
La web de
ALBERTO Las familias instrumentales
La historia de los instrumentos musicales está ligada a la necesidad de alcanzar los medios técnicos capaces de satisfacer la expresión de la propia múfasica. La creencia de que estudia el origen y la evolución de dichos instrumentos se denomina oranología, y su sistematización data de la época renacentista, cuando Sebastian Virdug, entre muchos otros, publicaron sus obra, aunque fue durante el siglo siguiente cuando apareció el tratado más importante de este terreno, Syntagma musicum, monumental aportación de Michel Praetorious, que fue también un célebre organista y compositor.
Dada la muy distinta procedencia y naturaleza física de los instrumentos, éstos se clasifican según su principio emisor, según una ditribución, ya clásica, que fue establecida en 1914 por Curt Sachs y Erich Moritz vo Hornbostel. Siguiendo el sistema de dichos musicólogos, entre los especímenes de percusión se encuentran los llamados intrumentos autófonos o idiófonos -del griego iddios, propio- cuyo nombre alude a que se trata de ejemplares que producen el sonido gracias a la oscilación y a la irradiación tras su choque, como es el caso de los instrumentos de percusión. También, y dentro de los de percusión, fiduran los membráfonos, que para la producción del sonido precisan de una membrana tensada sobre un recipente, el cuál actúa a modo de caja de resonancia. La membrana se golpea con unos macillos o baquetas, como en el caso de tambores y timbales, o bien se frota por medio de una varilla que atraviesa el referido parche, tal cómo la zambomba. Estas dos amplias familias, las de idiófonos y membráfonos, son las más antiguas, dado que su procedimiento es el más arcaico. Más recientes son los tambores de membrana.
En los cordófonos, -como su nombre indica-, la consecución del sonido se obtiene a través de cuerdas tensadas, las cuales, necesariamente, deben entrar en vabración, ya sea mediante la frotación de un arco -violín, violonchelo, viola de gamba, etc-, ya sea por medio del punteo de los dedos, o de un plectro o púa. En este último caso, los instrumentos pueden disponer de mango y resonador, o bien carecer de dicho mango y estar constituidos unicamente por la caja armónica o resonador, ejemplares a los que tradicionamente se les ha dado el término genérico de cítaras; estas pueden ser punteadas -salterios- o percutidas -dulcema, zimbalón-. Es de notar que a mediados de la Edad Media los descendientes de estos ejemplares recibieron la incorporación de un mecanismo de tecla. Así, como herencia directa los salterios medievales deben considerarse el clave, la espineta y el virginal, puesto que sus cuerdas son atacadas por unas pequeñitas púas, mientras que la a la genealogía de la dulcena pertenece el clavicordio, el fortepiano, y el piano, cuyas cuerdas reciben el golpe de un martillito. Por otra parte, los cordófonos compuestos por un largo y esbelto resonador y montantes, se clasifican como arpa.
Otra gran familia de instrumento queda definida con la denominación de aerófonos, referidos a los especímenes de vento, cuya historia es, como el caso de los de percusión, sumamente antigua, pues uno 25000 años a.C. ya se conocía una especie de silbatillos de hueso que emitían un único sonido. Los aerófonos suenan gracias a la vibración de una columna de aire que discurre por el interior del cuerpo instrumental. Los hay de distinta naturaleza, y así, están la flauta, el clarinete y el oboe, que conforman el origen de las dos grandes ramas de aerófonos de lengüeta, simple en el primero y doble en el segundo. Entre los aerófonos de metal se hallan los modelos dotados de boquilla en forma de copa y como cuerpo instrumental un tubo ensanchado hacia un pabellón.