EL PASEO


El viento camina junto a los dos, le gusta acompañarnos. Tras la siesta, el paseo, buena digestión, buen humor y la pequeñaja correteando tras los bichos. No hay uno que se le escape, al menos de eso se jacta ante su padre. Tropieza, trastabillea, pero no se cae. Es invierno, pero el sol calienta lo suficiente. El camino se aleja de la urbanización y nos lleva hacia donde se pone el sol. Una hora y regresaremos, tiempo de sobra para correr unas cuantas aventuras, volverle a hablar de los bandoleros y de los inmensos barcos que en el astillero montamos. Casi cuarenta años de soldador. Cuando los botamos se tambalean como gigantescos patosos de acero. Cinco minutos más y habremos llegado a la charca.

El sol está bajando lentamente, comienza a reflejarse en la panza de las nuves racheadas por el aire. Les proporciona esa tonalidad rosácea y anaranjada que tanto me ha maravillado siempre. Se para, se me queda mirando con sus ojos castaños, me pregunta si le podemos hacer una foto a las nubes. No tenemos la cámara, pero le prometo que cuando volvamos la abuela le pintará unas más bonitas. La abuela pinta muy bien. Echa a correr para que la persiga. La charca por fin, comienza el ritual de la botadura. Saca dos hojas arrugadas de su chaqueta, me da una, la despliego y comienzo a doblarla lentamente, explicándole cada nuevo paso. Me sigue como puede. Ella también hace uno, no se parece mucho a un barco pero está mejor que el de la última vez. Ahora ella es el capitán, se pone seria y ordena: "¡boten el barco!". Ponemos los barquichuelos en la charca y les damos un pequeño empujón. Se adentran en las tenebrosas aguas escoltados por una libélula interesada en sus nuevos vecinos. Ya se han alejado un poco, damos dos pasos atrás. Una tras otra comienzan a caer piedrecillas cerca de los barcos. Ella es la primera en acertar, no lo rompe, se envalentona y coge una piedra tan grande como su puño, al caer provoca un verdadero oleaje que a punto está de echar a pique ambas embarcaciones. Como han sido muy valientes y ninguna se ha hundido hacemos las paces y les dejamos navegar, a sus anchas, para que puedan explorar y luego contarnos lo que hayan descubierto.

Las sombras se van alargando y el aire va perdiendo el calor que le regaló el sol durante el día. Apenas queda tiempo para la búsqueda. Se hace el silencio, los pasos se vuelven suaves y lentos, avanzamos hacia los juncos. Se adelanta y me va guiando con cuidado de no meter los pies en el barro. Le toco el hombro. Se da la vuelta y le señalo justo a nuestro lado. Un enorme sapo nos está mirando, probablemente con la intención de pasar desapercibido. Está quieto. Nos quedamos parados. Veo que se empieza a poner colorada, creo que le da miedo el sapo. Hasta ahora sólo habíamos visto ranas y de las pequeñas. Espero que no tenga pesadillas. La levanto por debajo de los hombros y la subo a los míos, se tranquiliza, desde arriba el sapo parece más pequeño. Me pregunta si los sapos son prícipes encantados, como las ranas son princesas.... "Creo que nó". No vaya a ser que le de por besar a uno para deshacer el encantamiento. Los barcos han vuelto a la orilla, los recogemos. Iniciamos el camino de vuelta. Las sombras son cada vez más largas. Tiene sueño, se ha agotado. Sus botas me están manchando el jersey, prefiero no decirle nada, creo que se ha dormido. Oye a los niños gritar cuando nos acercamos a los jardines. Se despierta y baja, se va corriendo a jugar con ellos pero su padre la llama para merendar.

La luz de los farolillos ilumina más que la del sol que apenas llega desde detrás del ocaso. Voy al porche de los vecinos a buscar a Natalia, está cansada. Mañana , tras las clases, tiene reunión con los padres y quiere que volvamos a casa. Nos despedimos de todos. La pequeña, con la boca llena, está describiendo a su hermana lo grande que era el sapo y como la miraba.

Ha anochecido, cogemos el coche y comenzamos la vuelta. La carretera se orienta hacia donde saldrá el sol. Mañana entra un operario nuevo, son muy torpes, miedo me dan con los sopletes. Dicen que tenemos pedidos para tres o cuatro años, después creo que me jubilarán. Me da miedo cumplir años, cada vez hay más cosas atrás. En unos tres meses nacerá el tercer nieto, Natalia me mira, sonríe y sigue conduciendo. En ocasiones creo que adivina mi pensamiento.

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