su vez un sol.
Para
tan sólo comentar un detalle, la estrella que forma el «pie» del cazador en
la constelación de
Orión es un sol llamado Betelgeuse, situada a tal distancia de nosotros que su
luz tarda 300 años en llegar a nuestra mirada (por ello, está a 300 años-luz
de nosotros). Pues bien, Betelgeuse (Alfa Orionis para los astrónomos) es una
descomunal estrella de color rojo, centenares de veces mayor que nuestro Sol, y
que sería letal para nosotros si estuviéramos orbitando en torno a ella.

Figura 2.- Tamaño comparativo entre Betelgeuse y nuestro sistema solar
¿Más
detalles? Sirio (Alfa Canis Maior para los astrónomos), situada a 8 años-luz
de nosotros, es una monumental
esfera blanca tres veces más grande que el Sol. Sirio tiene una estrella
compañera, del tamaño de la Tierra, una pequeña «enana
blanca», una suerte de hermana que la acompaña, conocida con el poco original
nombre de Sirio-B.
Ø
existen centenares de miles de estrellas en la Creación, una de las cuales es
nuestro Sol
Ø
existen estrellas de distintos colores, fenómeno atribuible a diferencias en su
composición físicoquímica y, según algunos modelos, de edad. Las hay rojas (como Betelgeuse), azules (como Rigel), blancas (como Sirio),
anaranjadas y, aunque parezca increible, oscuras (los famosos agujeros negros).
Y, por supuesto, las hay amarillas (como el Sol), poco frecuentes, de
temperatura intermedia.
Ø
existen estrellas acompañadas por otros soles más pequeños,
como el caso de Sirio. Lejos de ser excepcional, esta es una condición harto
frecuente para numerosas estrellas, y en ese sentido, el Sol es una estrella atípica
(una vez más)
Ø
existen estrellas de distintos tamaños. Betelgeuse y Rigel son gigantescas
moles decenas de veces mayores que el Sol; la hermana menor de Sirio, en cambio,
es tan «pequeña» como la Tierra. Nuestro Sol es una atípica estrella (otra
vez...) por su tamaño intermedio
Ø
existen estrellas inestables desde el punto de vista energético, sobre
todo las azules y muchas blancas. El Sol es en ese sentido un reactor nuclear
particularmente estable, cuyos períodos de mayor actividad son incluso
predecibles al ser cíclicos (sí, tal como lo suponen esto también es atípico)
Parece ser claro que el Sol no es un fruto del azar, una estrella más entre las creadas; su tamaño, brillo, calidad de energía, predictibilidad, color y distancia a la Tierra la convierten en una estrella absolutamente excepcional, diseñada en forma inteligente y única, para gloria de Dios y para que agradezcamos día a día Su Sabiduría