A continuación es una respuesta a la pregunta hecha por el conocido teólogo
Victor Codina, tomado de su libro ¿Qué es la Teología de la Liberación?,
Cap. 2 “Qué es Teología”, Ediciones Rehue, Santiago, Chile, 1987: Todo
cristiano debe intentar saber qué es lo que cree, por qué cree y que
relación tiene su credo con su vida. La escritura nos invita a “sabe dar
razón de nuestra esperanza” (1Pe 3,15), es decir, a poder explicar el por
qué de nuestra fe. La teología es, pues, una reflexión sobre nuestra fe.
Esta tarea de conocimiento y reflexión sobre la fe, propia de todo
cristiano, puede realizarse de formas diversas. De algún modo todo
cristiano es teólogo, pues todo cristiano reflexiona, de algún modo, sobre
su fe y sabe dar alguna razón de ella. En la vida ordinaria se oyen frases
como “esta injusticia Dios no la quiere”, “a pesar de todo, yo confío
en Dios”, “¿no somos todos hermanos?”, “¿hasta cuándo, Señor?”,
“si estuviéramos más unidos podríamos triunfar”. Todas estas frases
suponen una reflexión sobre la fe y, en cierto sentido, son teología. Pero
así como todo el mundo debe saber algo sobre salud y medicina y sin embargo
existen médicos, también en la Iglesia hay personas que han
profundizado más largamente sobre la fe: son los teólogos. Su misión es
ayudar a toda la comunidad cristiana con sabiduría, iluminar la fe con sus
estudios sobre la Palabra de Dios y la tradición de la Iglesia. Desde el
comienzo de la Iglesia no han faltado estos maestros y doctores (Rm 12,7;
1Cor 12,28; Ef 4,11; Hch 13,1) que han tenido el don de saber expresar y
esclarecer la fe de la comunidad eclesial. Los verdaderos teólogos, a
diferencia de los falsos doctores (2Tim 4,3; Pe 2,1), viven de la fe de la
Iglesia, intentan profundizar personalmente en ella y no buscan su propio
provecho, sino el de toda la comunidad eclesial.
Pero los teólogos y la teología tienen su propia historia. En los primeros
siglos de la Iglesia, la teología estaba muy unida a la vida de la
comunidad, era una teología bíblica y sapiencial, muy relacionada con los
problemas del pueblo. Pero desde la edad media (desde los siglos XII-XIII),
la teología se volvió más técnica y científica, más preocupada de las
dimensiones doctrinales de la fe (¿Qué creemos?, ¿Por qué creemos?) que
de la relación con la vida. La teología se fue apartando de la vida del
pueblo, el cual al no tener acceso a la teología oficial, se volcó hacia
una religiosidad popular, más adaptada a sus intereses y preocupaciones. El
pueblo no conocía la Biblia ni entendía la liturgia, sino que vivía de
sus devociones, fiestas e imágenes.
En los tiempos modernos, en el Concilio Vaticano II (1962-65), la teología
volvió a inspirarse en la Biblia y a dialogar con el mundo moderno, pero
todavía no llegó a integrar plenamente la vida cristiana, la práctica
popular y las preocupaciones de las mayorías.
Ha sido la Teología de Liberación la que recientemente intenta unir de
nuevo la fe y la vida, la doctrina y la práctica cristiana, el credo y la
justicia. Ha comenzado a pensar la fe desde las preocupaciones del pueblo,
desde sus problemas y aspiraciones de liberación, intentando superar de
este modo el divorcio que durante siglos ha existido entre la reflexión
teológica para unos pocos y la fe del pueblo. La figura del teólogo está
cambiando: ya no es solo un profesor, metido todo el día entre libros y
aulas, sino un creyente, que sin renunciar al estudio ni a la ciencia,
intenta vivir más cerca del pueblo y acompañarlo con la reflexión
cristiana de la vida.
P. Santiago W..-