
Adoro te devote, latens deitas, quae sub his figuris vere latitas: tibi se cor meum totum subicit, quia te conemplans totum deficit, visus, tactus, gustus in te fallitur. Sed auditu solo tuto creditur, credo quiquid deixit Dei Filius: nil hoc Verbo veritatis verius.
Sección Anecdotario: el cuento de la carpintería
Recibí
un bello cuento del que me parece podemos
aprender mucho y que a continuación transcribo.
Cuentan
que en la carpintería hubo una vez una
extraña asamblea. Fue una reunión de herramientas
para arreglar sus
diferencias. El martillo ejerció la
presidencia, pero la asamblea le notificó que
tenía que renunciar. ¿La
causa? ¡Hacía demasiado ruido! Y,
además, se
pasaba el tiempo golpeando.
El
martillo aceptó su culpa, pero pidió que
también
fuera expulsado el tornillo; dijo que había que darle muchas
vueltas para que
sirviera de algo.
Ante
el ataque, el tornillo aceptó también su culpa,
pero a su vez pidió la expulsión de la lija. Hizo
ver que era muy áspera en su
trato y siempre tenía fricciones con todos los
demás.
Y
la lija estuvo de acuerdo: “Me voy, pero siempre y
cuando sea echado fuera la cinta métrica, pues siempre se la
pasa midiendo a todos
los demás según su medida, como si fuera el
único perfecto".
Otros acusaban al serrucho por lastimarles tanto. En fin, que en la carpintería era un caos. Todos se acusaban de diversos “defectos” al notarse tan diferentes unos de otros.
En
eso entró el carpintero y todos se callaron. El
buen hombre se puso el delantal e inició su trabajo. Primero
tomó la cinta
métrica y comenzó a medir unos tablones de madera
y a marcarlos con un lápiz. Utilizó
el serrucho para hacer las tablas precisas. Luego las unió
con tornillos y se
ayudó del martillo. Por último les dio un acabado
perfecto y liso con la lija. Así
fue que la tosca madera inicial se había convertido en una
linda y útil mesa
para comer. El carpintero entonces se fue a su casa con su familia.
Cuando
la carpintería quedó nuevamente sola, la asamblea
reanudó la deliberación. Fue entonces cuando
tomó la palabra el serrucho, y
dijo: "Señores, óiganme todos. Ha quedado
demostrado que tenemos defectos,
pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades, no con nuestros
defectos.
Eso es lo que nos hace muy valiosos. Así que no pensemos ya
en nuestros puntos
malos y concentrémonos en la utilidad de nuestros puntos
buenos".
La
asamblea encontró entonces que el martillo era
fuerte, el tornillo unía y daba fuerza, la lija era especial
para afinar y
limar asperezas, el serrucho permitía moldear la madera y
observaron que el metro
era preciso y exacto.
Se
sintieron entonces un equipo capaz de producir muebles
de calidad. Se sintieron orgullosos de sus fortalezas y de trabajar
juntos.
Lo
mismo nos puede ocurrir. Al tratar de percibir
los puntos fuertes de los demás, es cuando florecen los
mejores logros humanos.
Es
fácil encontrar defectos, cualquiera puede
hacerlo, pero encontrar cualidades, eso es para los
espíritus superiores que
son capaces de inspirar todos los éxitos humanos.
Para
terminar recordemos las palabras de la Sagrada
Escritura que nos invita a vivir en unidad: “Hay diversidad
de operaciones,
pero uno mismo es el Dios, que obra todas las cosas en todos. Porque
también
todos nosotros hemos sido bautizados en un solo Espíritu,
para constituir un
solo cuerpo, y todos, ya judíos, ya gentiles, ya siervos, ya
libres, hemos
bebido del mismo Espíritu. De esta suerte, si padece un
miembro, todos los
miembros padecen con él; y si un miembro es honrado, todos
los otros a una se
gozan" (cfr. 1 Cor 12, 6. 13.26).
Revista Digital Fides et Ratio - Mayo de 2008