"Razones para construir juntos"
Revista electrónica semanal, Puebla, México, año 1, núm. 5, 19 de septiembre de 2004
Política - Sociedad - Cultura
Educación y cultura
EL NOMBRE DEL PADRE

Por Jorge L Navarro Campos.

Al P. Eugenio Lira
y a don Eugenio B. Lira.

Hay muchos motivos para ocuparnos de la figura del padre. En primer lugar es una de esas relaciones que marcan hondamente el alma -"la psicología" si se prefiere un término más admisible en la jerga establecida-, me apresuro a decir que para bien o para mal el padre con su presencia o su ausencia deja su huella en el hijo. El psicoanálisis ha influido enormemente en nuestra manera de entender (?) al padre, aunque con él se ha introducido la "sospecha" sobre la positividad de la presencia paterna y la conflictividad.  De cualquier manera, lo que no deja lugar a duda es que se trata de una relación no accidental sino "constitutiva" de la personalidad.
Si es verdad, como se oye decir, que nosotros somos una generación "sin padre". Somos la generación Mickey Mouse, en cuyo mundo todo puede ocurrir y todo se puede resolver sin necesidad de un padre; en ese mundo existen los tíos, el Rico Mac y Donald, pero ningún padre. Si esa es nuestra generación, nosotros más que nadie tenemos necesidad de "mirar de nuevo", si es posible con mirada nueva, la figura del padre.
Pero no sólo en el psicoanálisis, también para el cristianismo la del padre es una figura imprescindible. En el momento culminante de la manifestación del "Misterio", Jesús nos muestra a Dios lo bajo la figura de un padre. Dios es Padre. "Padre nuestro…"  Así el Misterio se muestra en la forma de otro misterio: el misterio del padre en la parábola del "hijo prodigo". Porque en la parábola el protagonista principal no es el hijo pródigo, aunque parece serlo, sino aquel hombre que tenía dos hijos.  "Un hombre tenía dos hijos…", con estas palabras se inicia la narración que es la "historia" de un padre. "De todas las palabras de Dios, afirma Peguy, ésta ha despertado el eco más profundo, el más antiguo, el más viejo y el más nuevo. (…) Ella enseña que no está  todo perdido."
Esa niñita que parece que es llevada de la mano de sus hermanas mayores, y que es arrastrada por las calles de la vida. No es en realidad arrastrada; es ella la que arrastra, la que nos hace levantarnos y andar cada mañana. Lo que nos hace creer que "a pesar de todo", hoy será un buen día, que todo ira mejor que ayer.

¿Pero que es el padre sin esta esperanza? Un padre sin hijos no es padre, pero cada hijo es una esperanza nueva.
"¿Iba a tener el padre valor de trabajar si no tuviera sus hijos? / ¿Si no fuera por sus hijos? / Y en el invierno cuando trabaja duro. / En el monte. / Cuando trabaja duro. / En el monte helado. / En el invierno cuando las víboras duermen en el bosque porque  /  están congeladas. / Y cuando sopla un cierzo helado" / (…)/  de pronto piensa en su mujer que se ha quedado en casa. / (…) y en sus hijos que están bien tranquilos en la casa. / Que juegan y se divierten a esa hora junto al fuego. / Y quizá pelean. / (…) / Habitan en su memoria y en su corazón y en su alma y en / los ojos de su alma. / Habitan en su mirada. / Sus hijos. / Cuyo padre es delante de Dios."
Charles Péguy, un francés contemporáneo de Freud, nos ha legado "otra perspectiva" para mirar el misterio de la paternidad, no bajo la trágica forma de Edipo, sino desde la perspectiva de la esperanza.
Peguy, es un poeta que tiene el extraño don de hacer hablar a Dios, al Padre, de un modo inusitado: 
"Lo que más me admira,  dice Dios, / es la esperanza. / Y no me retracto./ Esa pequeña esperanza que parece / de nada. / Esa niñita esperanza. / Inmortal."
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