Héctor Alonso Trejo Hernández
El Error de Parménides
Para Santo Tomás el ente es el primer conocido, porque la evidencia primera es que las cosas son. Se ha solido objetar que este realismo natural del pensamiento es ingenuo. Pienso que uno de los méritos de la filosofía de Tomás es no haberse dejado influir por una objeción de esta índole. Puestos a ser ingenuos, esta ingenuidad espontánea y sincera del realismo aún se puede aceptar. Peor es la ingenuidad que pretende no ser ingenua. La realidad no se demuestra. Ante todo porque el realismo es vivido y ejercido antes de ser reconocido y proclamado. Porque toda demostración resultaría contradictoria, ya que subordinaría lo real a lo lógico, petición de principio en el que el realismo no puede incurrir. El mérito de Santo Tomás radica precisamente en evitar la reducción de la estructura de la realidad a la estructura de los conceptos. Las leyes del lenguaje no son las de lo concreto. Y cuando se abandona lo concreto, que es donde se nutre nuestro conocimiento, se sustituye lo real por lo lógico y el ser por el pensamiento.
La distancia entre lo real y nuestro pensamiento abstracto es tanta, que en cuanto la uniformidad del término o del concepto nos hace perder la irreductible variedad de substancias concretas, la palabra ser no significa nada. Este fue el error de Parménides: del hecho del que el ser se atribuye a todo, concluyó de que el ser es una cosa única. Un error inevitable cuando se hace del ser un concepto al considerarlo como un género. Reducido a género, el ser ya no es más que un denominador común que, excluyendo toda multiplicidad como pura apariencia, se identifica con la nada. Y Santo Tomás no se cansa de repetir que el ser (ente) no puede ser un género porque se dice en varios sentidos cuando es afirmado de varios.
Puesto que el ser no es un concepto y no designa un género, el ser es a la vez un principio de unidad y de multiplicidad. La unidad que un género representa excluye las diferencias: la palabra humanidad conviene indiferentemente a todos los hombres porque hace abstracción de las diferencias individuales. En cambio, el ser, intrínseco a todo, no es exterior a nada; incluye en su unidad la diversidad de todo lo existente. La unidad del ser tampoco es la de una substancia. Las substancias son múltiples, el ser es uno. Lo que quiere decir, no sólo que hay un ser frente la multiplicidad de las sustancias, sino que el ser está en el interior de la multiplicidad.
De esta manera el aquinense en evita caer en el error de Parménides. Se concluye que no tenemos intuición del ser, porque sólo se encuentra diversificado en la multiplicidad sensible de las sustancias concretas. De ahí, que el ser es, a la vez, uno y múltiple.