
Credo in unum Deum, Patrem omnipotentem,
factorem coeli et terrae, visibilium omnium et invisibilium.
El ozono se
encuentra presente en
muy pequeñas cantidades en la atmósfera. Una de
las modalidades más utilizadas
para expresar su concentración son las unidades Dobson (UD).
Aproximadamente,
una UD equivale a un parte por billón en volumen de gas (1 /
1 000 000 000
000). En promedio, en la atmósfera terrestre se encuentran
entre 250 y 500 UD,
aunque de modo no uniforme; se reconoce que casi el 90% de todo el
ozono se
encuentra en una mal llamada “capa” a unos
Esta
“capa” es capaz de de absorber
gran parte de la radiación solar conocida como rayos
ultravioleta B (UVB). Este
espectro de ondas electromagnéticas puede provocar
alteraciones graves en los
tejidos, inducir mutaciones y cáncer, además de
matar al fitoplancton y, con
ello, acabar con la mayor parte de la vida marina.
Sin embargo, a
partir de 1970, se ha
denunciado que los clorofluorocarbonos (CFC), gases contenidos sobre
todo en
aerosoles y circuitos de refrigeración, se vinculan con la
disminución del
contenido atmosférico de ozono. En resumidas cuentas, el
cloro liberado por
estos gases es capaz de destruir las moléculas de ozono,
para liberar un átomo
de oxígeno y reducirla a la forma O2.
De este modo, el contenido de ozono atmosférico disminuye
progresivamente.
No obstante,
sólo desde fines de la
década de 1980 este problema fue dimensionado en su
importancia real, cuando se
demostró el llamado “agujero de la capa de
ozono” sobre el territorio
antártico. Por otra parte, debido a sus
características físicas, los CFC pueden
permanecer en la atmósfera por un promedio de 100
años, durante los cuales
continúan liberando cloro y, en consecuencia, convirtiendo
al ozono en oxígeno
convencional.
Dadas las
graves implicancias para todos
los seres vivos, es nuestro deber preservar la maravillosa
armonía de