...y me imagino en el castillo de proa de un velero, hecho de desidia y no de madera, navegando por un mar de dudas y no de agua salada, azotado por un vendaval de desesperación y no por un huracán...
...mis esfuerzos por controlar la nave empiezan a ser inútiles cuando comienza a llover. Cada gota que cae sobre mi cuerpo es una sonrisa, una lágrima, una risa, un llanto, una alegría, una pena, una broma, un perdón, un beso en la mejilla, un sueño, una mentira, una ilusión, una ingenuidad... en un instante ha pasado más de un año de mi vida y creo enloquecer. Mi pelo, repentinamente encanecido, baila al son que le marca el viento, un viento que me susurra, me cuenta, ¡ME GRITA! que debo cambiar de rumbo, que vire hacia otro puerto que no sea al que me dirijo irremediablemente y que, aunque en apariencia es el más bello y hermoso, sus calles están llenas de engaños, falsas ilusiones y sufrimiento: el puerto del amor, lo llaman. Yo le pregunto por qué y él tan sólo me responde que la persona a la que va dirigida esta carta conoce todas las respuestas.
En un arrebato de furia, gritando como un poseso, maldigo al viento hasta quedarme ronco, mientras las lágrimas vagan por mi mejilla. ¡No puede ser! Ha de tratarse de un espejismo, de una ilusión, de un malentendido.
Llega el alba y con él un nuevo día. La tormenta ha pasado y el sol se hace un hueco por entre las nubes para darme los buenos días. Un tímido viento me acaricia la cara, me seca la espalda, reconforta mi dolorido cuerpo. Pero, ¿y lo de ayer? ¿Fue un sueño? Mi cabeza se niega a contestarme; dolorida como está, tan sólo me deja un mensaje que me golpea incesantemente:
"... N.C.R. conoce todas las respuestas..."
Manuel Álvarez Cortés.