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Valoración estética
Francisco
Palma Burgos muestra ya en esta formidable imagen su dominio de la
técnica de esculpir y policromar la madera con singular maestría.
Compositivamente, la escultura se inscribe en una figura piramidal
formada en su base por el ángel y la lápida cuyo vértice superior
coincide con el rostro de Cristo. El conjunto caracterizado por una
excepcional soltura compositiva nos muestra, a modo de catecismo, la
narración fiel del momento de la victoria de Jesús sobre la muerte. La
finalidad esencial de la obra justifica la moderación del ritmo,
composición, y simetría.
En
relación al Renacimiento, que construía su narrativa principalmente por
yuxtaposición de imágenes, el Manierismo y el Barroco desarrollan un
esquema compositivo en el que los cuerpos parecen confundirse,
compenetrarse, o incluso surgir uno de otro, justo lo que ocurre con
esta obra. Pero no siempre un solo estilo artístico influye en el autor
a la hora de concebir una creación. El esquema a su vez goza de un
mesurado y sereno clasicismo, de una apolínea belleza y aparente
quietud, que no interfiere para nada en la sensación de dinamismo o
ingravidez. Destacan los ritmos pierna izquierda adelantada-brazo
izquierdo adelantado en una armoniosa relación de movimientos y supremo
equilibrio.
Respecto al criterio formal que el autor sigue, las imágenes están
dotadas de una plasticidad poco marcada y suave. Se impone el mensaje a
las formas, de manera que la talla no se pierde en excesos figurativos
propios del Barroco o de la imaginería castellana. No existe agitación
ni dramatismo, toda ella está impregnada de una belleza idealista. Su
austera expresión y sólida corporeidad infunden una sensación de
inmediatez y verosimilitud.
Este Cristo proporciona un profundo sentimiento de espiritualidad, tanto
por su cuerpo desnudo como por sus rasgos faciales. Su rostro está lleno
de una elocuente bondad que comparte a su vez con el espectador y con el
ángel. Puede decirse que las imágenes llegan a entablar mentalmente una
relación o que comparten una serie de sentimientos afines.
Por otro lado, persiste en la escena esa dualidad entre lo terrenal y lo
celestial, entre lo inmortal y lo finito tan buscada en la iconografía
religiosa.
El color también ayuda en la elaboración del pasaje. Subyace un
cromatismo poco suntuoso, una calma tonal, que parece envolver la
escultura en un halo de eterna paz. Por estos aspectos y por otros que
el autor considerase, que pasan desapercibidos para nosotros, podemos
decir que nos encontramos ante una de las más bellas imágenes
procesionales de nuestra querida Semana Santa, que debe perdurar en el
tiempo para regocijo de generaciones futuras. No olvidemos que pronto se
conmemora su 50 aniversario.
Alfonso Ruiz. Restaurador
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