DISCULPAS

Realmente no sé por dónde empezar, o siendo más exactos, no se me ocurre nada en absoluto. He estado barajando unas cuantas ideas, aunque muy vagas, con la esperanza de que por sí mismas se desplegasen como flores revelando el contenido de una fabulosa historia de la que pudiera sentirme orgulloso.

Sin embargo no he debido de procurarles las atenciones que requerían, porque he visto cómo se han ido marchitando una tras otra, quedando escondido en su interior, para siempre, aquellos fantásticos diálogos que esperaba transcribir, y las maravillosas caracterizaciones de los personajes, que habían de ser uno de los puntos fuertes.

Con el paso de los días me he encontrado con que la siembra de ideas realizada no ha dado ningún fruto que llevarme a la boca, o mejor dicho, ninguna palabra a imprimir en negro, sobre fondo blanco.

Y aquí estoy ahora, lamentándome por la huida de los que debieran haber sido protagonistas de mi relato. Desconozco el motivo por el que han decidido jugármela y dejarme abandonado. La verdad es que no tenía intención de pedirles ningún sacrificio especial. Supongo que hubiera habido personajes buenos y malos, pero tampoco era necesario que los buenos fueran excesivamente bondadosos, ni que los malos rayaran en lo maligno. En cuanto a la trama en sí, se podría haber llegado a un acuerdo. No me hubiera resultado difícil convenir —no claudicar— en que la historia fuera pausada, sin demasiados hechos espectaculares e intrigantes; incluso el tradicional patrón de planteamiento, nudo y desenlace se podría haber estudiado para alcanzar posturas comunes.

Pero nada.
Nada de nada.
Quizás es que los personajes no se veían en su papel, tal vez no definí el argumento con la suficiente claridad y firmeza, y por eso han estado dando tumbos de un lado a otro hasta que al final han optado por no aguardar más, y marcharse a otro relato donde todo fuera más trasparente y menos ambiguo, algún lugar donde todas las íes tuvieran su puntito.

Pero ¿qué culpa tengo yo de que los demás vean una historia de un modo distinto al mío, o que yo vea una historia donde en realidad no la hay?. Admito que si me decido a contar algo, ni siquiera las personas que aparecen en los hechos narrados están obligadas a reconocerse. Porque, al fin y al cabo, a pesar de que se escribe lo que se ve y se escucha, resulta tremendamente difícil no caer en la tentación de añadirle una pincelada de subjetividad para tratar de describir lo que nos recorrió el cuerpo y la mente en esos instantes. Reconociendo esta debilidad, una misma historia bajo la mirada de dos personas, dará lugar a dos narraciones completamente distintas, ya que en ellas no se reflejarán únicamente hechos fríos y concretos, sino que también se plasmarán las diversas sensaciones que experimentó cada narrador, y eso hará que, partiendo ambos de un origen común, su destino final no converja.

Las situaciones pueden variar a gusto del creador; es posible maquillarlas de muchas maneras, cambiando la vestimenta y costumbres de los personajes, trasladando el relato a otra época, etc., incluso haciendo que no gane siempre el mismo. No obstante, existe un algo en común en todos los casos: el motivo interior que impulsa la pluma a describir trazos curvos y rectos sobre el papel. Ese motivo ha sido, y será, siempre el mismo: la necesidad de liberar al exterior nuestros sentimientos, comunicarnos con los demás, hacerles partícipes de nuestra manera de ver y sentir las cosas.

Esa fuerza impulsora, el origen e inicio de todo, la han venido experimentando los seres humanos desde hace muchísimo tiempo, y aun continúa palpitando en el interior de muchas almas. Sin embargo, debe haber algo más porque, en caso contrario, una fuerza tan grande rompería el equilibrio del universo. Por supuesto que hay algo más, se trata de una fuerza que la complementa con una magnitud semejante, si no superior: el deseo de sentirse vivo a través de esas obras y relatos.

¿Por qué vamos al cine, o escuchamos un disco, o leemos un libro?
Una respuesta. Para absorber nuevas emociones; para convencernos de que somos humanos repletos de sentimientos, y así tomar conciencia de nuestra condición de seres vivos. De esta manera conseguimos renovarnos día a día, al pasar por situaciones que nos hacen reaccionar, provocando un desplazamiento de nuestro centro de gravedad emocional. El sentido de este movimiento nos conduce unas veces hacia la risa desbordante y otras hacia una pena infinita. Cualquiera de las dos opciones es recomendable y saludable, puesto que constituyen una gimnasia imprescindible para el alma. Si no la ejercitáramos de vez en cuando, se produciría un proceso de involución en nuestra capacidad de respirar cada día, hasta encallarnos en los arrecifes de la indiferencia y la rutina. Y no deberíamos extrañarnos si eso ocurriese, porque cierto es que resultaría de lo más normal, ya que digerir el paso del tiempo, sin el condimento de ilusiones futuras —y ganas por vivir el presente con intensidad—, conforma una ruta segura hacia el zozobro en la desilusión. Razón ésta por la que se torna aconsejable disponer de una alma dinámica, enemiga de la rigidez, capaz de ir sorteando los escollos de la apatía y la conformidad.

Pues heme ahora aquí, sentado y desconsolado, porque teniendo la esperanza de transmitir una señal que en algún lugar ayude a virar una nave que esté aproximándose al atolladero de la desidia, me encuentro con que no me asiste la inspiración. No se me ocurre ninguna variación sobre la gran historia universal contada en innumerables ocasiones. No hay ninguna época histórica o situación geográfica que me resulte convincente para ambientar mi narración, ni siquiera puedo discernir qué color de cabello debe tener ella.

Imagínate la angustia de aquél que notando hervir la sangre en su interior no puede aliviarse vertiendo su sentir al exterior, al no encontrar palabras que reflejen adecuadamente su pesar o su júbilo. Ese mismo sufrimiento padezco yo ahora.

He de reconocer que a estas alturas debería renunciar ya a obtener una combinación mágica de personajes, localización, y guión que pudiera transformar en un buen relato. Yo hubiera deseado que fuera una especie de fábula sensacional y ensoñadora, teniendo como idea central el origen o nacimiento de algo entrañable.

Creo que lo mejor será posponer su creación para otro momento, con más calma, porque ya se sabe que quien tiene prisa debe vestirse despacio.

Lo único que me preocupa es pensar que había adquirido el compromiso de entregar el relato dentro de poco. Quizá si les expongo los problemas que he padecido intentando llevarlo a cabo me comprenderán.

Me parece correcto. Les escribiré lo que he estado cavilando todo este rato y así podrán comprobar que no ha sido, desde luego, falta de voluntad lo que me ha impedido concebir un texto sobre el nacimiento u origen, tal y como habíamos acordado.

¡Vaya!, será curioso, un texto que explicará porqué no he escrito algo distinto, y que además será su propia justificación; servirá para razonar cuál ha sido su origen. Unas palabras explicarán el surgimiento de otras, y viceversa. Al final, el motivo de su nacimiento habrá sido expuesto e ilustrado por la misma obra. "Señores, no he escrito otra cosa sino ésta, por los motivos que el propio texto revela."

Vale, creo que eso será suficiente. Ahora solo me resta tratar de recordar las ideas que han ocupado mi pensamiento este rato y pasarlas a papel. Veámos cómo podría ser el comienzo:
"Realmente no sé por dónde empezar, o siendo más exactos, no se me ocurre nada en absoluto..."

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