Un acercamiento al Dios cartesiano

Por Roberto Cruz Núñez

 

Hacia 1637, el proyecto de Descartes comienza su marcha. El Discurso del Método ha sido publicado entre otros escritos de carácter científico. Éste ha salido a la luz con el propósito de servir como un lazo metódico que logre unificar los criterios en la manera de realizar experimentación científica. Podríamos decir igualmente que, el propósito de las Meditaciones Metafísicas (1641) es encontrar un criterio firme y objetivo para la ciencia. A Descartes le preocupa el modo en que puedan afectarse los modelos del mundo que intenten reproducir fenómenos durante la experimentación. Es necesario recalcar que para estas fechas, la Santa Inquisición tiene un gran auge a lo largo de toda Europa. Importantes científicos de la época han muerto o han sido perseguidos acusados de herejía. Así pues, Descartes se anda con cuidado. Sabe que no puede realizar ninguna obra que contradiga los preceptos de la Iglesia porque puede correr el mismo riesgo que sus demás colegas. Es patente que en la obra de Descartes se tienen intereses epistemológicos, y no tanto teológicos, como pudiera aparentar; pero averigüemos cómo es eso.

 

El programa o itinerario que siguen las meditaciones cartesianas llevan un orden lógico que corresponden, indudablemente, al método trazado en su gran obra de 1637. Así pues, el criterio de verdad utilizado será descartar todo aquella creencia a la que pueda introducirse un mínimo de duda sobre su certeza. Descartes quiere hallar certezas absolutas sobre las cuales fundar todo el edificio del conocimiento. Las creencias que representen certezas absolutas deben ser claras y distintas por sí mismas. Es decir, aquellas creencias básicas en las que se sostengan el resto de las creencias no deben ser capaces de admitir posibilidad de duda alguna.

 

Para este propósito, encontrará Descartes que será más fácil analizar cada una de las creencias básicas que halle; pues, si encontrara la posibilidad de dudar de una de estas, todas las creencias que se basen en ella también caerán. Así pues, no tendrá que revisar creencia por creencia, lo cual sería una labor bastante exhaustiva y tediosa. Pero, ¿cuáles son aquellas creencias básicas que sostienen el edificio del conocimiento y que Descartes encuentra? Son cuatro: la confianza en los sentidos, la confianza en la realidad espacio-temporal, la confianza en la infalibilidad de las ciencias formales, y la confianza en la razón. A continuación analizaremos cada una de estas creencias básicas según el programa de Descartes.

 

Sobre la confianza en los sentidos, Descartes encuentra motivos suficientes para desconfiar de ellos. No son en sí mismos condición suficiente para la justificación del conocimiento. Son representaciones del mundo, génesis de conocimiento, más no bastan por sí solos. Basta con sólo una vez que hayamos notado que hemos sido engañados por ellos para no confiarles el fundamento del conocimiento. Sobre la realidad espacio-temporal, encontramos que no hay, en definitiva, un criterio fijo y firme sobre el cual discernir qué es real y qué no lo es. Esto sería, poder no sólo distinguir sino también justificar la diferenciación entre el sueño y la vigilia; sin poderlo hacer, desembocamos a la conclusión de que la realidad es volátil. Sobre las ciencias formales, ellas son aún muy complejas como para ser dominadas a la perfección por la mente humana. La razón del hombre es finita e imperfecta; por ello, es posible que me equivoque en la solución de problemas mediante las ciencias formales. Errar es fácil por causa del hombre. Sobre la confianza en la razón, Descartes utiliza la duda hiperbólica que nombra “el genio maligno”. Esto supone, la introducción de una hipótesis que sugiere que el hombre caiga sistemáticamente en el error; esto es, siempre. La causa de nuestro error sería ajena a nosotros. No es necesario comprobar la existencia del genio, sólo basta la hipótesis. En cuanto a los dos primeros niveles de duda (los que se refieren a los sentidos y a la realidad espacio-temporal), ya se ha logrado retroceder hasta la subjetividad, nuestro mundo personal de representaciones. Los niveles de duda restantes imposibilitan a Descartes apoyarse con su razón.

 

El paso siguiente es muy interesante de analizar. Descartes debe idear un plan para abandonar la incertidumbre absoluta que pone en riesgo toda posibilidad de conocimiento. Así pues, desde el 4º nivel de duda comenzará a reconstruir el sistema de creencias mediante la siguiente deducción: piensa Descartes que por más que lo engañe el genio maligno, nunca podrá persuadirlo de que es a él mismo a quien engaña. De lo único que no podrá dudar Descartes es de la predicación que se atribuye al dudar. La duda que le produce el genio lo remite a la acción de pensar. Y este “pensar” no necesita un contenido específico de pensamiento, sino la misma acción de pensar. Piensa Descartes, si dudo luego pienso; y si pienso, luego existo: cogito ergo sum. Es la única certeza clara y distinta con la cual la duda metódica se detiene. Sin embargo, el problema consiste ahora en que el cogito no tiene ningún compromiso con la objetividad. Descartes ha quedado varado en el solipsismo; aparentemente abandonado por la posibilidad de regresar al mundo objetivo.

 

Para cumplir sus pretensiones epistemológicas, Descartes necesita de un ser trascendente que logre unir su mundo de representaciones subjetivas con la objetividad. El filósofo francés verá en Dios el sustrato metafísico sobre el cual pueda apoyar la posibilidad de la ciencia. El nuevo problema es comprobar la existencia de Dios con el problema del solipsismo. Pero ¿qué “herramientas” puede utilizar para ello? Las ideas. Descartes piensa que todas las ideas en la mente deben tener una causa. Pero hay ideas que no pueden ser causadas por un ente finito e imperfecto que duda, estas son: las ideas de infinitud y perfección. Estas ideas deben ser causa, entonces, de un ente necesariamente externo e independiente de mí que sea, a su vez, perfecto e infinito. Ese ente externo a mí que sea causa de dichas ideas no puede ser el genio maligno pues él mismo es imperfecto: es engañador. Por tanto, la causa de tales ideas debe ser Dios. Así pues, si Dios existe, luego tengo la garantía de la existencia de una realidad espacio-temporal objetiva -fuera de mí, aunque me sea difícil distinguirla-. La imperfección tanto en el uso de las ciencias formales como de mis sentidos se vuelve perfectible mediante el juicio de la razón.

 

El Dios cartesiano no es un dios cristiano ni antropomórfico y, por supuesto, su tratado no es un tratado meramente teológico. El Dios cartesiano se aproxima más a un lógos regulador, ordenador; no es un Dios cognoscente, sino un principio de conocimiento. Él es el sostén de la realidad que posibilita su conocimiento sistemático. Sus Meditaciones Metafísicas representan las inquietudes epistemológicas de su autor. Notemos la base metafísicas a la cual tiene que recurrir Descartes para la reconstrucción del mundo. El sostén de la realidad trasciende la relación sujeto-objeto; se halla fuera de este mundo.

 

 

Bibliografía.-

 

Descartes, René, Meditaciones metafísicas, Editorial Porrúa, México, 1998.

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