El Talismán

Por Camilo M. Cornejo

 

 

 

 

 

 

Prefacio

 

Este libro esta dedicado a todas las personas que sueñan con ser parte de alguna aventura o tal vez con salvar al mundo, o solamente se relajan y se dejan llevar por relatos de mundos creados por mentes como la de mi escritor preferido H. P. Lovecraft, quien dio el puntapié inicial que me catapultó a sumergirme en las entrañas de lo intangible, y me llevó por sus mundos oníricos, convirtiéndome en su fiel lector, y logrando una anormal comunión entre sus palabras y mi mente.

Este es mi pequeño homenaje a él.

 

A mis viejos y hermanos que siempre me bancaron en estas cosas “raras” que a mi me gustan, y por sobretodo a mi hijo, Ulises que no me deja crecer y a mi Pocha, que siempre está para apoyarme.

 

Al que maneja los hilos de esta marioneta: gracias por estar ahí....

 

Nunca pierdan el niño que llevan dentro”

 

 

 

Camilo M. Cornejo

 

 

 

Capítulo Primero

El principio de la pesadilla

 

Llegué al lugar pasadas las ocho, la calle estaba hastiada de policías con sus humeantes tazas de café en mano.

En el instante en que crucé el umbral, aquella mujer se abalanzó sobre mí, casi de un salto, y me estrechó, tan fuerte como se lo permitieron sus grandes y temblequeantes brazos.

Tras ella se mostraba la horrenda escena: sobre la carpeta del living, yacía, en un lago de sangre, un hombre caucásico, de no más de veinte años de edad, con el torso desnudo, y sobre su pecho, tallado, como una especie de tatuaje diabólico, el símbolo que desatara al cabo de un par de días, una serie de horribles asesinatos.

Mi nombre es Martín Rivero, y me desempeño como detective en la comisaría sexta de Congreso, y salvo en películas o libros sobre el tema, nunca me topé con un caso como este.

El hombre era un tal Alexis Aranda, de veintitrés años de edad, asentado en nuestro país hacía ya cinco años.

Por razones desconocidas, dos horas antes de haberse cometido el asesinato del mismo, su  madre recibió un extraño llamado que la llevó hasta la entrada de la casa para encontrarse con un hombre al cual ella no conocía, quien luego de entregarle un extraño sobre negro desapareciera ante sus propios ojos.

Al regresar a su hogar, observó que el sobre estaba dirigido a su hijo, y por curiosidad, lo abrió, pero dentro solo encontró una extraña flor y un papel que tenía trazado un símbolo hecho con alguna especie de tinta roja.

Siendo ya más de las tres, la Sra. Aranda, como todas las tardes, se retiró a tomar su siesta.

Al tiempo llegó a la casa su hijo Alexis, quien sobre la mesa halló, a parte del almuerzo, el sobre negro.

Al abrirlo vió lo que su madre anteriormente, y como salido de quicio, corrió hacia su cuarto gritando con todas sus fuerzas:

“ ¡¡YA VIENE!!”

Al oírlo, la Sra. Aranda, saltó de su cama sin entender nada de lo que pasaba y trató de contener a su hijo quien no paraba de saltar y gritar, presa del pánico que le había provocado ese sobre, o mejor dicho, el símbolo que halló dentro del mismo.

Habrán pasado no más de cinco minutos, cuando de repente las ventanas se abrieron haciendo estallar los vidrios contra los postigos de hierro, mientras que por la abertura se colaba una especie de neblina color ocre, que poco a poco fue copando todo el cuarto.

Al ver esto, ambos corrieron hacia la entrada, pero cuál fue su sorpresa al encontrarse con que puertas y ventanas se trababan solas como por arte de magia mientras esa especie de nube se abalanzaba sobre ellos, como queriendo abrazarlos.

De ése humo se extendieron varios brazos, que tomando el cuerpo de Alexis y dejándolo inmóvil suspendido en el aire, luego de arrancarle la camisa, tallaran, como con una especie de lápiz de fuego, el símbolo que anteriormente su madre viera dibujado en el mensaje dentro del misterioso sobre negro. Culminada su labor la nube se retiró en un segundo de la casa, dejando al chico desangrándose sobre la alfombra de la biblioteca.

 

Ese fue el testimonio grabado durante la entrevista que la Sra. Aranda Tuvo con mi asistente Homero Stallin, indudablemente comencé a dudar del estado mental de la misma.

Me dirigí hacia la biblioteca, con el  fin de encontrar que significado tenía aquél extraño símbolo.

Pasé casi tres horas, sin hallar siquiera un dato sobre él.

Ya cansado de leer, me dirigí a casa y continué la búsqueda por Internet.

Mi vieja me había dejado una nota: LUNES DE CANASTA EN LO DE HILDA SAMAR.

Comprendí que pasaría la noche solo, y que para colmo, tendría que cocinarme y hacerme el café.

 

Mientras pensaba esto y para sorpresa mía, hallé el símbolo en la página: www.Necronomicón.com, página que se centra en el contenido del libro del árabe loco Abdul Alhazred, del cuál había oído hablar solo en los libros de Lovecraft.

El libro trataba sobre lo que parecían ser antiguos cultos que existieron millones de años antes de la aparición del hombre en la tierra, cultos en los que se adoraba a ciertas deidades, tratando de mantener el equilibrio que existe entre el plano real y el plano onírico.

Habiendo ya pasado el culto a Yogh-Sothoth, me topé con el nombre Ctulhu al cual hacía alusión el símbolo que encabezaba el texto.

El mismo formaba parte de una especie de antiguo amuleto que tenía grabado un pentagrama envuelto en un círculo donde podía verse, dentro del pentágono que se forma en el centro, una especie de pulpo alado.

Según rezaba el texto la existencia de aquél amuleto mantendría en suspenso la venida de la:

n´gñag-n´lar” (noche eterna), hasta que:

“...el gran sacerdote que descansa en el fondo del gran lago negro despierte de su eterno descanso.”

Obviamente la cosa era ya muy difícil de asimilar y no me encontraba lo suficientemente despabilado como para seguir leyendo esas pavadas, así que imprimí el texto y me acosté.

 

Me despertó el maldito teléfono a las dos y media de la mañana, del otro lado del tubo, una respiración jadeante, no cesaba de acariciarme el oído, acostumbrado ya a las bromas de los estúpidos que no tienen otra cosa mejor que hacer que molestar a la gente que descansa, corté sin darle demasiada importancia, aunque se me escaparon un par de puteadas.

Pero ese no sería el final de la cosa, al darme cuenta, que a pesar de haber colgado ya el teléfono, aquél jadeo seguía soplando en la penumbra de mi cuarto.

Creo que fue una de las pocas veces de mi vida que sentí miedo.

Me levante de un salto, preguntando con la voz un poco torpe quién andaba allí, cuando terminé de formular la pregunta, el jadeo cesó. Me acosté.

 

Capítulo Segundo

Secreto de familia

 

Luego del episodio anterior, y no habiendo podido pegar un ojo en toda la noche el resto del día se volvió un poco pesado.

Recién estábamos a martes y no podía esperar más a que llegara el fin de semana para tirarme a descansar.

Al llegar a la estación, el sargento Umaño me informó del hallazgo de dos cuerpos totalmente calcinados encontrados en las inmediaciones de San Telmo.

Allí fui.

Apenas bajé del coche, los malditos periodistas, se me colgaron como monos de zoológico, haciéndome imposible el acceso al lugar.

Luego de habérmelos sacado de encima, y ya un poco mas relajado, después de haber pateado a un par, encaré hacia lo que parecía ser uno de esos viejos conventillos hastiados de tanos malolientes, que al parecer por el estado de shock solo balbuceaban en su idioma, haciendo casi imposible el interrogatorio.

Subí por unas escaleras de metal hasta un cuarto que parecía haber salido de una película de terror clase Z, por donde miraba, hallaba sangre, el piso estaba cubierto por cierta sustancia color verde bilis, de consistencia gelatinosa, que al parecer eran restos de algo que había estado allí mucho antes de que la policía arribara a la escena. En una esquina, uno de los cuerpos, se hallaba como empotrado en la pared, lo poco de carne que quedaba en el si no  estaba chamuscado por el calor, faltaba, sus huesos saltaban a la vista y sus ojos habían sido arrancados, dejando al descubierto los músculos y tendones que rellenaban la cuenca de los mismos.

El otro cuerpo se encontraba recostado en el sillón, con una mueca que denotaba que había sido testigo de algo en extremo horrible. Aprisionaba con su mano derecha una especie de amuleto, el cual se había adherido a los restos de tejido que el calor había convertido en  una especie de chicle, impidiendo su extirpación

Luego que los forenses hicieran lo suyo, pedí permiso al comisario a cargo para tomar fotografías de la escena y sobre todo de aquél amuleto, el cual se deshizo cuando el forense intento tomarlo.

Me apresuré a llevar el rollo a revelar, y esperé toda la hora que tardaba el proceso en el café de la esquina.

Después de retirar las fotos, me dirigí a la estación por los informes, en especial el del forense.

Al llegar, me senté en mi escritorio. Cuando me disponía a ver las fotografías, entró Homero con el reporte que tanto esperaba.

Como era de suponer, aquella masa gelatinosa encontrada en la escena no correspondía a ninguna sustancia conocida, pero por su composición mineral, tenía un cierto parecido con la baba que utilizan algunos moluscos para desplazarse.

Ante la noticia y la rara expresión en el rostro de Homero, pregunté con total tranquilidad:

¿no hay nada nuevo?, a lo que Homero respondió que era imposible reconocer la identidad de los cuerpos, pues, al llegar al laboratorio, los restos que los profesionales habían tomado se habían convertido en polvo.

Le pedí que se retirara y me avoqué a estudiar las fotografías.

En ellas podía observar el cuadro completo de la escena del crimen, como así también el amuleto, el cual al verlo me di cuenta que era exactamente el mismo que el día anterior había visto grabado en el pecho de Aranda, y luego en aquél sitio Web, por lo tanto sin dudarlo un segundo más, conseguí una orden y me dirigí a la casa..

Arribé al lugar cerca de las siete de la tarde y tras llamar repetidas veces a la puerta sin obtener respuesta alguna, me apresuré al patio de la casa en busca de la puerta trasera.

Ésta se encontraba cerrada por dentro, así que no tuve más opción que abrirla por la fuerza.

Desenfundé mi arma, y me introduje en la cocina.

Al ingresar en ella comencé a sentir un olor nauseabundo y penetrante, que poco a poco fue cubriendo el ambiente.

Pasando la cocina se llegaba al living, donde el olor se volvió ya más ácido, y a medida que avanzaba cada vez más. Llegué a la biblioteca, y aún seguía allí el contorno de Alexis marcado con tiza en la alfombra. Nada sospechoso, ni siquiera un ruido en toda la casa.

Luego de la biblioteca venía un pasillo que comunicaba con las dos habitaciones dispuestas en forma perpendicular al cuarto de baño, donde sólo hallé el grifo abierto, y el piso totalmente mojado al haber rebalsado la pileta del lavamanos. Continué hasta el cuarto que tenía a mi derecha, una cama de dos plazas ocupaba la mayor parte del mismo, donde también había una cajonera haciendo de mesita de luz y un gran armario lleno de ropa femenina, comprendí entonces que ese era el cuarto de la Sra. Aranda,  así que me volví para el otro cuarto.

La puerta estaba cerrada y por la cerradura pude observar que la llave estaba puesta. La misma ranura me permitía ver una luz que se movía de derecha a izquierda como si la lámpara de techo se estuviese balanceando.

Dos disparos fueron suficientes para destrozar la cerradura y dejar la puerta destrabada, lo que vi allí, terminó de romper mi porte de hombre, y comencé a devolver, mientras corría en dirección a la salida trasera en busca de un poco de aire fresco.

Pasaron al menos diez minutos, antes que me compusiera y lograra llamar a la central en busca de refuerzos. Esto se me iba de las manos, lo que acababa de ver allí dentro, era tan horrible como sólo puede uno imaginar en sus pesadillas.

El cuarto estaba cubierto en su totalidad por ese moco verde que apareciera por la mañana en aquél conventillo; y en el centro de la escena se encontraba el cuerpo que tan solo horas atrás había pertenecido a la Sra. Aranda.

Ahora se hallaba colgando por el cuello de la lámpara del cuarto, con el rostro totalmente despellejado, sin los globos oculares, y esbozando aquella sonrisa diabólica que por el resto de los días no se borraría de mi cabeza.

No cabía duda alguna de que estos hechos estaban estrechamente ligados con aquella familia, pero ¿por qué?, era la pregunta del millón.

 

Capítulo Tercero

Un aroma singular

 

Aún no terminaba de creer que esto estuviera pasando realmente, si hacía cosa de dos días, me encontraba aburrido en la silla de mi despacho, ordenando mi archivo y tomando café.

Lo cierto era que hasta aquél momento todo ello me parecía parte de un mal sueño, de alguna pesadilla de la que no tardaría en despertar, o al menos eso creía...

 

Según informó el forense no se hallaron marcas de ninguna índole, como si solo le hubieran arrancado la piel de un tirón.

Lo peor de todo es que parecía que el hecho aconteció mientras la difunta todavía se hallaba con vida.

Y el deceso de la misma se había producido al desangrarse por la cuenca de los ojos, los cuales habían sido extirpados mientras colgaba del techo atada de pies y manos. Tampoco pudo gritar, al comenzar a coagularse la sangre en su rostro, y contraérsele los músculos del mismo por ello.

Su cara quedó hecha una costra gigante manteniendo el último gesto que sus músculos formaron: el del grito desesperado que llamó a su muerte.

 

Al tiempo que pensaba en cómo habían acontecido los hechos, mi mente trataba de bosquejar lentamente los fotogramas de aquella macabra película.

Esa misma tarde y con una nueva orden del Juez en mano me dirigí otra vez hacia la casa de Aranda para investigar un poco más a fondo, aunque por dentro mi corazón latía tan rápido y fuerte, que las palabras me salían como tartamudeando.

 

Apenas crucé el umbral de la casa, quité el seguro de mi pistola.

Ya en el comedor-biblioteca, me dispuse a revisar todo en busca de alguna pista.

Eran casi las cinco de la tarde, y aún no había hallado nada, hasta que en una de las paredes divisé un papel que parecía colarse por detrás de una de las fotos familiares.

La foto retrataba a la familia Aranda en una especie de desierto. Estaba tomada con poca luz, lo que hacía imposible ver bien los detalles del fondo.

Con cuidado descolgué el marco de la pared, y lo voltee para poder observar lo que ocultaba.

Era una especie de carta manuscrita que por el color y la textura del papel, llevaba allí un par de años.

Estaba escrita en un lenguaje tipo árabe, eran símbolos totalmente desconocidos para mi.

Doblé el papel y lo guardé en el bolsillo derecho de mi saco. Por las dudas, descolgué todos los cuadros del comedor, sin éxito. Luego me dirigí al cuarto de Alexis.

Las paredes estaban aún cubiertas por esa especie de baba verde que no permitía ver que había detrás. Luego, deshice la cama, hurgué en el placard, revolví los cajones y revisé sus libros, entre los cuales hallé una pequeña Biblia donde podían observarse varios versículos del Apocalipsis subrayados con marcador rojo, con fuerza, como con odio o dificultad casi desgarrando las hojas del libro con la punta de la fibra.

Dentro del libro, a modo de señalador, había una especie de lienzo o telilla que poseía unos extraños dibujos. Daba la sensación de ser la porción de una tela más grande...

Ésta al parecer era reciente, no estaba gastada, y estaba tan blanca como recién lavada, y casi desvanecido, tras el blanco, se podía sentir un aroma como a incienso, muy suave, que le daba a la tela, cierto tono místico, el cual estaba acompañado por una fila llena de esos garabatos raros.

Guardé la Biblia en el bolsillo del saco, y me dirigí al cuarto de la madre.

Di vuelta el placard sin resultados, y al observar mi reloj y ver que eran ya las doce decidí irme a casa.

 

Al día siguiente, pasadas ya las ocho, arribé a la estación con las nuevas pistas en mano. No había ni siquiera terminado mi café, cuando Homero se me acercó con un diario en la mano, esperando que leyera la portada, donde decía:

“Se encontraron restos de más de veinte perros, mutilados, en las cercanías del Pasteur, su director, el Dr. Eliseo dijo que no hay una explicación para tan siniestro hallazgo, pero que de ninguna manera, el hecho se conectaba con la institución”.

El párrafo siguiente, enmarcaba las fotos de algunos de los animales, los cuales al parecer, se habían matado entre ellos, pues absolutamente todos poseían las mismas dentelladas feroces en sus cuellos, algunos, hasta carecían de yugular, como si alguno de ellos, realmente hambriento, o rabioso (cosa poco probable si recordamos que no se ha visto un solo caso de rabia en diez años) hubiera, desesperadamente y con furia desgarrado el cuello del otro animal.

Cada animal estaba cubierto por aquella horrible baba, la cual había comenzado a secarse al sol, y mostraba a los animales como insertos en una piedra de ámbar verde.

Pero lo más raro de todo era que a pesar de haberse hallado todos los cadáveres juntos, no podía sentirse el olor a descomposición, sino que se podía sentir un aroma como a incienso, que al parecer emanaba de los propios animales, como si de eso estuvieran rellenos.

Sin parpadear saqué de mi bolsillo la Biblia con la tela y, como Homero había estado en la escena le di a oler para que comparara ambos aromas, está de más aclarar su respuesta.

Volví a guardarla en su lugar.

La tarde transcurrió sin mas novedades, así que me dediqué a releer los papeles del caso y a poner en orden mi despacho.

 

Pasadas ya las nueve, me retiré a mi casa.

Llegué  y cené con mamá. La noté medio rara, melancólica....

Me juró que no era nada y puso su mejor cara de: “tapemos los problemas”.

Me sirvió el café y con un beso en la frente se despidió y caminó hacia su cuarto.

Terminado mi café hice lo mismo.

 

Capítulo Cuarto

El libro y los Antiguos

 

Hace más de dos horas que estoy en esta biblioteca leyendo libros de ocultismo y leyendas sin hallar nada que se conecte con el caso, en eso al girar la cabeza hacia la derecha, mis ojos se posaron en una mujer de fina figura y cabello abundante y cobrizo, que leía apasionadamente en un rincón de la sala de al lado.

La observé por unos minutos, y como si se hubiese percatado de mi, me devolvió una mirada, que me provocó una puntada terriblemente aguda en la sien, ante lo cual volteé la cabeza.

Me sacudí un poco, y cuando volví a ver, la mujer ya no estaba. No le di importancia y continué con mi lectura.

Fotocopié varios libros, entre los cuales se hallaban algunos de magia negra, de vudú, de chamanismo, y un libro sobre historias basadas en relatos y leyendas sobre las eras anteriores al hombre.

 

Este libro, en especial era el que más me llamaba la atención, pues era el mismo en el que se habían basado para armar aquella página Web que tanto me sorprendiera un par de noches atrás: El Necronomicón.

El libro, el cuál rápidamente captó toda mi atención, contaba que millones de años antes que el hombre apareciera sobre la tierra, seres de otras galaxias llegaron a nuestro planeta escapando de la guerra y posible extinción de su raza.

Al parecer estos seres tenían ciertas nociones de arquitectura, basadas en la utilización del arco, como base para sus construcciones.

Estos seres, denominados “Antiguos” por el escritor carecían de habla.

Al no poseer  cuerdas vocales, utilizaban  cierto tipo de extremidades tubulares y flexibles, para emitir sonidos, como silbidos, el libro decía que estos entes poseían la habilidad de viajar telepáticamente por el tiempo poseyendo las mentes de los hombres de la época a la que querían transportarse.

Así, lograban, pasar desapercibidos y recopilar información para su biblioteca de conocimientos.

Pasaban su vida, entre la construcción y la recopilación de datos históricos.

De ese modo pasaron millones de años en nuestro planeta, sin llegar a ser molestados por otras criaturas. Sus torres estaban construidas a más de mil metros de altura.

Su tamaño solo se comparaba con el del habitante más grande de todos los tiempos, el T-Rex.

Mientras la pangea se encontraba aún unida, estos seres habitaban la parte que más tarde se convertiría en la Antártida.

Llegué a casa pasadas las diez, y, para distenderme un poco del agitado día que pasaba, me hice un té de menta y puse la TV.

 

Como es costumbre, hice zapping por casi una hora, sin encontrar ningún programa que me atrajese, ni una película, nada hasta que llegué al canal Infinito, donde daban un programa sobre ritos y culturas antiguas.

¿Casualidad?, seguramente, pero me vino como anillo al dedo, porque en el momento que agarré el programa, justo venía un especial sobre africanismo, y con él, la magia negra y el vudú, ritos hacia los cuales apuntaban los hechos.

 

Luego de un rato de ver desfilar negritos desnudos, saltando y chillando como locos, bebiendo whisky, fumando como sapos, y alabando a quién sabe qué. Me puse serio al descubrir que en uno de ésos bailes, un hombre mayor, creo que el único viejo de la fiesta, trazaba con una vara embebida en la sangre que emanaba de las heridas que se hacían los jóvenes, una especie de mandala, que consistía en una estrella de cinco puntas encerrada en un círculo, con una especie de pulpo alado en el pentágono que se formaba en el centro de la misma, en el que hizo foco la cámara dejando al descubierto, que era el mismo símbolo que al comienzo de ésta pesadilla llevara trazado en su pecho Alexis Aranda.

 

Capítulo Quinto

Viaje hacia las entrañas del averno

 

 

Hoy hace ya tres días que me encuentro viajando en el medio de la nada, arena a la derecha, arena a la izquierda...

Voy en una camioneta a través del desierto al sur de Libia, para llegar dentro de cinco horas, mas o menos, a la ciudad de N’Djamena al sur-este de la cuenca de El Chad, casi en el centro mismo del Africa.

Allí me espera Agar, mi pase a las subculturas africanistas.

A medida que vamos llegando a nuestro destino, se empieza a sentir el cambio de clima, del  árido y seco por el que atravesamos horas atrás, a uno más húmedo y denso, ya casi saliendo del desierto líbico  encontrando aquí algunas que otras densas matas de arbustos que aún el sol no había llegado a chamuscar.

Ya en nuestro destino, se acerca una mujer de cabello cobrizo y escasas curvas, casi recta, penetrante mediante sus ojos color miel, rodeados por un halo de rimel negro, que la hacían ver casi como una diosa. Era la misma mujer que creí ver el viernes pasado en la biblioteca.

Su voz era dulce y melancólica, casi de ultratumba, diría Homero. Se acerca al auto y le ordena, en su idioma, algo al conductor, quien inmediatamente se baja del vehículo, y se aleja corriendo del mismo.

Con un gesto me hace entender que la siga, a lo asentí con la cabeza.

 

Nos dirigimos por una estrecha callecita de tierra hacia un local pequeño, oculto tras un paredón perpendicular a la calle por la que íbamos.

Ingresamos a un pequeño ambiente apenas iluminado por la escasa luz del sol que se colaba por las rendijas de las persianas de bambú.

Las paredes que formaban este cuarto repulsivo, estaban cubiertos por pilas de cajas de momias antiguas y cadáveres en perfecto estado de conservación, que parecían vivos, disecados a la perfección y curados por el arte de la taxidermia. Estaba lleno de cajones colmados de cráneos. Allí podían hallarse cabezas calvas descompuestas de hombres nobles y célebres y cabezas frescas y resplandecientes de niños recientemente enterrados.

También había estatuas, todas demoníacas, algunas de las cuales parecían haber sido esculpidas por el mismo demonio.

De repente, casi de la nada comenzó a sentirse, aunque vagamente, una voz desvanecida y blasfema que dijo:”¿Qué sabemos acerca del mundo que nos rodea? Nuestros medios perceptivos son desesperadamente ineficientes, y nuestro conocimiento de lo que nos rodea es ínfimo.

Pude ver al anciano que murmuraba detrás de una de las.

Continuó hablando...

-Percibimos las cosas según la capacidad de nuestros órganos, y no podemos formarnos un concepto abarcador acerca del carácter de ellos. Con cinco sentidos endebles, pretendemos abarcar el cosmos complejo e infinito, mientras que otros seres, munidos de una artillería de sentidos más fuertes y extensa, o sencillamente distinta, podrían ver de manera muy diferente lo que nosotros vemos y también captar y analizar mundos enteros de materia, energía y vida que existiesen a nuestro lado, pero que no son aprehensibles para nuestros sentidos actuales.

No tuve mas que pensar en decir algo para que, al menor trastabillar de mis labios, el anciano levantara su brazo izquierdo, que era, por cierto, el único que tenía, y se abalanzó a darme la respuesta que yo necesitaba: si, conozco el símbolo. Lo conozco desde el momento en que naufragó mi padre, cuando aún se lo podía utilizar con libertad, para iniciarse en la magia. Traído de lo más profundo del desierto de Cali, este talismán, que representa el espíritu del gran sacerdote Ctulhu, no hizo mas que traer muerte a quien lo utilizara, despertando una antigua maldición que se extendería a lo largo de todo su linaje hasta terminar con él. La maldición era llevada a cabo por el mismo Ctulhu, quien se presentaba tomando una forma diferente cada vez, luego que su mensajero dejara una especie de invitación al condenado, advirtiéndole que le quedaban solo dos horas de vida. La invitación estaba sellada por el símbolo del sacerdote y acompañada por una extraña flor, que según se cree simbolizaba una especie de despedida.

En ese mismo instante, Agar descubre un ídolo que se encontraba tras de ella, y que, al parecer llevaba algo en la mano, y eso que llevaba apartado tras una tela negra, parecía ser tan importante, u oscuro, como para ocultarlo de la vista de cualquiera.

Cual fue mi sorpresa al ver lo que se hallaba bajo ese manto de silencio, allí, inmortalizado en una especie talismán oscuro, de carácter místico, se hallaba aquél símbolo que comenzara esta pesadilla, hacía ya casi un mes. La figura que lo poseía, no era otra sino la del padre del anciano, al que llamé “anciano” porque nunca en toda mi estadía en el lugar me dio a conocer su nombre. Allí como una estatua viviente del pasado que se perdió en el mar años atrás, se erguía, inmutable, soberbia y poderosa la imagen de un hombre de no más de treinta años vistiendo una túnica blanca con ornamentos dorados en mangas y cuello, como preparado para llevar a cabo alguna especie de ritual o invocando simplemente alguna deidad oculta dentro de aquél talismán de jade y oro que se erigía entre sus dos manos.

 

Capítulo Sexto

Intrauterino

 

 

Ya he visto este símbolo- le dije, mientras me acercaba con precaución hacia la estatua que se erigía ahora delante de mí.

Sus ojos quedaron a la altura de los míos y sus manos,  en posición como de ofrendar, presentaban en  su seno aquel amuleto, como diciéndome tomalo, es tuyo...

Después de todo su rostro, ahora que me doy cuenta daba la sensación de que se quería deshacer de el…

 

Así que lo tome ante el tremendo escándalo que hizo el viejo cuando vio que lo tenía en mis manos. Empezó a balbucear en un idioma desconocido para mi, pero que parecía antiguo, arameo, sumerio...Bah!, no le entendía nada, a la vez que agitaba los brazos dibujando círculos en el aire.

Agar me tiró hacia fuera, así salimos del lugar por una puerta lateral que daba a un callejón apenas iluminado por unas antiguas lámparas de aceite que colgaban de uno de los muros, distanciadas cada 2 o 3 metros una de la otra, a lo largo de aquel tenebroso pasaje

A medida que avanzábamos, nos percatamos de una presencia, algo o alguien nos seguía.

Apenas pasamos la primera lámpara, esta se fue consumiendo lentamente hasta quedar totalmente apagada, y con cada paso que dábamos, lo mismo le iba pasando gradualmente a la siguiente, y al apagarse, a la siguiente, y esa presencia que nos respiraba en las nucas, y lograba erizarnos la piel, como un soplido divino y frío.

Comenzamos a correr por el pasillo, dando largas zancadas para tratar de bañarnos con la luz de la siguiente lámpara, y no quedar desprotegidos en las tinieblas, porque sabíamos que en todo esto, la oscuridad jugaba un papel muy importante…

 

En eso delante nuestro se proyectó una sombra, como si a nuestras espaldas hubiese una figura de no menos tres metros de altura abriendo sus brazos sobre nosotros, eso proyectaba la sombra, ahora:¿como podía proyectarse una sombra si detrás nuestro ya no había ninguna luz?

Me detuve tomando fuertemente a Agar del brazo, y en un acto de valentía ¿o de estupidez? me di vuelta para ver…

MIERRDAAA!!!- grité.

Detrás nuestro había en efecto una sombra…mas bien era como una especie de figura formada por un humo sacrílego y negro, que poseía unos destellantes ojos ámbar, que no dejaban de moverse, como si buscaran algo…que no sabían donde estaba, pero si que estaba aquí.

Solo atine por reflejo a tomar el amuleto en mis manos, y a ponerlo frente a mi.

“¡¡¡¿¿¿es esto lo que querés demonio???!!! dije, mientras agitaba el amuleto frente a mi -¡¡¿¿esto???!!- a lo que respondió con un aullido desgarrador, como si le comprimieran las entrañas desde adentro, de pronto se le empezó a hinchar el vientre, y allí mismo algo comenzó a latir, y a brillar en su interior.

Pude observar luego de unos minutos como se gestaba algo dentro de él, una especie de dispositivo intrauterino, que comenzó a extenderse como un río de luz fluorescente, llenando el cuerpo de aquella presencia, la cual se retorció y agito los brazos hasta estallar en un haz de luz y desaparecer sin dejar rastro alguno.

 

Pasado esto, las luces comenzaron a encenderse, como por arte de magia, y cuando pude ver con mas  claridad me di cuenta que ya no estábamos en aquél pasaje.

 

Capítulo Séptimo

El templo de los Antiguos

 

Nos encontrábamos ahora en una especie de recámara, ante lo cual, quedamos ambos atónitos al contemplar la antigüedad del lugar.

Seis arcos empotrados sobre columnas estilo dórico coronados con detalles en oro y  jade, rodeaban una extensa biblioteca de hierro macizo, corroída por el tiempo y la humedad, donde habitaban miles de libros.

Cada uno del tamaño del torso de un hombre adulto,  hechos íntegramente en metal, tallados con una especie de símbolos cuneiformes, similares a los que vine viendo a lo largo de la semana.

El metal con el que estaban hechos no estaba dañado, es mas, brillaba como si recién hubieran sido pulidos.

 

En una de las esquinas de la biblioteca encontramos labrado en el hierro una especie de mapa del lugar, donde se podían observar dos bibliotecas trapezoidales, enfrentadas de forma tal que formaban un hexágono perfecto, separadas por en estrecho pasillo que atravesaba la habitación.

Comenzamos a caminar tratando de llegar a la otra punta del cuarto, donde la oscuridad consumía todo.

De repente tuve la sensación de que otra vez nos seguían, pero a pesar de eso seguí caminando.

Agar estuvo a mi lado todo el camino, sin decir una palabra, como se habrán dado cuenta….

Es que no se porque, desde que entráramos aquella vez a la tienda del viejo, no dijo una- palabra-mas.

Obviamente que me pareció extraño, pero con los sucesos que se acontecieron, ustedes, sean sinceros, ¿se habrían fijado en eso? no lo creo, pero bueno sigamos con lo nuestro.

 

Ahí estábamos los dos, caminando a través de aquel pasillo cuando de repente el suelo comenzó a temblar, las paredes se movían, pero no se cayó ni un solo libro, era como si en realidad, no temblara el piso sino que lo hiciese todo el recinto….

Ante el susto que eso nos causo, comencé a correr, arrastrando a Agar de la mano, la cual seguía inmutable ante todo.

Llegamos hasta un muro de adoquines donde entre los mismos podía verse un pequeño haz de luz del otro lado, claro que ¿como llegaba al otro lado?

A pesar de la tenue luz que iluminaba el lugar, podía ver bastante bien, y mis manos me ayudaron a tantear en los adoquines, hasta que di con una hendidura circular, donde dentro y con la punta de los dedos podía tocar una especie de aro, lo cual supuse que seria una manija, o un elemento que accionaba algún mecanismo. Recordé que Agar llevaba en su cinturón su cortaplumas, así que me volví para pedírsela, y cual fue mi sorpresa al ver que ya no estaba a mi lado.

Comencé a llamarla gritando, pero nada. Le di la vuelta completa al lugar y nada…

Cuando termine mi recorrido caí en cuenta que no había entrada ni salida de aquel recinto, con lo cual, entre en pánico totalmente, porque, encima que no había forma de explicar nada de lo que venia pasando, pasa esto…

Me desesperé patee, grite, me tire contra las paredes, me arruine las manos tratando de alcanzar aquella argolla dentro de la pared…y encima…EL CUARTO SEGUIA TEMBLANDO!!!!!!!!!!!!!!!!!

De repente, todo se calmo, y pude observar, mientras estaba tirado en el piso ya resignado, como sobre cada una de las bibliotecas había una especie de respiradero.

 

Me abalance sobre aquella estructura, y comencé a trepar hasta que llegué al tope y comencé a golpear en la malla metálica que cubría la abertura.

Al final logre romperla, con puñetazos certeros al medio, porque al parecer estaba como arraigada a la piedra, así que con mi puño envuelto en mi camisa, la cual decidí sacrificar por la causa, golpee y golpee, hasta que cedió.

Comencé a subir por una especie de ventila mohosa, lo cual hacia muy difícil el ascenso, pero como cabía justo en aquel hoyo, con mi espalda apoyada en un lado y mis piernas empujando el contrario, logre mantenerme firme mientras mis manos iban buscando en las paredes algo en donde asirme.

 

Luego de mas o menos veinte o veinticinco minutos, y de haber soportado otro de esos “temblores”, di con el final de el pasaje. Una nueva malla que romper para encontrarme luego en otro ambiente de este maldito templo.

Ahora me hallaba en un cuarto compuesto por una ventana y una mesa alta como yo, sin sillas ni nada donde sentarse. Volví a cubrir mis manos, donde mis nudillos no dejaban de sangrar, por los golpes dados con anterioridad.

Me encamine hacia la ventana, conformada por un perfecto arco hecho de los mismos adoquines de las paredes del cuarto anterior, porque en este las paredes eran lisas, como si el cuarto hubiese sido cincelado a mano en la piedra virgen.

Dentro de ese marco había dos hojas de una ventana muy pesadas cada una hecha de una madera oscura casi negra, al tono con los adoquines oscuros como de ónix que conformaban el marco.

Desde una hendidura que se repetía en la otra, abrí una de las hojas, con mucho esfuerzo.

 

Ahora ante mi se erigía imponente como nada de lo que había visto en toda mi vida, una especie de ciudad conformada por edificaciones cónicas, de punta truncada, con veinte ventanas en cada una. Eran alrededor de unas seis una al lado de la otra formando un semicírculo alrededor de una plazoleta que encerraba en su centro una especie de aljibe.

En ese momento recordé algo de lo que había leído hacia ya casi dos semanas atrás en el sito de Necronomicón:

“La ciudad de los Antiguos se erige entre las orillas de la conciencia  y el mundo onírico, es un espacio donde el tiempo no corre y donde los Antiguos viajan de época en época recopilando información sobre la historia humana, para llenar sus enormes bibliotecas con nuestra genealogía. En su centro se puede observar la entrada a la caverna donde habita el gran sacerdote, el cual aguarda para ser llamado a recuperar su mundo.

Gracias a un proceso complejo de evolución cerebral, que les permite materializar portones ínter dimensionales apuntan a la dimensión que quieren y es ahí cuando mandan su mente a recorrer los abismos del tiempo, hasta llegar a la etapa deseada dentro de nuestra evolución, fundiendo su mente con el cuerpo de algún desprevenido personaje, una vez doctor, otra linyera, y es en ese momento donde usurpan la personalidad de aquel, toman su lugar en la historia y luego de saciarse de sabiduría vuelven aquí a llenar sus hojas metálicas de conocimiento. Es así como se mantuvieron activos todos estos cientos de miles de años, viajando en el tiempo, recopilando información, hasta el día  en que el gran sacerdote, al que llaman Ctulhu, despierte de su eterno descanso y venga a reconstruir la historia.”

 

Se preguntarán que pasaba con la mente del usurpado, bueno eso podría explicar que hacía yo allí.

Una vez que un Antiguo usurpaba tu cuerpo, tu mente iba a parar al cuerpo de el en su dimensión, pero ete aquí que mi cuerpo era  aquí mi cuerpo, veía mis manos y eran las mías, tenia mi ropa y todo, así que comprendí que lo mío no había sido el típico viaje astral, podría decirse.

Yo estaba ahí por otro motivo o causa.

 

Capítulo Octavo

La venida del gran sacerdote

 

Ahí estaba yo, en esa época bastarda de la historia, que nunca fue escrita ni contada, esperando no se que señal o momento para cumplir la función que el destino me había asignado.

Seguía aun colgado de la enorme ventana, observando aquella especie ciudad enorme que se levantaba frente a mí. Noté que de cada una de aquellas edificaciones brotaba, en sus paredes, una especie de flor muy hermosa la cual se parecía mucho a la que recibiera Alexis Aranda en ese sobre negro, cuando se desencadenó esta pesadilla.

De repente divisé figura que salía de una de las construcciones. Me es difícil describir con palabras la fisonomía de esa...COSA.

Estaba hecha como de gelatina, de una masa gelatinosa blanco-amarillenta, era mas bien una larva de esas que aparecen en el “Discovery Channel”, con dos puntos negros por ojos y cientos de minúsculas patas con las cuales se desplazaba.

Salio de uno de esos edificios hacia la plazoleta del centro, y comenzó a descender por esa especie de aljibe hacia quien sabe donde. Habiendo visto esto me di vuelta para encontrarme con una salida que antes no había visto, por falta de luz por colgado simplemente.

Salí de la habitación y comencé a caminar por un pasillo largo...largo.

Los muros estaban cubiertos de figuras en relieves bastante bien hechas por cierto, que mostraban a lo largo del pasillo una historia que supuse tenia que ver con la venida de Ctulhu.

En ellos se veía como esas larvas se reunían en aquella plazoleta y comenzaban a descender de a una por esa especie de aljibe, hasta una recamara donde los esperaban otros seres de mayor tamaño, de los cuales ya había leído antes: los Antiguos.

Su forma era cónica, como sus construcciones, dotados de cuatro enormes brazos, como tubos flexibles, que se extendían a lo largo de sus cuerpos.

Por su forma de cono trunco, daban la sensación de no tener cabeza.

 

Debajo se observaba una especie de baba con la que se desplazaban por sus dominios.

Su cuerpo parecía de roca con unas pequeñas hendiduras debajo de lo que parecía ser una boca, con las cuales respiraban, expandiendo y contrayendo su diámetro con cada toma o expulsión de aire.

De sus cuatro brazos, dos se encontraban al frente, y dos al costado, los de enfrente terminaban en una especie de cornetas, con las cuales provocaban una especie de silbido agudo y penetrante, el cual invitaba a otros de su especie a reunirse con ese.

Los otros dos, terminaban en unas potentes tenazas, como de hueso, las cuales hacían crujir a medida que se desplazaban.

Siguiendo los grabados llegue hasta una parte donde al parecer todos se formaban a la orilla de un lago interior en lo profundo de esa gruta.

Después de que hicieran ciertas reverencias y leyeran un tipo de ritual, que se podía ver tallado en la pared, emergía Él.

Ese texto me pareció bastante familiar, y recordé un papel que había tomado de detrás de uno de los cuadros de la casa de los Aranda. Los comparé y para sorpresa mía o no: ERAN IDENTICOS!!

Verdaderamente los hechos estaban ligados con aquella familia, pero aún no sabía el cómo ni     el porqué

Retomando lo anterior, ese ser era de un tamaño descomunal, con unas pequeñas alas en su espalda, tentáculos y una enorme cabeza de pulpo, era un engendro inimaginable para cualquiera, había que verlo para creerlo.

Luego de eso se comía una a una a esas especies de larvas blanco amarillentas, que al parecer eran criadas por los Antiguos para alimentarlo, y habiendo finalizado el banquete, subió y desato el Apocalipsis, terminando el último relieve con un tallado de Él sobre el planeta, coronando así su victoria.

 

En el momento que vi esa imagen un escalofrío recorrió mi espalda, llenándome el cuerpo de un frío sudor, y provocándome una sensación de impotencia, que me hizo dejar caer una lagrima.

 

Tenia la sensación de que nada podía yo hacer para contrarrestar eso, ese era el futuro de nuestra especie, he ahí el fin de la raza humana.

Así, medio asustado y resignado me dirigí hacia el próximo portal, en busca de la salida de aquel recinto.

El ambiente contiguo tenia dos ventanas, y un enorme hueco en el medio, desde el cual se podía ver el piso inferior. Yo debería encontrarme en el segundo o tercer piso, por la distancia que observe desde la ventana del cuarto anterior.

Pero volviendo sobre el hueco, tenia un diámetro de mas o menos dos metros, seguramente los Antiguos, podían volar o levitar, porque no había otra forma de pasar de piso en piso, por si no lo dije antes la altura de los techos era de aproximadamente cinco metros, es que esa era la medida promedio de aquellos seres, y los grabados que había visto lo confirmaban.

Obviamente no tenía ni una soga ni nada para descender, así que comencé a buscar.

 

Volvía al cuarto anterior y allí con un pedazo de adoquín que halle tirado comencé a golpear una de las patas de aquella mesa hasta que logre quebrarla. Con ella fui hasta el hueco del otro cuarto, ate una manga de mi camisa a la pata (ya mis manos estaban mejor), y a continuación le anexe mi cinturón, y comencé a descender. Menos mal que mi camisa aguanto unos minutos, por lo menos me dejo lo suficientemente cerca del piso como para que la caída no me hiciese daño. El piso al que había arribado era similar al otro dos cuartos, uno con una ventana y una mesa, y el otro con la salida, solo que ésta vez no había un pasillo que las uniera.

El problema era que ya no tenía mi elemento de descenso casero, así que estaba en problemas....

 

Fui hasta el cuarto de la mesa y la miré con cariño, pero ya solo me quedaban la remera y el pantalón, sin contar el calzado, así que deseché la idea.

Abrí la ventana con cuidado de que me vieran, porque ya me encontraba cerca de la planta baja así que mejor prevenir... No había moros en la costa, así que salí por la ventana que continuaba con una especie de sobre techo antes de dar con el arco de la entrada principal que podía verse mas abajo.

Comencé a descender por los adoquines del mismo, hasta caer en tierra firme.

El silencio que había me enloquecía, sabiendo que estaba rodeado por todos esos bichos y monstruos, tanto silencio me daba mas miedo que tener a un Antiguo delante de mí.

Me oculte tras el umbral de la entrada observando con cuidado los edificios de enfrente, pero al ver que no había movimiento corrí hacia el centro de la plazoleta, para mirar dentro del aljibe.

Al asomarme ascendió un olor pútrido y agrio que me cegó de lagrimas por un rato, impidiéndome ver, era tan ácido y penetrante que me perforaba el cerebro.

Cuando al final me repuse sentí cerca mío pequeños repiqueteos que me hicieron darme vuelta. A solo dos metros de mi se encontraba una de esas larvas asquerosas, encaminada hacia donde yo estaba. Comencé a alejarme  despacio de allí, con pequeños `pasos hacia el costado. La criatura husmeaba en el aire se ve que me olía o algo, pero seguía su camino hacia el túnel.

Paso a menos de treinta centímetros de mi, y por su actitud me dio a entender que era ciego y quizás sordo.

Ufff!!! Que nervios, a pesar de que en aquellos grabados no se los veía hostiles, nunca se sabe.... por suerte para mi, o no, la larva había dejado como rastro una especie de hilo de seda del diámetro de mi dedo índice, así que comencé a recogerlo, cuando vi que el animal había llegado al fondo y cortado la producción del mismo. Lo até  alrededor del aljibe, y comencé a descender, total tenía mas o menos cinco minutos, que es lo que calculé que tardaba en llegar una larva desde su edificio hasta mi.

El descenso se me hizo muy fácil, ya que el hilo tenía una adherencia muy fuerte, casi ni tenía que apretar los puños alrededor de ella, llegué al fondo y comencé a caminar por aquella gruta iluminada tenuemente por una luz rojiza al final del pasillo,

Parecía que estaba entrando al útero de la tierra, al epicentro mismo del infierno, el calor y el hedor que de allí emanaban eran insoportables, así que corte un pedazo de mi remera para fabricarme una mascara con la cual pude seguir mi camino, aunque mis ojos seguían lagrimeando sin cesar.

El túnel estaba cubierto por una especie de cristal de color verde.

A medida que llegaba al final del mismo, la luz se iba haciendo más fuerte, como así también el murmullo de aquellas criaturas.

De repente otra vez las patitas de una de esas larvas, así que me pegué a la pared y la vi pasar rozándome la nariz.

Seguí caminando hasta toparme con una abertura adornada con un arco hermosamente grabado con detalles en oro y jade, tras el cuál se encontraban las bestias larviformes aguardando y los Antiguos, guiándolos como un pastor a su rebaño, solo que el fin de éstas no era otro sino la muerte….

 

Todo estaba preparado, cada uno en su lugar, cuando de repente los Antiguos se abrieron y dieron paso al más viejo de ellos, notábase esto por el pellejo arrugado, su color gris pálido y el tamaño menor de éste comparado con el del resto.

 

Se estaba gestando la venida del gran sacerdote, el temible y enorme Ctulhu, y yo era el único humano que iba a presenciar tal aberrante acto, podría decirse que mi testimonio estaba describiendo el Apocalipsis.

 

Capítulo Noveno

Del mundo y la sombra

que se cernió sobre él

 

Así estaba de jodida la cosa, ya no estaba asustado, mas bien resignado y doblegado.

Claro, que podría hacer yo contra esa congregación de monstruos, yo un simple humano como cualquiera…solo esperar.

 

El anciano se paró dos metros más delante de los demás Antiguos, y a su orden, todos empezaron a hacer sonar sus extremidades, con tal fuerza que el lugar entero comenzó a temblar, ahí comprendí de donde provenían los temblores anteriores, y ya que estoy recordando esto, ¿qué había pasado con Agar?

No terminé de formularme la pregunta que se apareció detrás de mí como un fantasma y tomándome del hombro y con un gesto me invitó a pasar.

Ante mi, las bestias comenzaron a inquietarse mientras hacían sonar sus malditas cornetas al ritmo de mi paso, lo cual me ponía muy nervioso…muy nervioso…

De repente nos detuvimos, y Agar me indicó con pequeños empujoncitos que siguiera solo, que mas daba si ya estaba en el baile no?? Di un par de pasos más, y al instante se me acercó el viejo, con toda su baranda incluida en él, y desde atrás sacó un enorme libro, forrado en piel, pero no en cualquier piel, era un rejunte de retazos de piel humana, y tenía marcado como hacen en los establos, a fuego el símbolo que hacía algunas semanas atrás (o años, ¿¿¿como podía ya saber???), desatara esta pesadilla en la que el destino me involucró.

 

Con dos de sus extremidades me ofreció el libro mientras que con las otras me hurgaba en los bolsillos hasta que halló el medallón.

Me obligó con golpes en la cadera y silbidos a sacarlo y me guió para que lo colocara sobre el sello del libro.

Así lo hice, y de repente todo quedó sumido en un temible silencio, mientras el Antiguo balbuceaba una especie de ritual en un idioma que no conocía pero que había escuchado ya.

Recordé al viejo de la tienda y caí en cuenta de que era el mismo lenguaje, como también era la del piso la misma viscosidad que se encontrara en cada uno de los casos que comenzaron con esta locura, la cual al parecer les permitía a los Antiguos desplazarse.

Entonces mi cerebro siguió retrocediendo y me llevó hasta la casa de la señora Aranda, en especial a uno de los cuadros de la sala, al cual no le di importancia. Como es esta cosa del cerebro que a veces no nos damos cuenta que cosas que para nuestro consciente pasaron desapercibidas, la otra parte las almacena y asimila…

En ésa foto se podía observar a la familia en una especie de desierto y detrás de todo, en las sombras se recortaba la figura de alguien más.

Me esforcé en hacer un zoom y aclarar la imagen (tengo muy buena memoria visual) y cuál fue mi sorpresa al ver que tras la familia se podía ver la figura de Agar.

Abrí los ojos, después de esto para observarla  vestida de blanco con una especie de toga de algodón con ornamentos dorados, de la que se desprendía un abrumador olor a incienso, que se licuó con el nauseabundo aroma a putrefacción del lugar permitiéndome respirar ya sin la máscara.

Me convidó a acercarme a su lado y me pareció extraño ver que a la manga derecha le faltaba en pedazo de tela, que había sido como desgarrado, justo en la parte de la manga que estaba cubierta por esos símbolos extraños.

Mi cabeza hizo otra vez una pausa, y como por reflejo, metí la mano en mi bolsillo y extraje la pequeña Biblia, la cual me había acompañado durante todo el trayecto desde que la hallara en la casa de la familia Aranda.

Todo estaba cerrando, aquella familia, el anciano, Agar, los símbolos y los aromas.

En ese momento lo supe: mi destino era ser el desencadenante del Apocalipsis.

Yo era el entregador, el judas de mi raza, el ente que daría lugar con su traición a que ascendiera la sombra que se cerniría sobre la faz de la tierra.

De pronto del centro de la gruta comenzó a brotar un líquido oscuro, parecía petróleo, el cuál fue llenando la hendidura que conformaba el centro del lugar, hasta convertirse en una especie de laguna negra.

Supe entonces que el final estaba por llegar. Si recuerdan los grabados que vi en una de las edificaciones, uno de los últimos pasajes de la historia representaba esta imagen, pero no recordaba nada sobre un hombre parado en el centro del ritual.

En eso las dos filas de larvas que tenía a mis costados comenzaron a caminar hasta internarse en el medio de la laguna.

Iban desfilando una tras otra sin emitir sonido alguno, sabían que habían sido criadas para ello y no tenían miedo de cumplir su destino.

Al terminarse esto, los Antiguos comenzaron a gritar de nuevo y a agitar los brazos formando círculos en el aire(como hiciera con anterioridad aquél anciano de la tienda), hasta terminar achicándose, como poniéndose de cuclillas, pero como su cuerpo no les permitía tomar esa pose, porque su anatomía era diferente de la nuestra, simplemente se plegaban hacia abajo como un acordeón, hasta quedar reducidos a la mitad de su tamaño.

Pasado esto Agar comenzó a caminar también hacia aquel lago de brea, mientras su cuerpo iba mutando hasta que sus extremidades inferiores se tornaron tentáculos.

Siguió su curso hasta desaparecer bajo aquél lago.

Casi por veinte minutos hubo silencio, hasta que de repente los Antiguos se levantaron todos al mismo tiempo, como de un salto, y tomándome de brazos y piernas me empujaron hacia ese líquido negro y putrefacto, obligándome a hundirme en él.

Fue imposible luchar, esa especie de brea se pegó a mi cuerpo, impidiéndome cualquier movimiento posible, mientras que a su vez iba colmando mis pulmones con su esencia.

 

Lo último que vi, antes de que mis ojos se cegaran por aquél líquido,  mientras iba descendiendo por ese lago de muerte negra,  fue la sombra de algo enorme, como un pulpo gigante, con ojos de fuego y  enormes tentáculos que ascendía frente a mí con una mueca diabólica que denotaba victoria.

 

 

Fin

 

Capítulo Décimo

Un nuevo despertar

(Final Alternativo)

 

Martín!!!!!.... Martín!!!!- me despierta una voz-

Por Dios hijo, pensé que nunca despertarías, hace casi seis horas que estas que volás de fiebre, te sacudís y gritas palabras raras en no se que idioma, no parabas de agitar los brazos, me pusiste muy nerviosa hijo, ¿Como te sentís?

 

-Bien…creo…-respondí.

 

Ah…la seductora y dulce voz de mi madre, que otra cosa podía pedir después de tal pesadilla. Fue como música para mis oídos, pero a pesar de todo me sentía tan pesado…tan cansado, y con un terrible dolor de cabeza.

-¿porqué no vas a lavarte la cara, mientras te cambio las sábanas sudadas y te pongo unas limpias?-

Me levanté, me costó mucho, era como si mi cuerpo pesara cien kilos…- ¡¡esta es una de las peores gripes que me agarré!!- ¡¡ que mal que me siento!!

De seguro un poco de agua me hará bien.

 

-Tantas horas de trabajo, y noches sin dormir terminaron por tirarme- pensé.

 

Mientras me dirigía hacia el baño comencé a escuchar con atención como de fondo se podía oír un tenue silbido, muy agudo y penetrante, mi cabeza comenzó a dolerme de nuevo…

Comencé a tener flashes en blanco y negro de gente que no conocía en otras épocas, rostros, enormes montañas negras, una ciudad, un pozo en el centro de una plaza, mi mente viajaba a mil, y a esa velocidad descendió por ese pozo hasta terminar en una especie de reunión donde todos me esperaban a mi, pero en sus miradas no había más que odio, odio y rencor, algunos gritaban, tanta gente…no conocía a nadie…

 

Me sacudió un escalofrío mientras ese silbido se volvía más penetrante y fuerte.

Quise tomarme la cabeza, pero mis manos no me respondían.

Alcé la cabeza y abrí los ojos, mis manos se habían vuelto una especie de tubos con tenazas, y mi cabeza, bueno, no estaba.

Desesperado corrí hacia mi madre, pero me frené de golpe al ver que por debajo de su vestido se asomaban unos tentáculos grisáceos.

 

MAMAAAA!!!...MAMAAAA!!! – grité-

 

Se volvió hacia mí, y en el momento exacto que se volteó el silbido cesó.

Quedé paralizado por unos segundos y tuve un último flash donde mi mente se centró en un rostro, el de mi madre pero no era ése  el que se encontraba frente a mi ahora, fue entonces cuando volví a abrir los ojos, ese preciso momento donde Agar tomo mi mano y me dijo, ya todo esta bien hijo, la pesadilla terminó.

 

Fin

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