Intención tuve de titular este cuento…que juzgue Dios
Esta es la historia de un pequeño pueblo inmerso en la levedad de la rutinaria vida de campo y de cómo sus habitantes juzgaron con palabras divinas las obras de su único joven, que lo único que hizo fue pecar.
La vida cotidiana del pueblo se desarrollaba entre, simplemente, 34 habitantes. De esto hacia apenas un par de meses. Después de la muerte del cura Guillermo de Tocqueville la parroquia permanecía vacía, así que la arquidiócesis había tomado la determinación de enviar un nuevo padre. Al pueblo ya no parecían importarle las cuestiones del eterno paraíso, prometido bajo las condiciones del bien obrar, que nuestro difunto padre procuraba promover entre los refunfuñantes habitantes. Éstos, movidos a cumplir con el correcto comportamiento por las comisiones que el padre imponía por cada pecadillo, más que por el deseo de que su humilde alma fuera aceptada en el paraíso, aceptaban las reglas del juego. Ahora al pueblo parecía importarle más los beneficios de los imposibles negocios que el nuevo juez, enviado desde la gran capital de ensoñación, tenía el agrado de dar a conocer entre los campesinos.
El juez Bernardo Daudet era el encargado, como todo juez, de la correcta impartición de justicia que, como lo dictaban los nuevos cánones, debería ser sin la influencia de inclinaciones políticas ni éticas, sino únicamente bajo la expresa normatividad de la ley. Acción que nunca llevó a cabo nuestro amado juez, por no ser él el responsable de promover, ni actuar, ni de hacer cumplir y tampoco de regular las acciones de acuerdo a estos nuevos cánones.
El difunto padre sostenía buena relación con la mayoría de las personas del pueblo, convivía con todos, confesaba a algunos, pero desde hacía ya muchos años no casaba a nadie, pues ya no quedaban ni jóvenes ni señoritas que pretendieran consumar las nupcias. Aunque a algunos no les fue del todo agradable su carácter firme que, en ocasiones llegó a ser pedante y pretencioso, en el pueblo vivía un joven, el único, Astrolabio Istrati a quien el padre Guillermo estimaba tanto que, ambos se acercaron con la familiaridad propia del amor.
Astrolabio aprendió algunas cosas sobre teología y ética que el padre Guillermo le enseñaba en sus ratos libres. Sin embargo su condición pobre, la pesada carga de mantener a su madre con su trabajo en el campo y su introversión generada de la convivencia con cereales en cultivo, no le permitieron desarrollar su capacidad intelectual, por el contrario se refugiaba en su propio pensamiento, divirtiéndose imaginando las sospechas de la gente sobre lo que podría llegar a pensar un joven de su condición.
En el pueblo todo transcurría según la normalidad reiterada en los últimos meses, los campesinos sembraban sus tierras, los viejos, sin darse cuenta, veían como su pueblo se volvía cada ves más obsoleto e inerte, de la casa del juez salía un hombre despidiéndose presurosamente, con un negocio entre las manos que, seguramente, no traería beneficios más que al juez. En fin, era una mañana como cualquier otra. Nadie en el pueblo, ni el juez ni Astrolabio en particular, sospechaban que ese día dejaría de existir el destino de cada uno, que a partir de ese momento el rumbo de sus vidas dependería expresamente de la forma en la que planearan sus acciones.
* * *
Caminando por el único sendero que conducía al pueblo se acercaban dos personas, una de menor estatura que la otra, pero por la lejanía no se alcanzaba a distinguir si eran hombres o mujeres. En aquel momento el pueblo se detuvo como si una voz, en la cabeza de cada uno de los habitantes que alcanzaban a mirar el sendero, les ordenara que volvieran la mirada hacia aquellas dos personas. Eran el padre Fulbert Gide de 82 años y la tierna Eloísa Brillat-Savarin de apenas 17 años. Por supuesto quien apresuró el paso para recibir a los nuevos visitantes fue el juez Bernardo.
-¡No pudo ser en mejor momento su llegada padre! he sabido que es usted el padre pues lleva una… sotana de finas telas y una maleta llena de fe, ansiosa de ser repartida entre los habitantes de este pueblo, que muy necesitados están de ella pues la han dejado abandonada por negocios que pocos frutos les dejan, y que sin embargo siguen empeñados en acreditar. Además de su honorable y oportuna llegada, nos honra, a usted y a nosotros, con su compañía esta delicada señorita de admirable y portentosa belleza que merece no menos que mis ingentes elogios.
-Que perspicaz observación -respondió- imagino que deben requerirse agudos sentidos para notar tales eventos. -Mi nombre es Fulbert Gide y esta es mi sobrina Eloísa. He sido enviado para cubrir el cargo de párroco de la iglesia del Sagrado Corazón del Ch. Mi sobrina me acompaña, pues ha quedado huérfana debido a lamentables sucesos que es preferible no mencionar. -Tengo pleno conocimiento de todo padre, supongo que les han dicho que aquí serían bien recibidos por mi, yo soy Bernardo Daudet el juez de este pueblo. Permítanme acompañarlos a sus aposentos, en el camino discutiremos más acerca de los pendientes que apremian.
El terreno que trabajaba Astrolabio se encontraba justo al lado del sendero que conducía directamente a la entrada de la iglesia, de esta forma fue como pudo percatarse de la llegada de aquellas personas, hasta ese momento desconocidas para él. Sorprendido y ansioso quedó cuando aquella misteriosa mirada alcanzó la suya, haciéndolo pensar, cuanto tiempo hacía que no observaba a una mujer tan hermosa como aquella, sin reparar en que hacía mucho ya, que no veía siquiera a una mujer que le atrajera en el pueblo.
Esa misma noche Astrolabio durmió excesivamente, después de haber tenido un día más difícil que de costumbre, y no a causa del trabajo que exigía el campo, sino por motivos muy ilusorios: no había dejado de pensar en la joven. No resulta difícil aceptar lo que pasó por la cabeza de Astrolabio, pues tal vez la etapa de su vida en la que se mira a las mujeres con dulzura e intenciones de ninguna índole pérfida, se había consumado sin poder hacer mella en el joven. Al principio hizo lo que más le gustaba hacer en su soledad, imagino qué impresión le habría quedado a la joven después de ver su rostro, qué habría pensado al verle trabajando en el campo, si sintió alguna atracción siquiera pequeña o fue un mero accidente el voltearlo a ver, y si no fue así, qué habría imaginado, que pensó él de ella al verle pasar por ahí. Sin embargo concluyó, como siempre, que las respuestas a esas preguntas no podría saberlas nunca a menos de que ella misma se las confesara.
A la mañana siguiente se ofició la primera misa del día, a la que asistieron todos los habitantes por la curiosidad de escuchar al nuevo padre. Éste dedicó la misa a la necesidad de liberar el alma de todo pecado mediante la confesión.-Ya que los pecados son una grave falta a la moral -concluía el padre Fulbert- son reservados a la mera intención, no hace falta llevarlos a la practica, pues la omnipresencia de nuestro Dios, todopoderoso, no tropieza con la sospecha de los pecados que cada persona perteneciente al reino de su divino mando, manifiesta mediante el pensamiento, sino que los conoce directamente, mirando dentro de la misma mente de quien los piensa. Es por eso que os convoco a ser concientes y liberarse de ellos mediante la confesión. Con esto asegurarán su participación en el reino de los cielos. Que no permanezcan ocultos a este fiel servidor de Dios, sus pecados, que no se enraícen en sus conciencias las faltas morales.
Al terminar la misa, Astrolabio permaneció sentado dentro de la iglesia y observó que el juez y el padre discutían sobre un asunto. Parecía ser uno de esos negocios que el juez solía proponer. Más tarde vio de nuevo al padre salir a paso rápido de la casa del juez con una expresión muy seria, casi podría asegurar, que más que seria, ocultaba un gesto de preocupación. Astrolabio no le dio importancia, su mente perdida, construía estrategias para acercarse a Eloísa. Era casi inevitable pensar en la pecaminosa figura de la cadera y los pechos que se dibujaban perfectamente bajo sus vestidos. En sus noches de vigilia no hacía otra cosa que desear a Eloísa, adoraba su cuerpo, le imaginaba tendida sobre su cama, con los senos y el sexo al descubierto, se masturbaba detallando en su mente como saltaría sobre ella y la lamería entera. Cuando por fin dormía, los sueños que lo abordaban, transformaban a Eloísa, su delicadeza mutaba en exquisitez, proponía y aceptaba toda clase de solaces eróticos. Moría de lujuria en los brazos de Astrolabio.
Por fin llegó el día en que Astrolabio y Eloísa conversarían, más allá del “gracias” que se decían al recibir las limosnas. Mientras Eloísa hacía su lectura diaria sentada en alguna banca de la entrada de la iglesia, Astrolabio echo a andar algunos de esos, poco originales, planes formulados en la soledad de la noche.
-¡Buenos días!... veo que esta usted leyendo a Aristóteles- dijo Astrolabio con un gesto amable. -Buenos tardes- rectificó Eloísa -parece que se le ha hecho tarde demasiado pronto, tal ves debería estar trabajando. Ella se percató de que Astrolabio se había sentido incomodo por la evasión del tema e inmediatamente respondió.-Si así es, no es toda la obra sólo son algunos pasajes selectos de la Ética a Nicómaco que el padre Fulbert me ha prestado. Eloísa comenzó a enunciarle con lentitud la tesis del justo medio, pero Astrolabio no podía dejar de mirarla, le recorrió con la mirada todo el cuerpo incontables veces, mirando constantemente sus piernas, debajo de un doblez del vestido, que permitía la libre visibilidad, su húmeda y fresca boca rebosante del elixir mágico que embebía el cuerpo de Astrolabio en los sucesos oníricos de su habitación. -La templanza es el justo medio entre el arrebato y el sosiego- continuó Eloísa. Por fin miraba de cerca los redondos y firmes pechos de los que se asomaban pequeños pezones. La deseaba tanto, quería tomarla de los hombros y arrebatarle el vestido. -La valentía, el justo medio entre la temeridad y la cobardía. Su respiración se agitaba mientras su concentración flaqueaba, no podía contenerse, casi saltaba sobre ella cuando… en voz baja y tímida se escuchó -buen día jóvenes- era el juez Bernardo con un mensaje del padre Fulbert. -Señorita Eloísa me ha pedido su tío que le informara que mañana estará esperándola en mi casa, cenaremos juntos a las nueve en punto, es la hora a la que él regresará de un encargo del que no me dio más detalle. -¡oh claro, muchas gracias!-confirmó Eloísa y se retiró a su habitación. Astrolabio sintió que no hablaron mucho.
Ella se sintió algo inquieta durante el resto del día, primero porque la compañía del juez no le era muy agradable. Durante los últimos días había conversado con él un par de veces, en todo momento reiteraba que le encantaba cualquier cosa de ella, que si no estuviera tan corta de edad le haría su esposa. Y segundo porque durante la conversación que sostuvo con Astrolabio, sospecho muy claramente las infames intenciones del joven.
Camino a su casa Astrolabio pensó lo mal que su encuentro había resultado y se sintió enfermo por no haber escuchado nada de lo que ella le dijo. Comenzó de nuevo a pensar, no sería posible acercase nunca a ella si siempre que la viera pensara de forma agresiva. A ella le gustaba leer, tal vez debería repasar las lecciones que el padre Tocqueville había compartido con él. Y… una cosa más, debía deshacerse de los pensamientos pecaminosos.
El padre Fulbert estaba a punto de partir, así que Astrolabio apresuró el paso de regreso a la iglesia.-Padre por favor, necesito que me confiese-. -Pero hijo estoy a punto de salir- respondió. -No tardaré mucho-. El padre accedió ante la súplica que Astrolabio le hizo y prontamente estaba enterado de todas las emociones que al joven abordaban acerca de Eloísa; claro que Astrolabio jamás mencionó un nombre. Pero también es claro que el padre supo inmediatamente a quien se refería, y no porque su capacidad deductiva estuviera en las mejores condiciones, sino porque Eloísa era la única mujer bella del pueblo.
El padre Fulbert partió hacia la capital y Astrolabio a leer sus libros.
Todo el día siguiente Astrolabio se pasó repasando y memorizando las tesis de sus libros, quizá con la ayuda de ellos podría conversar más con Eloísa. No trabajó la tierra.
El Juez se preparaba para la cena que degustaría en la noche en compañía del padre Fulbert y la hermosa Eloísa. Preocupado por que le faltaba granos de centeno y alcachofas.
Eloísa aseo el piso de la iglesia, acomodó las flores en las columnas toscanas y durmió una siesta, aprovechando la ausencia de su mentor. Cuando despertó se dio cuenta que ya estaba oscuro y apresuró a asearse, se acomodó las medias, el liguero, el vestido y el cabello. Salio de su habitación y sin repara en la hora que era se dirigió directamente a las casa del juez.
-Señorita Eloísa, luce usted radiantemente bella pero que hace aquí tan temprano, apenas son cerca de las ocho- dijo el juez fajándose la camisa. -¡Oh cielos! Me quedé dormida y no me he dado cuenta la hora que era, llegué aquí solo pensando que ya era tarde-. -No se preocupe señorita, permanezca sentada aquí mientras nosotros alistamos todo. Estupefacto y nervioso se dio la vuelta y mientras entraba en la cocina gritaba- ¡santo Dios Margarita, no hemos conseguido el centeno y las alcachofas!
El juez se detuvo pensativo un segundo, regresó y le dijo a Eloísa.-Señorita si me permite abusar de su confianza, nos hacen falta algunos ingredientes en la cocina y sé que usted tiene mejor relación que yo con el joven que trabaja en el terreno cerca de la iglesia, tal vez el tenga el centeno que nos falta. Si usted me hace el favor yo podría ir por las alcachofas. -claro sr. Daudet yo me encargaré- respondió Eloísa.
Astrolabio que pasaba cerca de ahí alcanzó a escuchar el pedido y corrió velozmente para llegar antes que Eloísa y sorprenderla, inmediatamente vació un pequeño saco de frijoles que tenía en la alacena, lo llenó con centeno y salio de su casa. Cuál sería su sorpresa cuando no encontró por ningún lugar a la joven.- no puede ser, no pudo ir más lejos tan rápidamente- pensó -tal vez fue por otro lado. Regresó a su casa y espero ahí unos minutos, sin encontrar a nadie salió a buscar. ¿Qué pasó?
Eloísa había ido a parar a otro granero, tal vez había confundido el camino o tal vez simplemente había querido hacer tiempo. Entró, preguntó si había alguien, al no recibir respuesta ella misma buscó el centeno, pero no lo reconocía. De pronto… sólo oscureció. En el trance sintió que soñaba ser atacada por una sombra, que le arrebataba el vestido y la tocaba frenéticamente embarrándola de un líquido salado, apretándola y azotándola en un terreno árido sin dejarla respirar. Le decía cosas que no entendía, le invadía todas las partes del cuerpo, se apoderaba de todos sus miembros, sentía frió, un cosquilleo en la garganta y en la estomago le causaba nauseas, sentía constante presión sobre la cadera, la cabeza y el pecho. El terrible fantasma que le atacaba, actuaba como si hubiera planeado con detalle el asalto, como si realizara un sueño imposible, lloraba solazante entre el vapor de su inerte victima…Todo desapareció cuando ese ardor atravesó toda su espalda. Dejo de sentir cualquier cosa.
* * *
Eran poco más de la nueve, el padre Fulbert llegó exhausto directamente a la casa del juez.-Eloísa, ¿ya ha llegado sr. Daudet?- si, ya lo ha hecho pero le he pedido de favor que me consiguiera un poco de centeno con el joven que vive cerca de la iglesia. Los encontré platicando ayer y creí que sería bueno que se acercaran más, no lo sé, tal vez para que ella no se sienta tan sola en este pueblo- comentó muy nervioso el juez mientras se fajaba la camisa-. -Bien- respondió- pero no debería haber llegado ya, adquirir un saco de centeno no lleva tanto tiempo. Después de un rato, todo el ambiente comenzó a tornarse denso. Las ollas de los caldos echaban vapor, los criados del juez se impacientaban con la ausencia de la señorita. Ellos sólo pensaban en que comerían hasta después de que la reunión terminara. Impaciente el padre Fulbert exclamó. -¡no es posible, iré yo mismo a buscar a esa sinvergüenza! Salió de la casa al paso más rápido que pudo, detrás de él todos los criados, gritando por todos lados -¡Eloísa!- sin recibir ninguna respuesta.
Astrolabio siguió vagando en la soledad de aquella fría noche, el tiempo había hecho que olvidara por que estaba caminando, cargaba su saco de centeno que de vez en cuando le recordaba a la señorita Eloísa, pero no le prestaba mucha atención pues ya había perdido la esperanza de encontrarla. Más bien ideaba otro plan para el día siguiente; le entregaría el saco haciéndose pasar por adivino, creyendo que ella se sorprendería por ese evento… Aquella situación le hizo correr hacia el granero del padre Guillermo. Un grito de horror salió del granero que pertenecía al padre Guillermo. La señora Margarita había encontrado el cuerpo sin vida de la joven Eloísa, con el vestido mal puesto, teñido con una mancha de sangre cerca de la pelvis y algo que parecía un golpe en la nuca.
-¡No puede, ser mi niña, por el amor de Dios que te ha pasado, tú lo has hecho, tú mismo me lo has confesado en la iglesia, tú has matado a Eloísa! Astrolabio no comprendía la situación, al escuchar estas palabras, miro asustado el saco de centeno y exclamó -¡yo no he sido, yo no podría hacerle eso a la joven! El padre saltó sobre él, quería matarlo; y lo hubiera hecho si no le hubieran detenido los criados. -¡Maldito seas demoniaco hombre, que tu alma se pudra entera en el infierno!- Gritaba el padre mientras ere alejado del lugar. El juez y un criado sujetaron a Astrolabio conduciéndolo a una celda. El cuerpo de Eloísa permanecía tendido en la tierra.
El padre Fulbert estaba inconsolable, sólo pensaba en que sería él quien enterraría a Eloísa, y no viceversa como lo imagino mil veces.
Fue hasta la mañana siguiente que, con todo listo para el entierro sin velorio, condujeron el cadáver de Eloísa, al cementerio de atrás de la iglesia. El protocolo del entierro fue rápido, el padre Fulbert no completó los rezos para aminorar su sufrimiento. Arrojó el puñado de tierra y se retiro en llanto hacia su habitación.
El juez Daudet sentenció a Astrolabio a cadena perpetua, sin más fundamentos que la confesión del joven y el saco de centeno que portaba en la escena del crimen. Fue enviado a purgar su condena en la ciudad.
El Padre Fulbert Gide Ofició una misa en nombre de Eloísa. -Dios juzgará con plena justicia, nuestra ddecisión. El terrible crimen cometido en contra de mi amada Eloísa ha sido realizado con premeditación. Además de la intención lujuriosa, el criminal ha actuado conforme a sus planes. Juez en el ámbito moral, el de las intenciones, sólo es Dios, quien conoce bien los deseos infames del criminal y tomará su decisión, que será estricta. En cuanto a nosotros, que poseemos la facultad de juzgar conforme a las acciones, hemos obrado de la mejor manera, pues no hemos requerido de la sospecha de los propósitos del infractor, ¡los ha confesado! dándolos a conocer a Dios y a nosotros, sin reparar en que ya desde aquel momento era culpable del pecado inexorable de su alma. El pueblo quedó persuadido de que Astrolabio fue el autor de los crímenes.
En el pueblo nunca más sucedió nada de gran importancia. A la parroquia entraban y salían feligreses que comenzaron a reivindicar sus costumbres religiosas. El crimen había quedado impune pero nadie insatisfecho, al contrario todos parecían menos preocupados ahora, pues sus almas serían recibidas con goce en el paraíso; y sin tener que dar comisión.
Nunca nadie supo la verdad, ni siquiera yo que, por más que me hundo en meditación sólo he logrado sospechar del juez Daudet, pero como siempre, la verdad sólo la sabré si él mismo me lo confesara.
Astrolabio Istrati. 31 de diciembre de 1155