
El Talismán
Por
Camilo M. Cornejo
Prefacio
Este
libro esta dedicado a todas las personas que sueñan con ser
parte de alguna aventura o tal vez con salvar al mundo, o
solamente se relajan y se dejan llevar por relatos de mundos
creados por mentes como la de mi escritor preferido H. P.
Lovecraft, quien dio el puntapié inicial que me catapultó a
sumergirme en las entrañas de lo intangible, y me llevó por sus
mundos oníricos, convirtiéndome en su fiel lector, y logrando
una anormal comunión entre sus palabras y mi mente.
Este es mi
pequeño homenaje a él.
A mis viejos y
hermanos que siempre me bancaron en estas cosas raras
que a mi me gustan, y por sobretodo a mi hijo, Ulises que no me
deja crecer y a mi Pocha, que siempre está para apoyarme.
Al que maneja los
hilos de esta marioneta: gracias por estar ahí....
Nunca
pierdan el niño que llevan dentro
Camilo M. Cornejo
Capítulo Primero
El
principio de la pesadilla
Llegué
al lugar pasadas las ocho, la calle estaba hastiada de policías
con sus humeantes tazas de café en mano.
En el instante
en que crucé el umbral, aquella mujer se abalanzó sobre mí,
casi de un salto, y me estrechó, tan fuerte como se lo
permitieron sus grandes y temblequeantes brazos.
Tras ella se
mostraba la horrenda escena: sobre la carpeta del living, yacía,
en un lago de sangre, un hombre caucásico, de no más de veinte
años de edad, con el torso desnudo, y sobre su pecho, tallado,
como una especie de tatuaje diabólico, el símbolo que desatara
al cabo de un par de días, una serie de horribles asesinatos.
Mi nombre es
Martín Rivero, y me desempeño como detective en la comisaría
sexta de Congreso, y salvo en películas o libros sobre el tema,
nunca me topé con un caso como este.
El hombre era
un tal Alexis Aranda, de veintitrés años de edad, asentado en
nuestro país hacía ya cinco años.
Por razones
desconocidas, dos horas antes de haberse cometido el asesinato
del mismo, su madre recibió un extraño llamado que la
llevó hasta la entrada de la casa para encontrarse con un hombre
al cual ella no conocía, quien luego de entregarle un extraño
sobre negro desapareciera ante sus propios ojos.
Al regresar a
su hogar, observó que el sobre estaba dirigido a su hijo, y por
curiosidad, lo abrió, pero dentro solo encontró una extraña
flor y un papel que tenía trazado un símbolo hecho con alguna
especie de tinta roja.
Siendo ya más
de las tres, la Sra. Aranda, como todas las tardes, se retiró a
tomar su siesta.
Al tiempo
llegó a la casa su hijo Alexis, quien sobre la mesa halló, a
parte del almuerzo, el sobre negro.
Al
abrirlo vió lo que su madre anteriormente, y como salido de
quicio, corrió hacia su cuarto gritando con todas sus fuerzas:
¡¡YA VIENE!!
Al
oírlo, la Sra. Aranda, saltó de su cama sin entender nada de lo
que pasaba y trató de contener a su hijo quien no paraba de
saltar y gritar, presa del pánico que le había provocado ese
sobre, o mejor dicho, el símbolo que halló dentro del mismo.
Habrán
pasado no más de cinco minutos, cuando de repente las ventanas
se abrieron haciendo estallar los vidrios contra los postigos de
hierro, mientras que por la abertura se colaba una especie de
neblina color ocre, que poco a poco fue copando todo el cuarto.
Al
ver esto, ambos corrieron hacia la entrada, pero cuál fue su
sorpresa al encontrarse con que puertas y ventanas se trababan
solas como por arte de magia mientras esa especie de nube se
abalanzaba sobre ellos, como queriendo abrazarlos.
De
ése humo se extendieron varios brazos, que tomando el cuerpo de
Alexis y dejándolo inmóvil suspendido en el aire, luego de
arrancarle la camisa, tallaran, como con una especie de lápiz de
fuego, el símbolo que anteriormente su madre viera dibujado en
el mensaje dentro del misterioso sobre negro. Culminada su labor
la nube se retiró en un segundo de la casa, dejando al chico
desangrándose sobre la alfombra de la biblioteca.
Ese
fue el testimonio grabado durante la entrevista que la Sra.
Aranda Tuvo con mi asistente Homero Stallin, indudablemente
comencé a dudar del estado mental de la misma.
Me
dirigí hacia la biblioteca, con el fin de encontrar que
significado tenía aquél extraño símbolo.
Pasé
casi tres horas, sin hallar siquiera un dato sobre él.
Ya
cansado de leer, me dirigí a casa y continué la búsqueda por
Internet.
Mi
vieja me había dejado una nota: LUNES DE CANASTA EN LO DE HILDA
SAMAR.
Comprendí
que pasaría la noche solo, y que para colmo, tendría que
cocinarme y hacerme el café.
Mientras
pensaba esto y para sorpresa mía, hallé el símbolo en la
página: www.Necronomicón.com,
página que se centra en el contenido del libro del árabe loco
Abdul Alhazred, del cuál había oído hablar solo en los libros
de Lovecraft.
El
libro trataba sobre lo que parecían ser antiguos cultos que
existieron millones de años antes de la aparición del hombre en
la tierra, cultos en los que se adoraba a ciertas deidades,
tratando de mantener el equilibrio que existe entre el plano real
y el plano onírico.
Habiendo
ya pasado el culto a Yogh-Sothoth, me topé con el nombre Ctulhu
al cual hacía alusión el símbolo que encabezaba el texto.
El
mismo formaba parte de una especie de antiguo amuleto que tenía
grabado un pentagrama envuelto en un círculo donde podía verse,
dentro del pentágono que se forma en el centro, una especie de
pulpo alado.
Según
rezaba el texto la existencia de aquél amuleto mantendría en
suspenso la venida de la:
n´gñag-n´lar
(noche eterna), hasta que:
...el
gran sacerdote que descansa en el fondo del gran lago negro
despierte de su eterno descanso.
Obviamente
la cosa era ya muy difícil de asimilar y no me encontraba lo
suficientemente despabilado como para seguir leyendo esas
pavadas, así que imprimí el texto y me acosté.
Me
despertó el maldito teléfono a las dos y media de la mañana,
del otro lado del tubo, una respiración jadeante, no cesaba de
acariciarme el oído, acostumbrado ya a las bromas de los
estúpidos que no tienen otra cosa mejor que hacer que molestar a
la gente que descansa, corté sin darle demasiada importancia,
aunque se me escaparon un par de puteadas.
Pero
ese no sería el final de la cosa, al darme cuenta, que a pesar
de haber colgado ya el teléfono, aquél jadeo seguía soplando
en la penumbra de mi cuarto.
Creo
que fue una de las pocas veces de mi vida que sentí miedo.
Me
levante de un salto, preguntando con la voz un poco torpe quién
andaba allí, cuando terminé de formular la pregunta, el jadeo
cesó. Me acosté.
Capítulo Segundo
Secreto
de familia
Luego
del episodio anterior, y no habiendo podido pegar un ojo en toda
la noche el resto del día se volvió un poco pesado.
Recién
estábamos a martes y no podía esperar más a que llegara el fin
de semana para tirarme a descansar.
Al
llegar a la estación, el sargento Umaño me informó del
hallazgo de dos cuerpos totalmente calcinados encontrados en las
inmediaciones de San Telmo.
Allí
fui.
Apenas
bajé del coche, los malditos periodistas, se me colgaron como
monos de zoológico, haciéndome imposible el acceso al lugar.
Luego
de habérmelos sacado de encima, y ya un poco mas relajado,
después de haber pateado a un par, encaré hacia lo que parecía
ser uno de esos viejos conventillos hastiados de tanos
malolientes, que al parecer por el estado de shock solo
balbuceaban en su idioma, haciendo casi imposible el
interrogatorio.
Subí
por unas escaleras de metal hasta un cuarto que parecía haber
salido de una película de terror clase Z, por donde miraba,
hallaba sangre, el piso estaba cubierto por cierta sustancia
color verde bilis, de consistencia gelatinosa, que al parecer
eran restos de algo que había estado allí mucho antes de que la
policía arribara a la escena. En una esquina, uno de los
cuerpos, se hallaba como empotrado en la pared, lo poco de carne
que quedaba en el si no estaba chamuscado por el calor,
faltaba, sus huesos saltaban a la vista y sus ojos habían sido
arrancados, dejando al descubierto los músculos y tendones que
rellenaban la cuenca de los mismos.
El
otro cuerpo se encontraba recostado en el sillón, con una mueca
que denotaba que había sido testigo de algo en extremo horrible.
Aprisionaba con su mano derecha una especie de amuleto, el cual
se había adherido a los restos de tejido que el calor había
convertido en una especie de chicle, impidiendo su
extirpación
Luego
que los forenses hicieran lo suyo, pedí permiso al comisario a
cargo para tomar fotografías de la escena y sobre todo de aquél
amuleto, el cual se deshizo cuando el forense intento tomarlo.
Me
apresuré a llevar el rollo a revelar, y esperé toda la hora que
tardaba el proceso en el café de la esquina.
Después
de retirar las fotos, me dirigí a la estación por los informes,
en especial el del forense.
Al
llegar, me senté en mi escritorio. Cuando me disponía a ver las
fotografías, entró Homero con el reporte que tanto esperaba.
Como
era de suponer, aquella masa gelatinosa encontrada en la escena
no correspondía a ninguna sustancia conocida, pero por su
composición mineral, tenía un cierto parecido con la baba que
utilizan algunos moluscos para desplazarse.
Ante
la noticia y la rara expresión en el rostro de Homero, pregunté
con total tranquilidad:
¿no
hay nada nuevo?, a lo que Homero respondió que era imposible
reconocer la identidad de los cuerpos, pues, al llegar al
laboratorio, los restos que los profesionales habían tomado se
habían convertido en polvo.
Le
pedí que se retirara y me avoqué a estudiar las fotografías.
En
ellas podía observar el cuadro completo de la escena del crimen,
como así también el amuleto, el cual al verlo me di cuenta que
era exactamente el mismo que el día anterior había visto
grabado en el pecho de Aranda, y luego en aquél sitio Web, por
lo tanto sin dudarlo un segundo más, conseguí una orden y me
dirigí a la casa..
Arribé
al lugar cerca de las siete de la tarde y tras llamar repetidas
veces a la puerta sin obtener respuesta alguna, me apresuré al
patio de la casa en busca de la puerta trasera.
Ésta
se encontraba cerrada por dentro, así que no tuve más opción
que abrirla por la fuerza.
Desenfundé
mi arma, y me introduje en la cocina.
Al
ingresar en ella comencé a sentir un olor nauseabundo y
penetrante, que poco a poco fue cubriendo el ambiente.
Pasando
la cocina se llegaba al living, donde el olor se volvió ya más
ácido, y a medida que avanzaba cada vez más. Llegué a la
biblioteca, y aún seguía allí el contorno de Alexis marcado
con tiza en la alfombra. Nada sospechoso, ni siquiera un ruido en
toda la casa.
Luego
de la biblioteca venía un pasillo que comunicaba con las dos
habitaciones dispuestas en forma perpendicular al cuarto de
baño, donde sólo hallé el grifo abierto, y el piso totalmente
mojado al haber rebalsado la pileta del lavamanos. Continué
hasta el cuarto que tenía a mi derecha, una cama de dos plazas
ocupaba la mayor parte del mismo, donde también había una
cajonera haciendo de mesita de luz y un gran armario lleno de
ropa femenina, comprendí entonces que ese era el cuarto de la
Sra. Aranda, así que me volví para el otro cuarto.
La
puerta estaba cerrada y por la cerradura pude observar que la
llave estaba puesta. La misma ranura me permitía ver una luz que
se movía de derecha a izquierda como si la lámpara de techo se
estuviese balanceando.
Dos
disparos fueron suficientes para destrozar la cerradura y dejar
la puerta destrabada, lo que vi allí, terminó de romper mi
porte de hombre, y comencé a devolver, mientras corría en
dirección a la salida trasera en busca de un poco de aire
fresco.
Pasaron
al menos diez minutos, antes que me compusiera y lograra llamar a
la central en busca de refuerzos. Esto se me iba de las manos, lo
que acababa de ver allí dentro, era tan horrible como sólo
puede uno imaginar en sus pesadillas.
El
cuarto estaba cubierto en su totalidad por ese moco verde que
apareciera por la mañana en aquél conventillo; y en el centro
de la escena se encontraba el cuerpo que tan solo horas atrás
había pertenecido a la Sra. Aranda.
Ahora
se hallaba colgando por el cuello de la lámpara del cuarto, con
el rostro totalmente despellejado, sin los globos oculares, y
esbozando aquella sonrisa diabólica que por el resto de los
días no se borraría de mi cabeza.
No
cabía duda alguna de que estos hechos estaban estrechamente
ligados con aquella familia, pero ¿por qué?, era la pregunta
del millón.
Capítulo Tercero
Un
aroma singular
Aún
no terminaba de creer que esto estuviera pasando realmente, si
hacía cosa de dos días, me encontraba aburrido en la silla de
mi despacho, ordenando mi archivo y tomando café.
Lo
cierto era que hasta aquél momento todo ello me parecía parte
de un mal sueño, de alguna pesadilla de la que no tardaría en
despertar, o al menos eso creía...
Según
informó el forense no se hallaron marcas de ninguna índole,
como si solo le hubieran arrancado la piel de un tirón.
Lo
peor de todo es que parecía que el hecho aconteció mientras la
difunta todavía se hallaba con vida.
Y
el deceso de la misma se había producido al desangrarse por la
cuenca de los ojos, los cuales habían sido extirpados mientras
colgaba del techo atada de pies y manos. Tampoco pudo gritar, al
comenzar a coagularse la sangre en su rostro, y contraérsele los
músculos del mismo por ello.
Su
cara quedó hecha una costra gigante manteniendo el último gesto
que sus músculos formaron: el del grito desesperado que llamó a
su muerte.
Al
tiempo que pensaba en cómo habían acontecido los hechos, mi
mente trataba de bosquejar lentamente los fotogramas de aquella
macabra película.
Esa
misma tarde y con una nueva orden del Juez en mano me dirigí
otra vez hacia la casa de Aranda para investigar un poco más a
fondo, aunque por dentro mi corazón latía tan rápido y fuerte,
que las palabras me salían como tartamudeando.
Apenas
crucé el umbral de la casa, quité el seguro de mi pistola.
Ya
en el comedor-biblioteca, me dispuse a revisar todo en busca de
alguna pista.
Eran
casi las cinco de la tarde, y aún no había hallado nada, hasta
que en una de las paredes divisé un papel que parecía colarse
por detrás de una de las fotos familiares.
La
foto retrataba a la familia Aranda en una especie de desierto.
Estaba tomada con poca luz, lo que hacía imposible ver bien los
detalles del fondo.
Con
cuidado descolgué el marco de la pared, y lo voltee para poder
observar lo que ocultaba.
Era
una especie de carta manuscrita que por el color y la textura del
papel, llevaba allí un par de años.
Estaba
escrita en un lenguaje tipo árabe, eran símbolos totalmente
desconocidos para mi.
Doblé
el papel y lo guardé en el bolsillo derecho de mi saco. Por las
dudas, descolgué todos los cuadros del comedor, sin éxito.
Luego me dirigí al cuarto de Alexis.
Las
paredes estaban aún cubiertas por esa especie de baba verde que
no permitía ver que había detrás. Luego, deshice la cama,
hurgué en el placard, revolví los cajones y revisé sus libros,
entre los cuales hallé una pequeña Biblia donde podían
observarse varios versículos del Apocalipsis subrayados con
marcador rojo, con fuerza, como con odio o dificultad casi
desgarrando las hojas del libro con la punta de la fibra.
Dentro
del libro, a modo de señalador, había una especie de lienzo o
telilla que poseía unos extraños dibujos. Daba la sensación de
ser la porción de una tela más grande...
Ésta
al parecer era reciente, no estaba gastada, y estaba tan blanca
como recién lavada, y casi desvanecido, tras el blanco, se
podía sentir un aroma como a incienso, muy suave, que le daba a
la tela, cierto tono místico, el cual estaba acompañado por una
fila llena de esos garabatos raros.
Guardé
la Biblia en el bolsillo del saco, y me dirigí al cuarto de la
madre.
Di
vuelta el placard sin resultados, y al observar mi reloj y ver
que eran ya las doce decidí irme a casa.
Al
día siguiente, pasadas ya las ocho, arribé a la estación con
las nuevas pistas en mano. No había ni siquiera terminado mi
café, cuando Homero se me acercó con un diario en la mano,
esperando que leyera la portada, donde decía:
Se
encontraron restos de más de veinte perros, mutilados, en las
cercanías del Pasteur, su director, el Dr. Eliseo dijo que no
hay una explicación para tan siniestro hallazgo, pero que de
ninguna manera, el hecho se conectaba con la institución.
El
párrafo siguiente, enmarcaba las fotos de algunos de los
animales, los cuales al parecer, se habían matado entre ellos,
pues absolutamente todos poseían las mismas dentelladas feroces
en sus cuellos, algunos, hasta carecían de yugular, como si
alguno de ellos, realmente hambriento, o rabioso (cosa poco
probable si recordamos que no se ha visto un solo caso de rabia
en diez años) hubiera, desesperadamente y con furia desgarrado
el cuello del otro animal.
Cada
animal estaba cubierto por aquella horrible baba, la cual había
comenzado a secarse al sol, y mostraba a los animales como
insertos en una piedra de ámbar verde.
Pero
lo más raro de todo era que a pesar de haberse hallado todos los
cadáveres juntos, no podía sentirse el olor a descomposición,
sino que se podía sentir un aroma como a incienso, que al
parecer emanaba de los propios animales, como si de eso
estuvieran rellenos.
Sin
parpadear saqué de mi bolsillo la Biblia con la tela y, como
Homero había estado en la escena le di a oler para que comparara
ambos aromas, está de más aclarar su respuesta.
Volví
a guardarla en su lugar.
La
tarde transcurrió sin mas novedades, así que me dediqué a
releer los papeles del caso y a poner en orden mi despacho.
Pasadas
ya las nueve, me retiré a mi casa.
Llegué
y cené con mamá. La noté medio rara, melancólica....
Me
juró que no era nada y puso su mejor cara de: tapemos
los problemas.
Me
sirvió el café y con un beso en la frente se despidió y
caminó hacia su cuarto.
Terminado
mi café hice lo mismo.
Capítulo Cuarto
El
libro y los Antiguos
Hace
más de dos horas que estoy en esta biblioteca leyendo libros de
ocultismo y leyendas sin hallar nada que se conecte con el caso,
en eso al girar la cabeza hacia la derecha, mis ojos se posaron
en una mujer de fina figura y cabello abundante y cobrizo, que
leía apasionadamente en un rincón de la sala de al lado.
La
observé por unos minutos, y como si se hubiese percatado de mi,
me devolvió una mirada, que me provocó una puntada
terriblemente aguda en la sien, ante lo cual volteé la cabeza.
Me
sacudí un poco, y cuando volví a ver, la mujer ya no estaba. No
le di importancia y continué con mi lectura.
Fotocopié
varios libros, entre los cuales se hallaban algunos de magia
negra, de vudú, de chamanismo, y un libro sobre historias
basadas en relatos y leyendas sobre las eras anteriores al
hombre.
Este
libro, en especial era el que más me llamaba la atención, pues
era el mismo en el que se habían basado para armar aquella
página Web que tanto me sorprendiera un par de noches atrás: El
Necronomicón.
El
libro, el cuál rápidamente captó toda mi atención, contaba
que millones de años antes que el hombre apareciera sobre la
tierra, seres de otras galaxias llegaron a nuestro planeta
escapando de la guerra y posible extinción de su raza.
Al
parecer estos seres tenían ciertas nociones de arquitectura,
basadas en la utilización del arco, como base para sus
construcciones.
Estos
seres, denominados Antiguos por el escritor carecían
de habla.
Al
no poseer cuerdas vocales, utilizaban cierto tipo de
extremidades tubulares y flexibles, para emitir sonidos, como
silbidos, el libro decía que estos entes poseían la habilidad
de viajar telepáticamente por el tiempo poseyendo las mentes de
los hombres de la época a la que querían transportarse.
Así,
lograban, pasar desapercibidos y recopilar información para su
biblioteca de conocimientos.
Pasaban
su vida, entre la construcción y la recopilación de datos
históricos.
De
ese modo pasaron millones de años en nuestro planeta, sin llegar
a ser molestados por otras criaturas. Sus torres estaban
construidas a más de mil metros de altura.
Su
tamaño solo se comparaba con el del habitante más grande de
todos los tiempos, el T-Rex.
Mientras
la pangea se encontraba aún unida, estos seres habitaban la
parte que más tarde se convertiría en la Antártida.
Llegué
a casa pasadas las diez, y, para distenderme un poco del agitado
día que pasaba, me hice un té de menta y puse la TV.
Como
es costumbre, hice zapping por casi una hora, sin encontrar
ningún programa que me atrajese, ni una película, nada hasta
que llegué al canal Infinito, donde daban un programa sobre
ritos y culturas antiguas.
¿Casualidad?,
seguramente, pero me vino como anillo al dedo, porque en el
momento que agarré el programa, justo venía un especial sobre
africanismo, y con él, la magia negra y el vudú, ritos hacia
los cuales apuntaban los hechos.
Luego
de un rato de ver desfilar negritos desnudos, saltando y
chillando como locos, bebiendo whisky, fumando como sapos, y
alabando a quién sabe qué. Me puse serio al descubrir que en
uno de ésos bailes, un hombre mayor, creo que el único viejo de
la fiesta, trazaba con una vara embebida en la sangre que emanaba
de las heridas que se hacían los jóvenes, una especie de
mandala, que consistía en una estrella de cinco puntas encerrada
en un círculo, con una especie de pulpo alado en el pentágono
que se formaba en el centro de la misma, en el que hizo foco la
cámara dejando al descubierto, que era el mismo símbolo que al
comienzo de ésta pesadilla llevara trazado en su pecho Alexis
Aranda.
Capítulo Quinto
Viaje
hacia las entrañas del averno
Hoy
hace ya tres días que me encuentro viajando en el medio de la
nada, arena a la derecha, arena a la izquierda...
Voy
en una camioneta a través del desierto al sur de Libia, para
llegar dentro de cinco horas, mas o menos, a la ciudad de NDjamena
al sur-este de la cuenca de El Chad, casi en el centro mismo del
Africa.
Allí
me espera Agar, mi pase a las subculturas africanistas.
A
medida que vamos llegando a nuestro destino, se empieza a sentir
el cambio de clima, del árido y seco por el que
atravesamos horas atrás, a uno más húmedo y denso, ya casi
saliendo del desierto líbico encontrando aquí algunas que
otras densas matas de arbustos que aún el sol no había llegado
a chamuscar.
Ya
en nuestro destino, se acerca una mujer de cabello cobrizo y
escasas curvas, casi recta, penetrante mediante sus ojos color
miel, rodeados por un halo de rimel negro, que la hacían ver
casi como una diosa. Era la misma mujer que creí ver el viernes
pasado en la biblioteca.
Su
voz era dulce y melancólica, casi de ultratumba, diría Homero.
Se acerca al auto y le ordena, en su idioma, algo al conductor,
quien inmediatamente se baja del vehículo, y se aleja corriendo
del mismo.
Con
un gesto me hace entender que la siga, a lo asentí con la
cabeza.
Nos
dirigimos por una estrecha callecita de tierra hacia un local
pequeño, oculto tras un paredón perpendicular a la calle por la
que íbamos.
Ingresamos
a un pequeño ambiente apenas iluminado por la escasa luz del sol
que se colaba por las rendijas de las persianas de bambú.
Las
paredes que formaban este cuarto repulsivo, estaban cubiertos por
pilas de cajas de momias antiguas y cadáveres en perfecto estado
de conservación, que parecían vivos, disecados a la perfección
y curados por el arte de la taxidermia. Estaba lleno de cajones
colmados de cráneos. Allí podían hallarse cabezas calvas
descompuestas de hombres nobles y célebres y cabezas frescas y
resplandecientes de niños recientemente enterrados.
También
había estatuas, todas demoníacas, algunas de las cuales
parecían haber sido esculpidas por el mismo demonio.
De
repente, casi de la nada comenzó a sentirse, aunque vagamente,
una voz desvanecida y blasfema que dijo:¿Qué sabemos
acerca del mundo que nos rodea? Nuestros medios perceptivos son
desesperadamente ineficientes, y nuestro conocimiento de lo que
nos rodea es ínfimo.
Pude
ver al anciano que murmuraba detrás de una de las.
Continuó
hablando...
-Percibimos
las cosas según la capacidad de nuestros órganos, y no podemos
formarnos un concepto abarcador acerca del carácter de ellos.
Con cinco sentidos endebles, pretendemos abarcar el cosmos
complejo e infinito, mientras que otros seres, munidos de una
artillería de sentidos más fuertes y extensa, o sencillamente
distinta, podrían ver de manera muy diferente lo que nosotros
vemos y también captar y analizar mundos enteros de materia,
energía y vida que existiesen a nuestro lado, pero que no son
aprehensibles para nuestros sentidos actuales.
No
tuve mas que pensar en decir algo para que, al menor trastabillar
de mis labios, el anciano levantara su brazo izquierdo, que era,
por cierto, el único que tenía, y se abalanzó a darme la
respuesta que yo necesitaba: si, conozco el símbolo. Lo conozco
desde el momento en que naufragó mi padre, cuando aún se lo
podía utilizar con libertad, para iniciarse en la magia. Traído
de lo más profundo del desierto de Cali, este talismán, que
representa el espíritu del gran sacerdote Ctulhu, no hizo mas
que traer muerte a quien lo utilizara, despertando una antigua
maldición que se extendería a lo largo de todo su linaje hasta
terminar con él. La maldición era llevada a cabo por el mismo
Ctulhu, quien se presentaba tomando una forma diferente cada vez,
luego que su mensajero dejara una especie de invitación al
condenado, advirtiéndole que le quedaban solo dos horas de vida.
La invitación estaba sellada por el símbolo del sacerdote y
acompañada por una extraña flor, que según se cree simbolizaba
una especie de despedida.
En
ese mismo instante, Agar descubre un ídolo que se encontraba
tras de ella, y que, al parecer llevaba algo en la mano, y eso
que llevaba apartado tras una tela negra, parecía ser tan
importante, u oscuro, como para ocultarlo de la vista de
cualquiera.
Cual
fue mi sorpresa al ver lo que se hallaba bajo ese manto de
silencio, allí, inmortalizado en una especie talismán oscuro,
de carácter místico, se hallaba aquél símbolo que comenzara
esta pesadilla, hacía ya casi un mes. La figura que lo poseía,
no era otra sino la del padre del anciano, al que llamé anciano
porque nunca en toda mi estadía en el lugar me dio a conocer su
nombre. Allí como una estatua viviente del pasado que se perdió
en el mar años atrás, se erguía, inmutable, soberbia y
poderosa la imagen de un hombre de no más de treinta años
vistiendo una túnica blanca con ornamentos dorados en mangas y
cuello, como preparado para llevar a cabo alguna especie de
ritual o invocando simplemente alguna deidad oculta dentro de
aquél talismán de jade y oro que se erigía entre sus dos
manos.
Capítulo Sexto
Intrauterino
Ya
he visto este símbolo- le dije, mientras me acercaba con
precaución hacia la estatua que se erigía ahora delante de mí.
Sus
ojos quedaron a la altura de los míos y sus manos, en
posición como de ofrendar, presentaban en su seno aquel
amuleto, como diciéndome tomalo, es tuyo...
Después
de todo su rostro, ahora que me doy cuenta daba la sensación de
que se quería deshacer de el
Así
que lo tome ante el tremendo escándalo que hizo el viejo cuando
vio que lo tenía en mis manos. Empezó a balbucear en un idioma
desconocido para mi, pero que parecía antiguo, arameo,
sumerio...Bah!, no le entendía nada, a la vez que agitaba los
brazos dibujando círculos en el aire.
Agar
me tiró hacia fuera, así salimos del lugar por una puerta
lateral que daba a un callejón apenas iluminado por unas
antiguas lámparas de aceite que colgaban de uno de los muros,
distanciadas cada 2 o 3 metros una de la otra, a lo largo de
aquel tenebroso pasaje
A
medida que avanzábamos, nos percatamos de una presencia, algo o
alguien nos seguía.
Apenas
pasamos la primera lámpara, esta se fue consumiendo lentamente
hasta quedar totalmente apagada, y con cada paso que dábamos, lo
mismo le iba pasando gradualmente a la siguiente, y al apagarse,
a la siguiente, y esa presencia que nos respiraba en las nucas, y
lograba erizarnos la piel, como un soplido divino y frío.
Comenzamos
a correr por el pasillo, dando largas zancadas para tratar de
bañarnos con la luz de la siguiente lámpara, y no quedar
desprotegidos en las tinieblas, porque sabíamos que en todo
esto, la oscuridad jugaba un papel muy importante
En
eso delante nuestro se proyectó una sombra, como si a nuestras
espaldas hubiese una figura de no menos tres metros de altura
abriendo sus brazos sobre nosotros, eso proyectaba la sombra,
ahora:¿como podía proyectarse una sombra si detrás nuestro ya
no había ninguna luz?
Me
detuve tomando fuertemente a Agar del brazo, y en un acto de
valentía ¿o de estupidez? me di vuelta para ver
MIERRDAAA!!!-
grité.
Detrás
nuestro había en efecto una sombra
mas bien era como una
especie de figura formada por un humo sacrílego y negro, que
poseía unos destellantes ojos ámbar, que no dejaban de moverse,
como si buscaran algo
que no sabían donde estaba, pero si
que estaba aquí.
Solo
atine por reflejo a tomar el amuleto en mis manos, y a ponerlo
frente a mi.
¡¡¡¿¿¿es
esto lo que querés demonio???!!! dije, mientras agitaba el
amuleto frente a mi -¡¡¿¿esto???!!- a lo que respondió con
un aullido desgarrador, como si le comprimieran las entrañas
desde adentro, de pronto se le empezó a hinchar el vientre, y
allí mismo algo comenzó a latir, y a brillar en su interior.
Pude
observar luego de unos minutos como se gestaba algo dentro de
él, una especie de dispositivo intrauterino, que comenzó a
extenderse como un río de luz fluorescente, llenando el cuerpo
de aquella presencia, la cual se retorció y agito los brazos
hasta estallar en un haz de luz y desaparecer sin dejar rastro
alguno.
Pasado
esto, las luces comenzaron a encenderse, como por arte de magia,
y cuando pude ver con mas claridad me di cuenta que ya no
estábamos en aquél pasaje.
Capítulo Séptimo
El
templo de los Antiguos
Nos
encontrábamos ahora en una especie de recámara, ante lo cual,
quedamos ambos atónitos al contemplar la antigüedad del lugar.
Seis
arcos empotrados sobre columnas estilo dórico coronados con
detalles en oro y jade, rodeaban una extensa biblioteca de
hierro macizo, corroída por el tiempo y la humedad, donde
habitaban miles de libros.
Cada
uno del tamaño del torso de un hombre adulto, hechos
íntegramente en metal, tallados con una especie de símbolos
cuneiformes, similares a los que vine viendo a lo largo de la
semana.
El
metal con el que estaban hechos no estaba dañado, es mas,
brillaba como si recién hubieran sido pulidos.
En
una de las esquinas de la biblioteca encontramos labrado en el
hierro una especie de mapa del lugar, donde se podían observar
dos bibliotecas trapezoidales, enfrentadas de forma tal que
formaban un hexágono perfecto, separadas por en estrecho pasillo
que atravesaba la habitación.
Comenzamos
a caminar tratando de llegar a la otra punta del cuarto, donde la
oscuridad consumía todo.
De
repente tuve la sensación de que otra vez nos seguían, pero a
pesar de eso seguí caminando.
Agar
estuvo a mi lado todo el camino, sin decir una palabra, como se
habrán dado cuenta
.
Es
que no se porque, desde que entráramos aquella vez a la tienda
del viejo, no dijo una- palabra-mas.
Obviamente
que me pareció extraño, pero con los sucesos que se
acontecieron, ustedes, sean sinceros, ¿se habrían fijado en
eso? no lo creo, pero bueno sigamos con lo nuestro.
Ahí
estábamos los dos, caminando a través de aquel pasillo cuando
de repente el suelo comenzó a temblar, las paredes se movían,
pero no se cayó ni un solo libro, era como si en realidad, no
temblara el piso sino que lo hiciese todo el recinto
.
Ante
el susto que eso nos causo, comencé a correr, arrastrando a Agar
de la mano, la cual seguía inmutable ante todo.
Llegamos
hasta un muro de adoquines donde entre los mismos podía verse un
pequeño haz de luz del otro lado, claro que ¿como llegaba al
otro lado?
A
pesar de la tenue luz que iluminaba el lugar, podía ver bastante
bien, y mis manos me ayudaron a tantear en los adoquines, hasta
que di con una hendidura circular, donde dentro y con la punta de
los dedos podía tocar una especie de aro, lo cual supuse que
seria una manija, o un elemento que accionaba algún mecanismo.
Recordé que Agar llevaba en su cinturón su cortaplumas, así
que me volví para pedírsela, y cual fue mi sorpresa al ver que
ya no estaba a mi lado.
Comencé
a llamarla gritando, pero nada. Le di la vuelta completa al lugar
y nada
Cuando
termine mi recorrido caí en cuenta que no había entrada ni
salida de aquel recinto, con lo cual, entre en pánico
totalmente, porque, encima que no había forma de explicar nada
de lo que venia pasando, pasa esto
Me
desesperé patee, grite, me tire contra las paredes, me arruine
las manos tratando de alcanzar aquella argolla dentro de la pared
y
encima
EL CUARTO SEGUIA TEMBLANDO!!!!!!!!!!!!!!!!!
De
repente, todo se calmo, y pude observar, mientras estaba tirado
en el piso ya resignado, como sobre cada una de las bibliotecas
había una especie de respiradero.
Me
abalance sobre aquella estructura, y comencé a trepar hasta que
llegué al tope y comencé a golpear en la malla metálica que
cubría la abertura.
Al
final logre romperla, con puñetazos certeros al medio, porque al
parecer estaba como arraigada a la piedra, así que con mi puño
envuelto en mi camisa, la cual decidí sacrificar por la causa,
golpee y golpee, hasta que cedió.
Comencé
a subir por una especie de ventila mohosa, lo cual hacia muy
difícil el ascenso, pero como cabía justo en aquel hoyo, con mi
espalda apoyada en un lado y mis piernas empujando el contrario,
logre mantenerme firme mientras mis manos iban buscando en las
paredes algo en donde asirme.
Luego
de mas o menos veinte o veinticinco minutos, y de haber soportado
otro de esos temblores, di con el final de el pasaje.
Una nueva malla que romper para encontrarme luego en otro
ambiente de este maldito templo.
Ahora
me hallaba en un cuarto compuesto por una ventana y una mesa alta
como yo, sin sillas ni nada donde sentarse. Volví a cubrir mis
manos, donde mis nudillos no dejaban de sangrar, por los golpes
dados con anterioridad.
Me
encamine hacia la ventana, conformada por un perfecto arco hecho
de los mismos adoquines de las paredes del cuarto anterior,
porque en este las paredes eran lisas, como si el cuarto hubiese
sido cincelado a mano en la piedra virgen.
Dentro
de ese marco había dos hojas de una ventana muy pesadas cada una
hecha de una madera oscura casi negra, al tono con los adoquines
oscuros como de ónix que conformaban el marco.
Desde
una hendidura que se repetía en la otra, abrí una de las hojas,
con mucho esfuerzo.
Ahora
ante mi se erigía imponente como nada de lo que había visto en
toda mi vida, una especie de ciudad conformada por edificaciones
cónicas, de punta truncada, con veinte ventanas en cada una.
Eran alrededor de unas seis una al lado de la otra formando un
semicírculo alrededor de una plazoleta que encerraba en su
centro una especie de aljibe.
En
ese momento recordé algo de lo que había leído hacia ya casi
dos semanas atrás en el sito de Necronomicón:
La
ciudad de los Antiguos se erige entre las orillas de la
conciencia y el mundo onírico, es un espacio donde el
tiempo no corre y donde los Antiguos viajan de época en época
recopilando información sobre la historia humana, para llenar
sus enormes bibliotecas con nuestra genealogía. En su centro se
puede observar la entrada a la caverna donde habita el gran
sacerdote, el cual aguarda para ser llamado a recuperar su mundo.
Gracias
a un proceso complejo de evolución cerebral, que les permite
materializar portones ínter dimensionales apuntan a la
dimensión que quieren y es ahí cuando mandan su mente a
recorrer los abismos del tiempo, hasta llegar a la etapa deseada
dentro de nuestra evolución, fundiendo su mente con el cuerpo de
algún desprevenido personaje, una vez doctor, otra linyera, y es
en ese momento donde usurpan la personalidad de aquel, toman su
lugar en la historia y luego de saciarse de sabiduría vuelven
aquí a llenar sus hojas metálicas de conocimiento. Es así como
se mantuvieron activos todos estos cientos de miles de años,
viajando en el tiempo, recopilando información, hasta el día
en que el gran sacerdote, al que llaman Ctulhu, despierte de su
eterno descanso y venga a reconstruir la historia.
Se
preguntarán que pasaba con la mente del usurpado, bueno eso
podría explicar que hacía yo allí.
Una
vez que un Antiguo usurpaba tu cuerpo, tu mente iba a parar al
cuerpo de el en su dimensión, pero ete aquí que mi cuerpo era
aquí mi cuerpo, veía mis manos y eran las mías, tenia mi ropa
y todo, así que comprendí que lo mío no había sido el típico
viaje astral, podría decirse.
Yo
estaba ahí por otro motivo o causa.
Capítulo Octavo
La
venida del gran sacerdote
Ahí
estaba yo, en esa época bastarda de la historia, que nunca fue
escrita ni contada, esperando no se que señal o momento para
cumplir la función que el destino me había asignado.
Seguía
aun colgado de la enorme ventana, observando aquella especie
ciudad enorme que se levantaba frente a mí. Noté que de cada
una de aquellas edificaciones brotaba, en sus paredes, una
especie de flor muy hermosa la cual se parecía mucho a la que
recibiera Alexis Aranda en ese sobre negro, cuando se
desencadenó esta pesadilla.
De
repente divisé figura que salía de una de las construcciones.
Me es difícil describir con palabras la fisonomía de
esa...COSA.
Estaba
hecha como de gelatina, de una masa gelatinosa
blanco-amarillenta, era mas bien una larva de esas que aparecen
en el Discovery Channel, con dos puntos negros por
ojos y cientos de minúsculas patas con las cuales se desplazaba.
Salio
de uno de esos edificios hacia la plazoleta del centro, y
comenzó a descender por esa especie de aljibe hacia quien sabe
donde. Habiendo visto esto me di vuelta para encontrarme con una
salida que antes no había visto, por falta de luz por colgado
simplemente.
Salí
de la habitación y comencé a caminar por un pasillo
largo...largo.
Los
muros estaban cubiertos de figuras en relieves bastante bien
hechas por cierto, que mostraban a lo largo del pasillo una
historia que supuse tenia que ver con la venida de Ctulhu.
En
ellos se veía como esas larvas se reunían en aquella plazoleta
y comenzaban a descender de a una por esa especie de aljibe,
hasta una recamara donde los esperaban otros seres de mayor
tamaño, de los cuales ya había leído antes: los Antiguos.
Su
forma era cónica, como sus construcciones, dotados de cuatro
enormes brazos, como tubos flexibles, que se extendían a lo
largo de sus cuerpos.
Por
su forma de cono trunco, daban la sensación de no tener cabeza.
Debajo
se observaba una especie de baba con la que se desplazaban por
sus dominios.
Su
cuerpo parecía de roca con unas pequeñas hendiduras debajo de
lo que parecía ser una boca, con las cuales respiraban,
expandiendo y contrayendo su diámetro con cada toma o expulsión
de aire.
De
sus cuatro brazos, dos se encontraban al frente, y dos al
costado, los de enfrente terminaban en una especie de cornetas,
con las cuales provocaban una especie de silbido agudo y
penetrante, el cual invitaba a otros de su especie a reunirse con
ese.
Los
otros dos, terminaban en unas potentes tenazas, como de hueso,
las cuales hacían crujir a medida que se desplazaban.
Siguiendo
los grabados llegue hasta una parte donde al parecer todos se
formaban a la orilla de un lago interior en lo profundo de esa
gruta.
Después
de que hicieran ciertas reverencias y leyeran un tipo de ritual,
que se podía ver tallado en la pared, emergía Él.
Ese
texto me pareció bastante familiar, y recordé un papel que
había tomado de detrás de uno de los cuadros de la casa de los
Aranda. Los comparé y para sorpresa mía o no: ERAN IDENTICOS!!
Verdaderamente
los hechos estaban ligados con aquella familia, pero aún no
sabía el cómo ni el porqué
Retomando
lo anterior, ese ser era de un tamaño descomunal, con unas
pequeñas alas en su espalda, tentáculos y una enorme cabeza de
pulpo, era un engendro inimaginable para cualquiera, había que
verlo para creerlo.
Luego
de eso se comía una a una a esas especies de larvas blanco
amarillentas, que al parecer eran criadas por los Antiguos para
alimentarlo, y habiendo finalizado el banquete, subió y desato
el Apocalipsis, terminando el último relieve con un tallado de
Él sobre el planeta, coronando así su victoria.
En
el momento que vi esa imagen un escalofrío recorrió mi espalda,
llenándome el cuerpo de un frío sudor, y provocándome una
sensación de impotencia, que me hizo dejar caer una lagrima.
Tenia
la sensación de que nada podía yo hacer para contrarrestar eso,
ese era el futuro de nuestra especie, he ahí el fin de la raza
humana.
Así,
medio asustado y resignado me dirigí hacia el próximo portal,
en busca de la salida de aquel recinto.
El
ambiente contiguo tenia dos ventanas, y un enorme hueco en el
medio, desde el cual se podía ver el piso inferior. Yo debería
encontrarme en el segundo o tercer piso, por la distancia que
observe desde la ventana del cuarto anterior.
Pero
volviendo sobre el hueco, tenia un diámetro de mas o menos dos
metros, seguramente los Antiguos, podían volar o levitar, porque
no había otra forma de pasar de piso en piso, por si no lo dije
antes la altura de los techos era de aproximadamente cinco
metros, es que esa era la medida promedio de aquellos seres, y
los grabados que había visto lo confirmaban.
Obviamente
no tenía ni una soga ni nada para descender, así que comencé a
buscar.
Volvía
al cuarto anterior y allí con un pedazo de adoquín que halle
tirado comencé a golpear una de las patas de aquella mesa hasta
que logre quebrarla. Con ella fui hasta el hueco del otro cuarto,
ate una manga de mi camisa a la pata (ya mis manos estaban
mejor), y a continuación le anexe mi cinturón, y comencé a
descender. Menos mal que mi camisa aguanto unos minutos, por lo
menos me dejo lo suficientemente cerca del piso como para que la
caída no me hiciese daño. El piso al que había arribado era
similar al otro dos cuartos, uno con una ventana y una mesa, y el
otro con la salida, solo que ésta vez no había un pasillo que
las uniera.
El
problema era que ya no tenía mi elemento de descenso casero,
así que estaba en problemas....
Fui
hasta el cuarto de la mesa y la miré con cariño, pero ya solo
me quedaban la remera y el pantalón, sin contar el calzado, así
que deseché la idea.
Abrí
la ventana con cuidado de que me vieran, porque ya me encontraba
cerca de la planta baja así que mejor prevenir... No había
moros en la costa, así que salí por la ventana que continuaba
con una especie de sobre techo antes de dar con el arco de la
entrada principal que podía verse mas abajo.
Comencé
a descender por los adoquines del mismo, hasta caer en tierra
firme.
El
silencio que había me enloquecía, sabiendo que estaba rodeado
por todos esos bichos y monstruos, tanto silencio me daba mas
miedo que tener a un Antiguo delante de mí.
Me
oculte tras el umbral de la entrada observando con cuidado los
edificios de enfrente, pero al ver que no había movimiento
corrí hacia el centro de la plazoleta, para mirar dentro del
aljibe.
Al
asomarme ascendió un olor pútrido y agrio que me cegó de
lagrimas por un rato, impidiéndome ver, era tan ácido y
penetrante que me perforaba el cerebro.
Cuando
al final me repuse sentí cerca mío pequeños repiqueteos que me
hicieron darme vuelta. A solo dos metros de mi se encontraba una
de esas larvas asquerosas, encaminada hacia donde yo estaba.
Comencé a alejarme despacio de allí, con pequeños `pasos
hacia el costado. La criatura husmeaba en el aire se ve que me
olía o algo, pero seguía su camino hacia el túnel.
Paso
a menos de treinta centímetros de mi, y por su actitud me dio a
entender que era ciego y quizás sordo.
Ufff!!!
Que nervios, a pesar de que en aquellos grabados no se los veía
hostiles, nunca se sabe.... por suerte para mi, o no, la larva
había dejado como rastro una especie de hilo de seda del
diámetro de mi dedo índice, así que comencé a recogerlo,
cuando vi que el animal había llegado al fondo y cortado la
producción del mismo. Lo até alrededor del aljibe, y
comencé a descender, total tenía mas o menos cinco minutos, que
es lo que calculé que tardaba en llegar una larva desde su
edificio hasta mi.
El
descenso se me hizo muy fácil, ya que el hilo tenía una
adherencia muy fuerte, casi ni tenía que apretar los puños
alrededor de ella, llegué al fondo y comencé a caminar por
aquella gruta iluminada tenuemente por una luz rojiza al final
del pasillo,
Parecía
que estaba entrando al útero de la tierra, al epicentro mismo
del infierno, el calor y el hedor que de allí emanaban eran
insoportables, así que corte un pedazo de mi remera para
fabricarme una mascara con la cual pude seguir mi camino, aunque
mis ojos seguían lagrimeando sin cesar.
El
túnel estaba cubierto por una especie de cristal de color verde.
A
medida que llegaba al final del mismo, la luz se iba haciendo
más fuerte, como así también el murmullo de aquellas
criaturas.
De
repente otra vez las patitas de una de esas larvas, así que me
pegué a la pared y la vi pasar rozándome la nariz.
Seguí
caminando hasta toparme con una abertura adornada con un arco
hermosamente grabado con detalles en oro y jade, tras el cuál se
encontraban las bestias larviformes aguardando y los Antiguos,
guiándolos como un pastor a su rebaño, solo que el fin de
éstas no era otro sino la muerte
.
Todo
estaba preparado, cada uno en su lugar, cuando de repente los
Antiguos se abrieron y dieron paso al más viejo de ellos,
notábase esto por el pellejo arrugado, su color gris pálido y
el tamaño menor de éste comparado con el del resto.
Se
estaba gestando la venida del gran sacerdote, el temible y enorme
Ctulhu, y yo era el único humano que iba a presenciar tal
aberrante acto, podría decirse que mi testimonio estaba
describiendo el Apocalipsis.
Capítulo Noveno
Del
mundo y la sombra
que
se cernió sobre él
Así
estaba de jodida la cosa, ya no estaba asustado, mas bien
resignado y doblegado.
Claro,
que podría hacer yo contra esa congregación de monstruos, yo un
simple humano como cualquiera
solo esperar.
El
anciano se paró dos metros más delante de los demás Antiguos,
y a su orden, todos empezaron a hacer sonar sus extremidades, con
tal fuerza que el lugar entero comenzó a temblar, ahí
comprendí de donde provenían los temblores anteriores, y ya que
estoy recordando esto, ¿qué había pasado con Agar?
No
terminé de formularme la pregunta que se apareció detrás de
mí como un fantasma y tomándome del hombro y con un gesto me
invitó a pasar.
Ante
mi, las bestias comenzaron a inquietarse mientras hacían sonar
sus malditas cornetas al ritmo de mi paso, lo cual me ponía muy
nervioso
muy nervioso
De
repente nos detuvimos, y Agar me indicó con pequeños
empujoncitos que siguiera solo, que mas daba si ya estaba en el
baile no?? Di un par de pasos más, y al instante se me acercó
el viejo, con toda su baranda incluida en él, y desde atrás
sacó un enorme libro, forrado en piel, pero no en cualquier
piel, era un rejunte de retazos de piel humana, y tenía marcado
como hacen en los establos, a fuego el símbolo que hacía
algunas semanas atrás (o años, ¿¿¿como podía ya saber???),
desatara esta pesadilla en la que el destino me involucró.
Con
dos de sus extremidades me ofreció el libro mientras que con las
otras me hurgaba en los bolsillos hasta que halló el medallón.
Me
obligó con golpes en la cadera y silbidos a sacarlo y me guió
para que lo colocara sobre el sello del libro.
Así
lo hice, y de repente todo quedó sumido en un temible silencio,
mientras el Antiguo balbuceaba una especie de ritual en un idioma
que no conocía pero que había escuchado ya.
Recordé
al viejo de la tienda y caí en cuenta de que era el mismo
lenguaje, como también era la del piso la misma viscosidad que
se encontrara en cada uno de los casos que comenzaron con esta
locura, la cual al parecer les permitía a los Antiguos
desplazarse.
Entonces
mi cerebro siguió retrocediendo y me llevó hasta la casa de la
señora Aranda, en especial a uno de los cuadros de la sala, al
cual no le di importancia. Como es esta cosa del cerebro que a
veces no nos damos cuenta que cosas que para nuestro consciente
pasaron desapercibidas, la otra parte las almacena y asimila
En
ésa foto se podía observar a la familia en una especie de
desierto y detrás de todo, en las sombras se recortaba la figura
de alguien más.
Me
esforcé en hacer un zoom y aclarar la imagen (tengo muy buena
memoria visual) y cuál fue mi sorpresa al ver que tras la
familia se podía ver la figura de Agar.
Abrí
los ojos, después de esto para observarla vestida de
blanco con una especie de toga de algodón con ornamentos
dorados, de la que se desprendía un abrumador olor a incienso,
que se licuó con el nauseabundo aroma a putrefacción del lugar
permitiéndome respirar ya sin la máscara.
Me
convidó a acercarme a su lado y me pareció extraño ver que a
la manga derecha le faltaba en pedazo de tela, que había sido
como desgarrado, justo en la parte de la manga que estaba
cubierta por esos símbolos extraños.
Mi
cabeza hizo otra vez una pausa, y como por reflejo, metí la mano
en mi bolsillo y extraje la pequeña Biblia, la cual me había
acompañado durante todo el trayecto desde que la hallara en la
casa de la familia Aranda.
Todo
estaba cerrando, aquella familia, el anciano, Agar, los símbolos
y los aromas.
En
ese momento lo supe: mi destino era ser el desencadenante del
Apocalipsis.
Yo
era el entregador, el judas de mi raza, el ente que daría lugar
con su traición a que ascendiera la sombra que se cerniría
sobre la faz de la tierra.
De
pronto del centro de la gruta comenzó a brotar un líquido
oscuro, parecía petróleo, el cuál fue llenando la hendidura
que conformaba el centro del lugar, hasta convertirse en una
especie de laguna negra.
Supe
entonces que el final estaba por llegar. Si recuerdan los
grabados que vi en una de las edificaciones, uno de los últimos
pasajes de la historia representaba esta imagen, pero no
recordaba nada sobre un hombre parado en el centro del ritual.
En
eso las dos filas de larvas que tenía a mis costados comenzaron
a caminar hasta internarse en el medio de la laguna.
Iban
desfilando una tras otra sin emitir sonido alguno, sabían que
habían sido criadas para ello y no tenían miedo de cumplir su
destino.
Al
terminarse esto, los Antiguos comenzaron a gritar de nuevo y a
agitar los brazos formando círculos en el aire(como hiciera con
anterioridad aquél anciano de la tienda), hasta terminar
achicándose, como poniéndose de cuclillas, pero como su cuerpo
no les permitía tomar esa pose, porque su anatomía era
diferente de la nuestra, simplemente se plegaban hacia abajo como
un acordeón, hasta quedar reducidos a la mitad de su tamaño.
Pasado
esto Agar comenzó a caminar también hacia aquel lago de brea,
mientras su cuerpo iba mutando hasta que sus extremidades
inferiores se tornaron tentáculos.
Siguió
su curso hasta desaparecer bajo aquél lago.
Casi
por veinte minutos hubo silencio, hasta que de repente los
Antiguos se levantaron todos al mismo tiempo, como de un salto, y
tomándome de brazos y piernas me empujaron hacia ese líquido
negro y putrefacto, obligándome a hundirme en él.
Fue
imposible luchar, esa especie de brea se pegó a mi cuerpo,
impidiéndome cualquier movimiento posible, mientras que a su vez
iba colmando mis pulmones con su esencia.
Lo
último que vi, antes de que mis ojos se cegaran por aquél
líquido, mientras iba descendiendo por ese lago de muerte
negra, fue la sombra de algo enorme, como un pulpo gigante,
con ojos de fuego y enormes tentáculos que ascendía
frente a mí con una mueca diabólica que denotaba victoria.
Fin
Capítulo Décimo
Un
nuevo despertar
(Final
Alternativo)
Martín!!!!!....
Martín!!!!- me despierta una voz-
Por
Dios hijo, pensé que nunca despertarías, hace casi seis horas
que estas que volás de fiebre, te sacudís y gritas palabras
raras en no se que idioma, no parabas de agitar los brazos, me
pusiste muy nerviosa hijo, ¿Como te sentís?
-Bien
creo
-respondí.
Ah
la
seductora y dulce voz de mi madre, que otra cosa podía pedir
después de tal pesadilla. Fue como música para mis oídos, pero
a pesar de todo me sentía tan pesado
tan cansado, y con un
terrible dolor de cabeza.
-¿porqué
no vas a lavarte la cara, mientras te cambio las sábanas sudadas
y te pongo unas limpias?-
Me
levanté, me costó mucho, era como si mi cuerpo pesara cien
kilos
- ¡¡esta es una de las peores gripes que me
agarré!!- ¡¡ que mal que me siento!!
De
seguro un poco de agua me hará bien.
-Tantas
horas de trabajo, y noches sin dormir terminaron por tirarme-
pensé.
Mientras
me dirigía hacia el baño comencé a escuchar con atención como
de fondo se podía oír un tenue silbido, muy agudo y penetrante,
mi cabeza comenzó a dolerme de nuevo
Comencé
a tener flashes en blanco y negro de gente que no conocía en
otras épocas, rostros, enormes montañas negras, una ciudad, un
pozo en el centro de una plaza, mi mente viajaba a mil, y a esa
velocidad descendió por ese pozo hasta terminar en una especie
de reunión donde todos me esperaban a mi, pero en sus miradas no
había más que odio, odio y rencor, algunos gritaban, tanta
gente
no conocía a nadie
Me
sacudió un escalofrío mientras ese silbido se volvía más
penetrante y fuerte.
Quise
tomarme la cabeza, pero mis manos no me respondían.
Alcé
la cabeza y abrí los ojos, mis manos se habían vuelto una
especie de tubos con tenazas, y mi cabeza, bueno, no estaba.
Desesperado
corrí hacia mi madre, pero me frené de golpe al ver que por
debajo de su vestido se asomaban unos tentáculos grisáceos.
MAMAAAA!!!...MAMAAAA!!!
grité-
Se
volvió hacia mí, y en el momento exacto que se volteó el
silbido cesó.
Quedé
paralizado por unos segundos y tuve un último flash donde mi
mente se centró en un rostro, el de mi madre pero no era ése
el que se encontraba frente a mi ahora, fue entonces cuando
volví a abrir los ojos, ese preciso momento donde Agar tomo mi
mano y me dijo, ya todo esta bien hijo, la pesadilla terminó.
Fin